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Mi Más Fuerte

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 28/6/2026

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El peso de una corona invisible

El silencio en la morgue de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio era un privilegio que solo Shoko Ieiri sabía apreciar. Sin embargo, ese silencio se sentía denso, casi artificial, mientras las vendas blancas caían una a una sobre la camilla metálica. Satoru Gojo estaba sentado allí, con el torso descubierto y el cabello blanco alborotado, cayendo sobre sus ojos sin la presión de su habitual venda o sus gafas oscuras.

Sus "Seis Ojos" parpadeaban con una intensidad eléctrica, reflejando el cielo infinito en sus iris, pero había algo apagado en la periferia de su mirada. Shoko, con su bata blanca impecable y las ojeras de siempre marcando su cansancio crónico, movía el estetoscopio con una eficiencia mecánica. Era la revisión trimestral obligatoria. Ni siquiera el hechicero más fuerte del mundo podía escapar a la burocracia de los altos mandos cuando se trataba de asegurar que su "arma principal" estuviera en condiciones óptimas.

—Tu ritmo cardíaco es estable —comentó Shoko, anotando algo en su tablilla—. Tus niveles de energía maldita están, como siempre, fuera de toda escala lógica. Físicamente, Satoru, eres un espécimen perfecto.

Gojo no respondió con una de sus bromas habituales. No hubo un comentario sobre lo guapo que se veía ni una queja infantil sobre el frío del estetoscopio. Solo asintió, mirando hacia un punto indefinido en la pared de azulejos.

—Genial. ¿Ya terminé? —preguntó con una voz plana, casi desprovista de su habitual tono cantarín.

Shoko frunció el ceño. Iba a preguntarle qué demonios le pasaba, qué era esa sombra de apatía que parecía estar devorándolo por dentro, pero el teléfono de Satoru vibró violentamente sobre la mesa auxiliar.

—Los viejos —murmuró Gojo, leyendo la notificación—. Reunión de emergencia. Parece que una maldición de grado especial decidió aparecer en un centro comercial en Kioto y quieren mi "opinión experta" antes de enviarme a exorcizarla.

Se puso de pie con esa elegancia felina que lo caracterizaba, deslizándose dentro de su chaqueta de cuello alto con movimientos practicados. En su prisa, o quizás en su descuido por el cansancio mental, dejó su teléfono desbloqueado sobre la mesa de Shoko.

—Vuelvo en un rato, Shoko. No me extrañes demasiado —dijo, intentando recuperar un poco de su carisma, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.

Cuando la puerta se cerró tras él, Shoko suspiró y encendió un cigarrillo, olvidando por un momento que estaba en una zona libre de humo. Sus ojos cayeron sobre la pantalla encendida del dispositivo. No era una mujer chismosa; la vida de los demás solía importarle lo mismo que el clima en un país lejano, pero Satoru era... Satoru. Su único vínculo real con los días de juventud que ya no volverían.

Se acercó y tomó el teléfono. La aplicación de calendario estaba abierta.

A medida que Shoko deslizaba el dedo por la pantalla, su expresión indiferente se transformó en una de horror contenido. El horario de Gojo no era un itinerario; era una sentencia de muerte para cualquier ser humano normal. Las franjas de colores se amontonaban unas sobre otras sin dejar un solo espacio en blanco.

"06:00 - Entrenamiento con Itadori. 08:00 - Clase teórica de segundo año. 10:00 - Misión en Sendai. 13:00 - Reunión con el director Yaga. 15:00 - Patrullaje de zonas críticas. 18:00 - Preparación de materiales didácticos. 21:00 - Inspección de barreras. 01:00 - Informe de daños."

Shoko calculó mentalmente. Satoru apenas dormía dos o tres horas por noche, y sabía perfectamente que esas horas no eran de descanso real. Él usaba la Técnica de Maldición Inversa constantemente para mantener su cerebro fresco, para que no se "quemara" por el uso continuo del Infinito. Pero la técnica inversa cura el cuerpo, no el alma. No borraba el tedio de las reuniones políticas ni el peso de ser el pilar que sostenía al mundo entero.

—Idiota —susurró Shoko, dejando el teléfono donde estaba—. Eres el más fuerte, pero sigues siendo un humano, Satoru.

Pasaron un par de horas antes de que Gojo regresara. Shoko lo esperó cerca de los dormitorios de los profesores, apoyada contra la pared con los brazos cruzados. Lo vio aparecer al final del pasillo, caminaba con los hombros ligeramente caídos, un detalle que nadie más notaría, pero que para ella era tan evidente como un grito.

Gojo sacó sus llaves, listo para entrar en su habitación y, probablemente, pasar el resto de la madrugada planificando la clase del día siguiente o revisando informes de inteligencia.

—Satoru —lo llamó ella.

Él se detuvo y giró la cabeza, ofreciéndole una media sonrisa.

—¿Sigues despierta, Shoko? Deberías descansar, las ojeras no perdonan.

—Mira quién habla —replicó ella, acercándose—. Entra a tu habitación. Ahora.

Gojo parpadeó, confundido por el tono autoritario.

—Tengo mucho que hacer, Shoko. Los de primer año necesitan...

—Los de primer año estarán bien si su profesor no colapsa por agotamiento —lo interrumpió ella, empujándolo suavemente hacia la puerta—. Vas a tomarte esta noche para relajarte. Es una orden médica.

Gojo intentó protestar, abrió la boca para soltar alguna excusa sobre su deber o su invulnerabilidad, pero la mirada severa de Shoko lo silenció. Era una mirada que no admitía réplicas, cargada de una seriedad que rara vez mostraba.

Entraron en la habitación de Satoru. Era un espacio minimalista, casi frío, que contrastaba con su personalidad pública. Shoko cerró la puerta tras de sí y, sin previo aviso, levantó la mano y le dio un golpe seco en la coronilla.

—¡Ay! —Gojo se llevó la mano a la cabeza, genuinamente sorprendido—. ¿Y eso por qué fue? ¡Tengo el Infinito activado, Shoko! ¿Cómo...?

—Porque dejas que pase cuando soy yo —respondió ella con calma, aunque sus ojos ardían—. Y te golpeé por ser un irresponsable. Vi tu horario, Satoru. ¿Dos horas de sueño? ¿En serio crees que la técnica inversa lo soluciona todo? Estás agotado. Tu mente está saturada.

Gojo dejó caer los brazos. La máscara de "el más fuerte" se resquebrajó por completo. Se sentó en la orilla de su cama, dejando que su cabeza colgara.

—Si yo me detengo, todo se cae, Shoko —dijo en un susurro apenas audible—. Los altos mandos están esperando un error. Las maldiciones están esperando un descuido. No puedo permitirme el lujo de estar cansado.

Shoko sintió una punzada de admiración mezclada con una profunda tristeza. Aquel hombre cargaba el mundo sobre sus hombros y nadie se molestaba en preguntarle si el peso le dolía. Se acercó a él, quedando de pie entre sus piernas. Satoru levantó la vista, encontrándose con los suaves ojos castaños de su amiga.

—No voy a dejar que te satures demasiado —dijo ella con una suavidad inusual.

Antes de que él pudiera responder, Shoko acortó la distancia. Se inclinó y lo besó.

Fue un beso cálido, lento, carente de la urgencia del deseo pero lleno de una preocupación genuina y un cariño que se había cocido a fuego lento durante años de compañerismo y pérdidas compartidas. Gojo se quedó helado por un segundo, sus "Seis Ojos" captando cada partícula de emoción en el gesto de Shoko, antes de cerrar los párpados y dejarse llevar.

Sus manos, que usualmente sostenían el destino de la humanidad, subieron tímidamente a la cintura de Shoko, aferrándose a su bata de laboratorio como si fuera su único ancla en medio de una tormenta. El beso se profundizó, convirtiéndose en un refugio silencioso. Por primera vez en meses, Satoru Gojo no era el hechicero más fuerte; era solo un hombre que necesitaba ser cuidado.

A medida que el beso perdía fuerza, Shoko sintió cómo el cuerpo de Satoru se relajaba contra ella. El cansancio acumulado, liberado finalmente por la seguridad del momento, lo golpeó como una marea.

—Shoko... —murmuró él, pero sus ojos ya se cerraban.

Gojo se dejó caer hacia atrás sobre la almohada, arrastrándola ligeramente con él. En cuestión de segundos, su respiración se volvió pesada y rítmica. Se había quedado dormido, vencido por el agotamiento que su voluntad ya no podía contener.

Shoko se acomodó a su lado, observando su rostro tranquilo. Sin la tensión constante, Satoru parecía mucho más joven, casi como el chico que solía bromear en los pasillos de la escuela con Geto. Ella suspiró, sintiendo que sus propios párpados pesaban. Se recostó sobre el pecho del hombre, escuchando el latido constante de su corazón, y se permitió, por una noche, compartir el descanso que ambos tanto necesitaban.

Mañana el mundo seguiría necesitando a Gojo Satoru, pero esta noche, él solo necesitaba dormir. Y ella estaría allí para asegurarse de que nadie lo despertara.
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