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magos y phyquicos

Fandom: mob phyco 100

Creado: 28/6/2026

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El brillo de los astros y el peso del destino

Ciudad Condimento era exactamente como Lin la había imaginado: ruidosa, efervescente y cargada de una energía espiritual tan caótica que le resultaba casi mareante. Para alguien que había crecido entre los silencios de bibliotecas ancestrales y el susurro de las estrellas en las cumbres nevadas, el asfalto caliente y el olor a comida callejera eran una novedad abrumadora.

Lin ajustó sus gafas de montura gruesa y se aseguró de que el flequillo largo y desaliñado cubriera la mayor parte de su rostro. Llevaba el uniforme de la Escuela Secundaria Sal con una modestia que rayaba en lo invisible. Su objetivo era simple: ser una sombra. Una de las últimas archimagas del mundo, una joven capaz de reescribir las leyes de la física con un movimiento de sus dedos, solo quería ser "Lin, la estudiante de intercambio con gustos aburridos".

Sus padres adoptivos, aquellos aristócratas de linaje mágico extinguido que la habían acogido tras la tragedia de su familia, le habían proporcionado un ático de lujo y una servidumbre que, a regañadientes, aceptó quedarse en las sombras.

—Recuerda, joven ama —le había dicho su mayordomo esa mañana mientras ella insistía en caminar hacia la escuela en lugar de usar la limusina—, la verdadera discreción no es solo esconder el poder, sino también la gracia que el cielo le otorgó.

Lin suspiró al recordar sus palabras. Miró el cielo matutino, tratando de identificar la posición de Venus a pesar de la contaminación lumínica. La astrofísica era su refugio; los números y las leyes universales no intentaban matarte ni esperaban que salvaras el mundo.

Al llegar a la entrada de la Secundaria Sal, el bullicio aumentó. Lin caminaba con la cabeza baja, sosteniendo sus libros contra el pecho. Sin embargo, su plan de pasar desapercibida falló en el primer minuto. Su piel, de una palidez lunar, y su porte, naturalmente elegante a pesar de sus intentos por encorvarse, atraían miradas curiosas.

—¡Mira eso! ¿Es una estudiante nueva? —susurró alguien cerca de los casilleros.

—Parece extranjera... tiene un aire extraño, ¿no crees?

Lin aceleró el paso, sintiendo un ligero sudor frío. No estaba acostumbrada a la mirada de la gente común. Para ella, los humanos eran como constelaciones distantes: hermosos de observar, pero difíciles de alcanzar.

Fue entonces cuando lo vio. O mejor dicho, lo sintió.

Un chico de pelo negro con un corte de tazón caminaba tranquilamente por el pasillo. A simple vista, parecía el epítome de lo ordinario, incluso más que ella. Pero para los ojos de una archimaga, Shigeo Kageyama, conocido como Mob, era un sol negro. Una masa de energía espiritual tan vasta y contenida que Lin se quedó sin aliento por un segundo.

—Cuidado —dijo una voz suave.

Lin tropezó con su propio pie al distraerse y estuvo a punto de caer, pero una mano firme la sostuvo por el codo. Era un chico de aspecto serio y facciones afiladas, con el mismo uniforme pero un aura de perfección académica.

—¿Estás bien? —preguntó Ritsu Kageyama, observando a la chica nueva con curiosidad analítica—. No te había visto por aquí. Soy Ritsu, del Consejo Estudiantil.

—L-lo siento —tartamudeó Lin, forzando una voz monótona—. Soy Lin. Nueva. Del extranjero. Perdón por las molestias.

—No es molestia —intervino Mob, que se había acercado a su hermano—. Soy Shigeo. ¿Necesitas ayuda para encontrar tu salón?

Lin miró a Mob. Sus ojos se encontraron, y por un instante, el sello mágico que protegía la identidad de Lin vibró. Ella sintió la inmensidad de Mob, y él, aunque no entendía por qué, sintió que la chica frente a él olía a ozono y a noches despejadas.

—No, gracias. Puedo... puedo sola —dijo ella, alejándose rápidamente.

El resto de la mañana fue un ejercicio de contención. En clase, se sentó al fondo, evitando responder preguntas, aunque las ecuaciones de física en la pizarra le parecían juegos de niños. Sin embargo, el destino tenía otros planes para la tarde.

Buscando un lugar tranquilo para almorzar, Lin terminó cerca del viejo edificio de los clubes. Allí, el Club de Telepatía y el Club de Fomento de la Musculatura compartían espacios cercanos. Ella se sentó en un banco bajo un cerezo, suspirando de alivio al estar sola.

Se quitó las gafas un momento para limpiarlas y soltó su cabello del apretado moño que le causaba dolor de cabeza. En ese instante, su belleza etérea, esa que su familia había protegido durante siglos, floreció bajo la luz del sol. Sus ojos, del color de las nebulosas, brillaron con una luz propia mientras observaba un pequeño pájaro herido en una rama cercana.

Sin pensarlo, Lin extendió una mano. No usó un hechizo complejo, solo una pequeña manipulación de la energía vital, una técnica básica de archimaga para acelerar la curación.

—Que la luz te restaure —susurró en una lengua antigua.

Una luz plateada, casi imperceptible pero cargada de una pureza abrumadora, emanó de sus dedos. El pájaro gorjeó, sus alas se sanaron instantáneamente y voló hacia el cielo.

—¿Qué fue eso? —una voz chillona rompió el silencio.

Lin se sobresaltó, poniéndose las gafas a toda prisa y recogiendo su cabello, pero ya era tarde. Kurata Tome, la presidenta del Club de Telepatía, estaba allí mismo, con los ojos abiertos como platos. A su lado estaban los miembros del Club de Musculatura, gigantescos y sudorosos, que se habían detenido en medio de su entrenamiento, y para su desgracia, también estaban Ritsu y Mob, que pasaban por el lugar.

—¡Tú! ¡Lo vi! ¡Brillaste! —gritó Tome, señalándola con el dedo—. ¡Y ese pájaro! ¡Eso no fue telepatía, fue algo mucho más genial!

—No sé de qué hablas —dijo Lin, tratando de recuperar su máscara de indiferencia, pero su rostro estaba encendido de vergüenza—. Solo... solo era un reflejo del sol.

—¡Mentira! —exclamó uno de los chicos del Club de Musculatura—. ¡Parecías una diosa por un segundo! ¡Incluso tus músculos... bueno, no tienes muchos, pero tu aura era poderosa!

Ritsu Kageyama dio un paso al frente, con la mirada entrecerrada.

—Lin, ¿verdad? —dijo él—. He sentido fluctuaciones de energía desde que llegaste esta mañana. Pero lo que acabas de hacer... no se parece a nada que los psíquicos que conocemos puedan hacer.

Mob, por su parte, miraba a Lin con una mezcla de sorpresa y empatía. Él sabía lo que era ocultar algo, lo que era querer ser normal y fallar en el intento.

—Tu energía es muy pacífica —dijo Mob en voz baja—. Pero es muy fuerte. Casi como si no perteneciera a este lugar.

Lin se sintió acorralada. La servidumbre de su casa siempre le había advertido que los psíquicos de esta ciudad eran impredecibles, pero no esperaba que fueran tan directos.

—Soy del extranjero —repitió ella, como si eso explicara el hecho de curar animales con luz—. En mi país... estudiamos cosas diferentes.

—¡No nos mientas! —Tome se acercó, invadiendo su espacio personal—. ¡Únete a nuestro club! Con alguien como tú, ¡seguro contactamos con extraterrestres antes del viernes!

—¡No! —Lin se levantó bruscamente. En su agitación, un pequeño frasco de cristal que llevaba colgado al cuello se salió de su uniforme. Dentro, un fragmento de estrella capturado brillaba con una intensidad que eclipsó la luz del día por un momento.

Todos retrocedieron, deslumbrados. Lin aprovechó el momento para intentar escapar, pero tropezó con una pesa que los del club de musculatura habían dejado en el suelo. Antes de caer, instintivamente, usó una ráfaga de viento mágico para estabilizarse. El aire giró a su alrededor, levantando sus hojas y haciendo que su cabello volara salvajemente, revelando finalmente su rostro sin el disfraz de la timidez.

El silencio que siguió fue sepulcral. Los miembros del Club de Musculatura se quedaron petrificados, no por el poder, sino por la belleza casi irreal de la chica. Parecía una criatura sacada de una leyenda, algo demasiado puro para el patio de una escuela secundaria llena de grafitis y polvo.

—Increíble —susurró Musashi, el líder del club de musculatura—. Tu espíritu... es realmente estético.

Lin se cubrió la cara con las manos, sintiendo que su primer día era un desastre absoluto.

—Por favor —pidió ella, con la voz quebrada—, solo quiero tener un año escolar normal. No quiero ser especial. Mi familia... mi familia murió porque éramos especiales.

El tono de su voz cambió la atmósfera de inmediato. La curiosidad de Tome se transformó en culpa, y los chicos de los músculos bajaron la mirada, respetuosos. Ritsu suavizó su expresión, comprendiendo que tras ese poder había una carga pesada.

Mob se acercó lentamente. No intentó tocarla, solo se quedó a una distancia prudencial.

—Entiendo eso —dijo Mob con sinceridad—. Yo también he querido ser normal muchas veces. Pero esconder quién eres no siempre te hace feliz, Lin.

Lin bajó las manos y miró a Mob. Vio en él una soledad similar a la suya, pero también una aceptación que ella aún no poseía.

—¿No van a decírselo a nadie? —preguntó ella, mirando al grupo.

—¡Claro que no! —exclamó Tome, aunque le costaba contener la emoción—. ¡Los del Club de Telepatía sabemos guardar secretos! Bueno, casi siempre.

—En el Club de Fomento de la Musculatura valoramos la disciplina y la privacidad de nuestros compañeros —añadió Musashi con un pulgar arriba—. ¡Tu secreto está a salvo con nuestros pectorales!

Ritsu asintió, aunque su mente ya estaba trabajando en mil teorías sobre qué tipo de poder poseía Lin.

—Si necesitas ayuda para pasar desapercibida, podemos darte algunos consejos —dijo Ritsu—. Aunque, siendo sinceros, con esa apariencia va a ser difícil que no te miren.

Lin se sonrojó de nuevo, ajustando sus gafas y tratando de volver a ser la chica invisible, aunque sabía que en ese pequeño círculo, su secreto ya había creado un vínculo.

—Gracias —susurró ella—. En serio. Solo... me gusta mucho la astronomía. Y la astrofísica. Si podemos hablar de eso en lugar de... de lo que sea que hice, sería mejor.

—¡Oh! —Mob sonrió levemente—. A mí me gusta aprender cosas nuevas. ¿Las estrellas son muy diferentes desde donde vienes?

Lin sonrió por primera vez en todo el día. Una sonrisa que, de nuevo, hizo que los miembros del club de musculatura tuvieran que esforzarse por no desmayarse ante tal despliegue de gracia natural.

—Las estrellas son las mismas en todo el mundo, Shigeo —respondió ella—. Solo depende de qué tan oscuro sea el lugar desde donde las mires para poder ver su verdadero brillo.

Mientras el grupo caminaba de regreso a las aulas, Lin sintió que, aunque Ciudad Condimento era caótica y extraña, quizás no sería el lugar solitario que había temido. Seguía siendo una archimaga, seguía siendo rica y extranjera, y definitivamente seguía destacando más de lo que deseaba, pero por primera vez en mucho tiempo, no sintió que tuviera que sellar su corazón junto con su magia.

Sin embargo, a lo lejos, desde la sombra de un edificio, una presencia oscura observaba. La energía de Lin había sido como un faro en la noche, y en una ciudad donde los espíritus y los psíquicos convergían, una luz tan pura no tardaría en atraer a las polillas más peligrosas. Pero por ahora, Lin solo se preocupaba por si podría terminar su clase de matemáticas sin que nadie más notara que sus ojos cambiaban de color cuando se concentraba demasiado.

El primer día de clases estaba lejos de terminar, y la historia de la archimaga en la ciudad de los psíquicos apenas comenzaba a escribirse bajo el manto de las estrellas que ella tanto amaba.
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