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Locura en el camarin
Fandom: Kengan ashura
Creado: 28/6/2026
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UA (Universo Alternativo)PWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Crack / Humor ParódicoLenguaje ExplícitoCelosPhotoficSátiraAmbientación Canon
Flash, Sudor y Pecado: El Lente de la Perdición
Tomoko Okiyama tenía una mirada que Shion Akiyama conocía demasiado bien. Era la mirada de una mujer que había descendido a los abismos de la depravación estética y había regresado con un plan. Sobre el escritorio de la directora de la Asociación Kengan, reposaba una propuesta que, en cualquier otro contexto, sería motivo de despido inmediato o de una demanda por acoso.
—¡Piénsalo, Shion-sama! —exclamó Tomoko, con las mejillas encendidas y una gota de sudor recorriendo su sien—. Los fondos de la asociación están estables, pero el "merchandising" femenino está infrautilizado. Una sesión de fotos de "alto impacto" con los luchadores más... estéticos. ¡Sería un éxito rotundo!
Shion suspiró, masajeándose las sienes. A su lado, Kaede Akiyama parecía querer tragarse su propia libreta de notas para no participar en la conversación.
—Tomoko, lo que sugieres es básicamente pornografía artística —dijo Shion, aunque sus ojos recorrieron las maquetas de las fotos—. ¿Cómo pretendes que hombres como Raian Kure o Ohma Tokita acepten esto? Son bestias, no modelos.
—Oh, ya me encargué de eso —sonrió Tomoko de forma siniestra, ajustándose las gafas—. Tengo información sobre los gastos de entrenamiento de Ohma que Yamashita-san preferiría no explicar a Nogi-sama. A Muteba solo hubo que ofrecerle una "suite" privada con diez modelos después de la sesión. Y Raian... bueno, a Raian le dije que Ohma dijo que él era demasiado "feo" para salir en una revista. Su orgullo hizo el resto.
Shion miró a Hanafusa, que pasaba por allí casualmente con una jeringa en la mano, y luego a Nogi, quien simplemente se encogió de hombros desde su sillón, más interesado en los números que en la moralidad del asunto.
—Está bien —cedió Shion—. Pero si alguien muere, tú limpias la sangre.
El estudio fotográfico estaba cargado de una tensión eléctrica y hormonal que se podía cortar con un cuchillo. El aire acondicionado parecía insuficiente para enfriar el ambiente.
En el centro del set, Setsuna Kiryu permanecía de pie, luciendo su habitual camisa blanca y pantalones oscuros tan ajustados que no dejaban absolutamente nada a la imaginación. A su izquierda, Ohma Tokita cruzaba los brazos con una expresión de fastidio absoluto, su torso desnudo ya brillando bajo las luces. A la derecha, Raian Kure mostraba una sonrisa cínica, moviendo los hombros como si estuviera a punto de decapitar a alguien, mientras que Muteba Gizenga, vestido solo con un taparrabos de seda exótico, se veía más cómodo que nadie, como si hubiera nacido para ser el centro de atención.
—¡Bien, caballeros! —gritó Tomoko, sosteniendo la cámara con manos temblorosas—. ¡Necesitamos pasión! ¡Exhibicionismo! ¡Kiryu-san, acércate al centro!
Tomoko hizo una señal y un asistente roció a Setsuna con agua fría. La camisa blanca, de tela fina, se volvió instantáneamente translúcida, adhiriéndose a su piel como una segunda capa. La musculatura definida de su pecho y abdomen quedó expuesta, y sus pezones se marcaron con una claridad obscena a través de la tela mojada.
—Vaya, vaya... —murmuró Raian, acercándose a Setsuna con una mirada depredadora—. Si pareces una verdadera muñequita ahora mismo, Kiryu. ¿No te da vergüenza que todos vean lo que escondes ahí debajo?
—El cuerpo es solo un recipiente para el amor de mi Dios —respondió Setsuna con voz melodiosa, aunque sus ojos brillaban con una locura contenida mientras miraba de reojo a Ohma.
Muteba soltó una carcajada profunda, colocando una mano pesada y oscura sobre el hombro de Setsuna, bajándola lentamente hacia su espalda baja.
—No seas modesto, chico. Tienes un cuerpo que invita a la exploración. En mi tierra, los hombres como tú son... muy apreciados.
Ohma, que hasta entonces había intentado ignorar el espectáculo, sintió un apretón extraño en el estómago. Ver a Setsuna así, empapado, con la tela pegada a cada curva de su cuerpo, le provocaba una reacción que se negaba a admitir. Era una mezcla de irritación y un deseo primitivo que lo golpeaba con más fuerza que un puñetazo de Wakatsuki.
—Dejen de parlotear y terminen con esto —gruñó Ohma, tratando de desviar la mirada, aunque sus ojos volvían inevitablemente a la transparencia de la camisa de Setsuna.
—¡Ohma-san, no seas tímido! —chilló Tomoko, a quien ya le empezaba a sangrar la nariz—. ¡Acércate a él! ¡Raian, Muteba, toquen! ¡Quiero ver dominación y sumisión!
Raian no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento rápido, rodeó el cuello de Setsuna con su brazo, tirando de él hacia atrás. La espalda de Setsuna chocó contra el pecho de Raian. Al mismo tiempo, Muteba se arrodilló frente a él, pasando sus manos por los muslos de Setsuna, apretando la carne firme a través del pantalón ajustado.
—¡Ah...! —Setsuna dejó escapar un gemido involuntario, agudo y vibrante, que resonó en todo el estudio.
Su cuerpo se arqueó. La combinación del agarre violento de Raian y el manoseo experto de Muteba lo puso en una posición de vulnerabilidad que, lejos de molestarle, parecía alimentar su naturaleza masoquista. Sus ojos se pusieron en blanco por un momento y su respiración se volvió errática.
—¿Te gusta esto, verdad? —susurró Raian al oído de Setsuna, metiendo una mano por debajo de la camisa mojada para pellizcar su piel—. Eres una pequeña perra ruidosa cuando quieres.
—¡Más! —gritó Tomoko, disparando fotos como una ametralladora—. ¡Ohma, pon tu mano en su pecho! ¡Reclámalo!
Ohma, impulsado por una rabia posesiva que no comprendía, dio un paso adelante. Apartó la mano de Muteba con un gesto brusco y rodeó la cintura de Setsuna, pegándolo a él. La piel caliente de Ohma contra la camisa fría y húmeda de Setsuna creó un contraste que hizo que ambos estremecieran.
—Tú... —susurró Ohma, mirando fijamente a Setsuna a los ojos—. Siempre causando problemas.
—Ohma... mi Dios... —gimió Setsuna, completamente entregado, dejando que su cabeza colgara hacia atrás sobre el hombro de Ohma, ofreciendo su cuello—. Haz lo que quieras conmigo... frente a todos... no me importa...
El exhibicionismo de la escena alcanzó niveles críticos. Raian, riendo como un maníaco, comenzó a desabrochar los primeros botones del pantalón de Setsuna mientras Muteba continuaba su exploración táctil, comentando en voz alta sobre la suavidad de la piel del luchador. Los flashes no paraban. Shion y Kaede observaban desde la distancia, la primera con una mezcla de horror y fascinación, y la segunda cubriéndose los ojos, aunque dejando un espacio entre los dedos.
Yamashita, por su parte, estaba en un rincón intentando no desmayarse.
—¡Esto es demasiado, Tomoko-san! ¡Nos van a arrestar! —suplicó Yamashita.
—¡Cállate, Kazuo! ¡Esto es arte! —respondió ella, con la cara manchada de sangre por la hemorragia nasal que no cesaba.
La sesión continuó durante una hora más, convirtiéndose en un torbellino de manos, gemidos ruidosos de Setsuna y comentarios provocativos de Muteba y Raian, quienes disfrutaban humillando y excitando al "Hermoso Bestia" ante la mirada cada vez más oscura de Ohma.
Cuando Tomoko finalmente gritó que habían terminado, el ambiente en el estudio era pesado, cargado de un olor a sudor y algo más primitivo. Setsuna estaba en el suelo, con la camisa hecha jirones y el pantalón a medio bajar, respirando con dificultad, con una expresión de absoluta sumisión y placer.
Raian y Muteba se alejaron, riendo y comentando sobre "el buen rato" que habían pasado, dejando a Setsuna allí. Ohma, que no había soltado a Setsuna durante los últimos diez minutos, lo levantó del suelo con un tirón brusco.
—Se acabó —dijo Ohma, su voz era un gruñido bajo que hizo que Kaede se estremeciera a lo lejos—. Nos vamos. Ahora.
—Pero Ohma-kun, todavía tenemos que... —empezó Tomoko, pero la mirada asesina que le lanzó el Tokita la hizo callar al instante.
Ohma arrastró a Setsuna hacia los vestidores privados del fondo. Setsuna no opuso resistencia; caminaba tropezando, con una sonrisa errática en los labios, mirando la espalda de Ohma con adoración.
Una vez dentro, Ohma cerró la puerta con una patada y acorraló a Setsuna contra la pared de metal. El sonido del impacto resonó en el pequeño espacio.
—¿Qué demonios fue eso allá afuera? —preguntó Ohma, sus manos apoyadas a ambos lados de la cabeza de Setsuna.
Setsuna soltó una risita suave, estirando una mano para delinear los abdominales de Ohma.
—¿Te puso celoso, Ohma? ¿Ver a otros tocar lo que crees que es tuyo?
—No digas estupideces —respondió Ohma, aunque su cuerpo lo traicionaba, presionándose contra el de Setsuna—. Me molestó el espectáculo. Eres un exhibicionista asqueroso.
—Y aun así... no podías dejar de mirar —susurró Setsuna, acercando su rostro al de Ohma hasta que sus narices se rozaron—. Viste cómo Raian me tocaba... cómo Muteba me hacía gritar... ¿Acaso no quieres hacerme gritar tú también, pero de una forma que ellos nunca podrían?
Ohma apretó los dientes. La imagen de Setsuna gimiendo bajo las manos de esos dos volvió a su mente, encendiendo una chispa de posesividad salvaje. Sin decir una palabra más, selló los labios de Setsuna con un beso que no tuvo nada de tierno. Fue un choque de dientes y lengua, una lucha por el dominio que Setsuna perdió felizmente, soltando un gemido ahogado contra la boca de Ohma.
—Tú... —dijo Ohma, separándose apenas unos milímetros—, vas a aprender a cerrar la boca.
—Oblígame —desafió Setsuna, con los ojos brillando de lujuria y desafío.
Lo que siguió en el vestidor fue una explosión de la tensión acumulada durante toda la tarde. Ohma no fue gentil. Sus manos, acostumbradas a romper huesos, trataron la piel de Setsuna con una brusquedad que solo provocaba más gemidos ruidosos y súplicas de sumisión por parte del otro. Setsuna se entregaba a cada movimiento, a cada embestida, disfrutando de la dominación absoluta que Ohma ejercía sobre él, una forma de sexo salvaje que era más una extensión de sus combates que un acto de amor.
Afuera, en el estudio, Tomoko estaba revisando las fotos en la pantalla digital.
—¡Mira esta, Shion-sama! —dijo Tomoko, señalando una toma donde Ohma miraba a la cámara mientras su mano desaparecía bajo la ropa de Setsuna—. El contraste entre la furia de Ohma y la entrega de Setsuna... ¡Es oro puro!
Shion miró la foto y luego la puerta cerrada del vestidor, de donde empezaban a escapar sonidos que definitivamente no eran de una conversación amistosa.
—Kaede —dijo Shion, suspirando—. Llama a la limpieza. Y dile a Hanafusa que traiga algún sedante fuerte. Creo que vamos a necesitarlo cuando Ohma salga de ahí.
—¿Y qué hacemos con las fotos? —preguntó Kaede, roja como un tomate.
Shion guardó silencio por un momento, observando la calidad de las imágenes y pensando en el presupuesto de la próxima temporada.
—Imprímelas todas —ordenó Shion con una sonrisa cínica—. Y asegúrate de que la primera edición se agote antes de que Ohma se dé cuenta de que su cara está en todas las librerías de Japón.
Mientras tanto, en el vestidor, los gritos de Setsuna alcanzaron una nota aguda de éxtasis, seguidos por el sonido de algo pesado golpeando la pared. Ohma Tokita había reclamado lo que, después de todo, siempre había sido suyo en el campo de batalla y fuera de él, marcando su territorio con una ferocidad que dejaría huellas mucho después de que los flashes de las cámaras se hubieran apagado.
Tomoko, con un pañuelo lleno de sangre en la nariz, sonrió victoriosa. El plan había sido un éxito total. El Kengan Ashura nunca volvería a ser el mismo después de esa sesión de fotos.
—¡Piénsalo, Shion-sama! —exclamó Tomoko, con las mejillas encendidas y una gota de sudor recorriendo su sien—. Los fondos de la asociación están estables, pero el "merchandising" femenino está infrautilizado. Una sesión de fotos de "alto impacto" con los luchadores más... estéticos. ¡Sería un éxito rotundo!
Shion suspiró, masajeándose las sienes. A su lado, Kaede Akiyama parecía querer tragarse su propia libreta de notas para no participar en la conversación.
—Tomoko, lo que sugieres es básicamente pornografía artística —dijo Shion, aunque sus ojos recorrieron las maquetas de las fotos—. ¿Cómo pretendes que hombres como Raian Kure o Ohma Tokita acepten esto? Son bestias, no modelos.
—Oh, ya me encargué de eso —sonrió Tomoko de forma siniestra, ajustándose las gafas—. Tengo información sobre los gastos de entrenamiento de Ohma que Yamashita-san preferiría no explicar a Nogi-sama. A Muteba solo hubo que ofrecerle una "suite" privada con diez modelos después de la sesión. Y Raian... bueno, a Raian le dije que Ohma dijo que él era demasiado "feo" para salir en una revista. Su orgullo hizo el resto.
Shion miró a Hanafusa, que pasaba por allí casualmente con una jeringa en la mano, y luego a Nogi, quien simplemente se encogió de hombros desde su sillón, más interesado en los números que en la moralidad del asunto.
—Está bien —cedió Shion—. Pero si alguien muere, tú limpias la sangre.
El estudio fotográfico estaba cargado de una tensión eléctrica y hormonal que se podía cortar con un cuchillo. El aire acondicionado parecía insuficiente para enfriar el ambiente.
En el centro del set, Setsuna Kiryu permanecía de pie, luciendo su habitual camisa blanca y pantalones oscuros tan ajustados que no dejaban absolutamente nada a la imaginación. A su izquierda, Ohma Tokita cruzaba los brazos con una expresión de fastidio absoluto, su torso desnudo ya brillando bajo las luces. A la derecha, Raian Kure mostraba una sonrisa cínica, moviendo los hombros como si estuviera a punto de decapitar a alguien, mientras que Muteba Gizenga, vestido solo con un taparrabos de seda exótico, se veía más cómodo que nadie, como si hubiera nacido para ser el centro de atención.
—¡Bien, caballeros! —gritó Tomoko, sosteniendo la cámara con manos temblorosas—. ¡Necesitamos pasión! ¡Exhibicionismo! ¡Kiryu-san, acércate al centro!
Tomoko hizo una señal y un asistente roció a Setsuna con agua fría. La camisa blanca, de tela fina, se volvió instantáneamente translúcida, adhiriéndose a su piel como una segunda capa. La musculatura definida de su pecho y abdomen quedó expuesta, y sus pezones se marcaron con una claridad obscena a través de la tela mojada.
—Vaya, vaya... —murmuró Raian, acercándose a Setsuna con una mirada depredadora—. Si pareces una verdadera muñequita ahora mismo, Kiryu. ¿No te da vergüenza que todos vean lo que escondes ahí debajo?
—El cuerpo es solo un recipiente para el amor de mi Dios —respondió Setsuna con voz melodiosa, aunque sus ojos brillaban con una locura contenida mientras miraba de reojo a Ohma.
Muteba soltó una carcajada profunda, colocando una mano pesada y oscura sobre el hombro de Setsuna, bajándola lentamente hacia su espalda baja.
—No seas modesto, chico. Tienes un cuerpo que invita a la exploración. En mi tierra, los hombres como tú son... muy apreciados.
Ohma, que hasta entonces había intentado ignorar el espectáculo, sintió un apretón extraño en el estómago. Ver a Setsuna así, empapado, con la tela pegada a cada curva de su cuerpo, le provocaba una reacción que se negaba a admitir. Era una mezcla de irritación y un deseo primitivo que lo golpeaba con más fuerza que un puñetazo de Wakatsuki.
—Dejen de parlotear y terminen con esto —gruñó Ohma, tratando de desviar la mirada, aunque sus ojos volvían inevitablemente a la transparencia de la camisa de Setsuna.
—¡Ohma-san, no seas tímido! —chilló Tomoko, a quien ya le empezaba a sangrar la nariz—. ¡Acércate a él! ¡Raian, Muteba, toquen! ¡Quiero ver dominación y sumisión!
Raian no necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento rápido, rodeó el cuello de Setsuna con su brazo, tirando de él hacia atrás. La espalda de Setsuna chocó contra el pecho de Raian. Al mismo tiempo, Muteba se arrodilló frente a él, pasando sus manos por los muslos de Setsuna, apretando la carne firme a través del pantalón ajustado.
—¡Ah...! —Setsuna dejó escapar un gemido involuntario, agudo y vibrante, que resonó en todo el estudio.
Su cuerpo se arqueó. La combinación del agarre violento de Raian y el manoseo experto de Muteba lo puso en una posición de vulnerabilidad que, lejos de molestarle, parecía alimentar su naturaleza masoquista. Sus ojos se pusieron en blanco por un momento y su respiración se volvió errática.
—¿Te gusta esto, verdad? —susurró Raian al oído de Setsuna, metiendo una mano por debajo de la camisa mojada para pellizcar su piel—. Eres una pequeña perra ruidosa cuando quieres.
—¡Más! —gritó Tomoko, disparando fotos como una ametralladora—. ¡Ohma, pon tu mano en su pecho! ¡Reclámalo!
Ohma, impulsado por una rabia posesiva que no comprendía, dio un paso adelante. Apartó la mano de Muteba con un gesto brusco y rodeó la cintura de Setsuna, pegándolo a él. La piel caliente de Ohma contra la camisa fría y húmeda de Setsuna creó un contraste que hizo que ambos estremecieran.
—Tú... —susurró Ohma, mirando fijamente a Setsuna a los ojos—. Siempre causando problemas.
—Ohma... mi Dios... —gimió Setsuna, completamente entregado, dejando que su cabeza colgara hacia atrás sobre el hombro de Ohma, ofreciendo su cuello—. Haz lo que quieras conmigo... frente a todos... no me importa...
El exhibicionismo de la escena alcanzó niveles críticos. Raian, riendo como un maníaco, comenzó a desabrochar los primeros botones del pantalón de Setsuna mientras Muteba continuaba su exploración táctil, comentando en voz alta sobre la suavidad de la piel del luchador. Los flashes no paraban. Shion y Kaede observaban desde la distancia, la primera con una mezcla de horror y fascinación, y la segunda cubriéndose los ojos, aunque dejando un espacio entre los dedos.
Yamashita, por su parte, estaba en un rincón intentando no desmayarse.
—¡Esto es demasiado, Tomoko-san! ¡Nos van a arrestar! —suplicó Yamashita.
—¡Cállate, Kazuo! ¡Esto es arte! —respondió ella, con la cara manchada de sangre por la hemorragia nasal que no cesaba.
La sesión continuó durante una hora más, convirtiéndose en un torbellino de manos, gemidos ruidosos de Setsuna y comentarios provocativos de Muteba y Raian, quienes disfrutaban humillando y excitando al "Hermoso Bestia" ante la mirada cada vez más oscura de Ohma.
Cuando Tomoko finalmente gritó que habían terminado, el ambiente en el estudio era pesado, cargado de un olor a sudor y algo más primitivo. Setsuna estaba en el suelo, con la camisa hecha jirones y el pantalón a medio bajar, respirando con dificultad, con una expresión de absoluta sumisión y placer.
Raian y Muteba se alejaron, riendo y comentando sobre "el buen rato" que habían pasado, dejando a Setsuna allí. Ohma, que no había soltado a Setsuna durante los últimos diez minutos, lo levantó del suelo con un tirón brusco.
—Se acabó —dijo Ohma, su voz era un gruñido bajo que hizo que Kaede se estremeciera a lo lejos—. Nos vamos. Ahora.
—Pero Ohma-kun, todavía tenemos que... —empezó Tomoko, pero la mirada asesina que le lanzó el Tokita la hizo callar al instante.
Ohma arrastró a Setsuna hacia los vestidores privados del fondo. Setsuna no opuso resistencia; caminaba tropezando, con una sonrisa errática en los labios, mirando la espalda de Ohma con adoración.
Una vez dentro, Ohma cerró la puerta con una patada y acorraló a Setsuna contra la pared de metal. El sonido del impacto resonó en el pequeño espacio.
—¿Qué demonios fue eso allá afuera? —preguntó Ohma, sus manos apoyadas a ambos lados de la cabeza de Setsuna.
Setsuna soltó una risita suave, estirando una mano para delinear los abdominales de Ohma.
—¿Te puso celoso, Ohma? ¿Ver a otros tocar lo que crees que es tuyo?
—No digas estupideces —respondió Ohma, aunque su cuerpo lo traicionaba, presionándose contra el de Setsuna—. Me molestó el espectáculo. Eres un exhibicionista asqueroso.
—Y aun así... no podías dejar de mirar —susurró Setsuna, acercando su rostro al de Ohma hasta que sus narices se rozaron—. Viste cómo Raian me tocaba... cómo Muteba me hacía gritar... ¿Acaso no quieres hacerme gritar tú también, pero de una forma que ellos nunca podrían?
Ohma apretó los dientes. La imagen de Setsuna gimiendo bajo las manos de esos dos volvió a su mente, encendiendo una chispa de posesividad salvaje. Sin decir una palabra más, selló los labios de Setsuna con un beso que no tuvo nada de tierno. Fue un choque de dientes y lengua, una lucha por el dominio que Setsuna perdió felizmente, soltando un gemido ahogado contra la boca de Ohma.
—Tú... —dijo Ohma, separándose apenas unos milímetros—, vas a aprender a cerrar la boca.
—Oblígame —desafió Setsuna, con los ojos brillando de lujuria y desafío.
Lo que siguió en el vestidor fue una explosión de la tensión acumulada durante toda la tarde. Ohma no fue gentil. Sus manos, acostumbradas a romper huesos, trataron la piel de Setsuna con una brusquedad que solo provocaba más gemidos ruidosos y súplicas de sumisión por parte del otro. Setsuna se entregaba a cada movimiento, a cada embestida, disfrutando de la dominación absoluta que Ohma ejercía sobre él, una forma de sexo salvaje que era más una extensión de sus combates que un acto de amor.
Afuera, en el estudio, Tomoko estaba revisando las fotos en la pantalla digital.
—¡Mira esta, Shion-sama! —dijo Tomoko, señalando una toma donde Ohma miraba a la cámara mientras su mano desaparecía bajo la ropa de Setsuna—. El contraste entre la furia de Ohma y la entrega de Setsuna... ¡Es oro puro!
Shion miró la foto y luego la puerta cerrada del vestidor, de donde empezaban a escapar sonidos que definitivamente no eran de una conversación amistosa.
—Kaede —dijo Shion, suspirando—. Llama a la limpieza. Y dile a Hanafusa que traiga algún sedante fuerte. Creo que vamos a necesitarlo cuando Ohma salga de ahí.
—¿Y qué hacemos con las fotos? —preguntó Kaede, roja como un tomate.
Shion guardó silencio por un momento, observando la calidad de las imágenes y pensando en el presupuesto de la próxima temporada.
—Imprímelas todas —ordenó Shion con una sonrisa cínica—. Y asegúrate de que la primera edición se agote antes de que Ohma se dé cuenta de que su cara está en todas las librerías de Japón.
Mientras tanto, en el vestidor, los gritos de Setsuna alcanzaron una nota aguda de éxtasis, seguidos por el sonido de algo pesado golpeando la pared. Ohma Tokita había reclamado lo que, después de todo, siempre había sido suyo en el campo de batalla y fuera de él, marcando su territorio con una ferocidad que dejaría huellas mucho después de que los flashes de las cámaras se hubieran apagado.
Tomoko, con un pañuelo lleno de sangre en la nariz, sonrió victoriosa. El plan había sido un éxito total. El Kengan Ashura nunca volvería a ser el mismo después de esa sesión de fotos.
