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gases y ladies

Fandom: hazbin hotel, rey leon

Creado: 28/6/2026

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Hambre de fama y bichos crujientes

El Infierno nunca dormía, pero a veces, en los rincones más profundos y menos "sofisticados" de Pentagram City, el caos se tomaba un respiro para dar paso a la ridiculez pura. Tras la última debacle en el Hotel Hazbin, donde las explosiones y los cánticos redentores habían dejado a más de uno con dolor de cabeza, Mimzy había decidido que necesitaba unas vacaciones de la intensidad de Alastor y sus dramas de hotelero.

Mimzy, con su vestido de flecos ligeramente chamuscado y su energía inagotable, caminaba por un callejón que olía a azufre y a comida china recalentada. A su lado, Baxter, el científico pez abisal que prefería la compañía de sus tubos de ensayo a la de cualquier pecador viviente, arrastraba los pies con una expresión de absoluto arrepentimiento por haber aceptado salir de su laboratorio.

—Te lo digo, Baxter, querido —exclamó Mimzy, haciendo un gesto dramático con sus manos regordetas—, la clave de la supervivencia aquí abajo no es el poder, ni el estatus, ni cuántas almas hayas devorado. Es el estilo. Y, por supuesto, saber dónde encontrar un buen refrigerio que no intente morderte de vuelta.

Baxter ajustó sus gafas, que brillaban bajo la luz roja carmesí del cielo.

—Sigo sin entender por qué me has arrastrado a este sector, Mimzy. Tengo experimentos que requieren mi atención. La tasa de mutación de las anguilas eléctricas no se va a registrar sola.

Mimzy se detuvo en seco frente a un tronco caído de un árbol demoníaco, cuyas raíces parecían dedos retorcidos. Se sentó sobre él con la gracia de una diva de los años 20.

—¡Oh, relájate! Pareces más tenso que Alastor cuando alguien toca su gramófono. Mira este lugar. Es rústico, es chic, es... —olfateó el aire—... algo que definitivamente necesita una limpieza, pero tiene potencial.

De repente, un extraño ruido surgió de debajo del tronco. Mimzy, con una agilidad sorprendente para su figura, se asomó y metió la mano, sacando un insecto de aspecto grotesco, con múltiples patas y un color verde fosforescente.

—¡Mira esto! —gritó emocionada—. ¡Un manjar!

Baxter retrocedió un paso, horrorizado.

—¿Vas a comerte eso? Tiene niveles de toxicidad que harían que un exterminador tuviera una indigestión fulminante.

—¡Bah! —Mimzy miró al bicho con adoración—. En mis tiempos, esto era alta cocina si sabías cómo prepararlo. Pero aquí, es simplemente... "Hakuna Matata".

Baxter parpadeó, confundido.

—¿"Hakuna" qué? ¿Es algún tipo de dialecto de los niveles inferiores?

Mimzy soltó una carcajada sonora, una que resonó en el callejón vacío.

—Es una filosofía, cariño. Significa que no hay problemas. Nada de qué preocuparse. ¡Sin preocupaciones! Es como yo vivo mi vida, nene. Siempre que haya un escenario y algo de comer, Mimzy es feliz.

Se llevó el insecto a la boca y, con un crujido ensordecedor, lo devoró. Baxter sintió que su estómago, o lo que quedara de él tras su muerte, daba un vuelco.

—Viscoso, pero sabroso —dijo Mimzy, limpiándose la comisura de los labios con un dedo—. ¡Vamos, Baxter! Prueba uno. Te quitará esa cara de "estoy calculando el fin del mundo".

—Me niego rotundamente a participar en esta degradación biológica —replicó Baxter, cruzando sus brazos—. Soy un hombre de ciencia, no un... un jabalí de carga.

Mimzy se levantó y comenzó a caminar alrededor de Baxter, moviendo sus caderas al ritmo de una música que solo ella parecía escuchar en su cabeza.

—Oh, vamos. Imagínatelo. Tú y yo, los reyes de la selva de asfalto. Sin jefes, sin Overlords, sin hoteles de redención. Solo nosotros y un buffet libre de bichos brillantes.

—Eso suena como una pesadilla febril —murmuró el científico.

—¡Es el estilo de vida ideal! —Mimzy se subió de nuevo al tronco y empezó a tararear una melodía pegajosa—. Mira, ahí hay otro. Ese rojo con rayas negras parece que tiene sabor a cereza... o a sangre coagulada, ¡quién sabe! Es una sorpresa en cada bocado.

Baxter observó cómo Mimzy levantaba una piedra y encontraba una colonia entera de larvas demoníacas. Ella las miraba como si fueran perlas preciosas.

—¿Sabes, Baxter? —dijo ella, bajando un poco el tono, volviéndose extrañamente reflexiva—. A veces, en este lugar, uno se cansa de correr. Se cansa de intentar ser alguien. Alastor tiene su radio, Charlie tiene su sueño... y yo solo quiero que la música no pare. Y si para que no pare tengo que comer bichos bajo un puente, pues que así sea.

Baxter guardó silencio por un momento. Miró a la pequeña mujer, tan llena de vida en un lugar dedicado a la muerte, y suspiró. A regañadientes, se acercó y observó una de las larvas que reptaba cerca de su bota.

—Supongo que... desde un punto de vista puramente empírico... podría analizar su valor nutricional —dijo Baxter, sacando una pequeña pinza de su bolsillo.

Atrapó una larva azulada que emitía un suave zumbido. La elevó a la altura de sus ojos, estudiándola con un rigor científico que Mimzy encontró adorable.

—Esa es de las buenas —aseguró Mimzy, dándole un codazo amistoso—. Tienen un toque picante al final.

Baxter cerró los ojos, hizo una mueca de asco supremo y se metió la larva en la boca. Masticó una vez. Sus ojos se abrieron de par en par.

—Tiene... —empezó a decir, tragando con dificultad—... un regusto a cobre y... ¿piña?

—¡Te lo dije! —Mimzy saltó de alegría, aplaudiendo—. ¡Hakuna Matata, bichi-pez!

—No vuelvas a llamarme así —protestó Baxter, aunque ya estaba buscando otro espécimen con sus pinzas—. Pero admito que la textura es... interesante. Menos fibrosa de lo que predije.

Ambos se sentaron en el tronco, en medio de la penumbra del Infierno, compartiendo un festín de insectos que brillaban en la oscuridad. Por un momento, las intrigas de los Vees, las amenazas de los ángeles y las crisis existenciales del hotel quedaron muy lejos.

—¿Crees que Alastor nos buscaría si nos quedáramos aquí para siempre? —preguntó Mimzy, mirando hacia la silueta lejana de la torre de la radio.

—Probablemente no —respondió Baxter, ahora más relajado—. Estaría demasiado ocupado arreglándose el monóculo o asustando a Husk. Además, dudo que aprecie la "alta cocina" que hemos descubierto hoy.

—Peor para él —dijo Mimzy con una sonrisa traviesa—. Más bichos para nosotros.

—Mimzy —dijo Baxter tras un rato de silencio—. Si volvemos al hotel... ¿podemos no mencionar que he comido algo que todavía tenía sistema nervioso activo? Mi reputación como intelectual es lo único que me queda.

Mimzy soltó una carcajada y le pasó un brazo por los hombros al pequeño científico, quien se puso rígido pero no se apartó.

—Cariño, en el Infierno, la reputación es lo que la gente cree de ti, pero el Hakuna Matata es lo que tú sabes de ti mismo. ¡Y ahora, busca ese bicho gordo de allá! ¡Ese parece que tiene relleno de crema!

Baxter suspiró, pero una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareció en su rostro mientras se agachaba para seguir explorando el subsuelo. Quizás, después de todo, la filosofía de la gordita cantante no era tan descabellada. Al menos, los bichos no intentaban redimir su alma, solo alimentar su hambre.

Y así, entre crujidos y risas, el dúo más improbable del Infierno disfrutó de su pequeña porción de libertad, ignorando que, a pocos metros, un grupo de demonios menores los observaba con absoluta confusión, preguntándose si el fin de los tiempos finalmente había vuelto locos a todos.

—¡Viscoso pero sabroso! —gritó Mimzy una vez más, alzando una lombriz alada como si fuera una copa de champán.

—Viscoso... pero aceptable —corrigió Baxter, antes de engullir su siguiente descubrimiento.
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