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No quiero ser la princesa heredera!

Fandom: Novelas ligeras

Creado: 28/6/2026

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La determinación de la Rosa de Marfil: Un complot a espaldas del Dragón

El aroma a canela y azúcar tostada flotaba en el aire de las cocinas reales, un contraste casi insultante con la tensión gélida que envolvía al reino de Wilhelm. Lidiana Von Vivoir, ahora la Princesa Heredera, removía con energía una mezcla de masa para galletas, aunque sus pensamientos estaban a leguas de distancia, específicamente en el frente de batalla donde Friedrich lideraba al ejército contra las fuerzas de Sanaja.

Sus ojos violetas, usualmente brillantes con una chispa de picardía e inteligencia, estaban nublados por la preocupación. Lidi se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, soltando un suspiro pesado. Había pasado los últimos días sumergida en la cocina, creando nuevas recetas de raciones de alta energía para los soldados heridos que regresaban del frente, buscando en el trabajo manual una distracción para su mente hiperactiva.

Sin embargo, su cuerpo no parecía cooperar. Últimamente, una fatiga inusual la embargaba al caer la tarde, y lo que era más inquietante: su "magia de neutralización", aquella que siempre había sido pasiva y oculta, estaba dando atisbos de descontrol. Pequeñas ráfagas de energía invisible emanaban de sus dedos, disolviendo por accidente los encantamientos de conservación de las jarras cercanas.

— Maldición... —murmuró Lidi, dejando la cuchara de madera sobre la mesa—. No puedo simplemente quedarme aquí horneando mientras el mundo se cae a pedazos.

Se dejó caer en un sofá de terciopelo en su salón privado, sintiendo una punzada de impotencia. Friedrich, con su amor obsesivo y su naturaleza protectora de "corazón negro", la había dejado bajo mil capas de seguridad. Él la amaba con una intensidad que rozaba la locura, una devoción nacida de su conexión como almas gemelas, pero esa misma devoción era una jaula de oro. Él prefería que ella fuera una reina amada y segura, lejos de los horrores de la política exterior y la guerra.

Pero Lidi no era una japonesa reencarnada solo para ser un trofeo. Sabía que, mientras Friedrich luchaba en el frente principal, los ciudadanos de las Islas Verdes seguían sufriendo bajo el yugo del conflicto, esperando una liberación que no llegaba.

— Si espero a que Friedrich regrese, será demasiado tarde para ellos —se dijo a sí misma, poniéndose en pie con renovada determinación.

Llamó a su guardia personal, Cain, el Apóstata Rojo de Sanaja. El hombre entró en la habitación como una sombra, su sola presencia irradiando una peligrosidad que solo Lidi parecía ignorar.

— Cain, prepara un mapa de las rutas hacia el fuerte del este y las Islas Verdes —ordenó Lidi, con voz firme—. Vamos a intervenir.

— Princesa, si el Príncipe Heredero se entera de que la llevé al campo de batalla, mi cabeza será lo primero que adorne las almenas del palacio —respondió Cain con una frialdad pragmática, aunque sus ojos mostraban un brillo de respeto.

— Friedrich está a días de distancia. Le enviaré una carta explicándolo todo una vez que el plan esté en marcha. Para cuando la lea, ya habremos tenido éxito. Mi magia de neutralización es la clave para romper las defensas de Sanaja en las islas.

La conversación fue interrumpida por la entrada estrepitosa de Alexei, el hermano de Lidi. Su rostro, usualmente compuesto, estaba contraído por la incredulidad y la irritación.

— ¡Dime que lo que acabo de oír por parte de los sirvientes es una broma de mal gusto, Lidi! —exclamó Alexei, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

— No es una broma, hermano —respondió ella, cruzándose de brazos—. Voy a las Islas Verdes.

— ¡Es una locura! —Alexei se acercó, bajando la voz pero manteniendo el tono severo—. No solo eres la futura reina, eres la *mate* de Friedrich. ¿Tienes idea de lo que le pasaría a este reino si algo te sucede? Friedrich no solo perdería la razón, destruiría todo a su paso. Su magia de dragón está ligada a su estabilidad emocional y a ti. Si mueres, Wilhelm arde con él.

Lidi sintió un escalofrío. Conocía bien el lado sádico y obsesivo de su marido. Friedrich la amaba tanto que la idea de perderla lo convertiría en el monstruo que todos temían que fuera. Pero precisamente por eso, ella debía actuar.

— No voy a morir, Alexei. Estaré coordinando desde la retaguardia y usaré mi magia solo cuando sea estrictamente necesario para neutralizar los artefactos de Sanaja. Soy la única que puede hacerlo sin activar las alarmas mágicas —argumentó Lidi, sus ojos violetas fijos en los de su hermano—. No puedo ser una gran reina si ignoro el clamor de la gente que sufre solo porque mi esposo tiene miedo de que me rompa.

Alexei guardó silencio durante un largo minuto, midiendo la terquedad de su hermana. Sabía que, una vez que a Lidi se le metía una idea en la cabeza, ni el mismísimo Dios Dragón podría disuadirla.

— Está bien —cedió Alexei con un suspiro de derrota—, pero con una condición innegociable: yo iré contigo. Y si la situación se complica lo más mínimo, si un solo soldado enemigo se acerca a menos de cien metros de ti, huirás. Cain y yo nos encargaremos de ganar tiempo, pero tú debes priorizar tu vida por encima de la misión. ¿Entendido?

Lidi asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía el riesgo que corría su hermano al apoyarla en esta traición a las órdenes del Príncipe.

— Acepto. Gracias, Alexei.

Sin perder tiempo, el grupo comenzó los preparativos. Lidi escribió una carta para Friedrich, detallando sus razones y pidiéndole perdón por su desobediencia, aunque sabía que el perdón sería lo último que Friedrich sentiría al leerla; probablemente sentiría una furia volcánica mezclada con un terror agónico. "Por favor, mantente a salvo, mi querido y posesivo dragón", pensó mientras sellaba el sobre con cera roja.

Utilizando un portal mágico de corto alcance oculto en las dependencias del ducado Vivoir, el grupo se trasladó hacia el fuerte militar situado en la frontera este, el punto más cercano a las Islas Verdes.

Al salir del portal, el aire gélido y el olor a metal y pólvora golpearon los sentidos de Lidi. El fuerte era un caos controlado. Soldados heridos se amontonaban en los pasillos, y la moral parecía estar por los suelos. La ausencia de un líder de la familia real en este sector había dejado a los hombres sintiéndose olvidados.

— ¡Es la Princesa Heredera! —susurró un soldado, dejando caer su lanza por la sorpresa.

Lidi no perdió un segundo. Se subió a una plataforma de madera en el patio central, su capa ondeando con el viento frío. A pesar de la debilidad que sentía en sus extremidades, proyectó su voz con toda la autoridad que había aprendido en sus años de etiqueta y política.

— ¡Soldados de Wilhelm! —gritó, captando la atención de todos—. Mi esposo, el Príncipe Heredero, lucha en el norte, pero yo no he venido aquí para sentarme a esperar noticias. He venido porque las Islas Verdes son parte de nuestro corazón, y su gente clama por libertad. ¡No soy solo una esposa que espera, soy su reina, y he venido a liderar el golpe final contra las defensas de Sanaja!

Un rugido de asombro y luego de júbilo recorrió el fuerte. La presencia de Lidi era como una inyección de adrenalina para los hombres agotados.

— Cain, Alexei, traigan los mapas a la mesa de estrategia —ordenó Lidi, bajando de la plataforma con paso firme—. Tenemos tres horas para organizar el despliegue antes de que la marea baje y podamos cruzar el estrecho bajo el velo de mi magia.

Mientras entraban en la sala de mando, Lidi sintió un mareo repentino. Se apoyó en la mesa, cerrando los ojos con fuerza. Su magia de neutralización vibró en su interior de una forma que nunca antes había sentido, como si algo en su propia sangre estuviera tratando de despertar o de protegerla.

— ¿Lidi? Estás pálida —dijo Alexei, acercándose con preocupación.

— Estoy bien —mintió ella, recuperando la compostura—. Solo es el viaje por el portal. Empecemos. Si logramos desactivar el núcleo mágico de la isla principal, las fuerzas de Sanaja quedarán ciegas.

El plan era audaz y peligroso. Lidi usaría su extraña magia para crear un "vacío" alrededor de las naves de desembarco, haciendo que fueran invisibles para los radares mágicos del enemigo. Una vez en la costa, Cain lideraría el asalto físico mientras ella neutralizaba las trampas rúnicas de las puertas de la ciudad.

A medida que las horas pasaban y el plan tomaba forma, Lidi no podía evitar pensar en Friedrich. Podía imaginarlo en ese mismo momento, cubierto de sangre enemiga, con sus ojos azules hipnóticos brillando con la sed de batalla del dragón, creyendo que su amada esposa estaba a salvo tras los muros de la capital.

— Si sobrevivimos a esto —susurró Lidi para sí misma mientras observaba el mapa—, Friedrich me va a encerrar en una torre por el resto de la eternidad.

— Tienes suerte si solo es una torre —comentó Cain, afilando su daga—. Probablemente mande construir una fortaleza de diamante solo para ti.

Lidi soltó una risa nerviosa. Sabía que su marido era un sadista obsesivo, pero también sabía que él amaba su espíritu indomable. Esa contradicción era lo que mantenía su matrimonio ardiendo con una pasión que a veces la asustaba y otras la completaba.

— Que así sea —dijo Lidi, enderezando la espalda—. Pero antes de que me encierre, le daré una victoria que Sanaja no olvidará jamás.

Con el mapa trazado y los soldados listos para dar la vida por ella, la Princesa Heredera se preparó para la batalla. No sabía que el extraño cansancio y los brotes de magia no eran solo por el estrés de la guerra, sino el inicio de algo que cambiaría su relación con Friedrich para siempre. Pero en ese momento, bajo el cielo gris del fuerte, Lidiana Von Vivoir solo tenía un objetivo: demostrar que la pareja de un dragón no es una presa, sino una fuerza de la naturaleza por derecho propio.
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