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Evil Supergirl

Fandom: Supergirl

Creado: 28/6/2026

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El Advenimiento del Blanco

Midvale, 2010.

La noche en la residencia Danvers siempre había sido un refugio de paz, interrumpido únicamente por el susurro del viento entre los pinos. Sin embargo, esa tranquilidad se fragmentó con un estruendo seco, una vibración que sacudió los cimientos de la casa y provocó que los cristales de las ventanas chirriaran bajo una presión antinatural.

Jeremiah Danvers se incorporó de golpe en la cama, con el corazón martilleando contra sus costillas. A su lado, Eliza ya estaba despierta, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.

—¿Qué ha sido eso? —susurró ella, buscando la mano de su marido en la oscuridad.

—Un impacto. Cerca —respondió Jeremiah, poniéndose en pie rápidamente.

Al salir al pasillo, se encontraron con Alex. La joven de quince años estaba apoyada en el marco de su puerta, frotándose los ojos con confusión, pero con una chispa de miedo evidente en su mirada.

—Papá, ¿qué pasa? —preguntó Alex, con la voz temblorosa.

Jeremiah puso una mano firme pero afectuosa sobre el hombro de su hija, tratando de proyectar una calma que no sentía.

—Vuelve a la cama, Alex. Solo ha sido un transformador o algo similar. Quédate aquí, por favor.

La joven asintió con dudas, retrocediendo hacia su habitación mientras sus padres bajaban las escaleras y salían al frío aire nocturno.

El rastro no era difícil de seguir. Una estela de humo grisáceo se elevaba entre los árboles, a apenas unos cientos de metros de la propiedad. Cuando llegaron al lugar, se encontraron con un surco profundo en la tierra. En el centro, una cápsula metálica de diseño alienígena permanecía abierta. El interior estaba vacío; el revestimiento acolchado aún conservaba un calor residual, pero no había rastro de ningún ocupante.

—Jeremiah, esto no es un satélite —murmuró Eliza, retrocediendo un paso—. Está vacía. Quienquiera que fuera... ya no está aquí.

Un escalofrío recorrió la espalda de Jeremiah. Miró hacia la casa, cuyas luces brillaban débilmente a lo lejos.

—Tenemos que volver. Ahora.

Corrieron de regreso, con el presentimiento de que el peligro ya no estaba en el bosque, sino dentro de su propio hogar. Al entrar en el salón, se detuvieron en seco.

Sentada en el sofá principal, con una postura de una rectitud casi aristocrática, se encontraba una niña. No aparentaba más de trece años. Tenía el cabello rubio perfectamente peinado y unos ojos azules que brillaban con una intensidad gélida, carente de la calidez propia de la infancia. Vestía un traje de un blanco inmaculado, una tela que parecía repeler el polvo, y en su pecho destacaba un emblema carmesí y dorado: una "S" encerrada en un pentágono.

Eliza, en un instinto maternal mal dirigido por la sorpresa, dio un paso al frente.

—Hola, querida... ¿estás perdida? —preguntó con voz suave, aunque sus manos temblaban.

La niña no se inmutó. Una sonrisa lenta y carente de humor se dibujó en sus labios.

—No estoy perdida, mamá y papá —respondió la pequeña. Su voz tenía una resonancia extraña, demasiado madura, demasiado segura.

Jeremiah frunció el ceño, colocándose frente a su esposa.

—Perdona, pequeña, pero te confundes con otras personas. No sabemos quién eres, pero podemos ayudarte a encontrar a tu familia.

En un parpadeo, el espacio entre ellos desapareció. No hubo movimiento visible, solo un desplazamiento instantáneo de aire que revolvió el cabello de Jeremiah. La niña ya no estaba en el sofá; estaba detrás de ellos, susurrando cerca de sus oídos.

—Ahora lo seréis —sentenció Kara, y su tono perdió toda pretensión de cortesía—. Y si os negáis, seréis exterminados.

Eliza ahogó un grito y se giró, encontrándose con la mirada penetrante de la niña. Antes de que Jeremiah pudiera reaccionar, los ojos de Kara se encendieron en un rojo incandescente. Dos finos haces de luz térmica salieron disparados, impactando contra las pesadas cortinas del salón, que prendieron fuego al instante.

Jeremiah reaccionó por puro instinto. Corrió hacia el rincón, agarró el extintor de emergencia y sofocó las llamas antes de que se extendieran al resto del mobiliario. El olor a quemado llenó la estancia.

—¿Tú eres el ser de la nave? —preguntó Eliza, cuya voz era ahora un hilo de terror puro.

—He estado mucho tiempo en el espacio, atrapada en una zona donde el tiempo no fluye —dijo Kara, elevándose unos centímetros del suelo. Sus pies colgaban en el aire, desafiando la gravedad con una naturalidad aterradora—. Necesito esta nueva vida en este estúpido planeta. Y he decidido que vosotros seréis mi cobertura. Mi familia.

Jeremiah intentó acercarse a ella, quizás para sujetarla, quizás para proteger a su esposa.

—Escucha, niña, no sé qué eres, pero no puedes entrar aquí y...

Kara no lo dejó terminar. Con un movimiento displicente de su mano, lo empujó. El impacto fue devastador. Jeremiah voló a través del salón, chocando violentamente contra el mueble de la televisión, que se hizo añicos bajo su peso.

—¡Jeremiah! —gritó Eliza, corriendo hacia él.

Kara aterrizó suavemente, caminando sobre los restos de cristal sin que estos dañaran su traje blanco. Su mirada se posó en un portarretratos que había caído al suelo. Era una foto de Alex sonriendo durante un partido de lacrosse.

—¿Así que tenéis una hija? —preguntó Kara, ladeando la cabeza con curiosidad depredadora—. ¿Dónde está ella?

Eliza se interpuso entre la niña y las escaleras, con el rostro bañado en lágrimas.

—Por favor... no hagas daño a mi Alex. Te daremos lo que quieras, pero no la toques.

Desde el piso de arriba, la voz de Alex rompió el tenso silencio.

—¡Mamá! ¿Qué está ocurriendo? ¡He oído un golpe!

Kara desapareció de nuevo en un estallido de velocidad supersónica. Un segundo después, un grito desgarrador de Alex resonó desde su habitación.

Eliza y Jeremiah, cojeando y dolorido, subieron las escaleras a toda prisa. Al irrumpir en el cuarto de su hija, se encontraron con una escena que les heló la sangre. Kara estaba sentada encima de Alex, en su propia cama. La joven Danvers estaba inmovilizada bajo el peso de la niña rubia, con los ojos desorbitados por el pánico. Kara le acariciaba el cabello con una delicadeza que resultaba más amenazante que un golpe.

—Tranquila, Alex —dijo Kara, mirando a sus nuevos padres por encima del hombro—. Soy tu nueva hermana.

—¿Qué... qué está pasando? —sollozó Alex, mirando a su madre con desesperación.

Eliza, comprendiendo que cualquier resistencia significaba la muerte, bajó la cabeza y resopló, tratando de contener un ataque de nervios.

—Tenemos un nuevo miembro en la familia, Alex —dijo con voz quebrada.

Kara se levantó de encima de Alex y comenzó a caminar por la habitación, examinando los posters y los libros.

—Me gusta tu habitación —comentó Kara, pasando un dedo por el escritorio—. Aunque hay mucha basura humana, se ve acogedora. Y tu cama parece cómoda.

De repente, un estruendo ensordecedor llenó el cuarto. Jeremiah, que había bajado un momento al despacho para recuperar su escopeta de caza, disparó directamente a la espalda de la niña.

El humo de la pólvora se disipó. Kara permanecía inmóvil. El traje blanco no tenía ni un rasguño; los perdigones habían caído al suelo, deformados como si hubieran chocado contra una placa de acero blindado.

Kara se giró lentamente. Su expresión ya no era de curiosidad, sino de una furia contenida que hacía vibrar el aire. En un movimiento que Alex apenas pudo seguir con la vista, Kara le arrebató el arma a Jeremiah y, con un simple apretón de sus manos, el metal se retorció como si fuera papel, convirtiendo la escopeta en un nudo de hierro inservible.

Entonces, Kara agarró a Jeremiah por el cuello y lo levantó del suelo con una sola mano. Los pies del hombre patalearon en el aire mientras su rostro comenzaba a tornarse purpúreo.

—Podemos ser una familia —dijo Kara, apretando el agarre—, pero si empezamos a intentar destruirnos, nos acabaremos entre nosotros. Y te aseguro, Jeremiah, que yo seré la última que quede en pie.

—¡Suéltalo! ¡Por favor! —suplicó Alex, lanzándose a los pies de Kara—. ¡Acepto! ¡Aceptamos! ¡Quédate, haz lo que quieras, pero no lo mates!

Kara mantuvo el agarre un segundo más, saboreando el poder absoluto sobre la vida del hombre, y luego lo soltó. Jeremiah cayó al suelo, tosiendo y jadeando, mientras Eliza se arrojaba sobre él para consolarlo.

—Ahora que saben todo lo que soy —dijo Kara, limpiándose una mota de polvo inexistente del hombro—, me quedaré con esta habitación.

Alex, a pesar del terror, sintió una chispa de indignación.

—No... es mi habitación. ¡Mamá, dile que se vaya!

Eliza miró a su hija con ojos suplicantes, negando con la cabeza. La prioridad era sobrevivir, no la privacidad.

—Puedes dormir en la habitación de invitados, Alex —dijo Eliza en un susurro—. Por favor, hazlo.

Alex, con el corazón lleno de amargura y miedo, caminó hacia la puerta. Pero justo cuando iba a salir, la mano de Kara se cerró sobre su brazo. La fuerza era tal que Alex supo que le dejaría moratones con forma de dedos.

—No, querida hermanita —dijo Kara con una sonrisa gélida—. Te quedarás aquí conmigo.

—Pero... solo hay una cama —acertó a decir Alex, temblando.

—Por eso tú dormirás en el suelo —respondió Kara, empujándola suavemente hacia el centro del cuarto.

—¡Es mi habitación! —gritó Alex, volviéndose hacia sus padres—. ¡Mamá, papá, decid algo! ¡No podéis dejar que me haga esto!

Jeremiah y Eliza intercambiaron una mirada de pura impotencia y dolor. Vieron la determinación inhumana en los ojos de la niña del traje blanco y comprendieron que ya no eran los dueños de su destino. Sin decir una palabra, retrocedieron hacia el pasillo y cerraron la puerta, dejando a su hija a solas con el monstruo que acababa de caer del cielo.

Kara se acomodó en la cama de Alex, estirándose con satisfacción sobre las sábanas. La joven Danvers se quedó de pie, en silencio, viendo cómo su vida se desmoronaba en cuestión de minutos.

—Apaga la luz, Alex —ordenó Kara—. Mañana tenemos mucho que hacer para que parezcamos una familia normal ante el mundo.

Alex, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer, caminó hacia el interruptor. Antes de que pudiera sentarse en la alfombra, un cojín voló hacia ella, golpeándola suavemente en el pecho.

—Para que no sea tan incómodo en tu primer día —dijo Kara desde la oscuridad, con un tono que pretendía ser amable pero que solo lograba ser cínico.

Alex no respondió. Se ovilló en el suelo, abrazando el cojín como si fuera un escudo, y apagó la lámpara. En la penumbra, solo podía escuchar la respiración pausada de la niña que ahora gobernaba su hogar, y el eco del silencio de unos padres que habían sido derrotados por un ángel blanco de ojos rojos.
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