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Amor a costas

Fandom: Vida real

Creado: 29/6/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloRealismoIntento de SuicidioEstudio de Personaje
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El eco del motor y el silencio del abismo

El rugido de la Yamaha de Bruno era el único sonido que se atrevía a desafiar la pesadez de la noche en el acantilado de "La Quebrada". A sus diecisiete años, Bruno era el tipo de chico que llenaba cualquier habitación con su risa ruidosa y sus bromas pesadas. Era el "insoportable" del salón, el que siempre tenía un comentario sarcástico a mano y el que parecía no tomarse nada en serio, especialmente cuando se trataba de Emma.

Pero esa noche, el casco le pesaba más de lo normal. Había visto a Emma salir de la biblioteca con una expresión que no era la de siempre. No era su habitual timidez o ese silencio sepulcral con el que ella intentaba hacerse invisible para escapar de sus burlas. Era algo más oscuro. Algo que lo hizo seguirla a una distancia prudencial, apagando las luces de la moto cuando ella se desvió por el sendero prohibido que llevaba al borde del precipicio.

Cuando Bruno llegó a la cima, el corazón se le detuvo. Emma estaba de pie, justo en el borde donde la tierra se desmoronaba hacia el vacío negro del océano. El viento le agitaba el cabello castaño y su figura pequeña parecía a punto de ser borrada por la inmensidad del cielo.

—¡Emma! —El grito de Bruno desgarró la calma, cargado de un pánico que nunca antes había sentido.

Ella no se dio la vuelta, pero sus hombros se tensaron. Estaba a un solo paso de que la gravedad decidiera su destino.

—No te acerques, Bruno —dijo ella, con una voz tan plana y carente de vida que le dolió más que cualquier insulto—. Vete a molestar a alguien más. Déjame terminar con esto de una vez.

Bruno no lo pensó. Corrió. Sus botas derraparon en la grava y, justo cuando Emma inclinaba el cuerpo hacia adelante, él la rodeó con sus brazos, tirando de ella hacia atrás con una fuerza desesperada. Ambos cayeron al suelo duro, rodando lejos del borde.

—¡Suéltame! —gritó Emma, empezando a forcejear con una energía frenética que nació del puro dolor—. ¡Suéltame, maldita sea! ¿Por qué no puedes dejarme en paz ni siquiera ahora?

—¡¿Estás loca?! —Bruno la mantenía sujeta por las muñecas, inmovilizándola contra la tierra fría—. ¡¿Qué carajo estabas haciendo, Emma?!

—¡Lo que debería haber hecho hace meses! —Ella le escupió las palabras a la cara, con los ojos llenos de lágrimas que finalmente comenzaban a desbordarse—. ¡No tienes idea de lo que es mi vida! ¡No tienes idea de lo que es llegar a casa y que no haya nada, de que todo sea una pelea, de sentir que sobras en todas partes! ¡Y encima tengo que aguantarte a ti, burlándote de mí todos los días!

Bruno sintió un golpe en el pecho, uno que ninguna caída de moto le había dado jamás. Sus bromas, sus comentarios constantes, su necesidad de llamar su atención de la única forma que sabía... todo eso se le devolvió como un bumerán envenenado.

—¡Eres un idiota, Bruno! —continuó ella, golpeando el pecho del chico con los puños cerrados—. ¡Eres un nene engreído que solo piensa en su moto y en fastidiar a los demás! ¡Te odio! ¡Te odio tanto!

—¡Pues odiame todo lo que quieras, pero no te vas a morir hoy! —le gritó él, sin soltarla, sintiendo cómo su propia voz se quebraba—. ¿Crees que me divierte? ¿Crees que soy tan imbécil? ¡Te molesto porque eres la única persona en ese colegio que me importa un carajo, Emma!

Emma se quedó helada. Sus sollozos se detuvieron por un segundo, su pecho subiendo y bajando con violencia mientras miraba a Bruno a los ojos. En la penumbra, los ojos de él brillaban con una intensidad aterradora, una mezcla de rabia y una vulnerabilidad que nunca mostraba ante nadie.

—Mientes —susurró ella, aunque su fuerza empezaba a flaquear—. Solo quieres reírte de esto mañana. Quieres contarle a todos cómo la "rara" intentó saltar y tú fuiste el héroe.

—¡Me importa una mierda el resto! —Bruno la soltó bruscamente y se puso de pie, pasando una mano por su cabello revuelto, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado—. No tienes ni idea, Emma. No sabes las veces que paso por tu casa solo para ver si las luces están encendidas. No sabes que guardo cada dibujo que tiras a la basura en el recreo porque me parecen lo más hermoso del mundo.

Emma se sentó en el suelo, abrazándose las rodillas, temblando de frío y de shock. El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades que ninguno de los dos estaba listo para procesar.

—Mi mamá se fue hace tres semanas —confesó ella de repente, con una voz tan pequeña que el viento casi se la lleva—. Mi papá ni siquiera me mira. Soy un fantasma en mi propia casa, Bruno. Y en la escuela... en la escuela tú te encargas de recordarme que no encajo.

Bruno se detuvo en seco. El peso de sus propias acciones lo golpeó con la fuerza de un camión. Se acercó lentamente y se sentó a su lado, guardando una distancia prudencial, pero lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir el calor que emanaba de su cuerpo.

—Fui un estúpido —dijo él, mirando hacia el horizonte, donde las luces de la ciudad parecían estrellas lejanas—. Siempre he sido un estúpido con las cosas que me dan miedo. Y tú me das un miedo de muerte, Emma.

Ella giró la cabeza para mirarlo, confundida.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque eres real —respondió él, girándose hacia ella—. Porque no eres como las demás chicas que solo quieren dar una vuelta en la moto. Tú ves a través de la gente. Y yo sabía que si te miraba demasiado tiempo, te ibas a dar cuenta de que este personaje de "chico rebelde" es solo una máscara para no sentirme solo.

Emma bajó la mirada, jugueteando con un hilo suelto de su suéter gastado.

—Podrías haberme hablado —murmuró—. No tenías que ser tan cruel.

—Lo sé. Y me voy a arrepentir de cada palabra idiota que te dije por el resto de mi vida —Bruno se acercó un poco más y, con una timidez que no le pertenecía, extendió la mano para rozar los dedos de ella—. Pero por favor, Emma... no vuelvas a hacer esto. Si te vas, yo... yo me quedo sin nada.

Emma sintió un nudo en la garganta. Durante años, había guardado un secreto bajo llave en lo más profundo de su corazón: el hecho de que, a pesar de las molestias y las burlas, la presencia de Bruno era lo único que inyectaba algo de color a sus días grises. Sus peleas eran los únicos momentos en los que alguien realmente la "veía", aunque fuera de la forma equivocada.

—¿Por qué me seguiste? —preguntó ella, buscando sus ojos.

—Te vi la cara en el pasillo. Parecías... ausente. Como si ya no estuvieras ahí —Bruno tragó saliva—. No podía dejarte ir así. Mi instinto me decía que algo estaba mal.

—Casi llego tarde —dijo ella, con un escalofrío recorriéndole la espalda al mirar el borde del acantilado.

—No —Bruno tomó su mano con firmeza, entrelazando sus dedos con los de ella—. No vas a llegar tarde a ninguna parte. A partir de ahora, no estás sola. Me importa un bledo si me odias, si me gritas o si no me quieres volver a ver, pero voy a estar ahí.

Emma lo miró, y por primera vez en mucho tiempo, no vio al chico que le robaba los cuadernos o que hacía chistes sobre su silencio. Vio a un chico de diecisiete años que estaba tan asustado como ella, con el corazón en la mano y las rodillas sucias de tierra por haberla salvado.

—No te odio —susurró ella, acercándose apenas unos centímetros—. Solo quería que dejaras de lastimarme.

—Nunca más, Emma. Te lo juro por lo que quieras.

Sin pensarlo, Emma se inclinó y apoyó la cabeza en el hombro de Bruno. Él se tensó por un segundo, sorprendido, antes de rodearla con su brazo y pegarla a su costado, protegiéndola del viento helado. El aroma a cuero de su chaqueta y al perfume cítrico que siempre usaba la envolvió, dándole una sensación de seguridad que no recordaba haber sentido jamás.

—Tengo miedo, Bruno —confesó ella, dejando que las últimas lágrimas mojaran la tela de su chaqueta.

—Yo también —admitió él, besando la coronilla de su cabeza—. Pero tengo una moto muy rápida y todo el tiempo del mundo para sacarte de aquí cada vez que las cosas se pongan feas.

Se quedaron así durante lo que parecieron horas, viendo cómo la luna se movía lentamente por el firmamento. No era un final feliz de cuento de hadas; los problemas de Emma seguirían en su casa, y la reputación de Bruno seguiría siendo un caos, pero algo fundamental había cambiado. El pacto silencioso de dos almas rotas que se habían encontrado en el borde del abismo.

—¿Me llevas a casa? —preguntó ella finalmente, separándose un poco.

—Te llevo a donde quieras —respondió él, levantándose y ofreciéndole la mano para ayudarla a ponerse de pie—. Pero primero, vamos a comer algo. Necesitas recuperar fuerzas para seguir aguantándome mañana en clase.

Emma soltó una pequeña risa, la primera en meses, y el sonido hizo que Bruno sintiera que había ganado la carrera más importante de su vida.

—¿Mañana también me vas a molestar? —preguntó ella, limpiándose la cara con la manga.

Bruno caminó hacia su moto y le tendió el casco, con esa chispa de picardía volviendo a sus ojos, aunque ahora con una suavidad diferente.

—Mañana —dijo él, ayudándola a abrocharse el casco—, voy a sentarme contigo en el almuerzo y voy a dejar que todo el mundo vea que el "chico malo" está perdidamente loco por la chica más inteligente del salón. Prepárate, porque eso va a ser mucho más dramático que mis bromas.

Emma sonrió, una sonrisa de verdad, y se subió a la moto, abrazándose a la cintura de Bruno. Él arrancó el motor, y el rugido de la Yamaha volvió a llenar el aire, pero esta vez no sonaba como un desafío, sino como una promesa. Mientras bajaban por el sendero, dejando atrás la oscuridad del acantilado, Emma cerró los ojos y se pegó a su espalda, sintiendo que, por primera vez, el camino que tenía por delante no era un vacío, sino una ruta que valía la pena recorrer.
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