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Tatuaje
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 29/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaRecortes de VidaAmbientación CanonEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
Tinta y Ceniza en la Penumbra
El silencio en la Academia de Hechicería de Tokio no era absoluto; tenía una textura propia, compuesta por el susurro del viento entre los pinos y el zumbido lejano de la energía maldita que siempre flotaba en el ambiente. Sin embargo, dentro de la morgue, aquel espacio gélido y aséptico que Shoko Ieiri llamaba hogar, el mundo exterior dejaba de existir.
Allí, el aire olía a una mezcla embriagadora de formaldehído, cigarrillos apagados y el perfume costoso que Satoru Gojo insistía en usar, incluso cuando sabía que terminaría mezclado con el sudor de una noche clandestina.
Satoru, el hombre que sostenía el equilibrio del mundo sobre sus hombros, estaba sentado en el borde de una de las mesas metálicas, con las piernas largas estiradas y los ojos azul cielo fijos en la mujer frente a él. Se había quitado la venda, dejando que sus Seis Ojos absorbieran cada detalle de Shoko: desde las ojeras perpetuas que le daban un aire de melancolía cansada, hasta la forma en que sus labios se curvaban ligeramente al exhalar el humo de un cigarrillo que Satoru acababa de quitarle de la boca para besarla.
— Sabes que esto es un despropósito, ¿verdad? —susurró Shoko contra sus labios, su voz era un ronroneo ronco que vibraba en el pecho de Gojo.
— Los ancianos dicen que todo lo que me hace feliz es un despropósito, Shoko —respondió Satoru con una sonrisa juguetona, acortando la distancia para capturar su boca de nuevo—. Pero ellos están demasiado ocupados contando sus miedos como para entender lo que es tener fuego en las venas.
El beso fue lento al principio, una exploración perezosa de lenguas y suspiros. Satoru rodeó la cintura de Shoko con sus manos grandes, atrayéndola hacia el hueco de sus piernas. La bata blanca de laboratorio de la doctora cayó al suelo sin hacer ruido, revelando el jersey azul de cuello alto que solía usar.
La pasión comenzó a escalar. Los besos se volvieron más hambrientos, más urgentes. Satoru sentía que su técnica de Infinito era inútil en esos momentos; no quería ninguna distancia entre ellos, quería quemarse con el calor de la única persona que lo conocía desde que no era más que un adolescente arrogante.
— Satoru... espera —dijo ella, separándose apenas unos centímetros, con la respiración entrecortada.
— ¿Pasa algo? —preguntó él, con los ojos brillando con una intensidad casi sobrenatural. Había una vulnerabilidad en su mirada que solo Shoko tenía el privilegio de ver.
— Tengo algo para ti. Una distracción —Shoko sonrió con una pizca de malicia, algo inusual en su habitual indiferencia.
Se dio la vuelta con una parsimonia calculada. Satoru observó, hipnotizado, cómo ella se llevaba las manos al borde de su jersey azul. Con un movimiento fluido, se lo quitó por la cabeza, dejando su espalda al descubierto bajo la luz tenue y amarillenta de la lámpara de escritorio.
Gojo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
En la base de su columna, justo por encima de donde comenzaba el borde de sus pantalones azul marino, Shoko lucía un tatuaje que él nunca había visto. Era una pieza de arte en tinta negra y sombras profundas: un diseño intrincado de flores de lycoris radiata —el lirio de araña roja— cuyas raíces parecían enredarse alrededor de su columna vertebral, ascendiendo con elegancia.
— Shoko... —la voz de Satoru salió como un hilo roto. Se inclinó hacia adelante, extendiendo una mano temblorosa.
— Me lo hice hace unas semanas —explicó ella, mirando por encima del hombro, disfrutando del impacto que había causado en el hechicero más fuerte—. Pensé que le daría un poco de color a este lugar tan gris. Y que a ti te gustaría algo que no pudieras ver a través de tus vendas.
Satoru trazó el contorno de la tinta con la yema de sus dedos. Su tacto era ligero, casi reverente. Para alguien que podía percibir los átomos y el flujo de la energía maldita, la textura de la piel tatuada de Shoko se sentía como un mapa nuevo que estaba deseando explorar. La tinta se sentía ligeramente diferente al resto de su piel, una marca permanente de algo personal, algo que ella había decidido poseer en un mundo donde todo era efímero.
— Es... jodidamente sexy —admitió él, su voz cargada de una lujuria que ya no intentaba ocultar—. Me vas a volver loco, Shoko. ¿Lo sabes, no?
— Ese es el plan —respondió ella, girándose de nuevo para quedar frente a él, aunque esta vez se sentó a horcajadas sobre sus muslos, obligándolo a sostener su peso.
Satoru soltó una carcajada baja y ronca antes de enterrar el rostro en el cuello de Shoko, aspirando su aroma. El contraste entre la piel pálida de ella y el negro de su propio uniforme era una imagen que se grabaría en su mente para siempre.
— Si Gakuganji o los demás se enteraran de que la doctora estrella y el "honrado" están haciendo esto en la enfermería... —comenzó Satoru, subiendo sus manos por la espalda de Shoko, deteniéndose justo donde la tinta acariciaba su piel.
— Que se mueran de un infarto —lo interrumpió ella, sellando sus palabras con un beso que sabía a desafío—. Esta noche no eres el Hechicero más fuerte, Satoru. Solo eres un hombre en mi consulta. Y yo decido el tratamiento.
Satoru no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sus manos, que normalmente blandían el poder de la aniquilación, se volvieron suaves y posesivas. La levantó con facilidad, llevándola hacia la camilla que estaba en el rincón más oscuro de la sala, lejos de las ventanas y de cualquier mirada indiscreta.
— Sabes —susurró Satoru mientras la depositaba con cuidado, sus ojos azules fijos en los castaños de ella—, siempre pensé que no había nada en este mundo que pudiera sorprenderme. Pero tú... tú siempre encuentras la forma de dejarme sin palabras.
Shoko soltó una pequeña risa, una de esas raras y genuinas que rara vez compartía con nadie más. Estiró el brazo y tiró del cuello alto del abrigo de Satoru, obligándolo a bajar hasta que sus narices se rozaron.
— Menos hablar y más trabajar, Gojo —le retó ella con una mirada cargada de intención—. Tienes un tatuaje que memorizar.
El resto de la noche se convirtió en un borrón de sensaciones. No había maldiciones que exorcizar, ni alumnos que proteger, ni un destino del mundo que decidir. Solo existía el calor de sus cuerpos chocando, el sonido de los besos húmedos que llenaban el espacio vacío y la sensación de la tinta bajo los dedos de Satoru.
Cada vez que sus manos recorrían la espalda de Shoko, sentía una chispa de electricidad que no tenía nada que ver con su técnica maldita. Era humano. Se sentía humano. Y en los brazos de la mujer que había caminado a su lado a través de años de tragedias y pérdidas, Satoru Gojo encontraba el único refugio que realmente le importaba.
Horas más tarde, cuando la primera luz del alba amenazaba con filtrarse por las rendijas de las persianas, el ambiente se había calmado. Satoru estaba tumbado en la estrecha camilla, con Shoko apoyada en su pecho, ambos cubiertos a medias por la bata de laboratorio de ella.
Satoru jugaba distraídamente con un mechón de cabello castaño de Shoko, mientras ella trazaba círculos invisibles sobre el pecho de su abrigo negro, que ahora estaba desabrochado y arrugado.
— ¿Crees que algún día dejaremos de escondernos? —preguntó Satoru, su voz era inusualmente seria, despojada de su habitual máscara de alegría.
Shoko guardó silencio por un momento, escuchando el latido rítmico del corazón del hombre más poderoso del mundo. Era un sonido reconfortante, una prueba de que, a pesar de todo, seguía allí.
— Tal vez —respondió ella finalmente—. Pero por ahora, me gusta que seas mi pequeño secreto, Satoru. Me gusta tener algo que los de arriba no pueden tocar, ni juzgar, ni usar como arma.
Gojo sonrió, besando la coronilla de su cabeza.
— Tienes razón. Además, si se enteran, querrán que les dé consejos de pareja, y no creo que el mundo esté preparado para escuchar mis métodos.
— Eres un idiota —dijo Shoko, aunque el tono de su voz estaba lleno de un cariño profundo.
— Pero soy tu idiota —replicó él, volviendo a buscar sus labios.
El sol terminó de salir, bañando la enfermería con una luz dorada que hacía brillar el azul de los ojos de Satoru y resaltaba la belleza serena de Shoko. Se separaron con renuencia, sabiendo que el deber volvería a llamarlos en cualquier momento. Shoko se puso de pie, buscando su jersey azul en el suelo, mientras Satoru se recolocaba la venda sobre los ojos, ocultando de nuevo el cielo que llevaba dentro.
Sin embargo, antes de que ella se cubriera la espalda, Satoru se acercó una última vez, depositando un beso casto justo sobre el tatuaje de los lirios.
— El rojo te queda bien, Shoko —le susurró al oído—. Pero la tinta negra sobre tu piel es mi nueva cosa favorita en el mundo.
Shoko se dio la vuelta, ya con el jersey puesto, recuperando su máscara de indiferencia profesional, aunque sus mejillas conservaban un ligero rastro de color.
— Vete ya, Satoru. Tienes clase en diez minutos y yo tengo informes que falsificar para que nadie pregunte por qué la enfermería huele a tu perfume barato.
— ¡Oye! ¡Es un perfume de edición limitada de París! —exclamó él, recuperando su tono juguetón mientras caminaba hacia la puerta con las manos en los bolsillos.
— Como digas. Fuera.
Satoru le lanzó un beso al aire antes de desaparecer por el pasillo con su característica zancada despreocupada. Shoko se quedó sola en el silencio de la enfermería, suspirando mientras se pasaba una mano por el cuello. Se acercó al espejo, ajustándose el cuello del jersey, y por un segundo, se permitió sonreír al recordar la expresión de Satoru al ver el tatuaje.
En un mundo lleno de muerte, sangre y sacrificios constantes, aquellos momentos de pasión prohibida y secretos compartidos eran lo único que los mantenía cuerdos. Y mientras Satoru Gojo fuera el más fuerte, ella se aseguraría de ser el ancla que lo mantuviera unido a la tierra, un centímetro de piel tatuada a la vez.
Allí, el aire olía a una mezcla embriagadora de formaldehído, cigarrillos apagados y el perfume costoso que Satoru Gojo insistía en usar, incluso cuando sabía que terminaría mezclado con el sudor de una noche clandestina.
Satoru, el hombre que sostenía el equilibrio del mundo sobre sus hombros, estaba sentado en el borde de una de las mesas metálicas, con las piernas largas estiradas y los ojos azul cielo fijos en la mujer frente a él. Se había quitado la venda, dejando que sus Seis Ojos absorbieran cada detalle de Shoko: desde las ojeras perpetuas que le daban un aire de melancolía cansada, hasta la forma en que sus labios se curvaban ligeramente al exhalar el humo de un cigarrillo que Satoru acababa de quitarle de la boca para besarla.
— Sabes que esto es un despropósito, ¿verdad? —susurró Shoko contra sus labios, su voz era un ronroneo ronco que vibraba en el pecho de Gojo.
— Los ancianos dicen que todo lo que me hace feliz es un despropósito, Shoko —respondió Satoru con una sonrisa juguetona, acortando la distancia para capturar su boca de nuevo—. Pero ellos están demasiado ocupados contando sus miedos como para entender lo que es tener fuego en las venas.
El beso fue lento al principio, una exploración perezosa de lenguas y suspiros. Satoru rodeó la cintura de Shoko con sus manos grandes, atrayéndola hacia el hueco de sus piernas. La bata blanca de laboratorio de la doctora cayó al suelo sin hacer ruido, revelando el jersey azul de cuello alto que solía usar.
La pasión comenzó a escalar. Los besos se volvieron más hambrientos, más urgentes. Satoru sentía que su técnica de Infinito era inútil en esos momentos; no quería ninguna distancia entre ellos, quería quemarse con el calor de la única persona que lo conocía desde que no era más que un adolescente arrogante.
— Satoru... espera —dijo ella, separándose apenas unos centímetros, con la respiración entrecortada.
— ¿Pasa algo? —preguntó él, con los ojos brillando con una intensidad casi sobrenatural. Había una vulnerabilidad en su mirada que solo Shoko tenía el privilegio de ver.
— Tengo algo para ti. Una distracción —Shoko sonrió con una pizca de malicia, algo inusual en su habitual indiferencia.
Se dio la vuelta con una parsimonia calculada. Satoru observó, hipnotizado, cómo ella se llevaba las manos al borde de su jersey azul. Con un movimiento fluido, se lo quitó por la cabeza, dejando su espalda al descubierto bajo la luz tenue y amarillenta de la lámpara de escritorio.
Gojo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
En la base de su columna, justo por encima de donde comenzaba el borde de sus pantalones azul marino, Shoko lucía un tatuaje que él nunca había visto. Era una pieza de arte en tinta negra y sombras profundas: un diseño intrincado de flores de lycoris radiata —el lirio de araña roja— cuyas raíces parecían enredarse alrededor de su columna vertebral, ascendiendo con elegancia.
— Shoko... —la voz de Satoru salió como un hilo roto. Se inclinó hacia adelante, extendiendo una mano temblorosa.
— Me lo hice hace unas semanas —explicó ella, mirando por encima del hombro, disfrutando del impacto que había causado en el hechicero más fuerte—. Pensé que le daría un poco de color a este lugar tan gris. Y que a ti te gustaría algo que no pudieras ver a través de tus vendas.
Satoru trazó el contorno de la tinta con la yema de sus dedos. Su tacto era ligero, casi reverente. Para alguien que podía percibir los átomos y el flujo de la energía maldita, la textura de la piel tatuada de Shoko se sentía como un mapa nuevo que estaba deseando explorar. La tinta se sentía ligeramente diferente al resto de su piel, una marca permanente de algo personal, algo que ella había decidido poseer en un mundo donde todo era efímero.
— Es... jodidamente sexy —admitió él, su voz cargada de una lujuria que ya no intentaba ocultar—. Me vas a volver loco, Shoko. ¿Lo sabes, no?
— Ese es el plan —respondió ella, girándose de nuevo para quedar frente a él, aunque esta vez se sentó a horcajadas sobre sus muslos, obligándolo a sostener su peso.
Satoru soltó una carcajada baja y ronca antes de enterrar el rostro en el cuello de Shoko, aspirando su aroma. El contraste entre la piel pálida de ella y el negro de su propio uniforme era una imagen que se grabaría en su mente para siempre.
— Si Gakuganji o los demás se enteraran de que la doctora estrella y el "honrado" están haciendo esto en la enfermería... —comenzó Satoru, subiendo sus manos por la espalda de Shoko, deteniéndose justo donde la tinta acariciaba su piel.
— Que se mueran de un infarto —lo interrumpió ella, sellando sus palabras con un beso que sabía a desafío—. Esta noche no eres el Hechicero más fuerte, Satoru. Solo eres un hombre en mi consulta. Y yo decido el tratamiento.
Satoru no necesitó que se lo dijeran dos veces. Sus manos, que normalmente blandían el poder de la aniquilación, se volvieron suaves y posesivas. La levantó con facilidad, llevándola hacia la camilla que estaba en el rincón más oscuro de la sala, lejos de las ventanas y de cualquier mirada indiscreta.
— Sabes —susurró Satoru mientras la depositaba con cuidado, sus ojos azules fijos en los castaños de ella—, siempre pensé que no había nada en este mundo que pudiera sorprenderme. Pero tú... tú siempre encuentras la forma de dejarme sin palabras.
Shoko soltó una pequeña risa, una de esas raras y genuinas que rara vez compartía con nadie más. Estiró el brazo y tiró del cuello alto del abrigo de Satoru, obligándolo a bajar hasta que sus narices se rozaron.
— Menos hablar y más trabajar, Gojo —le retó ella con una mirada cargada de intención—. Tienes un tatuaje que memorizar.
El resto de la noche se convirtió en un borrón de sensaciones. No había maldiciones que exorcizar, ni alumnos que proteger, ni un destino del mundo que decidir. Solo existía el calor de sus cuerpos chocando, el sonido de los besos húmedos que llenaban el espacio vacío y la sensación de la tinta bajo los dedos de Satoru.
Cada vez que sus manos recorrían la espalda de Shoko, sentía una chispa de electricidad que no tenía nada que ver con su técnica maldita. Era humano. Se sentía humano. Y en los brazos de la mujer que había caminado a su lado a través de años de tragedias y pérdidas, Satoru Gojo encontraba el único refugio que realmente le importaba.
Horas más tarde, cuando la primera luz del alba amenazaba con filtrarse por las rendijas de las persianas, el ambiente se había calmado. Satoru estaba tumbado en la estrecha camilla, con Shoko apoyada en su pecho, ambos cubiertos a medias por la bata de laboratorio de ella.
Satoru jugaba distraídamente con un mechón de cabello castaño de Shoko, mientras ella trazaba círculos invisibles sobre el pecho de su abrigo negro, que ahora estaba desabrochado y arrugado.
— ¿Crees que algún día dejaremos de escondernos? —preguntó Satoru, su voz era inusualmente seria, despojada de su habitual máscara de alegría.
Shoko guardó silencio por un momento, escuchando el latido rítmico del corazón del hombre más poderoso del mundo. Era un sonido reconfortante, una prueba de que, a pesar de todo, seguía allí.
— Tal vez —respondió ella finalmente—. Pero por ahora, me gusta que seas mi pequeño secreto, Satoru. Me gusta tener algo que los de arriba no pueden tocar, ni juzgar, ni usar como arma.
Gojo sonrió, besando la coronilla de su cabeza.
— Tienes razón. Además, si se enteran, querrán que les dé consejos de pareja, y no creo que el mundo esté preparado para escuchar mis métodos.
— Eres un idiota —dijo Shoko, aunque el tono de su voz estaba lleno de un cariño profundo.
— Pero soy tu idiota —replicó él, volviendo a buscar sus labios.
El sol terminó de salir, bañando la enfermería con una luz dorada que hacía brillar el azul de los ojos de Satoru y resaltaba la belleza serena de Shoko. Se separaron con renuencia, sabiendo que el deber volvería a llamarlos en cualquier momento. Shoko se puso de pie, buscando su jersey azul en el suelo, mientras Satoru se recolocaba la venda sobre los ojos, ocultando de nuevo el cielo que llevaba dentro.
Sin embargo, antes de que ella se cubriera la espalda, Satoru se acercó una última vez, depositando un beso casto justo sobre el tatuaje de los lirios.
— El rojo te queda bien, Shoko —le susurró al oído—. Pero la tinta negra sobre tu piel es mi nueva cosa favorita en el mundo.
Shoko se dio la vuelta, ya con el jersey puesto, recuperando su máscara de indiferencia profesional, aunque sus mejillas conservaban un ligero rastro de color.
— Vete ya, Satoru. Tienes clase en diez minutos y yo tengo informes que falsificar para que nadie pregunte por qué la enfermería huele a tu perfume barato.
— ¡Oye! ¡Es un perfume de edición limitada de París! —exclamó él, recuperando su tono juguetón mientras caminaba hacia la puerta con las manos en los bolsillos.
— Como digas. Fuera.
Satoru le lanzó un beso al aire antes de desaparecer por el pasillo con su característica zancada despreocupada. Shoko se quedó sola en el silencio de la enfermería, suspirando mientras se pasaba una mano por el cuello. Se acercó al espejo, ajustándose el cuello del jersey, y por un segundo, se permitió sonreír al recordar la expresión de Satoru al ver el tatuaje.
En un mundo lleno de muerte, sangre y sacrificios constantes, aquellos momentos de pasión prohibida y secretos compartidos eran lo único que los mantenía cuerdos. Y mientras Satoru Gojo fuera el más fuerte, ella se aseguraría de ser el ancla que lo mantuviera unido a la tierra, un centímetro de piel tatuada a la vez.
