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Mala Travesura
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 29/6/2026
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Recortes de VidaFluffHumorAmbientación CanonEstudio de PersonajeAventura
El Silencio Roto por una Risa
La luna menguante colgaba del firmamento como un arco de plata, bañando el sendero boscoso con una luz espectral que hacía que las sombras de los árboles se alargaran como dedos oscuros. El aire de la noche era fresco y portaba el aroma a pino y tierra húmeda, una fragancia que solía traer paz a los cazadores tras una batalla. La misión había sido, en términos generales, sencilla. El demonio, aunque poseía una habilidad de ocultamiento molesta, carecía de la fuerza necesaria para representar una amenaza real ante dos Pilares. Con un corte preciso de Giyu y una estocada letal del veneno de Shinobu, la criatura se había desvanecido en cenizas en cuestión de minutos.
Ahora, el camino de regreso a la sede central se sentía eterno. Giyu Tomioka caminaba con su habitual paso rítmico y silencioso, su haori dividido ondeando ligeramente con la brisa. Su rostro era una máscara de absoluta nada; sus ojos azul lapislázuli, profundos y opacos, miraban hacia el frente sin detenerse en los detalles del paisaje. Parecía un hombre tallado en piedra, ajeno al cansancio o a la compañía.
A su lado, Shinobu Kocho mantenía una sonrisa perfecta, casi grabada en su rostro con la precisión de un cirujano. Sus ojos de insecto, carentes de pupilas y llenos de un degradado púrpura, observaban de reojo al Pilar del Agua. Como era costumbre, Shinobu no podía soportar el silencio sepulcral que emanaba de su compañero. Para ella, el silencio de Giyu era un lienzo en blanco que pedía a gritos ser manchado con un poco de irritación.
—¿Sabe, Tomioka-san? —comenzó ella con una voz melodiosa y cargada de una falsa dulzura—. Es realmente impresionante cómo logra pasar horas sin emitir un solo sonido. A veces me pregunto si sus cuerdas vocales se han atrofiado por falta de uso. Debería tener cuidado, o un día intentará hablar y solo saldrán burbujas.
Giyu no respondió. Ni siquiera parpadeó. Continuó caminando con la vista fija en el horizonte, como si Shinobu fuera simplemente el zumbido de un mosquito particularmente persistente.
—¡Oh! —exclamó ella, juntando las manos con un gesto de fingida sorpresa—. ¿Es eso? ¿Acaso ha olvidado cómo formar palabras? Si quiere, puedo prepararle un tónico especial en la Finca de las Mariposas. Aunque, pensándolo bien, tal vez es que nadie quiere hablar con usted y por eso ha perdido la práctica. Es una lástima, de verdad.
Nuevamente, el silencio fue la única respuesta. El rostro de Giyu seguía impasible, severo, con esa mirada que parecía ver a través de las cosas sin detenerse en ninguna.
Shinobu sintió una punzada de irritación real burbujeando bajo su máscara de alegría. Normalmente, sus comentarios lograban que él, al menos, frunciera ligeramente el ceño o soltara un escueto "no es cierto". Pero hoy, Giyu parecía estar en un estado de introspección más profundo de lo habitual. Ella se preguntó si alguna vez este hombre había experimentado una emoción genuina que no fuera la melancolía o el deber. ¿Había reído alguna vez? ¿Había sentido la chispa de la alegría desbordante?
Una idea traviesa comenzó a formarse en su mente. Era una idea absurda, impropia de un Pilar, pero la curiosidad y el deseo de romper esa armadura de indiferencia eran más fuertes que su sentido del decoro.
"¿Y si Tomioka-san tiene cosquillas?", pensó, y una pequeña sonrisa, esta vez más auténtica y maliciosa, curvó sus labios.
Imaginó al estoico Giyu Tomioka, el hombre que no temía a la muerte ni a los demonios más feroces, retorciéndose de risa por un simple ataque físico a sus costados. Sería la victoria definitiva. Sería la prueba de que, debajo de todo ese hielo, había un ser humano vulnerable.
Aceleró un poco el paso, posicionándose ligeramente detrás de él. Giyu no alteró su ritmo, probablemente asumiendo que ella simplemente estaba buscando un nuevo ángulo para insultarlo. Shinobu esperó el momento exacto, cuando él dio un paso largo y su guardia parecía, al menos en teoría, relajada.
Con la agilidad de una mariposa, Shinobu se lanzó hacia adelante. Sus manos se dirigieron con precisión quirúrgica hacia los costados de Giyu, justo por debajo de las costillas, y sus dedos comenzaron a moverse con rapidez, buscando ese punto débil que casi todo el mundo posee.
—¡Toma esto, Tomioka-san! —exclamó ella con una risita triunfal.
La reacción, sin embargo, no fue la que esperaba.
Giyu se detuvo en seco. No saltó, no se encogió, ni soltó la más mínima carcajada. Simplemente se quedó allí, de pie, mientras los dedos de Shinobu seguían trabajando frenéticamente contra su uniforme oscuro. Tras unos segundos de absoluto silencio, Giyu giró la cabeza lentamente sobre su hombro. Su expresión no era de diversión, ni de molestia; era de una confusión pura y desconcertante.
—¿Qué estás haciendo, Kocho? —preguntó él con su voz plana y profunda.
Shinobu detuvo sus manos, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas. El contraste entre su ataque "feroz" y la inmovilidad absoluta de Giyu era ridículo. Retrocedió un paso, dejando caer las manos a los lados, mientras una risa nerviosa escapaba de sus labios.
—Ah... yo... —balbuceó, tratando de recuperar su compostura—. Solo era una broma, Tomioka-san. Estaba comprobando si sus reflejos seguían activos después de la misión. Sí, eso es. Un examen médico sorpresa.
Giyu se dio la vuelta por completo para quedar frente a ella. Sus ojos azul lapislázuli la escrutaron con una intensidad que la hizo sentir diminuta. No parecía estar enojado, pero había algo en su mirada que cambió, una chispa de comprensión que Shinobu no supo interpretar de inmediato.
—Una broma —repitió Giyu. No era una pregunta, sino una constatación.
—Exacto —dijo ella, recuperando su sonrisa habitual, aunque un poco más tensa—. Parece que no tiene puntos débiles, ni siquiera para las cosquillas. Qué aburrido es usted.
Giyu dio un paso hacia ella. Shinobu parpadeó, sorprendida por la repentina invasión de su espacio personal. El Pilar del Agua era generalmente alguien que mantenía las distancias, alguien que evitaba el contacto físico a menos que fuera estrictamente necesario para el combate.
—Dices que es una broma —dijo Giyu, y por primera vez en toda la noche, hubo un matiz diferente en su tono. No era frialdad. Era algo parecido a la determinación—. Entonces supongo que no te importará si yo también bromeo un poco.
Antes de que Shinobu pudiera procesar sus palabras o reaccionar con su velocidad de Pilar del Insecto, Giyu se movió. No fue un ataque de espada, sino un movimiento fluido y rápido de sus manos. Sus dedos, largos y fuertes, se cerraron sobre los costados de Shinobu con una precisión alarmante.
—¡Ah! —el grito de Shinobu fue instantáneo.
Giyu comenzó a mover sus dedos con una destreza inesperada. Shinobu, que siempre se enorgullecía de su control y su elegancia, sintió cómo su mundo se ponía patas arriba en un segundo. Sus rodillas flaquearon y una risa explosiva, incontrolable y aguda, brotó de su garganta.
—¡No! ¡Tomioka-san! ¡Basta! —chilló ella, retorciéndose en sus manos.
Intentó apartar las manos de Giyu, pero él era mucho más fuerte y sus brazos eran más largos. Cada vez que ella intentaba zafarse, él encontraba un nuevo punto sensible en su cintura o bajo sus brazos. La risa de Shinobu no era la risa educada y contenida que solía mostrar; era una risa desesperada, llena de jadeos y lágrimas de pura diversión y tortura.
—¿No decías que era una broma? —preguntó Giyu. Había una sombra de algo que casi, casi parecía una sonrisa en las comisuras de sus labios, aunque sus ojos mantenían su calma habitual—. Me pareció que estabas muy interesada en este tipo de interacción.
—¡Es... es trampa! —logró decir Shinobu entre carcajadas, intentando empujarlo, pero terminando por agarrarse de sus hombros para no caer al suelo—. ¡Usted no... no tiene cosquillas! ¡Eso es... injusto!
Giyu no se detuvo. Parecía estar disfrutando de la situación de una manera silenciosa. Para él, esto era una retribución justa por todos los meses de comentarios mordaces, de burlas sobre su falta de amigos y de pinchazos verbales constantes. Ver a la siempre perfecta y controlada Shinobu Kocho reducida a un manojo de risas y movimientos erráticos era, extrañamente, satisfactorio.
—Me has molestado mucho durante las últimas misiones, Kocho —comentó él, mientras sus dedos seguían haciendo su trabajo con una eficiencia implacable—. Considera esto un pago por tus servicios.
—¡Ya basta! ¡Me rindo! —gritó ella, con la cara roja y los ojos llorosos por la risa—. ¡Tomioka-san, por favor! ¡Me va a dar algo!
Finalmente, tras lo que parecieron horas para Shinobu pero que solo fueron un par de minutos, Giyu retiró las manos. Shinobu se desplomó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. Su haori de mariposa estaba desordenado y algunos mechones de su cabello púrpura se habían escapado de su broche.
Giyu la observó en silencio, esperando a que se recuperara. Su expresión había vuelto a la neutralidad absoluta, pero había una ligereza en su postura que no estaba allí antes.
—Eres muy ruidosa cuando ríes —dijo él simplemente.
Shinobu levantó la vista, todavía jadeando, y lo miró con una mezcla de indignación y asombro. Se limpió una lágrima de la esquina del ojo y se enderezó, tratando de arreglar su uniforme con manos temblorosas.
—Es usted... una persona horrible, Tomioka-san —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras, solo una fatiga divertida—. ¿Cómo es posible que sea tan bueno haciendo cosquillas y no sienta nada en absoluto? Es inhumano.
Giyu se encogió de hombros levemente.
—Entrenamiento —respondió de forma críptica.
—¿Entrenamiento? ¿Quién entrena para no tener cosquillas? —Shinobu soltó una última risita, terminando de acomodar su cabello—. Definitivamente es usted un bicho raro.
—Podemos seguir caminando —dijo Giyu, dándose la vuelta y retomando el sendero como si nada hubiera pasado.
Shinobu se quedó un momento allí, observando la espalda del Pilar del Agua. La imagen de Giyu acercándose a ella con esa intención juguetona seguía fresca en su mente. Había descubierto dos cosas esa noche: primero, que Giyu Tomioka era inmune a los ataques de cosquillas, lo cual era frustrante. Y segundo, que debajo de esa capa de hielo y silencio, había alguien que sabía cómo jugar, a su manera extraña y estoica.
Corrió un par de pasos para alcanzarlo y se puso a su lado, recuperando su paso ligero.
—Sabe, Tomioka-san —dijo ella, con su sonrisa habitual volviendo a su lugar, aunque esta vez se sentía un poco más cálida—, no crea que esto se va a quedar así. Algún punto débil debe tener, y juro que lo encontraré.
Giyu no la miró, pero dio un suspiro casi imperceptible.
—No lo harás.
—¡Oh, claro que sí! Quizás no son las costillas. Quizás son los pies. ¿Qué me dice, Tomioka-san? ¿Tiene cosquillas en los pies?
Giyu aceleró el paso, dejando a Shinobu un poco atrás.
—No seas molesta, Kocho.
—¡Vaya! ¡Ha vuelto el Tomioka-san de siempre! —exclamó ella, siguiéndolo con entusiasmo—. Pero no me importa. Hoy he aprendido algo nuevo. Usted es un experto en tortura mediante risas. Debería dar clases en la sede. "Técnicas de inmovilización mediante cosquillas, por el Pilar del Agua". ¡Sería un éxito!
El resto del viaje transcurrió entre las bromas incesantes de Shinobu y el silencio de Giyu, pero el ambiente ya no era de tensión contenida. Había una nueva comprensión entre ellos, un hilo invisible que los conectaba más allá del deber y las espadas. Shinobu seguía sin ver a Giyu sonreír, pero esa noche, el sonido de su propia risa rompiendo el silencio del bosque le había parecido suficiente.
Al final del camino, cuando las luces de la sede comenzaron a vislumbrarse a lo lejos, Shinobu miró a Giyu una última vez antes de separarse hacia su propia finca.
—Buenas noches, Tomioka-san. Gracias por la... "broma".
Giyu se detuvo un instante y la miró. Por un breve segundo, la opacidad de sus ojos pareció disolverse, dejando ver un azul más claro, casi brillante.
—Buenas noches, Kocho —respondió él.
Mientras ella se alejaba, Giyu permaneció allí un momento, observando la figura de la mariposa desaparecer entre las sombras de los edificios. Se miró las manos, las mismas que habían provocado aquel estallido de alegría en su compañera, y luego miró el cielo estrellado.
No sonrió, al menos no externamente. Pero en su pecho, el frío invierno permanente parecía haber cedido un poco de terreno ante una primavera inesperada. Giyu Tomioka no tenía cosquillas, pero esa noche había descubierto que ver reír a Shinobu era, quizás, la misión más exitosa que había cumplido en mucho tiempo.
Ahora, el camino de regreso a la sede central se sentía eterno. Giyu Tomioka caminaba con su habitual paso rítmico y silencioso, su haori dividido ondeando ligeramente con la brisa. Su rostro era una máscara de absoluta nada; sus ojos azul lapislázuli, profundos y opacos, miraban hacia el frente sin detenerse en los detalles del paisaje. Parecía un hombre tallado en piedra, ajeno al cansancio o a la compañía.
A su lado, Shinobu Kocho mantenía una sonrisa perfecta, casi grabada en su rostro con la precisión de un cirujano. Sus ojos de insecto, carentes de pupilas y llenos de un degradado púrpura, observaban de reojo al Pilar del Agua. Como era costumbre, Shinobu no podía soportar el silencio sepulcral que emanaba de su compañero. Para ella, el silencio de Giyu era un lienzo en blanco que pedía a gritos ser manchado con un poco de irritación.
—¿Sabe, Tomioka-san? —comenzó ella con una voz melodiosa y cargada de una falsa dulzura—. Es realmente impresionante cómo logra pasar horas sin emitir un solo sonido. A veces me pregunto si sus cuerdas vocales se han atrofiado por falta de uso. Debería tener cuidado, o un día intentará hablar y solo saldrán burbujas.
Giyu no respondió. Ni siquiera parpadeó. Continuó caminando con la vista fija en el horizonte, como si Shinobu fuera simplemente el zumbido de un mosquito particularmente persistente.
—¡Oh! —exclamó ella, juntando las manos con un gesto de fingida sorpresa—. ¿Es eso? ¿Acaso ha olvidado cómo formar palabras? Si quiere, puedo prepararle un tónico especial en la Finca de las Mariposas. Aunque, pensándolo bien, tal vez es que nadie quiere hablar con usted y por eso ha perdido la práctica. Es una lástima, de verdad.
Nuevamente, el silencio fue la única respuesta. El rostro de Giyu seguía impasible, severo, con esa mirada que parecía ver a través de las cosas sin detenerse en ninguna.
Shinobu sintió una punzada de irritación real burbujeando bajo su máscara de alegría. Normalmente, sus comentarios lograban que él, al menos, frunciera ligeramente el ceño o soltara un escueto "no es cierto". Pero hoy, Giyu parecía estar en un estado de introspección más profundo de lo habitual. Ella se preguntó si alguna vez este hombre había experimentado una emoción genuina que no fuera la melancolía o el deber. ¿Había reído alguna vez? ¿Había sentido la chispa de la alegría desbordante?
Una idea traviesa comenzó a formarse en su mente. Era una idea absurda, impropia de un Pilar, pero la curiosidad y el deseo de romper esa armadura de indiferencia eran más fuertes que su sentido del decoro.
"¿Y si Tomioka-san tiene cosquillas?", pensó, y una pequeña sonrisa, esta vez más auténtica y maliciosa, curvó sus labios.
Imaginó al estoico Giyu Tomioka, el hombre que no temía a la muerte ni a los demonios más feroces, retorciéndose de risa por un simple ataque físico a sus costados. Sería la victoria definitiva. Sería la prueba de que, debajo de todo ese hielo, había un ser humano vulnerable.
Aceleró un poco el paso, posicionándose ligeramente detrás de él. Giyu no alteró su ritmo, probablemente asumiendo que ella simplemente estaba buscando un nuevo ángulo para insultarlo. Shinobu esperó el momento exacto, cuando él dio un paso largo y su guardia parecía, al menos en teoría, relajada.
Con la agilidad de una mariposa, Shinobu se lanzó hacia adelante. Sus manos se dirigieron con precisión quirúrgica hacia los costados de Giyu, justo por debajo de las costillas, y sus dedos comenzaron a moverse con rapidez, buscando ese punto débil que casi todo el mundo posee.
—¡Toma esto, Tomioka-san! —exclamó ella con una risita triunfal.
La reacción, sin embargo, no fue la que esperaba.
Giyu se detuvo en seco. No saltó, no se encogió, ni soltó la más mínima carcajada. Simplemente se quedó allí, de pie, mientras los dedos de Shinobu seguían trabajando frenéticamente contra su uniforme oscuro. Tras unos segundos de absoluto silencio, Giyu giró la cabeza lentamente sobre su hombro. Su expresión no era de diversión, ni de molestia; era de una confusión pura y desconcertante.
—¿Qué estás haciendo, Kocho? —preguntó él con su voz plana y profunda.
Shinobu detuvo sus manos, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas. El contraste entre su ataque "feroz" y la inmovilidad absoluta de Giyu era ridículo. Retrocedió un paso, dejando caer las manos a los lados, mientras una risa nerviosa escapaba de sus labios.
—Ah... yo... —balbuceó, tratando de recuperar su compostura—. Solo era una broma, Tomioka-san. Estaba comprobando si sus reflejos seguían activos después de la misión. Sí, eso es. Un examen médico sorpresa.
Giyu se dio la vuelta por completo para quedar frente a ella. Sus ojos azul lapislázuli la escrutaron con una intensidad que la hizo sentir diminuta. No parecía estar enojado, pero había algo en su mirada que cambió, una chispa de comprensión que Shinobu no supo interpretar de inmediato.
—Una broma —repitió Giyu. No era una pregunta, sino una constatación.
—Exacto —dijo ella, recuperando su sonrisa habitual, aunque un poco más tensa—. Parece que no tiene puntos débiles, ni siquiera para las cosquillas. Qué aburrido es usted.
Giyu dio un paso hacia ella. Shinobu parpadeó, sorprendida por la repentina invasión de su espacio personal. El Pilar del Agua era generalmente alguien que mantenía las distancias, alguien que evitaba el contacto físico a menos que fuera estrictamente necesario para el combate.
—Dices que es una broma —dijo Giyu, y por primera vez en toda la noche, hubo un matiz diferente en su tono. No era frialdad. Era algo parecido a la determinación—. Entonces supongo que no te importará si yo también bromeo un poco.
Antes de que Shinobu pudiera procesar sus palabras o reaccionar con su velocidad de Pilar del Insecto, Giyu se movió. No fue un ataque de espada, sino un movimiento fluido y rápido de sus manos. Sus dedos, largos y fuertes, se cerraron sobre los costados de Shinobu con una precisión alarmante.
—¡Ah! —el grito de Shinobu fue instantáneo.
Giyu comenzó a mover sus dedos con una destreza inesperada. Shinobu, que siempre se enorgullecía de su control y su elegancia, sintió cómo su mundo se ponía patas arriba en un segundo. Sus rodillas flaquearon y una risa explosiva, incontrolable y aguda, brotó de su garganta.
—¡No! ¡Tomioka-san! ¡Basta! —chilló ella, retorciéndose en sus manos.
Intentó apartar las manos de Giyu, pero él era mucho más fuerte y sus brazos eran más largos. Cada vez que ella intentaba zafarse, él encontraba un nuevo punto sensible en su cintura o bajo sus brazos. La risa de Shinobu no era la risa educada y contenida que solía mostrar; era una risa desesperada, llena de jadeos y lágrimas de pura diversión y tortura.
—¿No decías que era una broma? —preguntó Giyu. Había una sombra de algo que casi, casi parecía una sonrisa en las comisuras de sus labios, aunque sus ojos mantenían su calma habitual—. Me pareció que estabas muy interesada en este tipo de interacción.
—¡Es... es trampa! —logró decir Shinobu entre carcajadas, intentando empujarlo, pero terminando por agarrarse de sus hombros para no caer al suelo—. ¡Usted no... no tiene cosquillas! ¡Eso es... injusto!
Giyu no se detuvo. Parecía estar disfrutando de la situación de una manera silenciosa. Para él, esto era una retribución justa por todos los meses de comentarios mordaces, de burlas sobre su falta de amigos y de pinchazos verbales constantes. Ver a la siempre perfecta y controlada Shinobu Kocho reducida a un manojo de risas y movimientos erráticos era, extrañamente, satisfactorio.
—Me has molestado mucho durante las últimas misiones, Kocho —comentó él, mientras sus dedos seguían haciendo su trabajo con una eficiencia implacable—. Considera esto un pago por tus servicios.
—¡Ya basta! ¡Me rindo! —gritó ella, con la cara roja y los ojos llorosos por la risa—. ¡Tomioka-san, por favor! ¡Me va a dar algo!
Finalmente, tras lo que parecieron horas para Shinobu pero que solo fueron un par de minutos, Giyu retiró las manos. Shinobu se desplomó hacia adelante, apoyando las manos en sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. Su haori de mariposa estaba desordenado y algunos mechones de su cabello púrpura se habían escapado de su broche.
Giyu la observó en silencio, esperando a que se recuperara. Su expresión había vuelto a la neutralidad absoluta, pero había una ligereza en su postura que no estaba allí antes.
—Eres muy ruidosa cuando ríes —dijo él simplemente.
Shinobu levantó la vista, todavía jadeando, y lo miró con una mezcla de indignación y asombro. Se limpió una lágrima de la esquina del ojo y se enderezó, tratando de arreglar su uniforme con manos temblorosas.
—Es usted... una persona horrible, Tomioka-san —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras, solo una fatiga divertida—. ¿Cómo es posible que sea tan bueno haciendo cosquillas y no sienta nada en absoluto? Es inhumano.
Giyu se encogió de hombros levemente.
—Entrenamiento —respondió de forma críptica.
—¿Entrenamiento? ¿Quién entrena para no tener cosquillas? —Shinobu soltó una última risita, terminando de acomodar su cabello—. Definitivamente es usted un bicho raro.
—Podemos seguir caminando —dijo Giyu, dándose la vuelta y retomando el sendero como si nada hubiera pasado.
Shinobu se quedó un momento allí, observando la espalda del Pilar del Agua. La imagen de Giyu acercándose a ella con esa intención juguetona seguía fresca en su mente. Había descubierto dos cosas esa noche: primero, que Giyu Tomioka era inmune a los ataques de cosquillas, lo cual era frustrante. Y segundo, que debajo de esa capa de hielo y silencio, había alguien que sabía cómo jugar, a su manera extraña y estoica.
Corrió un par de pasos para alcanzarlo y se puso a su lado, recuperando su paso ligero.
—Sabe, Tomioka-san —dijo ella, con su sonrisa habitual volviendo a su lugar, aunque esta vez se sentía un poco más cálida—, no crea que esto se va a quedar así. Algún punto débil debe tener, y juro que lo encontraré.
Giyu no la miró, pero dio un suspiro casi imperceptible.
—No lo harás.
—¡Oh, claro que sí! Quizás no son las costillas. Quizás son los pies. ¿Qué me dice, Tomioka-san? ¿Tiene cosquillas en los pies?
Giyu aceleró el paso, dejando a Shinobu un poco atrás.
—No seas molesta, Kocho.
—¡Vaya! ¡Ha vuelto el Tomioka-san de siempre! —exclamó ella, siguiéndolo con entusiasmo—. Pero no me importa. Hoy he aprendido algo nuevo. Usted es un experto en tortura mediante risas. Debería dar clases en la sede. "Técnicas de inmovilización mediante cosquillas, por el Pilar del Agua". ¡Sería un éxito!
El resto del viaje transcurrió entre las bromas incesantes de Shinobu y el silencio de Giyu, pero el ambiente ya no era de tensión contenida. Había una nueva comprensión entre ellos, un hilo invisible que los conectaba más allá del deber y las espadas. Shinobu seguía sin ver a Giyu sonreír, pero esa noche, el sonido de su propia risa rompiendo el silencio del bosque le había parecido suficiente.
Al final del camino, cuando las luces de la sede comenzaron a vislumbrarse a lo lejos, Shinobu miró a Giyu una última vez antes de separarse hacia su propia finca.
—Buenas noches, Tomioka-san. Gracias por la... "broma".
Giyu se detuvo un instante y la miró. Por un breve segundo, la opacidad de sus ojos pareció disolverse, dejando ver un azul más claro, casi brillante.
—Buenas noches, Kocho —respondió él.
Mientras ella se alejaba, Giyu permaneció allí un momento, observando la figura de la mariposa desaparecer entre las sombras de los edificios. Se miró las manos, las mismas que habían provocado aquel estallido de alegría en su compañera, y luego miró el cielo estrellado.
No sonrió, al menos no externamente. Pero en su pecho, el frío invierno permanente parecía haber cedido un poco de terreno ante una primavera inesperada. Giyu Tomioka no tenía cosquillas, pero esa noche había descubierto que ver reír a Shinobu era, quizás, la misión más exitosa que había cumplido en mucho tiempo.
