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Mío
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 29/6/2026
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RomanceRecortes de VidaCelosHistoria DomésticaAmbientación CanonEstudio de PersonajeHumor
Propiedad Privada del Hechicero Más Fuerte
El humo del cigarrillo se elevaba en espirales perezosas hacia el techo de la morgue, mezclándose con el olor a antiséptico y formaldehído. Shoko Ieiri exhaló con lentitud, observando cómo la ceniza estaba a punto de caer sobre su bata blanca. Normalmente, el silencio de la academia de hechicería era su refugio, el único lugar donde su pragmatismo y su indiferencia podían florecer sin interrupciones. Pero hoy, el silencio le resultaba ruidoso.
Shoko no era una mujer de extremos. No gritaba, no hacía escenas y, ciertamente, no se consideraba una persona celosa. Ser la novia de Satoru Gojo durante los últimos tres meses había sido, contra todo pronóstico, una experiencia gratificante. Satoru, a pesar de su ego infinito y su personalidad abrumadora, era un novio excepcional. Sabía cuándo darle espacio, cuándo aparecer con su café favorito y cómo sostenerla en silencio después de un día especialmente sangriento.
El problema no era Satoru. El problema era el resto del mundo.
—Maldita sea —susurró Shoko, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal.
Sus ojeras parecían pesarle más que de costumbre. La imagen de esa mañana se repetía en su mente como una película de terror de bajo presupuesto. Un grupo de hechiceras de segundo grado, jóvenes y con ojos brillantes de admiración, habían acorralado a Satoru en el patio central. La excusa era "pedir consejos sobre la expansión de dominio", pero Shoko no era estúpida. Había visto cómo una de ellas rozaba el brazo de Satoru, cómo otra se reía exageradamente de sus chistes mediocres y cómo todas invadían ese espacio personal que solo ella debería habitar.
Satoru, por supuesto, no activaba el Infinito con ellas. Se reía, jugueteaba con sus gafas oscuras y se dejaba querer. Era un sol, y las polillas no podían evitar volar hacia las llamas.
Shoko salió de la morgue, decidida a caminar un poco para despejar la mente. Sin embargo, al llegar a los pasillos administrativos, la escena que encontró fue peor. Mei Mei, con su trenza azul cayendo sobre su hombro y esa sonrisa que siempre parecía estar calculando el valor monetario de tu alma, estaba inclinada sobre un escritorio junto a Satoru.
—Oh, Satoru-kun —decía Mei Mei con esa voz aterciopelada—, si aceptaras esta misión conjunta, las comisiones serían... astronómicas. Podríamos celebrarlo con una cena privada, ¿no crees?
Shoko se detuvo en la esquina, ocultándose tras una columna de madera. Vio cómo Mei Mei colocaba una mano enguantada sobre el hombro de Satoru, acercándose lo suficiente como para que sus alientos se mezclaran. Gojo, en su infinita confianza, solo sonreía de lado, esa sonrisa que hacía que Shoko quisiera besarlo y golpearlo al mismo tiempo.
—Sabes que mi tiempo es caro, Mei —respondió Gojo, con un tono juguetón—. Pero siempre estoy abierto a negociar.
La sangre de Shoko comenzó a hervir. No era una combustión rápida, sino un fuego lento, constante, que amenazaba con consumir su paciencia habitual. Se dio la vuelta y se alejó antes de que su técnica de inversión se convirtiera en algo destructivo.
El colmo llegó al atardecer.
Shoko caminaba hacia la salida cuando se topó con una multitud. Parecía que medio personal administrativo y un grupo de hechiceras de intercambio habían decidido que ese era el momento perfecto para una sesión de fotos. En el centro, alzándose sobre todos con sus 190 centímetros de altura, estaba Satoru. Llevaba el uniforme negro de cuello alto, su cabello blanco puntiagudo brillando bajo la luz naranja del sol poniente. Se había quitado la venda, dejando que sus ojos color cielo deslumbraran a cualquiera que lo mirara.
—¡Por favor, Gojo-sama, una foto más! —chilló una asistente, empujando a otra para estar más cerca de él.
—¡Es tan guapo! —susurró otra, intentando pasarle un papel con lo que, Shoko supuso, era su número de teléfono.
Satoru estaba en su salsa. Estaba posando, haciendo el signo de la paz con los dedos, rodeado de mujeres que lo miraban como si fuera un dios bajado a la tierra. Una de ellas, con una audacia que Shoko encontró ofensiva, se aferró a su brazo para la foto, apretándose contra él.
Fue suficiente.
Shoko no lo pensó. Sus pies se movieron solos, abriéndose paso entre la turba de admiradoras. Sus tacones crema resonaban con una autoridad que hizo que algunas personas se apartaran instintivamente. Cuando llegó al centro, no pidió permiso. Extendió la mano, agarró el brazo de Satoru con una fuerza que sorprendió incluso al hechicero más fuerte, y tiró de él.
—Se acabó la función —dijo Shoko. Su voz era baja, pero cortaba como un bisturí.
Las mujeres a su alrededor se quedaron heladas. Gojo parpadeó, bajando la mirada hacia Shoko con una expresión de sorpresa genuina que rápidamente se transformó en una chispa de diversión.
—¿Shoko? —preguntó él, dejándose arrastrar—. Pero si apenas estábamos empezando el álbum de recuerdos...
Shoko no se detuvo. Se giró hacia el grupo de hechiceras y administrativas, que la miraban con una mezcla de indignación y confusión. Sus ojos castaños, generalmente indiferentes, brillaron con una frialdad filosa que hizo que la chica que había estado tocando el brazo de Satoru retrocediera un paso.
—Mío —susurró Shoko.
No fue un susurro de debilidad. Fue una declaración de guerra, una marca de propiedad grabada en el aire. No era una petición; era un hecho absoluto e innegable.
Satoru soltó una carcajada vibrante mientras Shoko lo sacaba de allí a zancadas, sin soltarle el brazo. Solo se detuvieron cuando llegaron a un rincón apartado del jardín, bajo la sombra de un gran cerezo que ya no tenía flores.
—Vaya, Shoko —dijo Gojo, apoyándose contra el tronco del árbol y cruzando los brazos sobre el pecho—. No sabía que tenías ese lado tan... territorial. Ha sido casi aterrador.
Shoko lo soltó y se cruzó de brazos también, fulminándolo con la mirada.
—No me vengas con eso, Satoru. Son unas zorras y tú eres un idiota por dejar que te toquen así.
Gojo se encogió de hombros, manteniendo esa sonrisa burlona que tanto la irritaba.
—Solo soy amable con mis fans, Shoko-chan. No puedes culparlas por tener buen gusto. Soy el más fuerte, el más guapo... es una carga difícil de llevar.
—Es una carga que voy a empezar a aligerar a golpes si no cierras la boca —replicó ella, aunque el fuego de su ira empezaba a transformarse en un cansancio pesado.
Satoru se acercó a ella, rompiendo la distancia con esa elegancia natural que poseía. Se inclinó un poco para estar a su altura, permitiendo que sus ojos azules, esos iris que parecían contener el cielo entero, se encontraran con los de ella. El aire entre ellos cambió, volviéndose más denso, más íntimo.
—¿Estás celosa? —preguntó él en voz baja, con un tono que ya no era burlón, sino cálido.
—No soy celosa —mintió ella, desviando la mirada hacia un lado—. Soy pragmática. Y es poco práctico que mi novio pierda el tiempo con gente que solo quiere un trofeo.
Satoru soltó un suspiro suave y llevó una mano a la mejilla de Shoko. Su piel estaba fría, pero su tacto era increíblemente tierno. Obligó a Shoko a volver a mirarlo.
—Sabes que ninguna de ellas importa, ¿verdad? —dijo él—. Pueden mirar todo lo que quieran, pueden pedir fotos y pueden intentar acercarse, pero ninguna puede hacer esto.
Satoru se inclinó y la besó. Fue un beso lento, profundo, que sabía a café y a esa dulzura que solo él poseía. Shoko sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo, sus manos subiendo instintivamente para agarrar las solapas de su abrigo negro. En ese momento, el mundo exterior desapareció. No había alumnas, ni Mei Mei, ni personal administrativo. Solo estaban ellos dos, el olor a tabaco de ella y el aroma a limpio de él.
Cuando se separaron, Satoru mantenía la frente apoyada contra la de ella.
—Te prometo algo —susurró él—. Mañana te traeré esa caja de cigarrillos premium que tanto te gusta. De esos que traen de contrabando y que cuestan una fortuna.
Shoko soltó un suspiro, cerrando los ojos.
—No quiero los cigarrillos, Satoru. Bueno, sí los quiero, pero eso no es lo que busco ahora.
—¿Ah, no? —Gojo arqueó una ceja, divertido—. ¿Y qué quiere la doctora Ieiri?
Shoko lo agarró de la corbata y tiró de él hacia la dirección de sus habitaciones privadas.
—Quiero que te quedes conmigo el resto del día —sentenció ella sin mirar atrás—. Sin misiones, sin teléfonos, sin "fans" y sin Mei Mei. Solo tú y yo. Si alguien te busca, le diré que estás muerto y que estoy practicando una autopsia muy larga.
Gojo rió de nuevo, dejándose guiar como un niño feliz.
—Me parece un plan excelente. La doctora tiene el control absoluto.
Mientras caminaban por los pasillos ahora más vacíos, Shoko sintió una pequeña victoria en su pecho. Sabía que Satoru Gojo pertenecía al mundo, que su poder era una necesidad para la sociedad de hechiceros y que su belleza siempre atraería miradas no deseadas. Pero allí, con su mano entrelazada con la de él, recordaba que, aunque todos pudieran admirar el cielo, ella era la única que podía caminar a través de él.
—Satoru —dijo ella de repente antes de entrar en su habitación.
—¿Sí, Shoko?
—Si vuelves a dejar que Mei Mei te toque el hombro de esa manera, le cobraré la consulta de su próxima herida al triple.
Gojo soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.
—Entendido, jefa. Mis hombros son zona restringida a partir de ahora.
Shoko cerró la puerta tras ellos, dejando fuera el ruido, las luces y a todas aquellas personas que no entendían que el hombre más fuerte del mundo ya tenía dueña. Y esa noche, bajo la tenue luz de la lámpara de su escritorio, Shoko Ieiri decidió que, tal vez, ser un poco celosa no era tan poco práctico después de todo. Al menos, los resultados eran bastante satisfactorios.
Shoko no era una mujer de extremos. No gritaba, no hacía escenas y, ciertamente, no se consideraba una persona celosa. Ser la novia de Satoru Gojo durante los últimos tres meses había sido, contra todo pronóstico, una experiencia gratificante. Satoru, a pesar de su ego infinito y su personalidad abrumadora, era un novio excepcional. Sabía cuándo darle espacio, cuándo aparecer con su café favorito y cómo sostenerla en silencio después de un día especialmente sangriento.
El problema no era Satoru. El problema era el resto del mundo.
—Maldita sea —susurró Shoko, apagando el cigarrillo en un cenicero de cristal.
Sus ojeras parecían pesarle más que de costumbre. La imagen de esa mañana se repetía en su mente como una película de terror de bajo presupuesto. Un grupo de hechiceras de segundo grado, jóvenes y con ojos brillantes de admiración, habían acorralado a Satoru en el patio central. La excusa era "pedir consejos sobre la expansión de dominio", pero Shoko no era estúpida. Había visto cómo una de ellas rozaba el brazo de Satoru, cómo otra se reía exageradamente de sus chistes mediocres y cómo todas invadían ese espacio personal que solo ella debería habitar.
Satoru, por supuesto, no activaba el Infinito con ellas. Se reía, jugueteaba con sus gafas oscuras y se dejaba querer. Era un sol, y las polillas no podían evitar volar hacia las llamas.
Shoko salió de la morgue, decidida a caminar un poco para despejar la mente. Sin embargo, al llegar a los pasillos administrativos, la escena que encontró fue peor. Mei Mei, con su trenza azul cayendo sobre su hombro y esa sonrisa que siempre parecía estar calculando el valor monetario de tu alma, estaba inclinada sobre un escritorio junto a Satoru.
—Oh, Satoru-kun —decía Mei Mei con esa voz aterciopelada—, si aceptaras esta misión conjunta, las comisiones serían... astronómicas. Podríamos celebrarlo con una cena privada, ¿no crees?
Shoko se detuvo en la esquina, ocultándose tras una columna de madera. Vio cómo Mei Mei colocaba una mano enguantada sobre el hombro de Satoru, acercándose lo suficiente como para que sus alientos se mezclaran. Gojo, en su infinita confianza, solo sonreía de lado, esa sonrisa que hacía que Shoko quisiera besarlo y golpearlo al mismo tiempo.
—Sabes que mi tiempo es caro, Mei —respondió Gojo, con un tono juguetón—. Pero siempre estoy abierto a negociar.
La sangre de Shoko comenzó a hervir. No era una combustión rápida, sino un fuego lento, constante, que amenazaba con consumir su paciencia habitual. Se dio la vuelta y se alejó antes de que su técnica de inversión se convirtiera en algo destructivo.
El colmo llegó al atardecer.
Shoko caminaba hacia la salida cuando se topó con una multitud. Parecía que medio personal administrativo y un grupo de hechiceras de intercambio habían decidido que ese era el momento perfecto para una sesión de fotos. En el centro, alzándose sobre todos con sus 190 centímetros de altura, estaba Satoru. Llevaba el uniforme negro de cuello alto, su cabello blanco puntiagudo brillando bajo la luz naranja del sol poniente. Se había quitado la venda, dejando que sus ojos color cielo deslumbraran a cualquiera que lo mirara.
—¡Por favor, Gojo-sama, una foto más! —chilló una asistente, empujando a otra para estar más cerca de él.
—¡Es tan guapo! —susurró otra, intentando pasarle un papel con lo que, Shoko supuso, era su número de teléfono.
Satoru estaba en su salsa. Estaba posando, haciendo el signo de la paz con los dedos, rodeado de mujeres que lo miraban como si fuera un dios bajado a la tierra. Una de ellas, con una audacia que Shoko encontró ofensiva, se aferró a su brazo para la foto, apretándose contra él.
Fue suficiente.
Shoko no lo pensó. Sus pies se movieron solos, abriéndose paso entre la turba de admiradoras. Sus tacones crema resonaban con una autoridad que hizo que algunas personas se apartaran instintivamente. Cuando llegó al centro, no pidió permiso. Extendió la mano, agarró el brazo de Satoru con una fuerza que sorprendió incluso al hechicero más fuerte, y tiró de él.
—Se acabó la función —dijo Shoko. Su voz era baja, pero cortaba como un bisturí.
Las mujeres a su alrededor se quedaron heladas. Gojo parpadeó, bajando la mirada hacia Shoko con una expresión de sorpresa genuina que rápidamente se transformó en una chispa de diversión.
—¿Shoko? —preguntó él, dejándose arrastrar—. Pero si apenas estábamos empezando el álbum de recuerdos...
Shoko no se detuvo. Se giró hacia el grupo de hechiceras y administrativas, que la miraban con una mezcla de indignación y confusión. Sus ojos castaños, generalmente indiferentes, brillaron con una frialdad filosa que hizo que la chica que había estado tocando el brazo de Satoru retrocediera un paso.
—Mío —susurró Shoko.
No fue un susurro de debilidad. Fue una declaración de guerra, una marca de propiedad grabada en el aire. No era una petición; era un hecho absoluto e innegable.
Satoru soltó una carcajada vibrante mientras Shoko lo sacaba de allí a zancadas, sin soltarle el brazo. Solo se detuvieron cuando llegaron a un rincón apartado del jardín, bajo la sombra de un gran cerezo que ya no tenía flores.
—Vaya, Shoko —dijo Gojo, apoyándose contra el tronco del árbol y cruzando los brazos sobre el pecho—. No sabía que tenías ese lado tan... territorial. Ha sido casi aterrador.
Shoko lo soltó y se cruzó de brazos también, fulminándolo con la mirada.
—No me vengas con eso, Satoru. Son unas zorras y tú eres un idiota por dejar que te toquen así.
Gojo se encogió de hombros, manteniendo esa sonrisa burlona que tanto la irritaba.
—Solo soy amable con mis fans, Shoko-chan. No puedes culparlas por tener buen gusto. Soy el más fuerte, el más guapo... es una carga difícil de llevar.
—Es una carga que voy a empezar a aligerar a golpes si no cierras la boca —replicó ella, aunque el fuego de su ira empezaba a transformarse en un cansancio pesado.
Satoru se acercó a ella, rompiendo la distancia con esa elegancia natural que poseía. Se inclinó un poco para estar a su altura, permitiendo que sus ojos azules, esos iris que parecían contener el cielo entero, se encontraran con los de ella. El aire entre ellos cambió, volviéndose más denso, más íntimo.
—¿Estás celosa? —preguntó él en voz baja, con un tono que ya no era burlón, sino cálido.
—No soy celosa —mintió ella, desviando la mirada hacia un lado—. Soy pragmática. Y es poco práctico que mi novio pierda el tiempo con gente que solo quiere un trofeo.
Satoru soltó un suspiro suave y llevó una mano a la mejilla de Shoko. Su piel estaba fría, pero su tacto era increíblemente tierno. Obligó a Shoko a volver a mirarlo.
—Sabes que ninguna de ellas importa, ¿verdad? —dijo él—. Pueden mirar todo lo que quieran, pueden pedir fotos y pueden intentar acercarse, pero ninguna puede hacer esto.
Satoru se inclinó y la besó. Fue un beso lento, profundo, que sabía a café y a esa dulzura que solo él poseía. Shoko sintió cómo la tensión abandonaba su cuerpo, sus manos subiendo instintivamente para agarrar las solapas de su abrigo negro. En ese momento, el mundo exterior desapareció. No había alumnas, ni Mei Mei, ni personal administrativo. Solo estaban ellos dos, el olor a tabaco de ella y el aroma a limpio de él.
Cuando se separaron, Satoru mantenía la frente apoyada contra la de ella.
—Te prometo algo —susurró él—. Mañana te traeré esa caja de cigarrillos premium que tanto te gusta. De esos que traen de contrabando y que cuestan una fortuna.
Shoko soltó un suspiro, cerrando los ojos.
—No quiero los cigarrillos, Satoru. Bueno, sí los quiero, pero eso no es lo que busco ahora.
—¿Ah, no? —Gojo arqueó una ceja, divertido—. ¿Y qué quiere la doctora Ieiri?
Shoko lo agarró de la corbata y tiró de él hacia la dirección de sus habitaciones privadas.
—Quiero que te quedes conmigo el resto del día —sentenció ella sin mirar atrás—. Sin misiones, sin teléfonos, sin "fans" y sin Mei Mei. Solo tú y yo. Si alguien te busca, le diré que estás muerto y que estoy practicando una autopsia muy larga.
Gojo rió de nuevo, dejándose guiar como un niño feliz.
—Me parece un plan excelente. La doctora tiene el control absoluto.
Mientras caminaban por los pasillos ahora más vacíos, Shoko sintió una pequeña victoria en su pecho. Sabía que Satoru Gojo pertenecía al mundo, que su poder era una necesidad para la sociedad de hechiceros y que su belleza siempre atraería miradas no deseadas. Pero allí, con su mano entrelazada con la de él, recordaba que, aunque todos pudieran admirar el cielo, ella era la única que podía caminar a través de él.
—Satoru —dijo ella de repente antes de entrar en su habitación.
—¿Sí, Shoko?
—Si vuelves a dejar que Mei Mei te toque el hombro de esa manera, le cobraré la consulta de su próxima herida al triple.
Gojo soltó una carcajada que resonó en todo el pasillo.
—Entendido, jefa. Mis hombros son zona restringida a partir de ahora.
Shoko cerró la puerta tras ellos, dejando fuera el ruido, las luces y a todas aquellas personas que no entendían que el hombre más fuerte del mundo ya tenía dueña. Y esa noche, bajo la tenue luz de la lámpara de su escritorio, Shoko Ieiri decidió que, tal vez, ser un poco celosa no era tan poco práctico después de todo. Al menos, los resultados eran bastante satisfactorios.
