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Consejeros Amorosos

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 29/6/2026

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Lazos de Sangre, Humo y Promesas

El estruendo del portazo en el aula de segundo año no solo hizo vibrar las ventanas del pasillo, sino que pareció sacudir los cimientos mismos del Colegio Técnico de Magia de Tokio. Nobara Kugisaki salió disparada de la habitación con el rostro encendido de una furia que rozaba lo volcánico. Sus pasos, firmes y pesados, resonaban contra el suelo de madera mientras murmuraba maldiciones entre dientes.

Detrás, en el aula, el silencio que quedó era pesado y amargo. Yuji Itadori se quedó de pie, con los hombros caídos y la mirada fija en sus propias manos, las cuales aún conservaban rastros de sangre seca y los restos de un vendaje mal puesto. Su expresión era una mezcla confusa de frustración, tristeza y una terquedad que se negaba a morir.

A unos metros de distancia, apoyados contra la pared del pasillo sombreado, dos figuras observaban la escena con la parsimonia de quienes han visto mil batallas, tanto físicas como emocionales. Satoru Gojo, con su habitual venda cubriendo sus ojos y una sonrisa ladeada que no llegaba a ser burlona, intercambió una mirada con Shoko Ieiri. La doctora, con las ojeras de siempre y un cigarrillo apagado entre los labios, soltó un suspiro cansado.

—Parece que los niños han tenido su primera gran crisis de pareja —comentó Gojo, ajustándose el cuello de su chaqueta oscura—. Qué energía tan desbordante, ¿no crees, Shoko?

—Es agotador solo verlos —respondió ella, sacando un encendedor—. Ve por el chico. Yo me encargo de la pequeña reina de las maldiciones. Si los dejamos así, Nobara terminará demoliendo el dormitorio y Itadori se hundirá en un pozo de culpa que ni Sukuna podrá sacar.

Gojo asintió, su tono volviéndose inusualmente serio por un breve segundo.

—Entendido. Nos vemos luego en la enfermería.

Satoru entró al aula con su habitual aire despreocupado, encontrando a Yuji sentado en uno de los pupitres, con la cabeza entre las manos. El chamán más fuerte del mundo se sentó sobre la mesa frente a él, balanceando las piernas.

—Vaya, Yuji. Parece que el entrenamiento de hoy no fue lo más difícil de tu jornada —dijo Gojo con voz suave.

Yuji levantó la vista. Sus ojos dorados estaban empañados por la frustración.

—No lo entiendo, Gojo-sensei. Solo hice lo que tenía que hacer. Había tres civiles atrapados y esa maldición de grado dos estaba a punto de alcanzar a Nobara por el flanco izquierdo. Me interpuse. Recibí el golpe. Salvamos a todos. ¿Por qué está tan enojada?

Gojo observó el brazo de Yuji. La herida era profunda, un desgarro que habría dejado incapacitado a cualquier otro, pero que en el cuerpo del recipiente de Sukuna ya estaba empezando a cerrarse, aunque de forma irregular.

—Ella no está enojada porque salvaras a los civiles, Yuji —explicó Gojo, cruzándose de brazos—. Está enojada porque te tratas a ti mismo como una herramienta desechable.

—¡Pero soy fuerte! —protestó Itadori, golpeando levemente la mesa—. Puedo aguantarlo. Ella sabe que sano rápido.

—Ese es precisamente el problema —Gojo se inclinó hacia adelante, su tono volviéndose paternal pero firme—. Nobara no ve a un "recipiente fuerte" cuando te mira. Ve al chico que ama. Ver a la persona que quieres sangrar voluntariamente, una y otra vez, porque "puedes aguantarlo", es una forma de tortura para quien se queda mirando.

Yuji bajó la mirada, asimilando las palabras. Gojo soltó una pequeña risa nostálgica.

—¿Sabes? Shoko solía mirarme con la misma furia. Hubo un tiempo en el que yo pensaba que, como era el más fuerte, mi bienestar no importaba mientras el resultado fuera el éxito. Me tomó mucho tiempo entender que el "autocuidado" no es solo por uno mismo, sino por la paz mental de quienes nos esperan en casa. No puedes pedirle que no sufra cuando te ve rompiéndote en pedazos.

Mientras tanto, en un rincón apartado del jardín de la academia, Shoko encontró a Nobara sentada en un banco de piedra. La joven de cabello naranja tenía los puños apretados sobre el regazo y los hombros le temblaban. No estaba gritando ahora; estaba luchando desesperadamente por contener las lágrimas.

Shoko se sentó a su lado sin decir nada. Encendió su cigarrillo y dejó que el humo flotara en el aire fresco de la tarde. Pasaron varios minutos en un silencio absoluto, roto solo por el sonido del viento entre los árboles.

—Es un idiota —susurró Nobara finalmente, con la voz quebrada—. Es un idiota suicida que cree que su vida vale menos que un rasguño en cualquier otra persona.

—Lo es —coincidió Shoko, exhalando el humo—. Los hombres con complejo de héroe son los más difíciles de tratar. Creen que su resistencia al dolor es una licencia para ser descuidados.

Nobara levantó la vista, sus ojos naranjas brillando con una mezcla de rabia y miedo.

—¡Casi pierde el brazo, Shoko-san! Y se rió. Limpió la sangre y me dijo que no pasaba nada porque "estábamos a salvo". ¿Cómo puede ser tan ciego? No quiero estar a salvo si eso significa que él va a terminar siendo un montón de cicatrices andante.

Shoko miró hacia el cielo, recordando los años de juventud, las misiones con Gojo y Geto, y las incontables veces que tuvo que remendar cuerpos que no deberían haber sobrevivido.

—Te entiendo mejor de lo que crees —dijo Shoko, apoyando una mano en el hombro de la chica—. He pasado años viendo a Satoru hacer locuras similares. Él cree que su Infinito lo protege de todo, pero se olvida de que el desgaste emocional no se detiene con una técnica ritual. Al principio, yo también quería gritarle hasta quedarme sin voz. Pero aprendí que ellos no lo hacen por desprecio a su vida, sino por un amor mal gestionado hacia los demás.

Nobara se limpió una lágrima rebelde con el dorso de la mano.

—No quiero perderlo —confesó en un susurro—. Si sigue así, un día no habrá nada que remendar.

—Entonces enséñale —dijo Shoko con firmeza—. No con gritos, sino haciéndole entender que su seguridad es tu seguridad. Que cuando él se lastima, tú también sangras. Es la única forma en que los tipos como Itadori o Gojo aprenden.

Un par de horas más tarde, el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un naranja profundo que recordaba al cabello de Nobara. En el pasillo que llevaba a los dormitorios, Yuji y Nobara se encontraron. El ambiente era tenso, pero la agresividad se había evaporado, dejando solo una cruda vulnerabilidad.

Yuji dio el primer paso. Se veía pequeño, a pesar de su musculatura y su altura.

—Nobara... —empezó él, rascándose la nuca con nerviosismo—. Lo siento. Gojo-sensei me hizo entender algo que soy demasiado tonto para ver por mi cuenta. Fui un irresponsable. No solo con mi cuerpo, sino con tus sentimientos.

Nobara lo miró fijamente, con los brazos cruzados, pero su postura se suavizó al ver la sinceridad en los ojos del chico.

—Eres un idiota, Itadori —dijo ella, aunque esta vez no había veneno en sus palabras—. Un idiota que me asusta de muerte.

—Prometo que voy a intentarlo —continuó Yuji, acercándose un poco más—. Prometo que el "autocuidado" será parte de mi entrenamiento. No quiero que sufras por mi culpa. No quiero que me veas como alguien que solo sabe recibir golpes.

Nobara suspiró, deshaciendo el nudo de sus brazos y dando un paso adelante para acortar la distancia. Se apoyó contra su pecho, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón.

—Más te vale —amenazó ella, aunque su voz era suave—. Porque la próxima vez que te hagas el valiente de forma innecesaria, seré yo quien te rompa el otro brazo antes de que la maldición pueda tocarte.

Yuji soltó una carcajada nerviosa y la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cabello con aroma a flores y laca.

—Trato hecho.

Desde el balcón del segundo piso, Gojo y Shoko observaban la reconciliación. El maestro tenía un brazo apoyado en la barandilla y el otro alrededor de los hombros de la doctora.

—Mira eso —dijo Gojo con un tono meloso—. El amor joven es realmente hermoso, ¿verdad? Tan puro, tan dramático, tan lleno de promesas que probablemente romperán en la próxima misión.

Shoko soltó una risita seca, dejando caer la ceniza de su cigarrillo al vacío.

—Son niños, Satoru. Tienen derecho a ser dramáticos. Al menos ellos se dicen las cosas a la cara.

Gojo se giró hacia ella, su sonrisa volviéndose más audaz y juguetona. La cercanía entre ambos siempre había sido un territorio ambiguo, una danza de años entre la amistad profesional y algo mucho más profundo y oscuro que solo ellos entendían.

—Bueno, nosotros somos adultos —susurró Gojo, inclinando la cabeza para que su aliento rozara la oreja de Shoko—. Y el amor de los adultos es mucho más... excitante, ¿no crees?

Shoko levantó una ceja, pero no se apartó. Al contrario, se permitió sonreír de esa manera relajada que solo mostraba cuando estaban a solas.

—¿Estás intentando seducirme después de dar consejos sentimentales a un adolescente, Satoru? Qué poco profesional.

—Oh, soy muy profesional en otras áreas —respondió él, moviéndose con esa elegancia felina que lo caracterizaba.

Sin previo aviso, Gojo depositó un beso lento y deliberado en el cuello de Shoko, justo donde el pulso se aceleraba. Ella soltó una carcajada genuina, una que rara vez escuchaban los estudiantes, y lo empujó levemente, aunque terminó por agarrarlo de la solapa de su abrigo negro.

—La enfermería está vacía —murmuró ella, con un brillo travieso en sus ojos castaños—. Y tengo una botella de sake
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