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Luz divina

Fandom: mob phyco 100

Creado: 29/6/2026

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Entre el Polvo de Estrellas y la Ciudad de la Sal

Ciudad Condimento no era, a primera vista, un lugar que uno asociaría con lo místico. Era una metrópolis vibrante, ruidosa y llena de gente que corría de un lado a otro, preocupada por exámenes, salarios y el tráfico. Sin embargo, para Lin, la ciudad vibraba con una frecuencia distinta. Mientras bajaba del coche negro que la había transportado desde las tierras altas, podía sentir el flujo de la naturaleza bajo el asfalto.

Lin era una joven de apariencia sencilla, o al menos eso se esforzaba por proyectar. Llevaba el uniforme de la Secundaria Sal de manera pulcra, con sus gafas de montura gruesa que ocultaban unos ojos que contenían el brillo de las galaxias. Su cabello, de un tono azabache que bajo la luz adecuada reflejaba matices violetas, estaba recogido en una trenza práctica. Ella era la última de los archimagos, una estirpe que no dependía de la energía mental como los psíquicos, sino del maná: la esencia misma de la vida y el cosmos.

—Señorita Lin, hemos terminado de organizar la biblioteca y el observatorio en la nueva residencia —dijo Sebastian, su mayordomo y figura protectora, mientras le entregaba su maletín—. Por favor, recuerde que, aunque deseaba una experiencia escolar "común", siempre estamos a una llamada de distancia.

Lin sonrió, y por un segundo, la calidez de su gesto pareció hacer que las flores del parterre cercano se irguieran con más fuerza.

—Gracias, Sebastian. Solo quiero ser una estudiante más por este año. Sin sellos antiguos, sin deidades primigenias... solo astrofísica y quizás algunos amigos.

Caminó hacia la entrada de la escuela. Para Lin, la magia era como respirar. No era un esfuerzo, era una danza constante con el entorno. Mientras cruzaba el patio, sintió una presencia poderosa, pero extrañamente contenida. Era una energía densa, grisácea pero pura. Se detuvo un momento y sus ojos se cruzaron con los de un chico de cabello oscuro en forma de tazón que caminaba con la mirada baja.

Shigeo Kageyama, conocido por pocos como Mob, sintió un escalofrío. No era el miedo que le provocaban los espíritus malignos, sino una sensación de frescura, como si una brisa de montaña hubiera atravesado el pasillo de la escuela.

—Hola —dijo Lin con una voz suave, deteniéndose frente a él—. Soy nueva. ¿Sabes dónde queda el aula 2-1?

Mob parpadeó, procesando la pregunta con su lentitud habitual.

—Ah... sí. Es por aquí. Yo también voy por ese camino.

—Qué suerte. Soy Lin.

—Kageyama Shigeo —respondió él, empezando a caminar a su lado.

A los pocos metros, un chico más alto y de aspecto mucho más atlético y seguro de sí mismo se les unió. Era Ritsu, el hermano menor de Mob. Sus ojos se fijaron en Lin con una mezcla de curiosidad y sospecha. Él, a diferencia de su hermano, era más perceptivo con las jerarquías sociales, y algo en Lin no encajaba. Se veía normal, vestía normal, pero su postura tenía una elegancia que no se aprendía en la escuela pública.

—¿Una transferencia a mitad de semestre? —preguntó Ritsu con cortesía.

—Sí, mi familia se mudó recientemente por negocios —mintió ella con naturalidad—. Me interesa mucho el programa de ciencias de aquí.

Mientras caminaban, pasaron por la puerta del club de Telepatía. La puerta se abrió de golpe y Kurata Tome salió disparada, casi chocando con Lin.

—¡Necesitamos nuevos miembros o nos cerrarán el club! —gritó Tome antes de detenerse en seco frente a Lin—. Tú. Tienes cara de que crees en los alienígenas.

Lin soltó una risita melodiosa.

—Bueno, la astrofísica sugiere que estadísticamente es imposible que estemos solos. Pero prefiero mirar las estrellas a través de un telescopio que intentar llamarlos con la mente.

—¡Es perfecta! —exclamó Tome, agarrando la mano de Lin—. ¡Ven a vernos en el almuerzo!

El día transcurrió con una normalidad que Lin encontraba fascinante. Se sentó en clase, tomó apuntes sobre literatura y suspiró con deleite durante la clase de física. Sin embargo, mantener su "capa de invisibilidad" mágica era agotador. El maná en su cuerpo quería expandirse, quería saludar a los pequeños espíritus de la naturaleza que habitaban en los árboles del patio.

Durante el descanso, Lin decidió explorar el gimnasio, buscando un lugar tranquilo, pero se encontró con el Club de Fisioculturismo. Un grupo de adolescentes increíblemente musculosos estaba entrenando bajo la guía de Musashi Goda.

—¡Uno más! ¡Siente el ardor! —rugían al unísono.

Lin se quedó observando desde la puerta, admirando la dedicación humana al esfuerzo físico. Era una forma de energía muy distinta a la suya, pero igual de respetable. De repente, una pesa pareció resbalar de las manos de uno de los miembros más jóvenes debido al sudor. El metal pesado se dirigió peligrosamente hacia el pie de Mob, que pasaba por allí para dejar unos papeles.

Sin pensarlo, Lin movió ligeramente los dedos dentro de los bolsillos de su falda. No usó telequinesis psíquica; simplemente le pidió al aire que se volviera denso.

La pesa no se detuvo en el aire con un brillo azul, sino que pareció "flotar" en una corriente de aire invisible antes de caer suavemente sobre la colchoneta, sin hacer ruido ni causar daño.

—Eso estuvo cerca —dijo Lin, acercándose rápidamente para romper el momento de tensión.

Los miembros del club se quedaron mirando la pesa, confundidos. Mob miró a Lin. Él había sentido algo, pero no era el aura de un psíquico. No había rastro de "voluntad" impuesta sobre la materia, sino una especie de permiso que la materia le había dado a la chica.

—Gracias, Lin-san —dijo Mob, mirándola fijamente.

En ese momento, una ráfaga de viento entró por las ventanas abiertas del gimnasio. El viento sopló con una fuerza inusual, descolocando el flequillo de Lin y tirando sus gafas al suelo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Sin las gafas y con el cabello revuelto, la belleza de Lin se reveló como un golpe seco. No era una belleza convencional; era etérea, casi divina. Su piel parecía emitir un brillo tenue y sus ojos tenían la profundidad de un océano nocturno. Los miembros del Club de Fisioculturismo, conocidos por su estoicismo, se quedaron de piedra. Tome, que acababa de entrar, dejó caer su refresco.

Incluso Ritsu, que siempre mantenía la compostura, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era como mirar una obra de arte que no debería existir en el mundo mortal.

—¿Estás bien, Lin? —preguntó Mob, siendo el único que parecía inmune al impacto visual, aunque incluso él sentía que ella "brillaba" más que antes.

Lin se apresuró a recoger sus gafas y se las colocó rápidamente, ocultando de nuevo su mirada.

—Sí, solo fue el viento. Es un edificio con muchas corrientes de aire, ¿verdad?

—Eres... —empezó Musashi, buscando la palabra adecuada—... muy fuerte de espíritu. Se nota en tu presencia.

—Solo soy una estudiante normal —insistió ella con una sonrisa nerviosa—. Me tengo que ir, ¡nos vemos en clase!

Salió casi corriendo, dejando tras de sí un rastro de aroma a jazmín y ozono.

Al terminar las clases, Lin caminó hacia su nueva casa. A pesar del pequeño incidente en el gimnasio, se sentía feliz. Había hablado con personas, había sentido la calidez de la amistad incipiente de Mob y la energía vibrante de los demás.

Su hogar estaba situado en una zona tranquila de la ciudad, una propiedad rodeada por muros de piedra cubiertos de hiedra. Al cruzar la puerta principal, fue recibida por el aroma de los libros antiguos y el té recién hecho. La casa era espaciosa, con techos altos y una biblioteca que se extendía hasta el segundo piso, llena de grimorios y tratados de astronomía que su familia adoptiva había preservado para ella.

—Bienvenida a casa, señorita —dijo una de las doncellas, haciendo una reverencia.

—Gracias, Hana. Iré al jardín un momento antes de estudiar.

Lin salió al jardín trasero. Era un oasis de paz. Allí, lejos de las miradas curiosas, permitió que su maná fluyera libremente. El aire a su alrededor comenzó a brillar con pequeñas motas de luz dorada.

De entre los arbustos y las flores, empezaron a emerger pequeñas criaturas. No eran los espíritus hambrientos o las apariciones grotescas que los psíquicos solían exorcizar. Eran espíritus de la naturaleza: seres hechos de pétalos, rocío y luz solar. Un pequeño espíritu que parecía una mezcla entre un conejo y una nube de algodón se acercó a ella y se frotó contra su tobillo.

—Hola, pequeños —susurró Lin, agachándose para acariciarlo. Su mano atravesó la forma etérea, pero el espíritu vibró de alegría—. Ciudad Condimento no está tan mal después de todo. Hay mucha vida aquí, oculta bajo la superficie.

Se sentó en un banco de piedra y miró hacia el cielo. El sol se estaba poniendo, tiñendo el horizonte de violeta y naranja. Como maga, sabía que su deber era proteger el equilibrio, evitar que los seres primigenios que una vez destruyeron a su familia regresaran desde el abismo. Pero mientras observaba las primeras estrellas aparecer, se permitió un deseo egoísta.

—Solo un año —murmuró para sí misma—. Solo un año para ser Lin, la chica a la que le gusta la astronomía.

Cerró los ojos y sintió el latido de la tierra. A lo lejos, podía sentir la chispa de Mob, esa energía psíquica inmensa y contenida que la intrigaba. Sabía que sus caminos volverían a cruzarse. En un mundo de psíquicos y espíritus, una maga era una anomalía, un puente entre lo que la mente puede imaginar y lo que la naturaleza permite existir.

Entró en la casa, lista para sumergirse en sus libros de astrofísica, mientras en el jardín, los espíritus de la naturaleza bailaban bajo la luz de la luna, celebrando el regreso de la magia al mundo de los hombres.
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