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Fuera de Calma
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Creado: 29/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaFluffEstudio de PersonajeCelosAmbientación CanonDolor/Consuelo
Fuego, Agua y el Veneno de la Envidia
La quietud de la sede de los Cazadores de Demonios solía ser el refugio perfecto para Giyu Tomioka. Él era un hombre que encontraba consuelo en el silencio, un individuo cuya existencia parecía fluir con la cadencia pausada y profunda de un río en calma. Sus ojos, de un azul lapislázuli que a menudo se tornaba opaco y vacío, rara vez reflejaban las tormentas internas que lo azotaban. Para el resto del mundo, Giyu era una estatua de hielo, un pilar de estoicismo que no permitía que nada ni nadie perturbara su ecuanimidad.
Sin embargo, en las últimas semanas, una fisura había comenzado a aparecer en su armadura de indiferencia. Y la causa de esa grieta tenía nombre y apellido: Kyojuro Rengoku.
No era que Giyu odiara al Pilar de la Llama. Era imposible odiar a alguien que irradiaba tanta luz y bondad. Rengoku era el epítome del entusiasmo, un hombre cuyo cabello amarillo y rojo parecía arder con la misma intensidad que su espíritu. Pero era precisamente esa energía desbordante lo que estaba alterando el precario equilibrio de Giyu. O, mejor dicho, la forma en que Shinobu Kocho reaccionaba ante ella.
Desde su rincón habitual, bajo la sombra de un cerezo, Giyu observaba. Shinobu, con su haori de alas de mariposa ondeando suavemente, estaba de pie junto a Rengoku cerca de la entrada de la Finca de la Mariposa. Ella reía. No era la risa educada y gélida que solía dedicar a los demás, ni la burla punzante que reservaba para Giyu. Era una risa ligera, casi genuina. Rengoku gesticulaba con energía, hablando de alguna misión reciente con su voz estentórea que parecía resonar en todo el jardín.
— ¡Fue una batalla espléndida, Kocho-san! —exclamó Rengoku, cruzando los brazos sobre su pecho con una sonrisa radiante—. ¡La coordinación de tus subordinadas en la enfermería es digna de elogio! ¡UMAI! ¡Deberíamos celebrar con un banquete de batatas una vez que regrese de mi próxima misión!
— Me encantaría, Rengoku-san —respondió Shinobu, inclinando la cabeza con esa dulzura que a Giyu siempre le resultaba un tanto indescifrable—. Siempre es un placer conversar con alguien tan lleno de vida. Me hace olvidar lo tedioso que puede ser el trabajo a veces.
Giyu apretó el agarre sobre su espada. "Tedioso". ¿Se refería a él? ¿A las misiones que compartían en silencio? Un sentimiento amargo, como el sabor de la hiel, subió por su garganta. Él no era celoso. Los Pilares no tenían tiempo para tales trivialidades. Su deber era proteger a la humanidad, no preocuparse por quién hacía reír a quién. Y sin embargo, la imagen de Shinobu inclinándose hacia Rengoku, compartiendo una complicidad que él nunca parecía alcanzar, se le quedó grabada como una quemadura.
Días después, el destino —o quizás el sentido del humor retorcido de Kagaya Ubuyashiki— decidió que Giyu y Shinobu debían partir juntos hacia una misión en las montañas del norte.
El viaje fue, al principio, como cualquier otro. Giyu caminaba un paso por delante, con su haori mitad y mitad ondeando rítmicamente. Shinobu lo seguía, manteniendo su paso ligero y grácil, con esa sonrisa imperturbable que ocultaba su furia interna contra los demonios.
— Sabes, Tomioka-san —comenzó ella, rompiendo el silencio que se había prolongado por horas—, el silencio es una virtud, pero a veces me pregunto si realmente hay algo ocurriendo dentro de esa cabeza tuya. ¿O es que simplemente te gusta ser difícil?
Giyu no respondió. Sus ojos permanecieron fijos en el sendero, observando cómo la luz de la tarde se filtraba entre los cedros.
— Por eso a nadie le gustas, ¿sabes? —continuó ella con voz cantarína, usando su frase favorita para pincharlo—. Eres como un pozo sin fondo. No devuelves nada. Ni una palabra, ni un gesto. Es agotador intentar mantener una conversación contigo.
— No estoy aquí para conversar —murmuró Giyu finalmente, su voz tan plana como una piedra—. Estamos aquí para cazar a un demonio.
Shinobu soltó un suspiro dramático, acelerando el paso para ponerse a su lado. Sus ojos de insecto, púrpuras y profundos, lo escanearon con una mezcla de diversión y fastidio.
— ¡Ay, qué aburrido! —exclamó ella, agitando las manos—. ¿Sabes quién no es aburrido? Rengoku-san. Pasé la tarde con él antes de venir aquí. Es tan vibrante, tan comunicativo... incluso sus silencios parecen estar llenos de fuego. Si tan solo fueras más hablador como Rengoku-san, tal vez estas misiones no se sentirían como un funeral andante.
Algo se rompió dentro de Giyu. No fue un estallido, sino más bien como el hielo que se quiebra bajo una presión insoportable. Se detuvo en seco, tan repentinamente que Shinobu tuvo que dar un pequeño salto para no chocar contra su espalda.
Giyu se giró. Su expresión, normalmente impasible, estaba alterada por una tensión en la mandíbula que nunca antes le había visto. Sus ojos azul lapislázuli, que solían ser opacos, ahora brillaban con una chispa de rabia fría y contenida.
— Entonces deberías hacer misiones con él si es que te gusta tanto —soltó Giyu.
Las palabras salieron cargadas de un veneno que no era el de Shinobu. Era una declaración seca, cortante, que dejó el aire vibrando entre ambos.
Shinobu parpadeó, genuinamente sorprendida. Se quedó en silencio un momento, procesando la aspereza en la voz de Tomioka. No era su habitual desinterés; era algo mucho más humano, algo mucho más... vulnerable.
— Vaya, vaya —dijo ella, y una sonrisa lenta y maliciosa comenzó a extenderse por sus labios—. ¿Qué ha sido eso, Tomioka-san? ¿Acaso he oído un rastro de resentimiento en tu voz?
— No tengo resentimiento —replicó él, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tsuba de su nichirin—. Simplemente constato un hecho. Si su compañía te resulta más gratificante, no veo por qué pierdes el tiempo molestándome a mí.
Shinobu soltó una risita burlona, una que no era parte de su máscara, sino una reacción de pura delicia ante el descubrimiento que acababa de hacer. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Giyu, quien instintivamente retrocedió un milímetro.
— ¡No puedo creerlo! —exclamó ella, llevándose una mano a la mejilla—. Giyu Tomioka, el Pilar de Agua más serio, indiferente, estoico y aburrido de todos... ¡está celoso! ¡Estás celoso de Kyojuro!
— No estoy celoso —insistió él, aunque el ligero tinte rosado en sus orejas lo traicionaba por completo—. Rengoku es un excelente espadachín y un hombre honorable. No hay razón para sentir celos.
— Oh, claro que sí —se burló Shinobu, rodeándolo como una depredadora que ha encontrado una debilidad en su presa—. Estás celoso porque él me hace reír. Estás celoso porque él no necesita que yo lo provoque para que diga más de tres palabras seguidas. Estás celoso porque pensaste que mi atención se estaba desviando hacia alguien más "brillante".
Giyu desvió la mirada, sintiéndose repentinamente expuesto. Odiaba esa sensación. Odiaba que ella pudiera leerlo con tanta facilidad, incluso cuando él mismo intentaba engañarse. El silencio volvió a descender, pero esta vez era pesado, cargado de una tensión que no tenía nada que ver con los demonios que acechaban en las sombras.
— Es absurdo —dijo Giyu en voz baja, casi para sí mismo—. No me importa con quién hables.
— Mentiroso —susurró ella.
Shinobu dejó de reír. Observó el perfil de Giyu: esa nariz recta, el cabello desaliñado que siempre parecía necesitar un peine, y esa expresión severa que ocultaba a un hombre que había perdido tanto que tenía miedo de reclamar cualquier cosa como propia. Le pareció, de una manera extraña y retorcida, absolutamente tierno. Que este hombre, que se creía indigno de estar entre los Pilares, sintiera la necesidad de que su atención fuera exclusivamente para él, era una confesión más honesta que cualquier palabra que pudiera pronunciar.
— Tomioka-san —llamó ella con suavidad.
Él no se movió. Seguía mirando hacia el bosque, con los hombros tensos.
Shinobu se colocó frente a él, obligándolo a reconocer su presencia. Giyu bajó la vista, encontrándose con esos ojos púrpuras que, por una vez, no buscaban burlarse de su soledad. Ella extendió una mano y, con una delicadeza que rara vez mostraba, agarró los bordes de su haori disparejo.
Tiró de él hacia abajo. Giyu, sorprendido por el gesto, se inclinó ligeramente.
— Eres un tonto —le dijo ella, pero no había veneno en sus palabras.
Antes de que él pudiera procesar lo que estaba sucediendo, Shinobu se puso de puntillas y acortó la distancia. Fue un beso rápido, apenas un roce de labios que sabía a glicinias y a la frescura de la tarde, pero para Giyu fue como si el mundo entero se detuviera. El frío de su interior fue reemplazado por un calor súbito que le subió por el cuello hasta las mejillas.
Cuando ella se separó, tenía una mirada tierna, una que rara vez dejaba salir de detrás de sus muros.
— No deberías sentirte celoso solo porque hable con Kyojuro —dijo ella, manteniendo sus manos sobre el pecho de él, sintiendo el latido errático de su corazón—. Él es como un hermano mayor ruidoso. Pero tú...
Shinobu hizo una pausa, disfrutando de la expresión de asombro absoluto en el rostro de Giyu.
— Tú eres el único que logra hacerme perder la paciencia de esta manera —continuó ella con una sonrisa traviesa—. Y el único que tiene mi corazón completamente, aunque seas un aburrido sin remedio.
Giyu se quedó mudo. Su mente, usualmente analítica y estratégica, se había quedado en blanco. El peso de las manos de Shinobu sobre su uniforme era lo único que lo mantenía anclado a la realidad. Sintió un alivio inmenso, una oleada de calma que fluyó por sus venas como el agua de un manantial.
— Yo... —empezó a decir, pero las palabras se le atascaron.
— No digas nada —lo interrumpió ella, soltando su haori y volviendo a su postura habitual—. Ya has dicho suficiente con tu rabieta de hace un momento. Ahora, camina. Tenemos un demonio que cazar y ya nos hemos retrasado demasiado por culpa de tus inseguridades.
Shinobu comenzó a caminar de nuevo, con su paso ligero y saltarín, como si no acabara de poner el mundo de Giyu patas arriba. Él se quedó allí un segundo más, tocándose los labios con los dedos, todavía incrédulo.
— ¡Tomioka-san! —gritó ella sin mirar atrás—. ¡Si te quedas ahí parado, iré a buscar a Rengoku-san para que me ayude!
Giyu reaccionó de inmediato. Sus pies se movieron por instinto, alcanzándola en pocos pasos.
— No es necesario —dijo él, recuperando su tono serio, aunque sus ojos ya no estaban opacos—. Puedo encargarme yo solo.
Shinobu soltó una risita cristalina que resonó entre los árboles.
— Eso espero, Giyu. Eso espero.
Caminaron juntos mientras la noche empezaba a caer sobre la montaña. El silencio regresó, pero ya no era el silencio frío y distante de antes. Era un silencio compartido, uno donde el agua y el veneno habían encontrado un equilibrio perfecto, y donde el fuego de los celos se había extinguido para dar paso a una llama mucho más suave y duradera. Giyu Tomioka seguía siendo un hombre de pocas palabras, pero esa noche, mientras vigilaba el sueño de la mujer que caminaba a su lado, sintió que finalmente había encontrado su lugar en el mundo. Y no necesitaba que nadie más, ni siquiera el Pilar más brillante, le recordara lo que significaba estar vivo.
Sin embargo, en las últimas semanas, una fisura había comenzado a aparecer en su armadura de indiferencia. Y la causa de esa grieta tenía nombre y apellido: Kyojuro Rengoku.
No era que Giyu odiara al Pilar de la Llama. Era imposible odiar a alguien que irradiaba tanta luz y bondad. Rengoku era el epítome del entusiasmo, un hombre cuyo cabello amarillo y rojo parecía arder con la misma intensidad que su espíritu. Pero era precisamente esa energía desbordante lo que estaba alterando el precario equilibrio de Giyu. O, mejor dicho, la forma en que Shinobu Kocho reaccionaba ante ella.
Desde su rincón habitual, bajo la sombra de un cerezo, Giyu observaba. Shinobu, con su haori de alas de mariposa ondeando suavemente, estaba de pie junto a Rengoku cerca de la entrada de la Finca de la Mariposa. Ella reía. No era la risa educada y gélida que solía dedicar a los demás, ni la burla punzante que reservaba para Giyu. Era una risa ligera, casi genuina. Rengoku gesticulaba con energía, hablando de alguna misión reciente con su voz estentórea que parecía resonar en todo el jardín.
— ¡Fue una batalla espléndida, Kocho-san! —exclamó Rengoku, cruzando los brazos sobre su pecho con una sonrisa radiante—. ¡La coordinación de tus subordinadas en la enfermería es digna de elogio! ¡UMAI! ¡Deberíamos celebrar con un banquete de batatas una vez que regrese de mi próxima misión!
— Me encantaría, Rengoku-san —respondió Shinobu, inclinando la cabeza con esa dulzura que a Giyu siempre le resultaba un tanto indescifrable—. Siempre es un placer conversar con alguien tan lleno de vida. Me hace olvidar lo tedioso que puede ser el trabajo a veces.
Giyu apretó el agarre sobre su espada. "Tedioso". ¿Se refería a él? ¿A las misiones que compartían en silencio? Un sentimiento amargo, como el sabor de la hiel, subió por su garganta. Él no era celoso. Los Pilares no tenían tiempo para tales trivialidades. Su deber era proteger a la humanidad, no preocuparse por quién hacía reír a quién. Y sin embargo, la imagen de Shinobu inclinándose hacia Rengoku, compartiendo una complicidad que él nunca parecía alcanzar, se le quedó grabada como una quemadura.
Días después, el destino —o quizás el sentido del humor retorcido de Kagaya Ubuyashiki— decidió que Giyu y Shinobu debían partir juntos hacia una misión en las montañas del norte.
El viaje fue, al principio, como cualquier otro. Giyu caminaba un paso por delante, con su haori mitad y mitad ondeando rítmicamente. Shinobu lo seguía, manteniendo su paso ligero y grácil, con esa sonrisa imperturbable que ocultaba su furia interna contra los demonios.
— Sabes, Tomioka-san —comenzó ella, rompiendo el silencio que se había prolongado por horas—, el silencio es una virtud, pero a veces me pregunto si realmente hay algo ocurriendo dentro de esa cabeza tuya. ¿O es que simplemente te gusta ser difícil?
Giyu no respondió. Sus ojos permanecieron fijos en el sendero, observando cómo la luz de la tarde se filtraba entre los cedros.
— Por eso a nadie le gustas, ¿sabes? —continuó ella con voz cantarína, usando su frase favorita para pincharlo—. Eres como un pozo sin fondo. No devuelves nada. Ni una palabra, ni un gesto. Es agotador intentar mantener una conversación contigo.
— No estoy aquí para conversar —murmuró Giyu finalmente, su voz tan plana como una piedra—. Estamos aquí para cazar a un demonio.
Shinobu soltó un suspiro dramático, acelerando el paso para ponerse a su lado. Sus ojos de insecto, púrpuras y profundos, lo escanearon con una mezcla de diversión y fastidio.
— ¡Ay, qué aburrido! —exclamó ella, agitando las manos—. ¿Sabes quién no es aburrido? Rengoku-san. Pasé la tarde con él antes de venir aquí. Es tan vibrante, tan comunicativo... incluso sus silencios parecen estar llenos de fuego. Si tan solo fueras más hablador como Rengoku-san, tal vez estas misiones no se sentirían como un funeral andante.
Algo se rompió dentro de Giyu. No fue un estallido, sino más bien como el hielo que se quiebra bajo una presión insoportable. Se detuvo en seco, tan repentinamente que Shinobu tuvo que dar un pequeño salto para no chocar contra su espalda.
Giyu se giró. Su expresión, normalmente impasible, estaba alterada por una tensión en la mandíbula que nunca antes le había visto. Sus ojos azul lapislázuli, que solían ser opacos, ahora brillaban con una chispa de rabia fría y contenida.
— Entonces deberías hacer misiones con él si es que te gusta tanto —soltó Giyu.
Las palabras salieron cargadas de un veneno que no era el de Shinobu. Era una declaración seca, cortante, que dejó el aire vibrando entre ambos.
Shinobu parpadeó, genuinamente sorprendida. Se quedó en silencio un momento, procesando la aspereza en la voz de Tomioka. No era su habitual desinterés; era algo mucho más humano, algo mucho más... vulnerable.
— Vaya, vaya —dijo ella, y una sonrisa lenta y maliciosa comenzó a extenderse por sus labios—. ¿Qué ha sido eso, Tomioka-san? ¿Acaso he oído un rastro de resentimiento en tu voz?
— No tengo resentimiento —replicó él, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre la tsuba de su nichirin—. Simplemente constato un hecho. Si su compañía te resulta más gratificante, no veo por qué pierdes el tiempo molestándome a mí.
Shinobu soltó una risita burlona, una que no era parte de su máscara, sino una reacción de pura delicia ante el descubrimiento que acababa de hacer. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Giyu, quien instintivamente retrocedió un milímetro.
— ¡No puedo creerlo! —exclamó ella, llevándose una mano a la mejilla—. Giyu Tomioka, el Pilar de Agua más serio, indiferente, estoico y aburrido de todos... ¡está celoso! ¡Estás celoso de Kyojuro!
— No estoy celoso —insistió él, aunque el ligero tinte rosado en sus orejas lo traicionaba por completo—. Rengoku es un excelente espadachín y un hombre honorable. No hay razón para sentir celos.
— Oh, claro que sí —se burló Shinobu, rodeándolo como una depredadora que ha encontrado una debilidad en su presa—. Estás celoso porque él me hace reír. Estás celoso porque él no necesita que yo lo provoque para que diga más de tres palabras seguidas. Estás celoso porque pensaste que mi atención se estaba desviando hacia alguien más "brillante".
Giyu desvió la mirada, sintiéndose repentinamente expuesto. Odiaba esa sensación. Odiaba que ella pudiera leerlo con tanta facilidad, incluso cuando él mismo intentaba engañarse. El silencio volvió a descender, pero esta vez era pesado, cargado de una tensión que no tenía nada que ver con los demonios que acechaban en las sombras.
— Es absurdo —dijo Giyu en voz baja, casi para sí mismo—. No me importa con quién hables.
— Mentiroso —susurró ella.
Shinobu dejó de reír. Observó el perfil de Giyu: esa nariz recta, el cabello desaliñado que siempre parecía necesitar un peine, y esa expresión severa que ocultaba a un hombre que había perdido tanto que tenía miedo de reclamar cualquier cosa como propia. Le pareció, de una manera extraña y retorcida, absolutamente tierno. Que este hombre, que se creía indigno de estar entre los Pilares, sintiera la necesidad de que su atención fuera exclusivamente para él, era una confesión más honesta que cualquier palabra que pudiera pronunciar.
— Tomioka-san —llamó ella con suavidad.
Él no se movió. Seguía mirando hacia el bosque, con los hombros tensos.
Shinobu se colocó frente a él, obligándolo a reconocer su presencia. Giyu bajó la vista, encontrándose con esos ojos púrpuras que, por una vez, no buscaban burlarse de su soledad. Ella extendió una mano y, con una delicadeza que rara vez mostraba, agarró los bordes de su haori disparejo.
Tiró de él hacia abajo. Giyu, sorprendido por el gesto, se inclinó ligeramente.
— Eres un tonto —le dijo ella, pero no había veneno en sus palabras.
Antes de que él pudiera procesar lo que estaba sucediendo, Shinobu se puso de puntillas y acortó la distancia. Fue un beso rápido, apenas un roce de labios que sabía a glicinias y a la frescura de la tarde, pero para Giyu fue como si el mundo entero se detuviera. El frío de su interior fue reemplazado por un calor súbito que le subió por el cuello hasta las mejillas.
Cuando ella se separó, tenía una mirada tierna, una que rara vez dejaba salir de detrás de sus muros.
— No deberías sentirte celoso solo porque hable con Kyojuro —dijo ella, manteniendo sus manos sobre el pecho de él, sintiendo el latido errático de su corazón—. Él es como un hermano mayor ruidoso. Pero tú...
Shinobu hizo una pausa, disfrutando de la expresión de asombro absoluto en el rostro de Giyu.
— Tú eres el único que logra hacerme perder la paciencia de esta manera —continuó ella con una sonrisa traviesa—. Y el único que tiene mi corazón completamente, aunque seas un aburrido sin remedio.
Giyu se quedó mudo. Su mente, usualmente analítica y estratégica, se había quedado en blanco. El peso de las manos de Shinobu sobre su uniforme era lo único que lo mantenía anclado a la realidad. Sintió un alivio inmenso, una oleada de calma que fluyó por sus venas como el agua de un manantial.
— Yo... —empezó a decir, pero las palabras se le atascaron.
— No digas nada —lo interrumpió ella, soltando su haori y volviendo a su postura habitual—. Ya has dicho suficiente con tu rabieta de hace un momento. Ahora, camina. Tenemos un demonio que cazar y ya nos hemos retrasado demasiado por culpa de tus inseguridades.
Shinobu comenzó a caminar de nuevo, con su paso ligero y saltarín, como si no acabara de poner el mundo de Giyu patas arriba. Él se quedó allí un segundo más, tocándose los labios con los dedos, todavía incrédulo.
— ¡Tomioka-san! —gritó ella sin mirar atrás—. ¡Si te quedas ahí parado, iré a buscar a Rengoku-san para que me ayude!
Giyu reaccionó de inmediato. Sus pies se movieron por instinto, alcanzándola en pocos pasos.
— No es necesario —dijo él, recuperando su tono serio, aunque sus ojos ya no estaban opacos—. Puedo encargarme yo solo.
Shinobu soltó una risita cristalina que resonó entre los árboles.
— Eso espero, Giyu. Eso espero.
Caminaron juntos mientras la noche empezaba a caer sobre la montaña. El silencio regresó, pero ya no era el silencio frío y distante de antes. Era un silencio compartido, uno donde el agua y el veneno habían encontrado un equilibrio perfecto, y donde el fuego de los celos se había extinguido para dar paso a una llama mucho más suave y duradera. Giyu Tomioka seguía siendo un hombre de pocas palabras, pero esa noche, mientras vigilaba el sueño de la mujer que caminaba a su lado, sintió que finalmente había encontrado su lugar en el mundo. Y no necesitaba que nadie más, ni siquiera el Pilar más brillante, le recordara lo que significaba estar vivo.
