
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
entre goles y pañales
Fandom: Lucas bergvall
Creado: 29/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorHistoria DomésticaRealismoEmbarazo Adolescente
Gritos, mandos y un pequeño torbellino rubio
Lia acomodó su teléfono contra una pila de libros sobre el tocador de la habitación de invitados. La luz cálida de la lámpara de noche creaba un ambiente acogedor, contrastando con el silencio sepulcral que intentaba mantener en ese rincón de la casa. A su lado, en el centro de la cama matrimonial de invitados, Leo dormía profundamente. El bebé, que ya tenía seis meses, era una copia exacta de Lucas: el mismo cabello rubio casi platino, la misma forma de la nariz y esa energía inagotable que solo se apagaba cuando caía rendido tras horas de gatear por toda la sala.
Lia suspiró y presionó el botón para iniciar el directo en Instagram. En cuestión de segundos, la cifra de espectadores empezó a subir vertiginosamente. Ser la esposa de una de las promesas más brillantes del fútbol sueco y mundial tenía sus consecuencias, y una de ellas era una audiencia siempre hambrienta de detalles sobre su vida privada.
— Hola a todos —susurró Lia, acercándose a la cámara con una sonrisa pequeña—. Perdón por el volumen, pero tenemos a un pequeño vikingo recargando baterías justo aquí.
Giró un poco el teléfono para mostrar a Leo. El bebé tenía el puño cerrado cerca de su boca y roncaba de forma casi imperceptible. Los comentarios estallaron: "Es igual a Lucas", "Mini Bergvall", "¿Cómo puede ser tan tierno?".
— Sí, es idéntico a su padre —comentó Lia, volviendo a centrar la imagen en su rostro—. Aunque espero que no herede su paciencia para los videojuegos. De hecho, por eso estoy aquí. Lucas está en la habitación principal jugando al FIFA con unos amigos y... bueno, digamos que el concepto de "silencio" no existe en su vocabulario cuando pierde un partido.
Como si sus palabras hubieran sido una profecía, un grito ahogado pero potente atravesó las paredes de la casa.
— ¡NO! ¡ESO NO FUE FALTA, ÁRBITRO! ¡ES UN ROBO!
Lia rodó los ojos mientras los espectadores llenaban el chat de risas y emojis de balones de fútbol.
— ¿Lo ven? —dijo ella con una mueca divertida—. Me prometió que se controlaría porque Leo necesitaba dormir, pero Lucas es... Lucas. Cuando entra en modo competitivo, se olvida de que mide 1,90 y que sus gritos retumban hasta en Estocolmo.
Una de las preguntas fijadas en el chat llamó su atención: "¿Cómo es Lucas como padre siendo tan joven?".
Lia se acomodó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama.
— Es increíble, de verdad —respondió con sinceridad—. Sé que mucha gente se sorprendió cuando nos casamos y nació Leo, especialmente porque Lucas solo tiene 20 años y su carrera está despegando. Pero él es el hombre más protector que conozco. Desde el día que supo que estaba embarazada, su prioridad fue que no me faltara nada. A veces es hasta exagerado. Si me duele un dedo, ya quiere llamar a tres especialistas.
— ¡LIA! ¡AMOR! ¡DIME QUE VISTE ESO! ¡HA SIDO UN GOLAZO DE CHILENA! —el grito de Lucas volvió a resonar, seguido del sonido de algo golpeando un cojín.
Lia suspiró, tapándose la cara con una mano mientras se reía.
— ¡Lucas, estoy en un live y el bebé está durmiendo! —gritó ella de vuelta, aunque intentando no elevar demasiado la voz.
— ¡Perdón, preciosa! ¡Te amo! ¡Leo, perdón, papá te quiere! —se escuchó desde la otra habitación, seguido de un silencio sospechoso que duró apenas tres segundos antes de que lo oyeran murmurar quejas sobre el lag de la conexión.
— Es un niño grande —continuó Lia hacia la cámara—. Pero con Leo es la persona más dulce del mundo. Se pasa horas enseñándole videos de sus jugadas, aunque Leo solo quiera morder el control remoto. El otro día intentó ponerle sus primeras botas de fútbol... ¡tiene seis meses! Apenas puede mantenerse sentado y Lucas ya quiere que practique los tiros libres.
Otra pregunta apareció: "¿Fue difícil el parto? Sabemos que Leo nació antes".
La expresión de Lia se volvió un poco más seria, aunque mantenía la dulzura.
— Fue un susto, sí. Nació a los ocho meses de forma inesperada. Lucas estaba en medio de un entrenamiento y creo que batió su propio récord de velocidad llegando al hospital. Estaba pálido, más blanco que su camiseta. Pero no me soltó la mano ni un segundo. Recuerdo que me decía: "Todo va a estar bien, Lia, soy rico, pagaré por los mejores médicos del mundo, solo respira". Yo le decía que el dinero no iba a sacar al bebé más rápido, pero era su forma de lidiar con los nervios. Quería comprarnos el hospital entero si eso garantizaba que Leo estuviera sano.
De repente, la puerta de la habitación de invitados se abrió lentamente. Lucas asomó la cabeza, con el cabello rubio revuelto y una sudadera gris que resaltaba su físico atlético. Al ver que Lia estaba hablando con el teléfono, se quedó congelado a mitad de camino.
— Oh, ¿estás en directo? —preguntó en un susurro que, debido a su voz profunda, se escuchó perfectamente en el live.
— Sí, Lucas. Saluda a las diez mil personas que acaban de oírte insultar al árbitro virtual —dijo Lia con una sonrisa traviesa.
Lucas entró por completo en la habitación, caminando de puntillas con una agilidad impropia de alguien de su estatura. Se sentó en el suelo junto a ella, pasando un brazo largo y protector por sus hombros. La diferencia de tamaño era evidente; Lia parecía diminuta a su lado.
— Hola a todos —dijo Lucas, mirando a la cámara y regalando una de esas sonrisas que derretían a sus fans—. No me crean, Lia exagera. El árbitro realmente estaba comprado. Es una conspiración contra mí.
Lia le dio un suave codazo en las costillas.
— Te están preguntando por qué eres tan gritón.
— Es pasión, amor. Pasión por el deporte —se defendió él, dándole un beso tierno en la sien—. ¿Cómo está mi campeón?
Lucas se giró para mirar a Leo. Su expresión cambió instantáneamente de la excitación del juego a una ternura absoluta. Se estiró un poco para acariciar con el dedo índice la manita del bebé, que se cerró instintivamente alrededor de su dedo.
— Míralo —susurró Lucas, olvidándose por un momento de que había miles de personas mirando—. Tiene mis manos. Va a ser el mejor centrocampista de la historia. O lo que él quiera, pero con esas manos, atrapará todos los balones.
— Lucas, tiene seis meses —le recordó Lia riendo.
— Los ojeadores empiezan pronto hoy en día, Lia. Hay que estar preparados —bromeó él, volviendo su atención al directo—. ¿Qué más preguntan? ¿Que si la consiento mucho? No lo suficiente. Si por mí fuera, Lia viviría en un castillo de cristal, pero ella prefiere esta casa porque dice que es "más acogedora".
— Un castillo es difícil de limpiar, Lucas —replicó ella.
— Pues contrataría a cien personas para que lo limpiaran. Sabes que no me importa el dinero si es para que tú estés descansada —dijo él con total naturalidad.
Para Lucas, el éxito financiero que le brindaba el fútbol no era un trofeo, sino una herramienta para asegurar que su familia tuviera una vida perfecta. Habiendo sido padres tan jóvenes, él se sentía con la responsabilidad de ser el pilar inamovible de la casa.
— Preguntan si queremos más hijos —leyó Lia, arqueando una ceja.
Lucas sonrió de lado, una expresión juguetona iluminando sus ojos azules.
— Yo quiero un equipo completo. Un 4-3-3, para ser exactos. Pero la jefa aquí presente es la que decide. Por ahora, con este pequeño terremoto tenemos suficiente trabajo. Leo tiene la energía de diez personas. No sé a quién salió.
— Salió a ti —dijeron Lia y varios cientos de comentarios al mismo tiempo.
— Bueno, quizás un poco —admitió él—. Pero tiene la belleza de su madre, gracias a Dios. Si hubiera salido solo a mí, sería un desastre de chico rudo.
— ¡Lucas! —Lia se rió, apoyando la cabeza en su hombro—. Eres el rubio más presumido de Suecia.
— Pero soy tu rubio —respondió él, dándole un beso corto pero lleno de cariño en los labios.
El chat se volvió loco con la muestra de afecto. Lucas, a pesar de ser una figura pública, no solía mostrar tanto de su vida íntima, reservando su lado más dulce exclusivamente para Lia. En el campo podía ser un guerrero incansable, pero en casa, bajo la luz de la habitación de invitados, no era más que un chico de 20 años profundamente enamorado de su esposa y de su hijo.
— Bueno, creo que vamos a cortar por aquí —dijo Lia, viendo que Leo empezaba a removerse en la cama, señal de que los susurros y la luz del teléfono estaban terminando con su siesta—. Alguien se está despertando y va a querer su cena.
— Y yo voy a ir a apagar la consola antes de que me den ganas de lanzarla por la ventana —añadió Lucas, levantándose y ayudando a Lia a ponerse en pie con un solo movimiento fluido—. Adiós a todos. Gracias por los mensajes bonitos para el pequeño Leo.
Lia se despidió con la mano y cerró el directo. En cuanto la pantalla se oscureció, el silencio volvió a reinar, roto solo por los pequeños ruidos que hacía Leo al desperezarse.
— ¿De verdad gritaste tanto? —preguntó Lia en voz baja, rodeando el cuello de Lucas con sus brazos.
— Me marcaron un gol en el minuto noventa, Lia. Fue injusto —dijo él, rodeando su cintura y pegándola a su cuerpo—. Pero te prometo que el próximo partido lo juego con auriculares y en silencio absoluto.
— Eso dijiste la última vez.
— Esta vez lo digo en serio. Aunque... —Lucas miró hacia la cama, donde Leo ya tenía los ojos abiertos y los miraba con curiosidad—. Creo que a Leo le gusta el ambiente de estadio. Mira, ni siquiera está llorando.
Lucas se acercó a la cama y cargó al bebé con una facilidad asombrosa. Leo, al ver a su padre, soltó una carcajada burbujeante y estiró las manos para agarrarle el pelo rubio.
— ¡Ay! ¡Cuidado, campeón! Que papá vive de su imagen —bromeó Lucas, dejándose tirar del pelo mientras llenaba las mejillas del bebé de besos.
Lia los observó desde la distancia, con el corazón hinchado de felicidad. No importaba que hubieran empezado temprano, ni que la carrera de Lucas fuera exigente, ni que él fuera a veces un niño grande gritándole a la televisión. Mientras estuvieran los tres juntos, en esa burbuja de amor y protección que Lucas se esforzaba tanto por mantener, todo lo demás era secundario.
— Vamos a la cocina —dijo Lucas, pasando un brazo por los hombros de Lia mientras sostenía a Leo con el otro—. He pedido una cena increíble. Nada de cocinar hoy. Quiero que mi esposa descanse.
— Lucas, solo hice un directo de veinte minutos.
— No importa. Ser la madre de un Bergvall es un trabajo de tiempo completo. Te mereces un banquete.
Lia negó con la cabeza, sonriendo. Lucas nunca cambiaría, y en el fondo, ella no quería que lo hiciera. Caminaron juntos hacia la salida, dejando atrás la habitación de invitados, listos para otra noche de risas, juegos y, probablemente, algún que otro grito más si Lucas decidía darle una última oportunidad al FIFA.
Lia suspiró y presionó el botón para iniciar el directo en Instagram. En cuestión de segundos, la cifra de espectadores empezó a subir vertiginosamente. Ser la esposa de una de las promesas más brillantes del fútbol sueco y mundial tenía sus consecuencias, y una de ellas era una audiencia siempre hambrienta de detalles sobre su vida privada.
— Hola a todos —susurró Lia, acercándose a la cámara con una sonrisa pequeña—. Perdón por el volumen, pero tenemos a un pequeño vikingo recargando baterías justo aquí.
Giró un poco el teléfono para mostrar a Leo. El bebé tenía el puño cerrado cerca de su boca y roncaba de forma casi imperceptible. Los comentarios estallaron: "Es igual a Lucas", "Mini Bergvall", "¿Cómo puede ser tan tierno?".
— Sí, es idéntico a su padre —comentó Lia, volviendo a centrar la imagen en su rostro—. Aunque espero que no herede su paciencia para los videojuegos. De hecho, por eso estoy aquí. Lucas está en la habitación principal jugando al FIFA con unos amigos y... bueno, digamos que el concepto de "silencio" no existe en su vocabulario cuando pierde un partido.
Como si sus palabras hubieran sido una profecía, un grito ahogado pero potente atravesó las paredes de la casa.
— ¡NO! ¡ESO NO FUE FALTA, ÁRBITRO! ¡ES UN ROBO!
Lia rodó los ojos mientras los espectadores llenaban el chat de risas y emojis de balones de fútbol.
— ¿Lo ven? —dijo ella con una mueca divertida—. Me prometió que se controlaría porque Leo necesitaba dormir, pero Lucas es... Lucas. Cuando entra en modo competitivo, se olvida de que mide 1,90 y que sus gritos retumban hasta en Estocolmo.
Una de las preguntas fijadas en el chat llamó su atención: "¿Cómo es Lucas como padre siendo tan joven?".
Lia se acomodó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama.
— Es increíble, de verdad —respondió con sinceridad—. Sé que mucha gente se sorprendió cuando nos casamos y nació Leo, especialmente porque Lucas solo tiene 20 años y su carrera está despegando. Pero él es el hombre más protector que conozco. Desde el día que supo que estaba embarazada, su prioridad fue que no me faltara nada. A veces es hasta exagerado. Si me duele un dedo, ya quiere llamar a tres especialistas.
— ¡LIA! ¡AMOR! ¡DIME QUE VISTE ESO! ¡HA SIDO UN GOLAZO DE CHILENA! —el grito de Lucas volvió a resonar, seguido del sonido de algo golpeando un cojín.
Lia suspiró, tapándose la cara con una mano mientras se reía.
— ¡Lucas, estoy en un live y el bebé está durmiendo! —gritó ella de vuelta, aunque intentando no elevar demasiado la voz.
— ¡Perdón, preciosa! ¡Te amo! ¡Leo, perdón, papá te quiere! —se escuchó desde la otra habitación, seguido de un silencio sospechoso que duró apenas tres segundos antes de que lo oyeran murmurar quejas sobre el lag de la conexión.
— Es un niño grande —continuó Lia hacia la cámara—. Pero con Leo es la persona más dulce del mundo. Se pasa horas enseñándole videos de sus jugadas, aunque Leo solo quiera morder el control remoto. El otro día intentó ponerle sus primeras botas de fútbol... ¡tiene seis meses! Apenas puede mantenerse sentado y Lucas ya quiere que practique los tiros libres.
Otra pregunta apareció: "¿Fue difícil el parto? Sabemos que Leo nació antes".
La expresión de Lia se volvió un poco más seria, aunque mantenía la dulzura.
— Fue un susto, sí. Nació a los ocho meses de forma inesperada. Lucas estaba en medio de un entrenamiento y creo que batió su propio récord de velocidad llegando al hospital. Estaba pálido, más blanco que su camiseta. Pero no me soltó la mano ni un segundo. Recuerdo que me decía: "Todo va a estar bien, Lia, soy rico, pagaré por los mejores médicos del mundo, solo respira". Yo le decía que el dinero no iba a sacar al bebé más rápido, pero era su forma de lidiar con los nervios. Quería comprarnos el hospital entero si eso garantizaba que Leo estuviera sano.
De repente, la puerta de la habitación de invitados se abrió lentamente. Lucas asomó la cabeza, con el cabello rubio revuelto y una sudadera gris que resaltaba su físico atlético. Al ver que Lia estaba hablando con el teléfono, se quedó congelado a mitad de camino.
— Oh, ¿estás en directo? —preguntó en un susurro que, debido a su voz profunda, se escuchó perfectamente en el live.
— Sí, Lucas. Saluda a las diez mil personas que acaban de oírte insultar al árbitro virtual —dijo Lia con una sonrisa traviesa.
Lucas entró por completo en la habitación, caminando de puntillas con una agilidad impropia de alguien de su estatura. Se sentó en el suelo junto a ella, pasando un brazo largo y protector por sus hombros. La diferencia de tamaño era evidente; Lia parecía diminuta a su lado.
— Hola a todos —dijo Lucas, mirando a la cámara y regalando una de esas sonrisas que derretían a sus fans—. No me crean, Lia exagera. El árbitro realmente estaba comprado. Es una conspiración contra mí.
Lia le dio un suave codazo en las costillas.
— Te están preguntando por qué eres tan gritón.
— Es pasión, amor. Pasión por el deporte —se defendió él, dándole un beso tierno en la sien—. ¿Cómo está mi campeón?
Lucas se giró para mirar a Leo. Su expresión cambió instantáneamente de la excitación del juego a una ternura absoluta. Se estiró un poco para acariciar con el dedo índice la manita del bebé, que se cerró instintivamente alrededor de su dedo.
— Míralo —susurró Lucas, olvidándose por un momento de que había miles de personas mirando—. Tiene mis manos. Va a ser el mejor centrocampista de la historia. O lo que él quiera, pero con esas manos, atrapará todos los balones.
— Lucas, tiene seis meses —le recordó Lia riendo.
— Los ojeadores empiezan pronto hoy en día, Lia. Hay que estar preparados —bromeó él, volviendo su atención al directo—. ¿Qué más preguntan? ¿Que si la consiento mucho? No lo suficiente. Si por mí fuera, Lia viviría en un castillo de cristal, pero ella prefiere esta casa porque dice que es "más acogedora".
— Un castillo es difícil de limpiar, Lucas —replicó ella.
— Pues contrataría a cien personas para que lo limpiaran. Sabes que no me importa el dinero si es para que tú estés descansada —dijo él con total naturalidad.
Para Lucas, el éxito financiero que le brindaba el fútbol no era un trofeo, sino una herramienta para asegurar que su familia tuviera una vida perfecta. Habiendo sido padres tan jóvenes, él se sentía con la responsabilidad de ser el pilar inamovible de la casa.
— Preguntan si queremos más hijos —leyó Lia, arqueando una ceja.
Lucas sonrió de lado, una expresión juguetona iluminando sus ojos azules.
— Yo quiero un equipo completo. Un 4-3-3, para ser exactos. Pero la jefa aquí presente es la que decide. Por ahora, con este pequeño terremoto tenemos suficiente trabajo. Leo tiene la energía de diez personas. No sé a quién salió.
— Salió a ti —dijeron Lia y varios cientos de comentarios al mismo tiempo.
— Bueno, quizás un poco —admitió él—. Pero tiene la belleza de su madre, gracias a Dios. Si hubiera salido solo a mí, sería un desastre de chico rudo.
— ¡Lucas! —Lia se rió, apoyando la cabeza en su hombro—. Eres el rubio más presumido de Suecia.
— Pero soy tu rubio —respondió él, dándole un beso corto pero lleno de cariño en los labios.
El chat se volvió loco con la muestra de afecto. Lucas, a pesar de ser una figura pública, no solía mostrar tanto de su vida íntima, reservando su lado más dulce exclusivamente para Lia. En el campo podía ser un guerrero incansable, pero en casa, bajo la luz de la habitación de invitados, no era más que un chico de 20 años profundamente enamorado de su esposa y de su hijo.
— Bueno, creo que vamos a cortar por aquí —dijo Lia, viendo que Leo empezaba a removerse en la cama, señal de que los susurros y la luz del teléfono estaban terminando con su siesta—. Alguien se está despertando y va a querer su cena.
— Y yo voy a ir a apagar la consola antes de que me den ganas de lanzarla por la ventana —añadió Lucas, levantándose y ayudando a Lia a ponerse en pie con un solo movimiento fluido—. Adiós a todos. Gracias por los mensajes bonitos para el pequeño Leo.
Lia se despidió con la mano y cerró el directo. En cuanto la pantalla se oscureció, el silencio volvió a reinar, roto solo por los pequeños ruidos que hacía Leo al desperezarse.
— ¿De verdad gritaste tanto? —preguntó Lia en voz baja, rodeando el cuello de Lucas con sus brazos.
— Me marcaron un gol en el minuto noventa, Lia. Fue injusto —dijo él, rodeando su cintura y pegándola a su cuerpo—. Pero te prometo que el próximo partido lo juego con auriculares y en silencio absoluto.
— Eso dijiste la última vez.
— Esta vez lo digo en serio. Aunque... —Lucas miró hacia la cama, donde Leo ya tenía los ojos abiertos y los miraba con curiosidad—. Creo que a Leo le gusta el ambiente de estadio. Mira, ni siquiera está llorando.
Lucas se acercó a la cama y cargó al bebé con una facilidad asombrosa. Leo, al ver a su padre, soltó una carcajada burbujeante y estiró las manos para agarrarle el pelo rubio.
— ¡Ay! ¡Cuidado, campeón! Que papá vive de su imagen —bromeó Lucas, dejándose tirar del pelo mientras llenaba las mejillas del bebé de besos.
Lia los observó desde la distancia, con el corazón hinchado de felicidad. No importaba que hubieran empezado temprano, ni que la carrera de Lucas fuera exigente, ni que él fuera a veces un niño grande gritándole a la televisión. Mientras estuvieran los tres juntos, en esa burbuja de amor y protección que Lucas se esforzaba tanto por mantener, todo lo demás era secundario.
— Vamos a la cocina —dijo Lucas, pasando un brazo por los hombros de Lia mientras sostenía a Leo con el otro—. He pedido una cena increíble. Nada de cocinar hoy. Quiero que mi esposa descanse.
— Lucas, solo hice un directo de veinte minutos.
— No importa. Ser la madre de un Bergvall es un trabajo de tiempo completo. Te mereces un banquete.
Lia negó con la cabeza, sonriendo. Lucas nunca cambiaría, y en el fondo, ella no quería que lo hiciera. Caminaron juntos hacia la salida, dejando atrás la habitación de invitados, listos para otra noche de risas, juegos y, probablemente, algún que otro grito más si Lucas decidía darle una última oportunidad al FIFA.
