
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
¿Me amas?
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 29/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaDolor/ConsueloAmbientación CanonEstudio de PersonajeHistoria DomésticaAngustia
El único refugio en el ojo del huracán
La morgue de la Escuela de Hechicería de Tokio siempre olía igual: una mezcla estéril de desinfectante industrial, formaldehído y ese rastro metálico, casi imperceptible, que dejaba la energía maldita residual de los cadáveres que pasaban por las manos de Shoko Ieiri. Era un lugar frío, diseñado para la eficiencia y el olvido, un sitio donde la muerte no era una tragedia, sino un informe técnico que debía completarse antes del amanecer.
Shoko soltó un suspiro cargado de nicotina, aunque no estaba fumando en ese momento. Se frotó los ojos con los nudillos, sintiendo el peso de las ojeras que, según Satoru, ya formaban parte de su encanto personal. Llevaba treinta y seis horas despierta. Sus manos, antes firmes y precisas, empezaban a temblar ligeramente debido al exceso de cafeína y la falta de sueño profundo. El suéter azul de cuello alto le picaba en la garganta y la bata blanca le pesaba sobre los hombros como si estuviera hecha de plomo.
—Malditos sean todos —murmuró para nadie, dejando caer el bisturí sobre la bandeja de acero con un tintineo que resonó en las paredes de azulejos.
Se apoyó contra la mesa de metal, cerrando los ojos por un segundo. En el silencio de la morgue, los pensamientos solían volverse ruidosos. Pensó en los estudiantes, en la presión constante de ser la única fuente de curación mediante la Técnica de Maldición Inversa, y en el vacío que se extendía a su alrededor cada vez que un nuevo cuerpo llegaba a su mesa con el uniforme azul marino desgarrado.
De repente, el aire en la habitación cambió. No fue un ruido, sino una alteración en la presión, una presencia que llenaba el espacio de una manera que solo una persona en el mundo podía hacer.
—Sabes que si te mueres de cansancio, tendré que resucitarte yo mismo, y mis métodos son mucho menos delicados que los tuyos, Shoko.
Ella ni siquiera abrió los ojos. No necesitaba hacerlo para saber que Satoru Gojo estaba allí. Podía sentir la arrogancia juguetona que emanaba de él, esa aura de invencibilidad que solía irritar a todo el mundo pero que, extrañamente, a ella siempre le había servido de ancla.
—Vete a casa, Satoru —respondió ella con voz ronca—. O mejor aún, vete a exorcizar algo a otro continente. Estoy ocupada.
Escuchó el suave roce de unos zapatos de cuero sobre el suelo pulido. Satoru se acercó hasta quedar a pocos centímetros de ella. Con su altura de un metro noventa, siempre parecía dominar cualquier habitación, pero en ese momento, su presencia no era opresiva.
—Estás agotada —dijo él. Su tono había perdido la nota de burla. Era una observación simple, casi suave—. Y cuando estás agotada, empiezas a fruncir el ceño de esa forma que hace que parezcas una anciana gruñona.
Shoko abrió los ojos y lo miró. Él llevaba su uniforme negro habitual, con el cuello alto cubriéndole parte de la mandíbula, y la venda sobre los ojos. A pesar de que no podía ver sus iris celestiales, sabía que la estaba observando con esa intensidad que solo los Seis Ojos permitían.
—Es mi trabajo, Satoru. Alguien tiene que limpiar los desastres que ustedes dejan fuera.
Gojo soltó una risita y, sin pedir permiso, extendió una mano larga y delgada para quitarle el mechón de cabello castaño que se le había escapado de la coleta. Sus dedos rozaron su frente por un instante. Shoko se quedó helada; no era común que él iniciara contacto físico de esa manera tan... doméstica.
—Incluso el pilar de la escuela necesita un descanso —insistió él. De repente, de uno de sus bolsillos, sacó una bolsa pequeña de papel—. Te traje esos dulces de la tienda en Ginza que te gustan. Los que tienen relleno de ciruela.
Shoko parpadeó, confundida.
—Satoru, detesto el dulce. Sabes que prefiero el alcohol o un cigarrillo.
—Ah, pero estos son los que no son tan dulces —replicó él con una sonrisa radiante, esa que usaba para desarmar a sus enemigos y desesperar a sus superiores—. Además, me costó mucho hacer la fila. No me digas que vas a desperdiciar el esfuerzo del Hechicero Más Fuerte.
Él se sentó en una de las mesas auxiliares, balanceando las piernas como si fuera un niño en un parque de juegos y no un hombre capaz de colapsar el espacio-tiempo. Durante los siguientes minutos, Gojo se dedicó a hablar. No habló de misiones, ni de las intrigas de los altos mandos, ni de las amenazas de las maldiciones de grado especial. Habló de una película ridícula que había visto en el avión, de cómo Itadori había intentado cocinar algo que terminó explotando en la cocina, y de lo feos que eran los nuevos uniformes de entrenamiento.
Poco a poco, Shoko sintió que la tensión en sus hombros disminuía. La verborrea incesante de Satoru, que para otros era un suplicio, para ella era un ruido blanco reconfortante. Era su forma de decirle que el mundo exterior seguía girando, que no todo era muerte y tejido necrosado.
Sin embargo, había algo diferente hoy. La amabilidad de Satoru siempre había estado ahí, oculta bajo capas de narcisismo y bromas pesadas, pero últimamente se sentía más... dirigida. Más constante.
—¿Por qué haces esto, Satoru? —preguntó ella de repente, interrumpiendo su anécdota sobre un restaurante de ramen.
Gojo se detuvo a mitad de una frase, ladeando la cabeza.
—¿Hacer qué? ¿Ser encantador? Es un don natural, Shoko.
—No hablo de eso —ella dio un paso hacia él, cruzando los brazos sobre la bata blanca—. Hablo de esto. De aparecerte aquí cada vez que estoy al límite. De traerme cosas que no pido. De intentar animarme como si fueras mi sombra. Es... extraño. Incluso para ti.
Satoru se quedó en silencio. El ambiente en la morgue se volvió denso, pero no por la energía maldita, sino por algo mucho más humano y pesado. Lentamente, él se llevó las manos a la venda y se la bajó, dejando que sus ojos azules quedaran al descubierto. Eran hermosos, como fragmentos de un cielo infinito atrapados en cristal, pero Shoko vio algo en ellos que rara vez se mostraba: vulnerabilidad.
—Eres la única que queda, Shoko —dijo él en voz baja—. Desde que Suguru se fue... desde que todo cambió... tú eres la única que estuvo ahí desde el principio. Eres mi único pilar.
Shoko sintió un nudo en la garganta al mencionar a Geto, la herida que nunca terminaba de cerrar para ninguno de los dos.
—Eso no explica por qué me tratas como si fuera de cristal —replicó ella, tratando de mantener su tono indiferente, aunque su corazón empezaba a latir con una fuerza inusual.
Satoru se bajó de la mesa y caminó hacia ella. Se detuvo justo frente a Shoko, obligándola a mirar hacia arriba debido a la diferencia de altura. El Infinito, esa barrera invisible que siempre lo separaba del resto del mundo, parecía no estar ahí en ese momento.
—Te amo.
Shoko parpadeó. Una, dos, tres veces. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el zumbido lejano de la ventilación.
—¿Qué? —logró decir ella, convencida de que el cansancio finalmente le estaba provocando alucinaciones auditivas.
—Que te amo —repitió Gojo, y esta vez no hubo rastro de juego en su voz. Era una declaración absoluta, tan firme como una ley de la física—. Lo he hecho durante mucho tiempo. Supongo que antes era demasiado inmaduro para entenderlo, o quizás pensé que siempre estaríamos los tres y que no hacía falta decirlo. Pero ahora... solo existes tú para mí de esa manera.
Shoko lo escudriñó, buscando cualquier indicio de que se tratara de una broma de mal gusto. Pero los ojos de Satoru estaban fijos en los suyos con una claridad aterradora. El hombre que se creía un dios, el epítome de la arrogancia que decía estar por encima de todos, estaba allí, confesando que su mundo giraba en torno a la mujer cansada y con olor a tabaco que tenía delante.
—¿Me amas? —preguntó ella en un susurro, casi para sí misma—. Satoru, soy una mujer que disecciona cadáveres y fuma demasiado. No soy... no soy alguien a quien se ame con facilidad.
—Para mí eres la única persona que importa —dijo él, acortando la distancia final.
Antes de que Shoko pudiera articular otra duda, Satoru la tomó por la cintura. Sus manos eran cálidas y firmes. Se inclinó, y por un instante, ella pudo ver el reflejo del cielo en sus iris antes de que él cerrara los ojos.
El beso comenzó como un roce vacilante, una pregunta silenciosa. Shoko se quedó rígida por la sorpresa, con las manos suspendidas en el aire, pero el calor que emanaba de él la envolvió por completo. Fue un choque de realidad: Satoru Gojo era real, era tangible, y la estaba besando a ella.
Shoko cerró los ojos y soltó un suspiro que se perdió contra los labios de él. Sus manos finalmente encontraron su lugar, subiendo por el pecho de Satoru hasta enredarse en su cabello blanco, que era tan suave como la seda. Ella respondió al beso, y la timidez inicial desapareció para dar paso a una intensidad que ambos habían estado reprimiendo durante años.
Fue un beso pasional, cargado de la desesperación de dos personas que habían visto demasiado horror y que solo se tenían el uno al otro. Era el sabor de la redención y del consuelo. En ese rincón frío y olvidado de la escuela, entre el olor a muerte y la luz fluorescente, Shoko sintió que la vida volvía a sus venas.
Satoru se separó apenas unos milímetros, jadeando ligeramente, con la frente apoyada contra la de ella.
—No voy a dejar que te rompas, Shoko —susurró él, rodeándola con sus brazos y hundiendo su rostro en el hueco de su cuello—. No puedo perderte a ti también.
Shoko lo abrazó con fuerza, escondiendo su cara en el uniforme negro de él. Por primera vez en años, no sintió el peso de los cadáveres ni la presión de la guerra que se avecinaba. Solo sentía el latido del corazón de Satoru contra el suyo.
—Eres un idiota, Satoru —dijo ella, aunque su voz carecía de cualquier veneno—. Un idiota arrogante y egocéntrico.
Gojo soltó una risa suave, una que sonaba genuinamente feliz.
—Pero soy tu idiota.
Shoko se separó lo suficiente para mirarlo. Sus ojos castaños, todavía con las marcas del cansancio, brillaban ahora con una chispa de algo que se parecía mucho a la esperanza.
—Sí —admitió ella, esbozando una pequeña sonrisa, la primera de verdad en semanas—. Supongo que lo eres.
Satoru volvió a colocarse la venda, pero esta vez dejó una de sus manos entrelazada con la de Shoko. El mundo exterior podía seguir desmoronándose, las maldiciones podían seguir acechando en las sombras y el destino podía ser tan cruel como quisiera, pero en ese momento, en la quietud de la morgue, Shoko Ieiri sabía que no estaba sola.
—Ahora —dijo Gojo, recuperando su tono juguetón mientras tiraba suavemente de su mano—, vas a dejar este lugar apestoso, vamos a ir a comer algo que no sea de una máquina expendedora y luego vas a dormir diez horas seguidas. Es una orden del hechicero más fuerte.
Shoko rodó los ojos, pero no soltó su mano.
—Solo si tú te callas durante al menos cinco minutos.
—Eso es pedir un milagro, Shoko, incluso para alguien como yo.
Caminaron juntos por los pasillos desiertos de la escuela, dos pilares que se sostenían mutuamente en la oscuridad. Satoru Gojo amaba a muchas cosas de forma abstracta —la humanidad, el futuro, sus alumnos—, pero a Shoko la amaba de forma humana, egoísta y absoluta. Y para ella, eso era más que suficiente para seguir adelante.
Shoko soltó un suspiro cargado de nicotina, aunque no estaba fumando en ese momento. Se frotó los ojos con los nudillos, sintiendo el peso de las ojeras que, según Satoru, ya formaban parte de su encanto personal. Llevaba treinta y seis horas despierta. Sus manos, antes firmes y precisas, empezaban a temblar ligeramente debido al exceso de cafeína y la falta de sueño profundo. El suéter azul de cuello alto le picaba en la garganta y la bata blanca le pesaba sobre los hombros como si estuviera hecha de plomo.
—Malditos sean todos —murmuró para nadie, dejando caer el bisturí sobre la bandeja de acero con un tintineo que resonó en las paredes de azulejos.
Se apoyó contra la mesa de metal, cerrando los ojos por un segundo. En el silencio de la morgue, los pensamientos solían volverse ruidosos. Pensó en los estudiantes, en la presión constante de ser la única fuente de curación mediante la Técnica de Maldición Inversa, y en el vacío que se extendía a su alrededor cada vez que un nuevo cuerpo llegaba a su mesa con el uniforme azul marino desgarrado.
De repente, el aire en la habitación cambió. No fue un ruido, sino una alteración en la presión, una presencia que llenaba el espacio de una manera que solo una persona en el mundo podía hacer.
—Sabes que si te mueres de cansancio, tendré que resucitarte yo mismo, y mis métodos son mucho menos delicados que los tuyos, Shoko.
Ella ni siquiera abrió los ojos. No necesitaba hacerlo para saber que Satoru Gojo estaba allí. Podía sentir la arrogancia juguetona que emanaba de él, esa aura de invencibilidad que solía irritar a todo el mundo pero que, extrañamente, a ella siempre le había servido de ancla.
—Vete a casa, Satoru —respondió ella con voz ronca—. O mejor aún, vete a exorcizar algo a otro continente. Estoy ocupada.
Escuchó el suave roce de unos zapatos de cuero sobre el suelo pulido. Satoru se acercó hasta quedar a pocos centímetros de ella. Con su altura de un metro noventa, siempre parecía dominar cualquier habitación, pero en ese momento, su presencia no era opresiva.
—Estás agotada —dijo él. Su tono había perdido la nota de burla. Era una observación simple, casi suave—. Y cuando estás agotada, empiezas a fruncir el ceño de esa forma que hace que parezcas una anciana gruñona.
Shoko abrió los ojos y lo miró. Él llevaba su uniforme negro habitual, con el cuello alto cubriéndole parte de la mandíbula, y la venda sobre los ojos. A pesar de que no podía ver sus iris celestiales, sabía que la estaba observando con esa intensidad que solo los Seis Ojos permitían.
—Es mi trabajo, Satoru. Alguien tiene que limpiar los desastres que ustedes dejan fuera.
Gojo soltó una risita y, sin pedir permiso, extendió una mano larga y delgada para quitarle el mechón de cabello castaño que se le había escapado de la coleta. Sus dedos rozaron su frente por un instante. Shoko se quedó helada; no era común que él iniciara contacto físico de esa manera tan... doméstica.
—Incluso el pilar de la escuela necesita un descanso —insistió él. De repente, de uno de sus bolsillos, sacó una bolsa pequeña de papel—. Te traje esos dulces de la tienda en Ginza que te gustan. Los que tienen relleno de ciruela.
Shoko parpadeó, confundida.
—Satoru, detesto el dulce. Sabes que prefiero el alcohol o un cigarrillo.
—Ah, pero estos son los que no son tan dulces —replicó él con una sonrisa radiante, esa que usaba para desarmar a sus enemigos y desesperar a sus superiores—. Además, me costó mucho hacer la fila. No me digas que vas a desperdiciar el esfuerzo del Hechicero Más Fuerte.
Él se sentó en una de las mesas auxiliares, balanceando las piernas como si fuera un niño en un parque de juegos y no un hombre capaz de colapsar el espacio-tiempo. Durante los siguientes minutos, Gojo se dedicó a hablar. No habló de misiones, ni de las intrigas de los altos mandos, ni de las amenazas de las maldiciones de grado especial. Habló de una película ridícula que había visto en el avión, de cómo Itadori había intentado cocinar algo que terminó explotando en la cocina, y de lo feos que eran los nuevos uniformes de entrenamiento.
Poco a poco, Shoko sintió que la tensión en sus hombros disminuía. La verborrea incesante de Satoru, que para otros era un suplicio, para ella era un ruido blanco reconfortante. Era su forma de decirle que el mundo exterior seguía girando, que no todo era muerte y tejido necrosado.
Sin embargo, había algo diferente hoy. La amabilidad de Satoru siempre había estado ahí, oculta bajo capas de narcisismo y bromas pesadas, pero últimamente se sentía más... dirigida. Más constante.
—¿Por qué haces esto, Satoru? —preguntó ella de repente, interrumpiendo su anécdota sobre un restaurante de ramen.
Gojo se detuvo a mitad de una frase, ladeando la cabeza.
—¿Hacer qué? ¿Ser encantador? Es un don natural, Shoko.
—No hablo de eso —ella dio un paso hacia él, cruzando los brazos sobre la bata blanca—. Hablo de esto. De aparecerte aquí cada vez que estoy al límite. De traerme cosas que no pido. De intentar animarme como si fueras mi sombra. Es... extraño. Incluso para ti.
Satoru se quedó en silencio. El ambiente en la morgue se volvió denso, pero no por la energía maldita, sino por algo mucho más humano y pesado. Lentamente, él se llevó las manos a la venda y se la bajó, dejando que sus ojos azules quedaran al descubierto. Eran hermosos, como fragmentos de un cielo infinito atrapados en cristal, pero Shoko vio algo en ellos que rara vez se mostraba: vulnerabilidad.
—Eres la única que queda, Shoko —dijo él en voz baja—. Desde que Suguru se fue... desde que todo cambió... tú eres la única que estuvo ahí desde el principio. Eres mi único pilar.
Shoko sintió un nudo en la garganta al mencionar a Geto, la herida que nunca terminaba de cerrar para ninguno de los dos.
—Eso no explica por qué me tratas como si fuera de cristal —replicó ella, tratando de mantener su tono indiferente, aunque su corazón empezaba a latir con una fuerza inusual.
Satoru se bajó de la mesa y caminó hacia ella. Se detuvo justo frente a Shoko, obligándola a mirar hacia arriba debido a la diferencia de altura. El Infinito, esa barrera invisible que siempre lo separaba del resto del mundo, parecía no estar ahí en ese momento.
—Te amo.
Shoko parpadeó. Una, dos, tres veces. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el zumbido lejano de la ventilación.
—¿Qué? —logró decir ella, convencida de que el cansancio finalmente le estaba provocando alucinaciones auditivas.
—Que te amo —repitió Gojo, y esta vez no hubo rastro de juego en su voz. Era una declaración absoluta, tan firme como una ley de la física—. Lo he hecho durante mucho tiempo. Supongo que antes era demasiado inmaduro para entenderlo, o quizás pensé que siempre estaríamos los tres y que no hacía falta decirlo. Pero ahora... solo existes tú para mí de esa manera.
Shoko lo escudriñó, buscando cualquier indicio de que se tratara de una broma de mal gusto. Pero los ojos de Satoru estaban fijos en los suyos con una claridad aterradora. El hombre que se creía un dios, el epítome de la arrogancia que decía estar por encima de todos, estaba allí, confesando que su mundo giraba en torno a la mujer cansada y con olor a tabaco que tenía delante.
—¿Me amas? —preguntó ella en un susurro, casi para sí misma—. Satoru, soy una mujer que disecciona cadáveres y fuma demasiado. No soy... no soy alguien a quien se ame con facilidad.
—Para mí eres la única persona que importa —dijo él, acortando la distancia final.
Antes de que Shoko pudiera articular otra duda, Satoru la tomó por la cintura. Sus manos eran cálidas y firmes. Se inclinó, y por un instante, ella pudo ver el reflejo del cielo en sus iris antes de que él cerrara los ojos.
El beso comenzó como un roce vacilante, una pregunta silenciosa. Shoko se quedó rígida por la sorpresa, con las manos suspendidas en el aire, pero el calor que emanaba de él la envolvió por completo. Fue un choque de realidad: Satoru Gojo era real, era tangible, y la estaba besando a ella.
Shoko cerró los ojos y soltó un suspiro que se perdió contra los labios de él. Sus manos finalmente encontraron su lugar, subiendo por el pecho de Satoru hasta enredarse en su cabello blanco, que era tan suave como la seda. Ella respondió al beso, y la timidez inicial desapareció para dar paso a una intensidad que ambos habían estado reprimiendo durante años.
Fue un beso pasional, cargado de la desesperación de dos personas que habían visto demasiado horror y que solo se tenían el uno al otro. Era el sabor de la redención y del consuelo. En ese rincón frío y olvidado de la escuela, entre el olor a muerte y la luz fluorescente, Shoko sintió que la vida volvía a sus venas.
Satoru se separó apenas unos milímetros, jadeando ligeramente, con la frente apoyada contra la de ella.
—No voy a dejar que te rompas, Shoko —susurró él, rodeándola con sus brazos y hundiendo su rostro en el hueco de su cuello—. No puedo perderte a ti también.
Shoko lo abrazó con fuerza, escondiendo su cara en el uniforme negro de él. Por primera vez en años, no sintió el peso de los cadáveres ni la presión de la guerra que se avecinaba. Solo sentía el latido del corazón de Satoru contra el suyo.
—Eres un idiota, Satoru —dijo ella, aunque su voz carecía de cualquier veneno—. Un idiota arrogante y egocéntrico.
Gojo soltó una risa suave, una que sonaba genuinamente feliz.
—Pero soy tu idiota.
Shoko se separó lo suficiente para mirarlo. Sus ojos castaños, todavía con las marcas del cansancio, brillaban ahora con una chispa de algo que se parecía mucho a la esperanza.
—Sí —admitió ella, esbozando una pequeña sonrisa, la primera de verdad en semanas—. Supongo que lo eres.
Satoru volvió a colocarse la venda, pero esta vez dejó una de sus manos entrelazada con la de Shoko. El mundo exterior podía seguir desmoronándose, las maldiciones podían seguir acechando en las sombras y el destino podía ser tan cruel como quisiera, pero en ese momento, en la quietud de la morgue, Shoko Ieiri sabía que no estaba sola.
—Ahora —dijo Gojo, recuperando su tono juguetón mientras tiraba suavemente de su mano—, vas a dejar este lugar apestoso, vamos a ir a comer algo que no sea de una máquina expendedora y luego vas a dormir diez horas seguidas. Es una orden del hechicero más fuerte.
Shoko rodó los ojos, pero no soltó su mano.
—Solo si tú te callas durante al menos cinco minutos.
—Eso es pedir un milagro, Shoko, incluso para alguien como yo.
Caminaron juntos por los pasillos desiertos de la escuela, dos pilares que se sostenían mutuamente en la oscuridad. Satoru Gojo amaba a muchas cosas de forma abstracta —la humanidad, el futuro, sus alumnos—, pero a Shoko la amaba de forma humana, egoísta y absoluta. Y para ella, eso era más que suficiente para seguir adelante.
