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Lucas bergvall

Fandom: Futbol

Creado: 29/6/2026

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Reflejos de Oro y Mañana

La luz tenue de la mañana sueca se filtraba a través de los grandes ventanales de la mansión en Londres, bañando la habitación en tonos dorados y cenizos. Lucas Bergvall, con sus impresionantes 1,90 de altura, se movía por el dormitorio con una agilidad que solo un atleta de élite poseía, aunque sus movimientos eran exageradamente cuidadosos para no despertar a la mujer que descansaba entre las sábanas de seda.

A sus veinte años, la vida de Lucas era un torbellino de estadios llenos, cámaras fotográficas y la presión constante de ser la joven promesa del fútbol europeo. Sin embargo, nada de eso importaba cuando cruzaba el umbral de su casa. Fuera, era el mediocampista implacable; dentro, era simplemente Lucas, el hombre que vivía por y para Lia.

Se acercó a la cama y observó a su esposa. Lia tenía esa serenidad que a él tanto le faltaba en los días de partido. Se habían conocido cuando ella apenas tenía diecisiete años, un romance juvenil que muchos tildaron de pasajero, pero que para Lucas había sido el ancla definitiva. Cuando el embarazo llegó de improviso, el mundo pareció detenerse, pero Lucas no dudó ni un segundo. Tenía los recursos, tenía el amor y, sobre todo, tenía la certeza de que no quería a nadie más a su lado.

Un pequeño balbuceo proveniente de la cuna situada al pie de la cama interrumpió sus pensamientos. Lucas sonrió de inmediato, una expresión dulce que reservaba exclusivamente para su familia.

Se acercó a la cuna y se encontró con un par de ojos azules, idénticos a los suyos, que lo miraban con una curiosidad infinita. Leo, de apenas seis meses, ya mostraba la misma energía inagotable que su padre desplegaba en el campo de juego. El pequeño había nacido un mes antes de lo previsto, un susto que Lucas recordaba como el día más aterrador de su vida, pero ahora, viendo lo fuerte y sano que estaba, aquel miedo parecía un eco lejano.

— Hola, campeón —susurró Lucas, metiendo sus grandes manos en la cuna para cargar al bebé—. ¿Ya estás despierto? Vas a despertar a mamá y sabes que necesita descansar.

Leo respondió agitando sus pequeños brazos y soltando una risita que hizo que el corazón de Lucas se derritiera. El bebé era un calco de su padre: el mismo cabello rubio que empezaba a crecer en suaves ondas y esa mirada traviesa.

Lucas caminó hacia la cocina de concepto abierto, cargando a Leo con una facilidad pasmosa contra su pecho atlético. Mientras preparaba el biberón con una mano, mantenía al bebé entretenido con la otra, dejándole jugar con los cordones de su sudadera.

— Eres igual de impaciente que yo para el desayuno, ¿verdad? —comentó Lucas en voz baja, besando la frente del pequeño—. Lia dice que tienes mi carácter, pero yo creo que tienes su dulzura.

De repente, unos pasos suaves se escucharon en el pasillo. Lia apareció en el umbral, frotándose los ojos, con el cabello castaño ligeramente revuelto y vistiendo una de las camisetas de entrenamiento de Lucas que le quedaba enorme.

— Te dije que me despertaras si él se levantaba —dijo ella con voz ronca por el sueño, pero con una sonrisa tierna al ver la escena.

Lucas se giró y sus ojos azules brillaron con una intensidad diferente, una mezcla de adoración y protección.

— Estás cansada, amor —respondió él, acercándose para darle un beso corto pero profundo en los labios—. Leo y yo lo tenemos todo bajo control. ¿Verdad, Leo?

— Lucas, ayer tuviste entrenamiento doble —recordó Lia, apoyándose en la encimera mientras observaba cómo su esposo alimentaba al bebé con una paciencia infinita—. Deberías ser tú quien esté durmiendo.

— Dormir es secundario cuando puedo pasar tiempo con ustedes dos —dijo él, acomodando a Leo en su brazo—. Además, el fisioterapeuta dice que estoy en mi mejor forma. Cuidar de mi hijo es el mejor entrenamiento para el corazón.

Lia se acercó y rodeó la cintura de Lucas con sus brazos, hundiendo la cara en su espalda. A pesar de su juventud y de la inmensa riqueza que los rodeaba, su conexión se sentía terrenal, real y sólida. Lucas dejó el biberón vacío sobre la mesa y se giró con cuidado, envolviendo a su esposa y a su hijo en un solo abrazo.

— A veces me asusta —susurró Lia contra su pecho.

— ¿Qué te asusta, bonita? —preguntó él, bajando la cabeza para buscar su mirada.

— Lo rápido que pasó todo. Hace dos años éramos solo dos adolescentes con miedo, y ahora... mira esto. Tienes el mundo a tus pies, Lucas. Podrías estar en cualquier lugar, con cualquiera.

Lucas frunció el ceño ligeramente, una expresión de seriedad que solo aparecía cuando sentía que ella dudaba de su devoción. Dejó a Leo en su silla alta, asegurándose de que estuviera entretenido con un juguete, y tomó el rostro de Lia entre sus manos.

— Escúchame bien —dijo con voz firme pero cargada de cariño—. El mundo puede estar a mis pies, pero mi mundo eres tú. Y Leo. No me importa el dinero, ni la fama, ni los estadios si no vuelvo a casa y te encuentro a ti. Casarme contigo fue la mejor decisión que he tomado, incluso antes que firmar cualquier contrato.

— Eres demasiado bueno para ser verdad —sonrió ella, dejando que una lágrima de felicidad se escapara.

— Soy un hombre afortunado, nada más —insistió él, secando la lágrima con el pulgar—. Ahora, ¿qué te parece si aprovechamos que hoy no tengo que ir al club hasta la tarde y vamos al parque? Leo necesita gastar esa energía de futbolista que heredó.

— Me parece un plan perfecto —asintió Lia—. Pero primero, necesito café. Mucho café.

Lucas soltó una carcajada que resonó en toda la cocina.

— Marchando un café para la jefa de la casa.

Mientras Lucas preparaba la cafetera, Leo empezó a dar golpes emocionados en la bandeja de su silla, balbuceando algo que sonaba sospechosamente a "papá". Lucas se detuvo en seco, con el corazón latiéndole a mil por hora.

— ¿Has oído eso, Lia? —preguntó, volviéndose hacia el bebé con los ojos muy abiertos.

— Ha dicho "da-da" —confirmó Lia, emocionada, acercándose al pequeño—. ¡Leo! ¿Qué has dicho, mi vida?

— ¡Ha dicho mi nombre! —exclamó Lucas, arrodillándose frente a la silla para estar a la altura del bebé—. Di "papá", Leo. Vamos, campeón. Papá.

Leo solo les regaló una sonrisa desdentada y volvió a balbucear sonidos ininteligibles, pero el momento ya estaba grabado en la memoria de Lucas. Se levantó y cargó de nuevo al niño, elevándolo por encima de su cabeza. Con sus 1,90 de estatura, Leo quedaba casi tocando el techo, riendo a carcajadas por la altura.

— Vas a ser más grande que yo, ¿verdad? —le dijo Lucas con orgullo—. Y mucho mejor jugador, aunque yo te enseñaré todo lo que sé.

— No lo presiones, Lucas —rio Lia, sirviéndose el café—. Quizás quiera ser artista, o médico.

— Si quiere ser médico, le compraré el mejor hospital del país —respondió Lucas con total naturalidad—. Pero mira esas piernas, Lia. Tiene fuerza.

— Tiene tus piernas, eso es seguro —admitió ella, observando las extremidades regordetas y activas del bebé.

Después del desayuno, la familia se preparó para salir. Lucas, siempre atento, se encargó de preparar el cochecito y la bolsa con todo lo necesario. A pesar de que tenían personal de servicio que podría haberlo hecho, a él le gustaba ocuparse personalmente de las cosas de su familia. Era su forma de demostrar que, a pesar de los lujos, seguía siendo el mismo chico sueco que solo quería hacer feliz a la chica de la que se enamoró a los diecisiete.

Se pusieron ropa cómoda. Lucas lucía un conjunto deportivo que resaltaba su físico atlético, y Lia un vestido sencillo que la hacía ver radiante. Al salir a la calle, el aire fresco de la mañana los recibió.

Caminaron por un parque privado cercano a su residencia, un lugar donde podían disfrutar de cierta privacidad. Lucas empujaba el cochecito con una mano mientras que con la otra sujetaba firmemente la de Lia.

— ¿En qué piensas? —preguntó ella, notando el silencio reflexivo de su marido.

— En que hace un año estaba aterrado —confesó él, mirando hacia el horizonte—. Leo nació tan pequeño, tan frágil... Recuerdo estar en el hospital, viéndote a ti cansada y a él en esa incubadora, y sentir que si algo les pasaba, yo simplemente me apagaría.

Lia apretó su mano, recordando aquellos días de incertidumbre.

— Pero sobrevivimos, Lucas. Él sobrevivió. Es un luchador, igual que tú.

— Lo es —asintió él, deteniéndose frente a un estanque—. Y ahora, miralo. Seis meses de pura energía. A veces olvido que solo tengo veinte años porque me siento como si hubiera vivido una vida entera a tu lado.

— Hemos crecido muy rápido —dijo Lia, apoyando la cabeza en el hombro de Lucas—. Pero no cambiaría ni un segundo. Ni siquiera los momentos de miedo.

Lucas la rodeó con el brazo, atrayéndola hacia él. En ese momento, un grupo de jóvenes que jugaban al fútbol cerca se detuvieron al reconocerlo. Se acercaron con timidez, pidiendo una foto. Lucas, que normalmente era reservado con su vida privada, miró a Lia pidiendo permiso en silencio. Ella asintió con una sonrisa.

— Solo una, chicos —dijo Lucas con amabilidad—. Estoy en un día familiar.

Los jóvenes, emocionados, se tomaron la foto y felicitaron a Lucas por su último gol en la liga. Uno de ellos miró el cochecito.

— ¿Es su hijo, Bergvall? —preguntó el chico con admiración.

— Sí —respondió Lucas, y su voz se llenó de un orgullo que no mostraba ni cuando ganaba un trofeo—. Es Leo. Mi mejor jugada hasta la fecha.

Los chicos se despidieron y la pareja continuó su paseo.

— "Tu mejor jugada", ¿en serio? —se burló Lia con cariño.

— Es la verdad —dijo él, deteniéndose para sacar a Leo del cochecito y sentarlo sobre la hierba, manteniéndolo sujeto—. Míralo, Lia. Es perfecto.

El pequeño Leo comenzó a gatear torpemente sobre el césped, intentando alcanzar una margarita. Lucas se sentó a su lado, observándolo con una devoción absoluta. En ese instante, bajo el sol suave y rodeado de la paz del parque, el futbolista estrella desapareció por completo. No había contratos millonarios, ni presiones de la prensa, ni expectativas de los fans. Solo estaba el hombre que amaba a su esposa y que adoraba a su hijo.

— Prométeme algo —dijo Lucas de repente, mirando a Lia, que se había sentado a su lado.

— Lo que quieras.

— Que siempre seremos así. Que no importa cuánto dinero gane o cuánta fama tenga, siempre seremos nosotros tres contra el mundo.

Lia se acercó y le dio un beso suave en la mejilla, mientras Leo lograba finalmente arrancar la margarita y se la extendía a su madre con un grito de alegría.

— Te lo prometo, Lucas. Siempre seremos nosotros.

Lucas sonrió, tomó a Leo en brazos y lo sentó en su regazo, mientras Lia se apoyaba en él. El futuro era brillante, lleno de éxitos deportivos y viajes por el mundo, pero para Lucas Bergvall, el verdadero éxito ya lo tenía entre sus brazos. La vida le había dado mucho a una edad muy temprana, pero él sabía que su mayor fortuna no estaba en el banco, sino en esos ojos azules que lo miraban con amor puro y en la mujer que caminaba a su lado, paso a paso, en el partido más importante de su vida: el de su propia familia.

— Te amo, Lia —susurró él, justo antes de que Leo decidiera que era un buen momento para tirar del cabello rubio de su padre, rompiendo el momento romántico con una carcajada general.

— Y él también te ama —rio Lia, ayudando a desenredar los dedos del bebé—. A su manera traviesa.

— Lo sé —dijo Lucas, abrazando a ambos con fuerza—. Lo sé perfectamente.
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