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Infinito Compartido

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 30/6/2026

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El Teorema del Infinito Compartido

Satoru Gojo solía pensar que no había nada en este mundo capaz de atravesar su técnica de los Seis Ojos sin su permiso. Había enfrentado maldiciones de grado especial, desastres naturales con forma humana y la presión constante de ser el pilar del mundo de la hechicería. Sin embargo, en ese preciso instante, frente a la mesa de madera pulida de una sala de reuniones privada en el Colegio Técnico de Magia de Tokio, se sentía extrañamente vulnerable.

Frente a él, Shoko Ieiri, Utahime Iori y Mei Mei lo observaban con una calma que resultaba más aterradora que el vacío del Púrpura.

—¿Puedes repetir eso, Shoko? —preguntó Satoru, bajándose ligeramente la venda oscura para dejar al descubierto un ojo azul que centelleaba con una mezcla de desconcierto y diversión—. Creo que mis oídos finalmente han sucumbido al exceso de azúcar.

Shoko exhaló una larga nube de humo de su cigarrillo, ignorando las normas de no fumar en interiores. Sus ojeras parecían menos pesadas hoy, iluminadas por una chispa de determinación cínica.

—No te hagas el sordo, Satoru. Es agotador —dijo ella, apoyando los codos en la mesa—. Lo que dije es simple: las tres hemos llegado a un acuerdo. Estamos interesadas en ti, pero ninguna tiene la paciencia para pelearse por tu atención o lidiar contigo a tiempo completo. Así que vamos a compartirte.

Satoru parpadeó una, dos, tres, cuatro y hasta cinco veces. El hechicero más fuerte del mundo, el hombre que podía manipular el espacio-tiempo a su antojo, se quedó sin palabras. Giró la cabeza hacia Utahime, esperando que ella, la voz de la razón y la etiqueta, estallara en gritos y lo llamara idiota como solía hacer.

Pero Utahime no gritaba. Estaba sonrojada, sí, y sus manos apretaban con fuerza la tela de su hakama rojo, pero mantenía la mirada firme.

—No me mires así, Gojo —espetó Utahime, aunque su tono carecía de la agresividad habitual—. Es una decisión lógica. Eres insufrible, egocéntrico y un dolor de cabeza constante... pero también eres el único que entiende la carga de nuestra posición. Y, a regañadientes, admito que no me desagrada tu compañía cuando no estás intentando sacarme de mis casillas.

—Además —intervino Mei Mei, cruzando sus largas piernas y dejando que su trenza plateada descansara sobre su hombro—, desde un punto de vista financiero y logístico, es una inversión impecable. Mantener una exclusividad contigo sería demasiado costoso en términos de tiempo y energía emocional. Un sindicato, por otro lado, maximiza los beneficios para todas las partes involucradas.

Satoru soltó una carcajada nerviosa, pasándose una mano por su cabello blanco alborotado.

—¿Un sindicato? ¿Me están convirtiendo en una empresa pública?

—En un activo de alto valor —corrigió Mei Mei con una sonrisa depredadora—. Y yo siempre sé cuándo invertir en un mercado alcista.

Gojo se recostó en su silla, dejando que la información se asentara. Su mente, capaz de procesar cantidades infinitas de información en milisegundos, estaba tratando de calcular las variables de esta nueva "técnica ritual" social. Shoko, su amiga de toda la vida, la que conocía sus peores momentos; Utahime, la mujer que siempre lograba que su corazón latiera un poco más rápido por la pura fricción de sus personalidades; y Mei Mei, la mujer más pragmática y letalmente encantadora que conocía.

—Déjenme ver si entendí —dijo Satoru, recuperando su sonrisa arrogante—. ¿El gran Satoru Gojo va a tener tres novias oficiales que, además, se llevan bien entre ellas?

—No te emociones tanto, pedazo de idiota —gruñó Utahime, aunque no se apartó cuando él se inclinó hacia adelante—. Habrá reglas. Horarios. Y si intentas jugarnos una mala pasada, Shoko ya tiene preparada una autopsia muy detallada para ti, aunque estés vivo.

—Puedo confirmar eso —añadió Shoko con una sonrisa lánguida—. Sé exactamente dónde están tus puntos débiles, Satoru. El Infinito no te protegerá de un bisturí si te portas mal.

Satoru sintió un escalofrío que no era del todo desagradable. La idea era absurda, escandalosa y absolutamente fascinante. Si Sukuna no podía detenerlo, si el mundo entero descansaba sobre sus hombros, ¿qué eran tres mujeres comparadas con el peso del destino? Era un desafío, y Satoru Gojo vivía para los desafíos.

—Acepto —dijo finalmente, ensanchando su sonrisa—. Pero espero que estén preparadas. Ser el novio del hechicero más fuerte no es un trabajo de medio tiempo.

—Oh, lo sabemos —dijo Mei Mei, sacando su teléfono para revisar su agenda—. Por eso mi tarifa por "tiempo de calidad" los fines de semana acaba de triplicarse. Pero descuida, tú pagas las cenas.

***

La primera semana del "Acuerdo", como Shoko decidió llamarlo, fue una revelación para el Colegio Técnico. Los estudiantes, especialmente Megumi e Itadori, notaron que algo andaba mal (o extrañamente bien) con su maestro.

—¿Por qué Gojo-sensei lleva una bufanda tejida a mano si hace veinte grados? —preguntó Itadori, observando a Satoru caminar por el patio con una energía radiante.

—Y ayer lo vi almorzando con Mei Mei en un restaurante que cuesta mi salario de tres años —añadió Nobara, entrecerrando los ojos—. Algo huele a quemado, y no es una maldición.

Mientras tanto, en la oficina médica, Satoru estaba desplomado en una de las sillas, observando a Shoko trabajar. Era su tarde con ella. No había lujos, ni peleas, solo el sonido de los monitores y el olor a antiséptico.

—Sabes, Shoko —dijo Satoru, jugueteando con un frasco de vitaminas—, pensé que esto sería más... caótico.

—Es caótico, Satoru. Simplemente somos mejores que tú ocultándolo —respondió ella sin apartar la vista del microscopio—. Utahime está actualmente redactando un manual de conducta para cuando estemos en eventos oficiales de las dos escuelas. Dice que no puedes tocarle el cabello frente a Gakuganji.

—Eso solo hace que quiera hacerlo más —rio Satoru.

Shoko se detuvo y lo miró. Sus ojos castaños, siempre cansados, se suavizaron por un momento.

—Ella se preocupa por ti, a su manera. Y Mei... bueno, Mei disfruta del prestigio que le das. Pero yo...

—¿Tú qué, Shoko?

—Yo solo me alegro de que no estés solo en esa cima tuya —dijo ella, volviendo a su trabajo—. Es demasiado frío allá arriba para una sola persona.

Satoru se quedó en silencio. Esa era la verdad que no había querido admitir. El Infinito no solo mantenía alejados a sus enemigos; también creaba una barrera invisible entre él y el resto de la humanidad. Pero estas tres mujeres, cada una a su manera, habían encontrado una grieta en su armadura.

***

La cena del viernes fue la primera prueba de fuego: una cita grupal. Mei Mei había seleccionado un club privado en Roppongi donde la discreción estaba garantizada por contratos vinculantes y una suma indecente de yenes.

Satoru llegó vistiendo su abrigo negro de cuello alto, pero sin la venda, dejando que sus ojos azules brillaran bajo las luces tenues del local. Al entrar al reservado, se encontró con una imagen que lo dejó sin aliento.

Utahime vestía un elegante vestido azul marino que contrastaba con su cicatriz, dándole un aire de belleza guerrera. Mei Mei lucía un conjunto de seda color crema que gritaba opulencia. Y Shoko, para sorpresa de Satoru, se había quitado la bata de laboratorio y llevaba un traje negro entallado que la hacía ver peligrosamente profesional.

—Llegas tres minutos tarde —dijo Mei Mei, consultando su reloj de oro—. Eso te costará el postre más caro de la carta.

—Vale la pena cada segundo —respondió Satoru, sentándose en el centro del sofá circular, rodeado por ellas—. Debo decir que esto es mucho mejor que cualquier reunión con los altos mandos.

—No te acostumbres a la paz —advirtió Utahime, aunque aceptó la copa de sake que Satoru le sirvió—. Todavía tenemos que discutir cómo vamos a manejar los rumores. Los ancianos de Kioto ya están empezando a hacer preguntas sobre por qué Mei Mei y yo hemos estado viajando tanto a Tokio.

—Que pregunten —dijo Satoru con indiferencia, pasando un brazo por encima de los hombros de Utahime y el otro por detrás de Shoko—. Soy el más fuerte. Puedo hacer lo que quiera. Y lo que quiero es esto.

—Tu arrogancia es insufrible —murmuró Shoko, pero se inclinó hacia él, apoyando la cabeza en su hombro.

La noche transcurrió entre risas, discusiones sobre técnicas rituales y la planificación de "turnos" que Mei Mei insistía en tratar como contratos de consultoría. Satoru se dio cuenta de que, por primera vez en años, no estaba analizando el entorno en busca de amenazas. Se sentía seguro.

Sin embargo, la dinámica no estaba exenta de fricciones. Cuando Satoru intentó alimentar a Utahime con un trozo de sushi, ella se puso roja como un tomate y casi le derrama la bebida encima.

—¡Gojo! ¡Hay gente afuera! —protestó ella.

—Utahime, querida —dijo Mei Mei con una sonrisa felina—, el objetivo de esta alianza es disfrutar de los beneficios. Si no vas a aprovechar el afecto de Satoru, estaré encantada de tomar tu lugar en la rotación de este fin de semana.

Utahime fulminó a la hechicera del cabello plateado con la mirada.

—Ni lo sueñes, Mei. El sábado es mío. Tenemos que ir a comprar suministros para la escuela y él va a cargar todas las bolsas.

—Ah, esclavitud moderna —suspiró Satoru con una sonrisa radiante—. Me encanta.

***

A medida que las semanas se convertían en meses, el equilibrio se volvió casi natural. Satoru aprendió que Shoko necesitaba silencio y honestidad brutal después de un día difícil en la morgue. Aprendió que Utahime necesitaba sentirse respetada y que, bajo su fachada estricta, amaba los pequeños gestos de ternura que él rara vez mostraba a otros. Y aprendió que Mei Mei no solo amaba el dinero, sino el poder que este le otorgaba para ser libre, una libertad que ella veía reflejada en él.

Una tarde, mientras caminaba con las tres por los jardines del Colegio, Satoru se detuvo a observar el atardecer. El cielo estaba teñido de un naranja violáceo que le recordaba a los ojos de Mei Mei y al cabello de Utahime.

—¿En qué piensas, Satoru? —preguntó Shoko, notando su inusual silencio.

—En que soy un hombre con mucha suerte —dijo él, bajándose las gafas oscuras para mirarlas a las tres—. Saben que el mundo se está volviendo más peligroso. Las maldiciones son más fuertes, las sombras se están alargando...

—Si vas a dar un discurso sobre el sacrificio heroico, ahórratelo —lo interrumpió Mei Mei—. Ya hemos invertido demasiado en ti como para dejar que te pase algo.

—Exacto —añadió Utahime, parándose frente a él y ajustándole el cuello del abrigo—. No eres el único que lucha, idiota. Nos tienes a nosotras. Y aunque seas el más fuerte, tres hechiceras de grado especial y primer grado no son algo que debas subestimar.

Satoru sintió un calor en el pecho que ninguna técnica de inversión de energía maldita podría replicar. Se inclinó y besó la frente de Utahime, luego la mejilla de Shoko y finalmente la mano de Mei Mei.

—Lo sé —dijo con una voz suave, desprovista de su habitual burla—. Por eso este acuerdo es el mejor contrato que he firmado en mi vida.

—Más te vale —dijo Shoko, encendiendo un cigarrillo—. Porque si intentas añadir a una cuarta persona a esta alianza, te aseguro que ni el Vacío Infinito podrá salvarte de nosotras.

Satoru soltó una carcajada que resonó por todo el campus. Era cierto; podía enfrentarse a reyes de las maldiciones y a usuarios de maldiciones milenarios, pero el poder combinado de Shoko, Utahime y Mei Mei era, sin duda, la fuerza más imparable que jamás había conocido.

Y por primera vez, Satoru Gojo no quería ser libre. Quería pertenecer.

—Tres es un número perfecto —concluyó él, rodeándolas con sus largos brazos mientras caminaban hacia las sombras alargadas del colegio—. Aunque, Mei Mei, sigo pensando que tu comisión por los besos de buenas noches es un poco excesiva.

—La calidad tiene un precio, Satoru —respondió ella mientras el grupo desaparecía en la penumbra—. Y tú puedes permitírtelo.

En el silencio de la tarde, el hechicero más fuerte del mundo entendió que el infinito no era una distancia insalvable, sino un espacio que ahora compartía con las únicas personas que no temían caminar a su lado.
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