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Fandom: Futbol

Creado: 30/6/2026

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El reflejo de la obsidiana

El cielo de Estocolmo amenazaba con una lluvia fina, de esas que calan hasta los huesos sin que uno se dé cuenta. Lucas Bergvall caminaba por los senderos cercanos al centro de entrenamiento, con la capucha de su sudadera cubriendo su cabello rubio, ese que siempre parecía brillar incluso bajo el cielo más gris. A sus dieciocho años —recién cumplidos los diecinueve—, el mundo del fútbol lo señalaba como la próxima gran estrella, un joven de 1,90 de altura con una zancada elegante y una visión de juego privilegiada. Pero en ese momento, Lucas no pensaba en balones, ni en contratos, ni en el Tottenham.

Pensaba en Lia.

Y ese era su mayor pecado.

Ella apareció al final del sendero, sentada en un banco de madera, balanceando sus piernas que ni siquiera llegaban a tocar el suelo. Lia Donovan era pequeña, casi minúscula comparada con la imponente presencia física de Lucas. Con su 1,50 de estatura, parecía una muñeca de porcelana. Su piel era blanca como la leche, un contraste absoluto con su cabello negro azabache que caía en cascada sobre sus hombros. Pero lo que realmente desarmaba a Lucas, lo que lo mantenía despierto por las noches debatiéndose entre la moral y el deseo, eran sus ojos.

Unos ojos grises, profundos y tormentosos, que parecían contener toda la luz de la luna.

— ¡Lucas! —exclamó ella al verlo, saltando del banco con una energía que iluminó el día nublado.

Lucas sintió ese vuelco en el corazón que tanto intentaba reprimir. Lia corrió hacia él y, como era su costumbre, se lanzó a sus brazos para darle un abrazo. Lucas la recibió, rodeando su pequeña cintura con sus manos grandes y protectoras, elevándola unos centímetros del suelo sin esfuerzo. Ella era tan dulce, tan genuinamente cariñosa, que alejarse de ella se sentía como intentar dejar de respirar.

— Hola, pequeña —susurró Lucas, dejando que ella volviera a poner los pies en la tierra—. ¿Qué haces aquí fuera? Hace frío.

— Te estaba esperando —respondió ella con una sonrisa radiante, aferrándose a su brazo—. Me dijiste que terminarías temprano hoy. Quería enseñarte el dibujo que terminé anoche.

Lucas la miró y sintió una punzada de dolor en el pecho. Lia tenía dieciséis años. Solo dieciséis. Él, con veinte años recién cumplidos, sentía que un abismo legal y social los separaba, aunque en su corazón la distancia fuera inexistente. Él sabía que debía poner límites. Sabía que lo correcto era distanciarse, dejar que ella viviera su adolescencia mientras él se enfocaba en su carrera profesional. Pero cada vez que intentaba dar un paso atrás, ella aparecía con esa amabilidad infinita, con esa mirada gris que lo anclaba al suelo.

— Lia, tenemos que hablar —dijo él, su voz rompiéndose ligeramente.

Ella lo miró con curiosidad, ladeando la cabeza. Sus ojos grises buscaron los azules de él, analizando la tristeza que Lucas no podía ocultar.

— Pareces serio, Lucas. ¿Pasa algo malo en el club? —preguntó ella, acariciando su antebrazo con suavidad.

— No es el club —Lucas soltó un suspiro pesado y se sentó en el banco, invitándola a hacer lo mismo—. Es sobre nosotros. Sobre... el tiempo que pasamos juntos.

— ¿No te gusta pasar tiempo conmigo? —La voz de Lia bajó de volumen, tiñéndose de una inseguridad que a Lucas le destrozó el alma.

— ¡No! No es eso, Lia. Me encanta estar contigo. Eres la persona más especial que he conocido —se apresuró a decir, tomando sus manos pequeñas entre las suyas—. Pero soy mayor que tú. Cuatro años en este momento de nuestras vidas es mucho. Yo ya soy un adulto legalmente, Lia. Tú aún tienes mucho por vivir, estudios que terminar, cosas que descubrir...

— Pero yo quiero descubrirlas contigo —interrumpió ella, con una firmeza impropia de su estatura—. Sé que soy menor, Lucas. No soy tonta. Sé que la gente mira raro cuando caminamos por la calle porque tú pareces un gigante y yo... bueno, yo soy yo. Pero me cuidas, me haces reír y me haces sentir segura. ¿Por qué tiene que importar lo que digan los demás?

Lucas cerró los ojos, apretando los dientes. Era tan difícil explicarle que no se trataba solo de la gente, sino de protegerla a ella. De proteger su reputación y la de ella. De no cruzar una línea que no debía cruzarse hasta que el tiempo pusiera todo en su lugar.

— Porque te quiero, Lia —confesó él en un susurro apenas audible—. Y porque te quiero, sé que lo mejor sería que me alejara un poco. Que te dejara espacio para crecer sin que un futbolista de veinte años esté siempre pegado a ti.

Lia se quedó en silencio un momento. El viento sopló, agitando su cabello negro. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos grises estaban empañados por las lágrimas, brillando como piedras preciosas bajo la lluvia que empezaba a caer.

— ¿Me estás dejando? —preguntó con la voz temblorosa.

— No puedo dejarte porque ni siquiera somos... —Lucas no pudo terminar la frase. Verla llorar era superior a sus fuerzas. Se acercó y la atrajo hacia su pecho, escondiendo el rostro de la chica en su sudadera—. No quiero alejarme, Lia. Es lo último que quiero en este mundo. Pero tengo miedo de hacerte daño, de que esto sea demasiado para ti.

— Lo único que me hace daño es que pienses que no soy lo suficientemente fuerte para decidir a quién quiero cerca —dijo ella contra su pecho, su voz amortiguada—. Lucas, mírame.

Él se separó lo suficiente para ver su rostro. Lia estiró sus manos y tomó el rostro de Lucas, obligándolo a bajar la cabeza para que sus ojos estuvieran al mismo nivel.

— Tus ojos son azules como el mar en verano —murmuró ella, trazando con el pulgar la línea de su mandíbula—. Y los míos son grises como el cielo de hoy. Siempre me has dicho que mis ojos son tu cosa favorita en el mundo. ¿Vas a dejar de verlos solo por un número en un papel?

— No son solo números, Lia —insistió él, aunque su resistencia se desmoronaba como un castillo de naipes—. Son leyes, son expectativas, es tu familia...

— Mi familia te adora, Lucas. Saben que eres un caballero. Saben que nunca me obligarías a nada que yo no quisiera —ella se acercó un poco más, su nariz rozando la de él—. Solo espera. Si el problema es que tengo dieciséis, espera a que tenga dieciocho. Pero no te vayas. No me pidas que me aleje de la persona que me hace más feliz.

Lucas Bergvall, el chico que no temía enfrentarse a defensas corpulentos en la cancha, el joven que mantenía la calma bajo la presión de miles de espectadores, sintió que sus rodillas flaqueaban. La dulzura de Lia era su debilidad. Su bondad, su forma de ser tan sociable y amigable con todos, pero reservando esa ternura especial solo para él, lo tenía completamente cautivado.

— Soy un idiota por quererte tanto —admitió él, rindiéndose finalmente—. No sé cómo voy a hacerlo, Lia. No sé cómo voy a mantenerme a una distancia prudente cuando lo único que quiero es estar contigo todo el tiempo.

— No tienes que estar lejos —sonrió ella, secándose una lágrima con la manga de su chaqueta—. Solo tienes que estar aquí. Como siempre. Siendo mi Lucas. El chico que me ayuda con la tarea de historia y que me trae dulces después de sus entrenamientos.

Lucas suspiró, sintiendo una mezcla de alivio y una ansiedad persistente. Sabía que el camino no sería fácil. Sabía que tendría que ser extremadamente cuidadoso, que tendría que ser el guardián de la inocencia de Lia hasta que el tiempo cerrara la brecha que tanto lo atormentaba. Pero al mirar esos ojos grises, se dio cuenta de que no tenía opción. Estaba perdido en ellos.

— Está bien —cedió él, rodeándola con sus brazos de nuevo, protegiéndola de la lluvia que ya caía con más fuerza—. No me iré. Pero vamos a hacer las cosas bien, Lia. Con calma. Con respeto.

— Siempre lo has hecho así, Lucas —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Por eso eres tú.

Caminaron de regreso hacia la zona residencial, el gigante rubio y la pequeña pelinegra, bajo un mismo paraguas que Lucas había sacado de su mochila. Él la miraba de reojo, admirando la blancura de su piel bajo la luz mortecina de la tarde. Ella caminaba saltando los charcos, riendo cada vez que una gota le caía en la nariz.

— ¿Lucas? —llamó ella de repente.

— ¿Sí?

— Prométeme que no volverás a intentar "salvarme" de ti mismo —pidió ella, deteniéndose frente a la puerta de su casa.

Lucas se inclinó y, con una delicadeza infinita, depositó un beso en su frente, justo donde empezaba el nacimiento de su cabello oscuro.

— Te lo prometo, pequeña —respondió él—. Pero prométeme tú que nunca dejarás de mirarme con esos ojos grises. Son lo único que me mantiene cuerdo en todo este caos.

Lia sonrió, esa sonrisa sociable y dulce que iluminaba cualquier habitación, y se puso de puntillas para darle un beso rápido en la mejilla.

— No podría dejar de hacerlo aunque quisiera. Nos vemos mañana, Lucas.

Él se quedó allí, bajo la lluvia, viéndola entrar en su casa. Su corazón latía con fuerza, una mezcla de amor puro y la responsabilidad de proteger algo tan frágil y valioso. Sabía que el mundo del fútbol era voraz, que la fama podía ser destructiva, pero mientras tuviera esos ojos grises esperándolo al final del día, sentía que podía enfrentarse a cualquier cosa.

Incluso al tiempo.

Lucas retomó su camino hacia su propio hogar, con la imagen de Lia grabada en su mente. Ella era su ancla, su paz y, aunque todavía fuera una niña a los ojos de la ley, para él era el universo entero. Y por un universo así, valía la pena esperar toda una vida.

— Solo dos años más —se susurró a sí mismo, con una sonrisa que no podía borrar de su rostro—. Solo dos años.

Y bajo el cielo gris de Estocolmo, el joven prodigio del fútbol entendió que el juego más importante de su vida no se jugaba en un estadio, sino en la paciencia de un corazón que sabe esperar por lo que realmente ama.
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