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Matrimonio Arreglado

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 30/6/2026

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Entre el deber y el latido: El secreto de los Seis Ojos

El sol de la tarde se filtraba perezosamente por las ventanas del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio, proyectando sombras alargadas sobre los pasillos de madera. Yuji Itadori caminaba junto a Nobara y Megumi, sumidos en una de esas raras conversaciones triviales que les permitían olvidar, aunque fuera por un momento, la gravedad de su oficio. Sin embargo, el ambiente cambió drásticamente cuando se cruzaron con Shoko Ieiri en el patio central.

La doctora, que habitualmente mantenía una expresión de cansancio crónico y desapego, se estaba ajustando la bata blanca. Fue entonces cuando un destello metálico captó la atención de los tres estudiantes. En el dedo anular de su mano izquierda, una sencilla pero elegante banda de oro brillaba bajo la luz.

—¿Eh? ¿Ieiri-san? —Yuji se detuvo en seco, señalando con el dedo de forma poco educada pero genuinamente sorprendida—. ¿Eso es... un anillo de bodas?

Nobara se inclinó hacia adelante, con los ojos casi saliéndole de las órbitas.

—¡Es verdad! ¡Es un anillo de compromiso! No, espera, es una alianza. ¡Está casada! —exclamó la chica, perdiendo la compostura—. ¿Desde cuándo? ¿Con quién? ¿Es un modelo? ¿Un médico famoso?

Shoko suspiró, frotándose la sien con su mano libre. Parecía arrepentirse de habérselo puesto antes de salir del laboratorio.

—Normalmente no lo uso en el trabajo —explicó con su voz monótona y profunda—. Resulta incómodo con los guantes de látex y los procedimientos quirúrgicos. Pero hoy tenía una reunión externa y... bueno, simplemente lo olvidé puesto.

—¡Eso no responde a la pregunta principal! —insistió Yuji, emocionado—. ¿Quién es el afortunado? ¡Tiene que ser alguien increíble para estar con usted!

Shoko los miró durante unos segundos, evaluando si valía la pena mantener el secreto o si el agotamiento de la jornada era suficiente para soltar la bomba y ver el mundo arder. Finalmente, exhaló una nube de humo invisible.

—Satoru Gojo —dijo simplemente.

El silencio que siguió fue absoluto. Megumi, que normalmente era el más centrado, parpadeó varias veces como si hubiera olvidado cómo procesar el lenguaje humano. Nobara se quedó de piedra, y Yuji soltó un pequeño "ah" que se desvaneció en el aire.

—¿El profesor Gojo? —preguntó Yuji, incrédulo—. ¿El mismo que se compra dulces caros y actúa como un niño de cinco años? ¿Ese Satoru Gojo?

Shoko asintió con una leve sonrisa de resignación.

—Ese mismo. Ahora, si me disculpan, tengo informes que terminar.

Los tres jóvenes se quedaron mirando cómo la doctora se alejaba con su paso tranquilo. Para ellos, era un rompecabezas imposible de armar. ¿Cómo era posible que la mujer más seria y profesional de la institución estuviera casada con el hombre más caótico y egocéntrico del mundo de la hechicería?

Yuji, incapaz de contener su curiosidad, se separó de sus compañeros.

—¡Tengo que preguntarle! —gritó mientras corría en dirección opuesta.

Encontró a Satoru Gojo en la azotea de uno de los edificios principales. El hombre más fuerte del mundo estaba sentado en el borde, con las piernas colgando hacia el vacío y su característica venda cubriendo sus ojos. Parecía estar disfrutando de la brisa, tarareando una melodía que solo él conocía.

—¡Sensei! —Yuji irrumpió en la azotea, jadeando un poco por la subida de las escaleras—. ¡Ieiri-san nos lo ha dicho! ¡Dice que están casados!

Gojo giró la cabeza ligeramente, y una sonrisa juguetona se dibujó en sus labios.

—Vaya, vaya. Parece que el gato ha salido de la bolsa —dijo Satoru con un tono cantarín—. ¿Y bien? ¿Qué te parece, Yuji? ¿A que soy un excelente partido?

—¡No es eso! —Yuji se acercó, rascándose la nuca—. Es que... no me lo imagino. Ustedes son tan diferentes. ¿Cómo pasó? ¿Fue amor a primera vista?

Satoru soltó una carcajada corta, pero luego su expresión se suavizó, volviéndose algo más seria, algo que rara vez mostraba. Hizo un gesto para que Yuji se sentara a su lado.

—En realidad, empezó como un matrimonio arreglado —confesó Gojo, mirando hacia el horizonte.

—¿Arreglado? —Yuji abrió mucho los ojos—. ¿Como en las películas antiguas?

—Algo así —asintió Satoru—. Verás, ser el líder del clan Gojo y poseer los Seis Ojos conlleva una presión política asfixiante. Los ancianos del clan y los altos mandos me exigían una "compañera de vida". Querían asegurar el linaje, pero sobre todo, querían controlarme. Me dijeron que, si no elegía a alguien de su agrado, tendría que someterme totalmente a las órdenes del clan en los asuntos políticos del mundo de la hechicería.

Yuji escuchaba con atención. Sabía que su profesor era poderoso, pero rara vez pensaba en las cadenas invisibles que ese poder conllevaba.

—Así que —continuó Gojo—, después de muchas discusiones, llegamos a un acuerdo. Shoko era la única opción lógica. Es una de las pocas personas que me conoce desde que éramos adolescentes, alguien que comprende el peso de ser un hechicero y, lo más importante, la única capaz de soportar mis excentricidades sin querer exorcizarme cada cinco minutos. Al casarnos, el clan se quedó tranquilo y yo recuperé mi libertad para actuar como quisiera. Fue un trato de beneficio mutuo para evitar que los de arriba siguieran manipulando todo.

Yuji bajó la mirada, sintiendo una mezcla de alivio y una extraña tristeza.

—Entonces... ¿fue solo por eso? ¿Un acuerdo de negocios? ¿No hay amor de verdad?

Satoru guardó silencio por un momento. Se quitó la venda lentamente, dejando al descubierto esos ojos azules que parecían contener el cielo entero. Miró a Yuji con una honestidad desarmante.

—Al principio, sí, fue exactamente eso —admitió—. Pero el tiempo tiene una forma curiosa de cambiar las cosas. Shoko siempre ha sido mi pilar. Ella estuvo allí cuando perdimos a Suguru, estuvo allí cuando me convertí en "el más fuerte" y me quedé solo en la cima. Ella es la única persona que no me mira como a un arma o como a un dios, sino como al idiota que soy.

Gojo sonrió de forma genuina, una sonrisa que no iba dirigida a nadie más que a sus propios recuerdos.

—Con el tiempo, las cenas compartidas en silencio, las charlas a medianoche cuando el peso del mundo se volvía demasiado grande... me di cuenta de que no quería a nadie más a mi lado. Ese matrimonio arreglado se convirtió en lo más real que tengo en mi vida. Shoko es mi hogar. Y no permitiría que nada terminara con lo que tenemos ahora.

Yuji sonrió, sintiendo que una calidez le llenaba el pecho.

—Eso suena mucho mejor, Sensei. Me alegra que sea real.

Gojo se puso de pie de un salto, recuperando su energía habitual.

—¡Bueno! Ya he hablado demasiado de mis sentimientos, ¡qué vergüenza! —exclamó dramáticamente mientras se volvía a colocar la venda—. Tengo que ir a ver a mi "esposa de conveniencia" para ver si quiere cenar algo rico. ¡Nos vemos, Yuji!

Sin esperar respuesta, Satoru desapareció en un parpadeo, utilizando su técnica de infinito para acortar la distancia.

En la enfermería, Shoko estaba sentada frente a su escritorio, revisando unas radiografías. El sonido de la puerta abriéndose de golpe no la hizo inmutarse; solo había una persona en el mundo que entraría así.

—¿Ya terminaste de darles explicaciones a los niños? —preguntó ella sin despegar la vista de las placas.

Satoru se apoyó en el marco de la puerta, observándola con una devoción que no intentaba ocultar.

—He oído que les has confesado nuestro secreto, Shoko-chan. Qué atrevida.

Shoko finalmente se giró en su silla, cruzando las piernas. Sus ojos cansados se encontraron con la venda de Gojo.

—Se dieron cuenta del anillo. No iba a mentirles, es demasiado problemático mantener una mentira con Itadori, tiene un olfato especial para la honestidad.

Satoru se acercó a ella, rompiendo el espacio personal que Shoko solía proteger con tanto celo. Se inclinó sobre el escritorio, quedando a pocos centímetros de su rostro.

—Le dije a Yuji la verdad —susurró Gojo con una voz inusualmente suave—. Le dije que, aunque empezó como un pacto para callar a los viejos del clan, ahora no podría vivir sin ti.

Shoko soltó un suspiro corto, pero sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa. Extendió una mano y acarició la mejilla de su marido, sintiendo la suavidad de su piel.

—Eres un idiota sentimental, Satoru.

—Pero soy tu idiota sentimental —replicó él.

Shoko se levantó, acortando la distancia final. A pesar de su actitud indiferente ante el mundo, el brillo en sus ojos delataba la verdad. No importaba cómo hubiera comenzado su unión; lo que importaba era la paz que encontraban el uno en el otro en medio de un mundo lleno de maldiciones y muerte.

—Sí —dijo ella en voz baja—, lo eres.

Satoru la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí, sellando la afirmación con un beso apasionado que llevaba consigo años de camaradería, dolor compartido y un amor que había florecido en el terreno más árido posible. En ese beso, el acuerdo pactado se disolvió por completo, dejando solo la realidad de dos personas que se pertenecían más allá de cualquier contrato o linaje.

Cuando se separaron, Shoko apoyó la frente contra el pecho de Satoru, escuchando el latido rítmico de su corazón.

—¿Cena? —preguntó ella, recuperando su tono relajado.

—Cena —asintió Gojo, radiante—. Pero tú pagas, que hoy he gastado mucho en dulces.

Shoko se rió, un sonido raro y melodioso que solo Satoru tenía el privilegio de provocar con frecuencia.

—Ni en tus sueños, "el más fuerte". Vámonos.

Salieron de la enfermería de la mano, caminando por los pasillos del colegio. Ya no importaba quién los viera o qué preguntas hicieran. Lo que había comenzado como una estrategia política se había transformado en el único refugio verdadero que ambos conocían. En un mundo donde todo podía terminar en un instante, ellos habían encontrado algo eterno.
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