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Fandom: YouTube - DilaneSalvaje

Creado: 30/6/2026

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Tinta y Veneno

El aire en el departamento de Miraflores se podía cortar con un cuchillo. El aroma a incienso de sándalo que Lucia había encendido para calmar su ansiedad se mezclaba con el olor a sudor y selva que Dilane siempre traía consigo, una combinación rancia que solo servía para irritar más los nervios de la bióloga.

Dilane estaba de pie frente al espejo del pasillo, ajustándose la camiseta técnica que marcaba sus hombros entrenados. Se veía impecable, con esa barba prolija que tanto cuidaba y sus rizos oscuros perfectamente acomodados. Tenía esa chispa de arrogancia en los ojos, esa mirada de quien sabe que acaba de conquistar el mundo, o al menos, a un millón de suscriptores más.

— Fue solo una firma, Lu. No seas tan dramática —soltó Dilane, sin siquiera mirarla. Su tono era ligero, casi divertido, lo que enfurecía a Lucia aún más.

Lucia estaba sentada en el borde del sofá, apretando un cojín contra su pecho. Sus ojos verdes, usualmente dulces, estaban inyectados en sangre por la rabia contenida.

— ¿Una firma? Dilane, le firmaste la teta izquierda a una piba en plena calle —su voz tembló, no de tristeza, sino de puro odio—. ¡En el medio de la calle! Con gente filmando. ¿Tenés idea de lo humillante que es?

Dilane se giró, cruzándose de brazos. Su estatura media alta le permitía dominar el espacio, y su presencia llenaba la habitación.

— Es parte del show, mi amor. Soy "Dilane Salvaje". La gente quiere locura, quiere cosas extremas. Si una fan me pide que le firme el pecho, se lo firmo. Es marketing, algo que vos, encerrada con tus vasijas de barro y tus libros de bichos, no vas a entender nunca.

— ¡No me digas qué entiendo y qué no! —Lucia se puso de pie de un salto, ignorando el frío que siempre sentía en los pies—. Sos un egocéntrico de mierda. Te encanta que te idolatren, te encanta sentir que sos el dueño del circo. Pero te olvidás de que cuando las cámaras se apagan, volvés acá. Y acá no soy una fan, soy tu mujer. O lo que queda de eso.

Dilane soltó una carcajada seca, carente de humor.

— ¿Mi mujer? A veces pareces más mi madre, o mi peor enemiga. Siempre quejándote, siempre con miedo de que me pique un mosquito o de que me agarre malaria. ¡Vivís asustada, Lucia! Y ahora te ponés celosa por un poco de tinta en la piel de una desconocida.

— ¡No es celo, es respeto! —gritó ella, acercándose hasta quedar a pocos centímetros de él—. Pero claro, ¿qué vas a saber vos de respeto si lo único que te importa es cuántos "likes" tiene tu último video dejándote morder por una piraña? Sos un nene caprichoso que necesita atención constante.

Dilane entrecerró los ojos. Esa mirada era la que Lucia temía y buscaba al mismo tiempo; era el preludio de la guerra.

— Si soy un nene, ¿qué hacés acá todavía? —preguntó él en un susurro peligroso—. Hace cinco años que estamos en esto. Cinco años en los que me decís que te vas a ir, que extrañás Argentina, que extrañás a tu familia, que este país no es para vos. Pero acá seguís, Lucia. Atada a mí.

— Porque soy una estúpida —escupió ella, sintiendo el veneno en su propia lengua—. Porque cada vez que pienso en irme, me acuerdo de quién eras antes de que te creyeras un dios de YouTube. Pero ese Dilane ya no existe. Solo queda este... este títere de la fama que necesita que las pendejas se desnuden para sentirse vivo.

Dilane dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Podía oler su perfume, pero también esa acidez característica de sus peleas.

— Cuidá tus palabras, Lucia. No me obligues a decirte lo que realmente pienso de tu "carrera" de guía de montaña que nunca ejerce porque le tiene miedo hasta a su propia sombra. Te mantengo en una burbuja porque afuera te desarmás.

— ¡No me mantetés una mierda! —Lucia le dio un empujón en el pecho, aunque él apenas se movió—. Trabajo, hago mi cerámica, estudio. No necesito tu plata ensangrentada de videos estúpidos. Me quedo porque te amo, aunque a veces me das tanto asco que no puedo ni respirar el mismo aire.

— El sentimiento es mutuo —respondió Dilane con una frialdad que caló hondo en los huesos de Lucia—. A veces me pregunto cómo pasamos de ser la pareja que todos envidiaban a esto. Sos asfixiante. Me controlás cada movimiento, cada posteo, cada salida con los chicos.

— ¡Porque me das motivos! —exclamó ella, sintiendo las lágrimas de impotencia asomar—. ¡Le firmaste un seno, Dilane! ¿Qué sigue? ¿Vas a acostarte con una fan frente a la cámara para que el título sea "ME ACUESTO CON UNA DESCONOCIDA Y MI NOVIA REACCIONA (TERMINA MAL)"?

Dilane guardó silencio. Se quedó rígido, con la mandíbula apretada. Lucia sabía que ese era el punto de no retorno. Cuando Dilane se callaba, era porque la rabia lo estaba consumiendo por dentro.

— Andate a la mierda, Lucia —dijo finalmente, con una voz plana, sin emoción—. Si tanto te duele, la puerta está ahí. Pero los dos sabemos que no vas a cruzarla. No tenés a nadie acá. Tus amigas son las novias de mis amigos. Tu vida en Perú soy yo.

— Sos un cínico —susurró ella, sintiendo el golpe bajo. Era verdad, y le dolía más que cualquier insulto. La soledad en Lima era un monstruo que la acechaba cada vez que él se iba de expedición a la selva—. Sos un cínico y un cruel. Sabés perfectamente que me siento sola y lo usás en mi contra.

— Uso la verdad —sentenció él—. Mañana me voy a Iquitos. Voy a buscar una especie de avispa que tiene una picadura nivel cuatro. No sé si voy a volver en tres días o en una semana. Y cuando vuelva, espero que ya se te haya pasado el berrinche.

— ¿Y si no vuelvo a estar acá cuando llegues? —desafió ella, aunque su voz sonó pequeña.

Dilane se acercó a la puerta, tomó las llaves del aparador y se giró para mirarla una última vez antes de salir al pasillo del edificio.

— Siempre estás, Lucia. Ese es tu problema. Y el mío.

La puerta se cerró con un golpe seco que resonó en todo el departamento vacío. Lucia se quedó allí, de pie en el centro de la sala, rodeada de sus plantas y sus piezas de cerámica a medio terminar. Sintió ese nudo en el estómago, esa mezcla de ansiedad e hipocondría que la hacía pensar que el corazón le iba a fallar en cualquier momento.

Se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos. Lo odiaba. Odiaba su seguridad, su forma de caminar, la manera en que la miraba como si fuera una hormiga que podía aplastar si quisiera. Pero también recordaba cómo la había cuidado cuando tuvo dengue el año pasado, cómo no se movió de su lado a pesar de que él mismo decía no tenerle miedo a nada, pero sus ojos gritaban terror al verla tan débil.

Eran veneno el uno para el otro, pero se habían vuelto inmunes, o quizás, adictos a la toxicidad.

Lucia se levantó y fue hacia la habitación. Vio la maleta de Dilane a medio hacer sobre la cama. Con manos temblorosas, tomó una de sus camisetas y la olió. Olía a él. A ese hombre temerario que buscaba la muerte en cada video, pero que la buscaba a ella cada noche para dormir abrazado, como si fuera el único ancla que lo mantenía en la tierra.

— Sos un idiota, Dilane —susurró al aire, dejando caer la camiseta.

Caminó hacia el baño y se miró al espejo. Se vio pequeña, con los ojos hinchados. Odiaba sentirse así. Odiaba que él tuviera tanto poder sobre su estado de ánimo. Abrió el botiquín y buscó algo para la acidez que empezaba a quemarle el esófago. Su hipocondría siempre florecía después de las peleas; empezaba a imaginar que la presión alta le rompería una arteria o que el estrés le bajaría las defensas tanto que cualquier virus limeño la mataría.

Mientras tanto, en el ascensor, Dilane apretaba los puños. Se sentía un imbécil por haberle dicho que no tenía a nadie, pero su orgullo no le permitía volver y pedir perdón. Él era el gran Dilane Ferreira, el hombre que no le temía a las anacondas ni a las balas de los cazadores furtivos. ¿Cómo podía una mujer de un metro sesenta desestabilizarlo tanto?

La imagen de la fan firmándole el pecho le pareció estúpida ahora. En el momento, bajo la adrenalina de los gritos y las cámaras, se sintió como una estrella de rock. Pero ahora, viendo el vacío que dejaba en los ojos de Lucia, se sentía como un payaso.

Sin embargo, no iba a dar el brazo a torcer. No todavía.

Sacó su teléfono y mandó un mensaje al grupo de WhatsApp con sus amigos: "Mañana salimos temprano. Quiero el video más extremo que hayamos hecho. Nada de mariconadas".

Guardó el celular y salió a la calle, respirando el aire húmedo de la noche limeña. Sabía que cuando volviera de Iquitos, ella estaría ahí. Y también sabía que volverían a pelear, a gritarse, a decirse las cosas más horribles que dos personas que se aman pueden decirse.

Era su ciclo. Su danza macabra.

Lucia, en el departamento, apagó las luces y se metió en la cama, del lado que no era el suyo. Se acurrucó, sintiendo el frío que siempre la acompañaba cuando él no estaba. Mañana se despertaría, iría a su taller de cerámica y trataría de olvidar el nombre de la fan y la cara de suficiencia de Dilane.

Pero sabía que, en algún momento del día, entraría a YouTube para ver si él había subido alguna historia, para asegurarse de que seguía vivo, de que ningún bicho lo había matado todavía. Porque a pesar de los insultos y de la toxicidad que los asfixiaba, Lucia Ferrer no sabía cómo vivir sin el veneno de Dilane Ferreira, y él, aunque nunca lo admitiría, no sabía cómo ser salvaje si no tenía a dónde volver para ser domesticado.

La noche continuó, silenciosa y pesada, mientras en dos corazones distintos pero encadenados, el rencor y el deseo seguían librando una batalla que ninguno de los dos quería ganar.
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