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Acuerdo Mutuo
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 30/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAngustiaCelosAmbientación CanonEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
Entre el humo y el infinito
La oficina de Shoko Ieiri siempre olía a una mezcla particular de formaldehído, café cargado y el rastro persistente de cigarrillos que, aunque técnicamente prohibidos, nadie se atrevía a cuestionarle. Era su santuario de calma en medio del caos sangriento del mundo de la hechicería. Sin embargo, esa tarde, la paz habitual se veía interrumpida por la presencia vibrante y abrumadora de Satoru Gojo.
Satoru estaba sentado sobre la mesa de autopsias vacía, balanceando sus largas piernas con una energía infantil que contrastaba con su imponente altura de un metro noventa. Su cabello blanco, erizado hacia arriba como siempre que estaba en "modo profesor", parecía brillar bajo las luces fluorescentes.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo, Shoko? —preguntó él, bajándose ligeramente la venda de los ojos para dejar ver un destello de ese azul infinito que poseía—. Si a los treinta y cinco años seguimos siendo un par de solteros patéticos, nos casamos. Para mantener las apariencias, ya sabes. El "Hechicero más Fuerte" y la "Doctora Milagrosa". Suena a un trato justo con la sociedad.
Shoko exhaló una densa nube de humo, observándolo con sus ojos castaños cansados. Las ojeras bajo sus párpados parecían más profundas ese día, dándole ese aire de indiferencia crónica que tanto la caracterizaba.
—Como quieras, Satoru —respondió ella con voz monótona, ajustándose la bata blanca—. No es como si tuviera tiempo para citas entre cadáver y cadáver. Es un acuerdo práctico. Nada de sentimientos, solo conveniencia.
—¡Perfecto! —Satoru saltó de la mesa, recuperando su sonrisa juguetona—. Es una promesa.
En aquel momento, para Gojo, el pacto era una red de seguridad, una broma con un fondo de verdad que le permitía mantener a la única persona que realmente lo entendía cerca de él para siempre. Pero el destino, o quizás la naturaleza humana, tiene una forma curiosa de complicar los planes más simples.
Los meses pasaron. El invierno dio paso a una primavera húmeda y, con el cambio de estación, Satoru empezó a notar algo que antes le resultaba invisible. O quizás, simplemente lo había ignorado porque su Infinito siempre lo mantenía a una distancia prudencial de las emociones mundanas.
Kiyotaka Ijichi, el siempre nervioso y servicial asistente, empezó a frecuentar la morgue más de lo necesario. Al principio, Satoru pensó que eran simples informes, pero luego vio los detalles. Ijichi trayendo el café exactamente como a Shoko le gustaba. Ijichi quedándose tarde para ayudarla a organizar archivos. Ijichi intentando, con una torpeza casi entrañable, entablar conversaciones que no tenían nada que ver con maldiciones o misiones.
—Shoko, he traído esos pasteles de la tienda que te gusta —dijo Ijichi una tarde, entrando al laboratorio mientras Gojo estaba apoyado en el marco de la puerta, invisible gracias a su discreción cuando quería serlo.
—Gracias, Ijichi. Eres muy atento —respondió Shoko, y por un segundo, Satoru vio una pequeña, casi imperceptible sonrisa en los labios de ella.
Una punzada extraña, como una aguja de energía maldita atravesándole el pecho, molestó a Gojo. "Es solo curiosidad", se dijo a sí mismo. "Es solo que Ijichi es demasiado aburrido para ella".
Pero la "curiosidad" se transformó en una irritación constante. Cada vez que veía a Ijichi cerca de Shoko, el aire alrededor de Satoru parecía volverse más pesado. Sus bromas se volvieron más afiladas, su actitud más impaciente. Los Seis Ojos, que podían ver el flujo de la energía hasta el nivel atómico, empezaron a enfocarse obsesivamente en cómo Shoko reaccionaba ante el asistente.
La gota que colmó el vaso cayó una tarde de lluvia gris.
Satoru caminaba por el pasillo hacia la oficina de Shoko para proponerle ir a cenar, algo que hacían de vez en cuando como "ensayo" para su futuro matrimonio pactado. Se detuvo en seco al ver a través de la puerta entreabierta.
Ijichi estaba allí, despidiéndose. Shoko parecía agotada, recostada contra su escritorio. El asistente, en un arrebato de valentía que Satoru no le conocía, se inclinó y depositó un beso suave y casto en la mejilla de la mujer.
—Descanse, Ieiri-san —susurró Ijichi, sonrojado hasta las orejas.
Shoko no lo apartó. Simplemente asintió, cerrando los ojos un momento.
En ese instante, el mundo de Satoru Gojo estalló. No hubo una explosión de energía azul o roja, sino algo mucho más devastador: la comprensión absoluta. El acuerdo de los treinta y cinco años no era una broma. No era una formalidad social. Era el miedo cobarde de un hombre que lo tenía todo, excepto el valor de decir que la amaba.
Satoru esperó a que Ijichi se marchara por el pasillo opuesto. No lo detuvo; el pobre hombre no tenía la culpa de su propia epifanía. Cuando el silencio volvió a reinar, Gojo entró en la habitación. No entró con su habitual paso saltarín. Entró como una tormenta silenciosa.
Shoko levantó la vista, sorprendida por la intensidad que emanaba de él incluso con la venda puesta.
—Satoru, si vienes por los informes de la misión de ayer, todavía no...
—Al diablo el acuerdo, Shoko —la interrumpió él, su voz era inusualmente baja y carente de humor.
Shoko dejó el cigarrillo a medio encender en el cenicero. Se puso de pie, cruzando los brazos sobre su bata.
—¿De qué estás hablando? ¿Te has golpeado la cabeza con una cortina?
Satoru caminó hacia ella, acortando la distancia en dos zancadas largas. Su altura la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Hablo de que no voy a esperar a tener treinta y cinco años —dijo él, y con un movimiento rápido, se quitó la venda, dejando que sus ojos azules, feroces y hambrientos, se clavaran en los de ella—. No quiero que Ijichi te traiga café. No quiero que nadie te bese la mejilla. No quiero un contrato de conveniencia para "encajar".
Shoko parpadeó, su máscara de indiferencia empezando a agrietarse.
—Satoru, tú...
—Estoy celoso, Shoko. Estoy jodidamente celoso y me acabo de dar cuenta de que soy un idiota por intentar ponerle una fecha de caducidad a algo que quiero ahora mismo.
—¿Y qué es lo que quieres exactamente? —preguntó ella, desafiante, aunque su pulso se aceleraba de una manera que su propia técnica de inversión no podía calmar.
—Te quiero a ti. Sin condiciones. Sin esperas.
Satoru no esperó una respuesta verbal. La tomó por la cintura con una mano y con la otra acunó su rostro, sus dedos hundiéndose en su cabello castaño. La besó con una fuerza que la dejó sin aliento. No fue el beso tierno de un amigo, ni el gesto tímido de un asistente. Fue un beso posesivo, agresivo, una reclamación de territorio después de años de negación. Era la manifestación de todo el poder de Gojo Satoru concentrado en un solo punto de contacto.
Shoko se tensó por un microsegundo, pero luego, sus manos subieron por el abrigo negro de Satoru, aferrándose a sus hombros. Ella respondió con la misma intensidad, devolviendo el beso con un hambre que había estado ocultando bajo capas de cinismo y cansancio. Se separaron apenas unos milímetros, jadeando, sus frentes unidas.
—El acuerdo queda cancelado —susurró Shoko contra sus labios, su voz todavía temblorosa pero firme.
—Completamente cancelado —respondió Satoru, antes de volver a reclamar su boca, sabiendo que el Infinito ya no era una barrera entre ellos, sino el espacio que finalmente habían decidido cerrar.
Satoru estaba sentado sobre la mesa de autopsias vacía, balanceando sus largas piernas con una energía infantil que contrastaba con su imponente altura de un metro noventa. Su cabello blanco, erizado hacia arriba como siempre que estaba en "modo profesor", parecía brillar bajo las luces fluorescentes.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo, Shoko? —preguntó él, bajándose ligeramente la venda de los ojos para dejar ver un destello de ese azul infinito que poseía—. Si a los treinta y cinco años seguimos siendo un par de solteros patéticos, nos casamos. Para mantener las apariencias, ya sabes. El "Hechicero más Fuerte" y la "Doctora Milagrosa". Suena a un trato justo con la sociedad.
Shoko exhaló una densa nube de humo, observándolo con sus ojos castaños cansados. Las ojeras bajo sus párpados parecían más profundas ese día, dándole ese aire de indiferencia crónica que tanto la caracterizaba.
—Como quieras, Satoru —respondió ella con voz monótona, ajustándose la bata blanca—. No es como si tuviera tiempo para citas entre cadáver y cadáver. Es un acuerdo práctico. Nada de sentimientos, solo conveniencia.
—¡Perfecto! —Satoru saltó de la mesa, recuperando su sonrisa juguetona—. Es una promesa.
En aquel momento, para Gojo, el pacto era una red de seguridad, una broma con un fondo de verdad que le permitía mantener a la única persona que realmente lo entendía cerca de él para siempre. Pero el destino, o quizás la naturaleza humana, tiene una forma curiosa de complicar los planes más simples.
Los meses pasaron. El invierno dio paso a una primavera húmeda y, con el cambio de estación, Satoru empezó a notar algo que antes le resultaba invisible. O quizás, simplemente lo había ignorado porque su Infinito siempre lo mantenía a una distancia prudencial de las emociones mundanas.
Kiyotaka Ijichi, el siempre nervioso y servicial asistente, empezó a frecuentar la morgue más de lo necesario. Al principio, Satoru pensó que eran simples informes, pero luego vio los detalles. Ijichi trayendo el café exactamente como a Shoko le gustaba. Ijichi quedándose tarde para ayudarla a organizar archivos. Ijichi intentando, con una torpeza casi entrañable, entablar conversaciones que no tenían nada que ver con maldiciones o misiones.
—Shoko, he traído esos pasteles de la tienda que te gusta —dijo Ijichi una tarde, entrando al laboratorio mientras Gojo estaba apoyado en el marco de la puerta, invisible gracias a su discreción cuando quería serlo.
—Gracias, Ijichi. Eres muy atento —respondió Shoko, y por un segundo, Satoru vio una pequeña, casi imperceptible sonrisa en los labios de ella.
Una punzada extraña, como una aguja de energía maldita atravesándole el pecho, molestó a Gojo. "Es solo curiosidad", se dijo a sí mismo. "Es solo que Ijichi es demasiado aburrido para ella".
Pero la "curiosidad" se transformó en una irritación constante. Cada vez que veía a Ijichi cerca de Shoko, el aire alrededor de Satoru parecía volverse más pesado. Sus bromas se volvieron más afiladas, su actitud más impaciente. Los Seis Ojos, que podían ver el flujo de la energía hasta el nivel atómico, empezaron a enfocarse obsesivamente en cómo Shoko reaccionaba ante el asistente.
La gota que colmó el vaso cayó una tarde de lluvia gris.
Satoru caminaba por el pasillo hacia la oficina de Shoko para proponerle ir a cenar, algo que hacían de vez en cuando como "ensayo" para su futuro matrimonio pactado. Se detuvo en seco al ver a través de la puerta entreabierta.
Ijichi estaba allí, despidiéndose. Shoko parecía agotada, recostada contra su escritorio. El asistente, en un arrebato de valentía que Satoru no le conocía, se inclinó y depositó un beso suave y casto en la mejilla de la mujer.
—Descanse, Ieiri-san —susurró Ijichi, sonrojado hasta las orejas.
Shoko no lo apartó. Simplemente asintió, cerrando los ojos un momento.
En ese instante, el mundo de Satoru Gojo estalló. No hubo una explosión de energía azul o roja, sino algo mucho más devastador: la comprensión absoluta. El acuerdo de los treinta y cinco años no era una broma. No era una formalidad social. Era el miedo cobarde de un hombre que lo tenía todo, excepto el valor de decir que la amaba.
Satoru esperó a que Ijichi se marchara por el pasillo opuesto. No lo detuvo; el pobre hombre no tenía la culpa de su propia epifanía. Cuando el silencio volvió a reinar, Gojo entró en la habitación. No entró con su habitual paso saltarín. Entró como una tormenta silenciosa.
Shoko levantó la vista, sorprendida por la intensidad que emanaba de él incluso con la venda puesta.
—Satoru, si vienes por los informes de la misión de ayer, todavía no...
—Al diablo el acuerdo, Shoko —la interrumpió él, su voz era inusualmente baja y carente de humor.
Shoko dejó el cigarrillo a medio encender en el cenicero. Se puso de pie, cruzando los brazos sobre su bata.
—¿De qué estás hablando? ¿Te has golpeado la cabeza con una cortina?
Satoru caminó hacia ella, acortando la distancia en dos zancadas largas. Su altura la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Hablo de que no voy a esperar a tener treinta y cinco años —dijo él, y con un movimiento rápido, se quitó la venda, dejando que sus ojos azules, feroces y hambrientos, se clavaran en los de ella—. No quiero que Ijichi te traiga café. No quiero que nadie te bese la mejilla. No quiero un contrato de conveniencia para "encajar".
Shoko parpadeó, su máscara de indiferencia empezando a agrietarse.
—Satoru, tú...
—Estoy celoso, Shoko. Estoy jodidamente celoso y me acabo de dar cuenta de que soy un idiota por intentar ponerle una fecha de caducidad a algo que quiero ahora mismo.
—¿Y qué es lo que quieres exactamente? —preguntó ella, desafiante, aunque su pulso se aceleraba de una manera que su propia técnica de inversión no podía calmar.
—Te quiero a ti. Sin condiciones. Sin esperas.
Satoru no esperó una respuesta verbal. La tomó por la cintura con una mano y con la otra acunó su rostro, sus dedos hundiéndose en su cabello castaño. La besó con una fuerza que la dejó sin aliento. No fue el beso tierno de un amigo, ni el gesto tímido de un asistente. Fue un beso posesivo, agresivo, una reclamación de territorio después de años de negación. Era la manifestación de todo el poder de Gojo Satoru concentrado en un solo punto de contacto.
Shoko se tensó por un microsegundo, pero luego, sus manos subieron por el abrigo negro de Satoru, aferrándose a sus hombros. Ella respondió con la misma intensidad, devolviendo el beso con un hambre que había estado ocultando bajo capas de cinismo y cansancio. Se separaron apenas unos milímetros, jadeando, sus frentes unidas.
—El acuerdo queda cancelado —susurró Shoko contra sus labios, su voz todavía temblorosa pero firme.
—Completamente cancelado —respondió Satoru, antes de volver a reclamar su boca, sabiendo que el Infinito ya no era una barrera entre ellos, sino el espacio que finalmente habían decidido cerrar.
