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Más te vale no morir
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 30/6/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeEscena FaltanteAmbientación CanonTragediaRomance
El Eco de lo que Nunca Dijimos
El aire en la azotea del colegio técnico de hechicería de Tokio era inusualmente frío para esa época del año, o quizás era simplemente el vacío que dejaba la inminente batalla lo que helaba los huesos. Satoru Gojo estaba allí, sentado en el borde del edificio, con las piernas colgando hacia el abismo. No llevaba su característica venda, ni sus gafas oscuras. Sus ojos, esos Seis Ojos que contenían la inmensidad del cielo y el infinito, estaban cerrados. Parecía, por un breve y engañoso momento, un hombre común buscando un respiro antes de una tormenta.
A unos pasos de él, apoyada contra la barandilla de metal, Shoko Ieiri exhaló una larga nube de humo. El cigarrillo entre sus dedos era una constante, una pequeña brasa de normalidad en un mundo que se caía a pedazos. Sus ojeras eran más profundas que de costumbre, sombras violáceas que contaban la historia de noches interminables entre cadáveres y rituales de curación.
—Deberías estar durmiendo, Satoru —dijo ella, su voz arrastrada por el viento—. Mañana es el día en que decides el destino del mundo. No es el mejor momento para una crisis existencial bajo las estrellas.
Gojo soltó una risa suave, una que no llegó a sus ojos cuando finalmente los abrió. Se giró un poco para mirarla, y el azul de su mirada brilló con una intensidad que hizo que a Shoko se le apretara el pecho.
—¿Crisis existencial? Yo no tengo de esas, Shoko. Soy el más fuerte, ¿recuerdas? —Se pasó una mano por el cabello blanco, que caía rebelde sobre su frente al no estar sujeto por la venda—. Solo estaba pensando en lo silencioso que está todo. Es raro.
Shoko se acercó, sus tacones color crema resonando contra el cemento. Se detuvo a su lado, dejando que el silencio se instalara entre ellos. Era un silencio denso, cargado de los nombres de aquellos que ya no estaban. Suguru Geto era el fantasma más presente, una herida que nunca terminó de cerrar y que ahora, con Sukuna habitando el cuerpo de Megumi Fushiguro, supuraba más que nunca.
—Estamos solos, ¿verdad? —murmuró Shoko, casi para sí misma.
—Quedamos nosotros dos —corrigió Satoru, suavizando su tono—. Y los chicos. Ellos son el futuro, Shoko. Por eso tengo que hacer esto. Sukuna no es solo una maldición; es un error que debió borrarse hace mil años. Y ha tomado a Megumi... no voy a perdonárselo.
Shoko bajó la mirada hacia su cigarrillo. La indiferencia que solía ser su armadura se sentía delgada esa noche. Había pasado años manteniendo a raya sus emociones, siendo la doctora fría que remendaba cuerpos destrozados, pero Satoru siempre había sido la excepción. Verlo allí, tan humano a pesar de su divinidad, le recordaba todo lo que habían perdido.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella de repente.
Satoru se quedó callado. Observó sus propias manos, las manos que podían pulverizar montañas o proteger lo más frágil con la misma facilidad.
—No tengo miedo de perder, Shoko. Tengo miedo de lo que pase si gano y no queda nada por lo que valga la pena volver.
La confesión golpeó a Shoko con más fuerza que cualquier técnica ritual. Se sentó a su lado, rompiendo la distancia de seguridad que siempre mantenían. Sus hombros se rozaron. Satoru no activó el Infinito. Permitió que el contacto físico existiera, una rareza absoluta en su vida de aislamiento sensorial.
—Siempre fuiste un idiota egocéntrico —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras, solo una nostalgia dolorosa—. Desde los diecisiete años, siempre creyendo que el mundo descansaba solo en tus hombros. Pero aquí sigo yo. Aquí siguen tus alumnos. No estás solo en el vacío, Satoru.
Gojo giró la cabeza hacia ella. A esta distancia, podía ver el pequeño lunar bajo su ojo derecho, las cejas pobladas que le daban ese aire de cansancio eterno y la suavidad de su perfil castaño. Shoko siempre había sido la constante. Mientras el mundo cambiaba, mientras Suguru se perdía en la oscuridad y él ascendía a la soledad del poder absoluto, Shoko Ieiri siempre estaba en la morgue, con un cigarrillo y una mirada cínica, esperándolo.
—Shoko... —susurró él.
—Dime.
—A veces me pregunto qué habría pasado si hubiéramos sido diferentes. Si no hubiéramos sido hechiceros. Si simplemente hubiéramos sido dos personas normales en una universidad cualquiera, quejándonos de los exámenes y no de cuántas personas murieron hoy.
Shoko dejó escapar una risa seca, pero sus ojos estaban húmedos.
—Probablemente me habrías resultado igual de insoportable, Satoru. Pero quizás... quizás habríamos tenido tiempo.
—Tiempo —repitió él, saboreando la palabra como si fuera un lujo prohibido—. Nunca tuvimos suficiente de eso, ¿verdad?
La atmósfera cambió. La tensión del mañana se disolvió en la vulnerabilidad del ahora. Satoru se inclinó un poco más hacia ella, y Shoko no retrocedió. La distancia entre sus rostros se redujo a centímetros. Podía oler el tabaco en su aliento y el aroma limpio, casi etéreo, que siempre desprendía la energía maldita de Gojo.
Era una atracción gravitacional, un colapso del espacio que él controlaba tan bien, pero que en ese momento lo controlaba a él. Shoko cerró los ojos, sintiendo el calor que emanaba de Satoru. Sus labios estaban a punto de rozarse, una promesa de algo que habían enterrado bajo capas de deber y tragedia durante más de una década. El arrepentimiento de no haberlo intentado antes, de no haber tenido el valor de ser algo más que "compañeros de clase", pesaba más que la inminente batalla.
Justo cuando el aliento de uno se mezclaba con el del otro, un sonido estridente y sintético rompió el encanto.
El celular de Gojo, guardado en el bolsillo de su abrigo negro, comenzó a vibrar y a sonar con una urgencia metálica.
Ambos se tensaron. Satoru se detuvo a milímetros de su boca, sus ojos azules fijos en los de ella, llenos de una mezcla de frustración y realidad. El momento se había roto, cristalizado en el aire frío de la azotea.
Satoru sacó el teléfono con un suspiro pesado. Vio la pantalla. Era una señal codificada. El plan B. Los preparativos finales para los estudiantes, las contingencias en caso de que él, el hechicero más fuerte de la era moderna, cayera en combate.
—Es hora —dijo él, su voz recuperando esa firmeza juguetona pero letal que usaba como máscara.
Se puso de pie en un movimiento fluido, estirando su cuerpo de 190 centímetros. Se ajustó el cuello alto de su abrigo y, por un momento, volvió a ser el muro infranqueable de la humanidad. Pero antes de ponerse la venda, miró a Shoko una última vez. Ella seguía sentada, observándolo desde abajo, con una expresión que era una mezcla de resignación y una esperanza ferozmente guardada.
Satoru comenzó a caminar hacia la puerta de la azotea, su paso ligero, casi flotando.
—¡Satoru! —llamó ella.
Él se detuvo, pero no se giró del todo. Solo ladeó la cabeza, permitiendo que la luz de la luna bañara su perfil.
Shoko se levantó, apretando los puños a los costados de su bata blanca. Sus ojos castaños brillaron con una intensidad que rara vez mostraba.
—Más te vale no morir —dijo ella, su voz firme pero quebrada en los bordes—. No me dejes sola con todos estos cadáveres. No te atrevas a convertirte en uno de ellos.
Gojo guardó silencio por un segundo. Luego, levantó una mano en un gesto casual, el mismo que usaba para saludar a sus alumnos cada mañana en clase.
—Soy Satoru Gojo, Shoko —respondió con una sonrisa que, por primera vez en toda la noche, parecía genuina—. Ganaré.
Cruzó el umbral y la puerta se cerró tras él con un eco sordo.
Shoko se quedó sola en la terraza. Sacó otro cigarrillo, pero sus manos temblaban tanto que le costó encenderlo. Miró hacia el horizonte, donde la ciudad de Tokio dormía ajena a la masacre que se avecinaba.
—Mentiroso —susurró al viento—. Siempre has sido un mentiroso terrible cuando se trata de ti mismo.
Inhaló el humo, sintiendo el vacío en el lugar donde Satoru había estado sentado momentos antes. El sabor de lo que casi fue permanecía en sus labios, amargo y dulce a la vez. Sabía que, pasara lo que pasara al amanecer, nada volvería a ser igual. La distancia que habían intentado cerrar esa noche se convertiría en un abismo o en un nuevo comienzo, pero por ahora, solo quedaba la espera y el frío metálico de una guerra que no perdonaba a los dioses, y mucho menos a los hombres que jugaban a serlo.
—Vuelve —murmuró, cerrando los ojos—. Solo vuelve.
Pero el único sonido que le respondió fue el rugido lejano de la ciudad y el latido de su propio corazón, marcando la cuenta atrás hacia el fin de una era.
A unos pasos de él, apoyada contra la barandilla de metal, Shoko Ieiri exhaló una larga nube de humo. El cigarrillo entre sus dedos era una constante, una pequeña brasa de normalidad en un mundo que se caía a pedazos. Sus ojeras eran más profundas que de costumbre, sombras violáceas que contaban la historia de noches interminables entre cadáveres y rituales de curación.
—Deberías estar durmiendo, Satoru —dijo ella, su voz arrastrada por el viento—. Mañana es el día en que decides el destino del mundo. No es el mejor momento para una crisis existencial bajo las estrellas.
Gojo soltó una risa suave, una que no llegó a sus ojos cuando finalmente los abrió. Se giró un poco para mirarla, y el azul de su mirada brilló con una intensidad que hizo que a Shoko se le apretara el pecho.
—¿Crisis existencial? Yo no tengo de esas, Shoko. Soy el más fuerte, ¿recuerdas? —Se pasó una mano por el cabello blanco, que caía rebelde sobre su frente al no estar sujeto por la venda—. Solo estaba pensando en lo silencioso que está todo. Es raro.
Shoko se acercó, sus tacones color crema resonando contra el cemento. Se detuvo a su lado, dejando que el silencio se instalara entre ellos. Era un silencio denso, cargado de los nombres de aquellos que ya no estaban. Suguru Geto era el fantasma más presente, una herida que nunca terminó de cerrar y que ahora, con Sukuna habitando el cuerpo de Megumi Fushiguro, supuraba más que nunca.
—Estamos solos, ¿verdad? —murmuró Shoko, casi para sí misma.
—Quedamos nosotros dos —corrigió Satoru, suavizando su tono—. Y los chicos. Ellos son el futuro, Shoko. Por eso tengo que hacer esto. Sukuna no es solo una maldición; es un error que debió borrarse hace mil años. Y ha tomado a Megumi... no voy a perdonárselo.
Shoko bajó la mirada hacia su cigarrillo. La indiferencia que solía ser su armadura se sentía delgada esa noche. Había pasado años manteniendo a raya sus emociones, siendo la doctora fría que remendaba cuerpos destrozados, pero Satoru siempre había sido la excepción. Verlo allí, tan humano a pesar de su divinidad, le recordaba todo lo que habían perdido.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella de repente.
Satoru se quedó callado. Observó sus propias manos, las manos que podían pulverizar montañas o proteger lo más frágil con la misma facilidad.
—No tengo miedo de perder, Shoko. Tengo miedo de lo que pase si gano y no queda nada por lo que valga la pena volver.
La confesión golpeó a Shoko con más fuerza que cualquier técnica ritual. Se sentó a su lado, rompiendo la distancia de seguridad que siempre mantenían. Sus hombros se rozaron. Satoru no activó el Infinito. Permitió que el contacto físico existiera, una rareza absoluta en su vida de aislamiento sensorial.
—Siempre fuiste un idiota egocéntrico —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras, solo una nostalgia dolorosa—. Desde los diecisiete años, siempre creyendo que el mundo descansaba solo en tus hombros. Pero aquí sigo yo. Aquí siguen tus alumnos. No estás solo en el vacío, Satoru.
Gojo giró la cabeza hacia ella. A esta distancia, podía ver el pequeño lunar bajo su ojo derecho, las cejas pobladas que le daban ese aire de cansancio eterno y la suavidad de su perfil castaño. Shoko siempre había sido la constante. Mientras el mundo cambiaba, mientras Suguru se perdía en la oscuridad y él ascendía a la soledad del poder absoluto, Shoko Ieiri siempre estaba en la morgue, con un cigarrillo y una mirada cínica, esperándolo.
—Shoko... —susurró él.
—Dime.
—A veces me pregunto qué habría pasado si hubiéramos sido diferentes. Si no hubiéramos sido hechiceros. Si simplemente hubiéramos sido dos personas normales en una universidad cualquiera, quejándonos de los exámenes y no de cuántas personas murieron hoy.
Shoko dejó escapar una risa seca, pero sus ojos estaban húmedos.
—Probablemente me habrías resultado igual de insoportable, Satoru. Pero quizás... quizás habríamos tenido tiempo.
—Tiempo —repitió él, saboreando la palabra como si fuera un lujo prohibido—. Nunca tuvimos suficiente de eso, ¿verdad?
La atmósfera cambió. La tensión del mañana se disolvió en la vulnerabilidad del ahora. Satoru se inclinó un poco más hacia ella, y Shoko no retrocedió. La distancia entre sus rostros se redujo a centímetros. Podía oler el tabaco en su aliento y el aroma limpio, casi etéreo, que siempre desprendía la energía maldita de Gojo.
Era una atracción gravitacional, un colapso del espacio que él controlaba tan bien, pero que en ese momento lo controlaba a él. Shoko cerró los ojos, sintiendo el calor que emanaba de Satoru. Sus labios estaban a punto de rozarse, una promesa de algo que habían enterrado bajo capas de deber y tragedia durante más de una década. El arrepentimiento de no haberlo intentado antes, de no haber tenido el valor de ser algo más que "compañeros de clase", pesaba más que la inminente batalla.
Justo cuando el aliento de uno se mezclaba con el del otro, un sonido estridente y sintético rompió el encanto.
El celular de Gojo, guardado en el bolsillo de su abrigo negro, comenzó a vibrar y a sonar con una urgencia metálica.
Ambos se tensaron. Satoru se detuvo a milímetros de su boca, sus ojos azules fijos en los de ella, llenos de una mezcla de frustración y realidad. El momento se había roto, cristalizado en el aire frío de la azotea.
Satoru sacó el teléfono con un suspiro pesado. Vio la pantalla. Era una señal codificada. El plan B. Los preparativos finales para los estudiantes, las contingencias en caso de que él, el hechicero más fuerte de la era moderna, cayera en combate.
—Es hora —dijo él, su voz recuperando esa firmeza juguetona pero letal que usaba como máscara.
Se puso de pie en un movimiento fluido, estirando su cuerpo de 190 centímetros. Se ajustó el cuello alto de su abrigo y, por un momento, volvió a ser el muro infranqueable de la humanidad. Pero antes de ponerse la venda, miró a Shoko una última vez. Ella seguía sentada, observándolo desde abajo, con una expresión que era una mezcla de resignación y una esperanza ferozmente guardada.
Satoru comenzó a caminar hacia la puerta de la azotea, su paso ligero, casi flotando.
—¡Satoru! —llamó ella.
Él se detuvo, pero no se giró del todo. Solo ladeó la cabeza, permitiendo que la luz de la luna bañara su perfil.
Shoko se levantó, apretando los puños a los costados de su bata blanca. Sus ojos castaños brillaron con una intensidad que rara vez mostraba.
—Más te vale no morir —dijo ella, su voz firme pero quebrada en los bordes—. No me dejes sola con todos estos cadáveres. No te atrevas a convertirte en uno de ellos.
Gojo guardó silencio por un segundo. Luego, levantó una mano en un gesto casual, el mismo que usaba para saludar a sus alumnos cada mañana en clase.
—Soy Satoru Gojo, Shoko —respondió con una sonrisa que, por primera vez en toda la noche, parecía genuina—. Ganaré.
Cruzó el umbral y la puerta se cerró tras él con un eco sordo.
Shoko se quedó sola en la terraza. Sacó otro cigarrillo, pero sus manos temblaban tanto que le costó encenderlo. Miró hacia el horizonte, donde la ciudad de Tokio dormía ajena a la masacre que se avecinaba.
—Mentiroso —susurró al viento—. Siempre has sido un mentiroso terrible cuando se trata de ti mismo.
Inhaló el humo, sintiendo el vacío en el lugar donde Satoru había estado sentado momentos antes. El sabor de lo que casi fue permanecía en sus labios, amargo y dulce a la vez. Sabía que, pasara lo que pasara al amanecer, nada volvería a ser igual. La distancia que habían intentado cerrar esa noche se convertiría en un abismo o en un nuevo comienzo, pero por ahora, solo quedaba la espera y el frío metálico de una guerra que no perdonaba a los dioses, y mucho menos a los hombres que jugaban a serlo.
—Vuelve —murmuró, cerrando los ojos—. Solo vuelve.
Pero el único sonido que le respondió fue el rugido lejano de la ciudad y el latido de su propio corazón, marcando la cuenta atrás hacia el fin de una era.
