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Entre balas y besos

Fandom: Mentes criminales

Creado: 30/6/2026

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El peso de la evidencia

La sala de observación de la Unidad de Análisis de Conducta estaba sumida en un silencio sepulcral, solo roto por el zumbido casi imperceptible del aire acondicionado. Spencer Reid se encontraba de pie, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos habían adquirido un tono blanquecino. Sus ojos, grandes y cargados de una inteligencia que a menudo le resultaba una carga, estaban fijos en el cristal unidireccional.

Al otro lado, sentada con una elegancia que ni siquiera las esposas podían arrebatarle, estaba Cora Whittemore.

Cora era un estallido de color en el mundo sepia de Spencer. Con su cabello negro cayendo como una cascada de seda sobre sus hombros y esos ojos azules que parecían contener el océano, era la definición misma de la belleza editorial. Pero Reid la conocía más allá de las pasarelas. Conocía el calor de su risa, la forma en que ella respetaba su necesidad de espacio personal —aunque siempre encontraba la manera de rozar su mano con dulzura— y la ferocidad con la que lo protegía del mundo exterior.

—Spencer, deberías salir de aquí —dijo Derek Morgan, colocando una mano cautelosa cerca del hombro de su amigo, pero sin llegar a tocarlo, respetando sus límites—. No es bueno que veas esto.

—Puedo ser objetivo, Morgan —respondió Reid, aunque su voz tembló ligeramente. Sus dedos se movieron con nerviosismo, un tic que delataba su ansiedad—. El perfil no encaja del todo con ella. Cora es impulsiva, sí, pero el asesinato de Elena Vance fue... quirúrgico.

—Un tacón de aguja atravesando el globo ocular hasta llegar al lóbulo frontal —intervino Rossi, entrando en la sala con un expediente bajo el brazo—. No es solo quirúrgico, es personal. Y sabemos que Cora tuvo un altercado físico con la víctima hace tres meses.

Reid tragó saliva. Recordaba ese día. Cora había llegado a casa con los nudillos rojos y una sonrisa triunfante. Elena Vance se había burlado de la "extraña e infantil" obsesión de Spencer con las estadísticas durante una gala benéfica. Cora no había tolerado que insultaran la mente que ella tanto amaba.

En la sala de interrogatorios, David Rossi entró para tomar el relevo. Cora levantó la vista, sus labios pintados de un rojo carmesí se curvaron en una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—¿Otro más? —preguntó Cora. Su voz era melosa, una mezcla de sensualidad y desafío—. Espero que este sea más entretenido que el anterior. El agente Hotchner es un poco... rígido para mi gusto.

Rossi se sentó frente a ella, dejando las fotos de la escena del crimen sobre la mesa de metal.

—Hablemos de Elena, Cora. Todo el mundo en la agencia sabía que se odiaban.

Cora soltó una risa seca, un sonido que resonó en las paredes frías.

—Odiar requiere mucha energía, agente. Yo simplemente la encontraba... innecesaria. Era una mujer que usaba su boca para destruir lo que no podía entender.

—Como a Spencer —dijo Rossi, observando su reacción.

La expresión de Cora se endureció instantáneamente. La calidez desapareció de sus ojos azules, dejando solo un hielo cortante.

—Spencer es diez veces el hombre que cualquier persona en esa agencia llegará a ser. Elena lo llamó "fenómeno". Yo solo le recordé que los fenómenos son piezas únicas, mientras que las modelos mediocres como ella son reemplazables.

—La golpeaste frente a veinte testigos —continuó Rossi—. Y anoche, Elena fue encontrada en el camerino principal. Un tacón de doce centímetros, de tu propia marca de diseñador, fue el arma.

Cora se inclinó hacia adelante. A pesar de estar esposada, su presencia dominaba la habitación. Era una mujer acostumbrada a ser el centro de atención, a convencer a la cámara de que ella era lo único que importaba.

—Míreme, agente —dijo ella en un susurro cargado de veneno—. Si yo hubiera querido matar a Elena Vance, no habría usado un zapato. Es demasiado cliché, ¿no cree? Una modelo matando con un tacón... es aburrido. Carece de imaginación.

Rossi arqueó una ceja.

—¿Me está diciendo que es inocente porque el crimen no fue lo suficientemente creativo?

—Le estoy diciendo que si yo hubiera decidido acabar con ella, habría sido mucho más original —afirmó Cora con una seguridad escalofriante—. No dejaría un rastro de pan rallado que llevara directamente a mi puerta. Soy muchas cosas, pero no soy descuidada. Y mucho menos vulgar.

Detrás del cristal, Reid sintió un escalofrío. Conocía ese tono. Era el lado vengativo de Cora, el que ella solía ocultar tras besos suaves y lecturas compartidas frente a la chimenea. Ella era una mujer de extremos.

—Hotch —dijo Reid, girándose hacia el jefe de la unidad que acababa de entrar—. El análisis de la trayectoria del golpe indica que el agresor tenía que medir al menos un metro ochenta para ejercer esa presión descendente. Cora mide uno setenta y cinco. Con tacones llega al metro ochenta y dos, pero las marcas de pisadas en la sangre alrededor del cuerpo son de zapatos planos, talla cuarenta y dos de hombre.

Hotchner miró a Reid, evaluando la objetividad de su subordinado.

—¿Estás diciendo que la incriminaron?

—Cora es una experta en imagen —explicó Reid rápidamente, las palabras saliendo de su boca a una velocidad asombrosa—. Ella sabe que un asesinato así destruiría su carrera, pero también sabe que es el tipo de crimen que alguien esperaría de una "modelo despechada". Es una narrativa demasiado perfecta. Alguien está usando su historial de agresividad contra ella.

Hotchner asintió levemente y salió de la sala de observación para entrar en el interrogatorio. Al ver a Hotch, Cora suspiró y se recostó en la silla.

—¿Puedo ver a Spencer? —preguntó ella, cambiando su tono a uno mucho más vulnerable.

—Sabe que no puede, señorita Whittemore —respondió Hotchner—. Él es parte de la investigación.

—Él es lo único que me mantiene cuerda en este lugar lleno de gente que no sabe combinar una corbata —replicó ella, recuperando parte de su mordacidad—. Sé que él está ahí detrás. Puedo sentir su mirada. Spencer no mira como los demás; él analiza, él busca la verdad.

Cora miró directamente al cristal, como si pudiera ver a Reid a los ojos.

—Spencer, cariño —dijo en voz alta—, recuerda lo que te dije sobre el color rojo. No siempre es pasión. A veces es solo una distracción.

Reid se pegó al cristal. El color rojo. Cora le había dicho una vez que en las pasarelas, a veces usaban un accesorio rojo brillante para distraer al público de una costura mal hecha o de un error en la tela.

—El zapato —susurró Reid—. El zapato es el accesorio rojo.

Salió corriendo de la sala de observación hacia el laboratorio técnico donde García estaba analizando las grabaciones de seguridad de la agencia.

—¡García! —exclamó Reid al entrar—. Necesito que busques a alguien que no encaje, alguien que esté "mal cosido" en la escena. No busques a alguien que odie a Elena. Busca a alguien que envidie a Cora.

—¡Hola a ti también, mi genio favorito! —dijo García, sus dedos volando sobre el teclado—. A ver... buscando envidia en el mundo de la moda... eso es como buscar arena en el desierto, Reid. Pero espera...

García filtró las imágenes del acceso trasero de la agencia. Diez minutos después del asesinato, una figura alta, vestida con un abrigo largo, salía por la puerta de servicio. Al pasar bajo una farola, el rostro se iluminó brevemente.

—Es Marcus Thorne —dijo Reid—. El fotógrafo principal. Cora rechazó su última propuesta de una sesión privada hace un mes. Ella me dijo que él era "un depredador que no aceptaba un no por respuesta".

—Y Marcus mide un metro noventa —añadió García, comprobando su ficha técnica—. Y calza un cuarenta y dos. ¡Bingo!

Mientras tanto, en la sala de interrogatorios, la tensión era palpable. Rossi estaba intentando que Cora admitiera su paradero a la hora del crimen, pero ella se mantenía firme, jugando con un mechón de su pelo negro.

—Ya se lo dije. Estaba en casa, leyendo —dijo Cora con una sonrisa lánguida—. Spencer me recomendó un libro sobre la anatomía del cerebro. Irónico, ¿verdad? Me pareció fascinante lo frágil que es el ojo humano.

—Es una coincidencia muy conveniente —comentó Rossi.

—La vida está llena de coincidencias, agente. Como el hecho de que Marcus Thorne tenga una colección de zapatos de todas sus musas en su estudio —soltó ella como quien no quiere la cosa.

Rossi y Hotchner se intercambiaron una mirada.

—¿Por qué no mencionó eso antes? —preguntó Hotchner seriamente.

—Porque quería ver si eran tan listos como Spencer —respondió Cora, inclinando la cabeza—. Y porque quería que sufriera un poco. Marcus intentó tocarme, y nadie me toca sin mi consentimiento. Nadie excepto Spencer.

La puerta se abrió y Reid entró. No debería estar allí, pero nadie lo detuvo. Se detuvo a un metro de la mesa, manteniendo la distancia que siempre necesitaba, pero sus ojos estaban fijos en Cora con una mezcla de alivio y tristeza.

—Lo tenemos, Cora —dijo Reid suavemente—. Encontramos la sangre de Elena en el estudio de Marcus. Él tenía el par de zapatos que faltaba en tu colección.

Cora se relajó visiblemente. Sus hombros bajaron y la máscara de modelo fría se desmoronó por un momento.

—Sabía que lo harías, Spencer —susurró ella.

Hotchner hizo una señal y Rossi desabrochó las esposas de Cora. Ella se puso de pie lentamente, frotándose las muñecas. Caminó hacia Reid. Él se tensó ligeramente, como siempre hacía ante el contacto físico inminente, pero cuando ella tomó sus manos entre las suyas, él no se apartó.

—Lamento que tuvieras que ver esto —dijo ella, su voz ahora dulce y cariñosa, la Cora que solo él conocía—. Pero esa mujer... ella te llamó cosas horribles. No me arrepiento de haberla golpeado aquella vez.

—Cora, la violencia no es la respuesta a la ignorancia —dijo Reid, aunque no había reproche en su tono, solo una resignación cariñosa.

—Para ti no —dijo ella, acercándose a su oído, su aliento cálido contra su piel—. Pero para mí, protegerte es lo único que importa. Aunque sea de forma... poco ortodoxa.

Ella se separó y miró a los demás agentes con una confianza renovada.

—Supongo que ya no estoy bajo arresto. Agente Hotchner, debería revisar el contrato de Marcus con la agencia. Estoy segura de que encontrarán más de un "accesorio rojo" en su historial.

Cora caminó hacia la salida, pero se detuvo en el umbral para mirar a Reid.

—¿Nos vamos a casa, Spencer? Tengo un libro a medio terminar y un novio al que compensar por una noche tan aburrida.

Reid miró a su equipo. Morgan le dio un asentimiento de aprobación y Hotchner simplemente bajó la cabeza, permitiéndole irse.

Mientras caminaban por los pasillos del edificio del FBI, Cora entrelazó su brazo con el de Reid. Él caminaba con su paso desgarbado, todavía procesando la rapidez de los eventos.

—¿Realmente ibas a dejar que Marcus se saliera con la suya si no lo descubríamos? —preguntó Reid en voz baja.

Cora sonrió, una expresión hermosa pero que escondía una sombra de esa mujer vengativa que no perdonaba las ofensas.

—Oh, Spencer. Si ustedes no lo hubieran descubierto, yo misma me habría encargado de Marcus. Y te aseguro que mi método habría sido mucho más... original que un tacón en el ojo.

Reid se detuvo un momento, observando a la mujer a su lado. Era brillante, hermosa, protectora y, a veces, un poco aterradora. Pero en un mundo lleno de perfiles criminales y oscuridad, ella era la única persona que lo hacía sentir que no era un fenómeno, sino alguien digno de ser amado con ferocidad.

—Vamos a casa, Cora —dijo él finalmente.

Ella se rió, un sonido claro que iluminó el pasillo grisáceo de la oficina, y juntos salieron hacia la noche de Virginia, dejando atrás la sangre y el frío de la sala de interrogatorios. Reid sabía que su relación no era normal, que eran dos polos opuestos unidos por un hilo invisible, pero mientras ella apretaba su brazo con cariño, supo que no quería estar en ningún otro lugar.
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