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Spencer
Fandom: Mentes criminales
Creado: 30/6/2026
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CrimenDramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoRomanceDetectivescoEstudio de PersonajeViolencia GráficaFluffRecortes de VidaHistoria DomésticaHumorAmbientación CanonRealismo
La barrera de cristal
El bullicio de la cafetería cercana a la sede del FBI en Quantico solía ser un ruido blanco reconfortante para el doctor Spencer Reid. Sin embargo, esa mañana, el aroma a café tostado y el sonido de las conversaciones ajenas se sentían como una intrusión en su meticulosamente ordenado mundo. Spencer mantenía la mirada fija en un artículo sobre física cuántica, intentando ignorar la presencia que sabía, por puro instinto y por el cambio en la presión atmosférica a su alrededor, que acababa de entrar al local.
Lia no era alguien que pasara desapercibida. Con sus un metro ochenta de estatura, una melena azabache que caía como seda sobre sus hombros y unos ojos verdes que parecían retener toda la luz del lugar, la modelo de veinte años atraía las miradas como un imán. Pero para Spencer, ella era una anomalía estadística, una variable peligrosa que no encajaba en ninguna de sus ecuaciones de seguridad emocional.
— Sabía que te encontraría aquí —dijo Lia, deslizándose en la silla frente a él sin haber sido invitada. Su voz era dulce, con una calidez que Spencer siempre encontraba desconcertante—. Tienes un horario tan predecible que es casi adorable, Spencer.
Reid no levantó la vista del papel. Sus dedos largos y delgados se tensaron ligeramente sobre el borde de la revista.
— La previsibilidad es una herramienta de eficiencia, Lia —respondió él con voz monótona—. Y tengo mucho trabajo que revisar antes de que comience la reunión de las nueve.
Lia soltó una pequeña risa, un sonido que a cualquier otro hombre le habría parecido música, pero que a Spencer le sonaba a una señal de advertencia. Ella extendió una mano, con la intención de tocar suavemente el dorso de la mano de él, pero Reid reaccionó al instante, retirándola y cruzando los brazos sobre su pecho.
— No me toques, por favor. Ya te lo he dicho —dijo él, finalmente mirándola a los ojos. Su expresión era una mezcla de incomodidad y una barrera defensiva que había construido durante años.
— Lo siento, lo olvido —murmuró ella, aunque no parecía realmente arrepentida, sino más bien persistente—. Solo quería traerte esto. Es una invitación para la gala benéfica de la próxima semana. Es para una fundación de niños con enfermedades raras. Sé que te interesan esos temas.
Ella deslizó un sobre elegante y perfumado sobre la mesa. Spencer ni siquiera lo tocó.
— No voy a fiestas, Lia. No me gustan las multitudes, no me gusta el ruido y, ciertamente, no me gusta el tipo de ambiente en el que tú te desenvuelves.
— No es solo una fiesta, Spencer —insistió ella, inclinándose hacia adelante—. Es una oportunidad para que hablemos fuera de este ambiente tan rígido. Quiero que me conozcas de verdad.
Spencer suspiró, ajustándose las gafas. En su mente, los perfiles criminales que analizaba a diario se mezclaban con su percepción de la realidad. Él veía a Lia y veía peligro. No el tipo de peligro que empuña un arma, sino el tipo que destroza la estabilidad mental. Ella era demasiado joven, demasiado hermosa y pertenecía a un mundo de apariencias, flashes y superficialidad. Según sus cálculos, la probabilidad de que una mujer como ella tuviera un interés genuino en alguien como él —un hombre antisocial, obsesivo y con un historial familiar complicado— era inferior al 0.5%.
— Ya te conozco, Lia —dijo él con una frialdad que buscaba ser definitiva—. Eres una modelo. Vives de la imagen. Yo vivo de la realidad, a menudo de la realidad más oscura de la naturaleza humana. No tenemos nada en común.
— Eso es muy injusto —replicó ella, y por primera vez, un destello de dolor cruzó sus ojos verdes—. Me juzgas por mi profesión. Crees que porque salgo en revistas no tengo cerebro o no tengo sentimientos reales. Estoy aquí, intentándolo, desde hace meses. ¿Por qué te cuesta tanto creer que me gustas?
— Porque las personas como tú suelen buscar validación en lugares inusuales hasta que se aburren —sentenció Reid, recogiendo sus cosas apresuradamente—. No soy un experimento social ni un accesorio intelectual para tu próxima sesión de fotos. Eres... eres una persona que, por definición de tu entorno, es propensa a la manipulación de la imagen. No puedo confiar en eso. Me vas a lastimar, Lia. Es una conclusión lógica basada en la disparidad de nuestros estilos de vida.
— ¿Lógica? —Lia se puso de pie, su figura esbelta proyectando una sombra sobre la mesa—. Estás usando la lógica para esconder que tienes miedo, Spencer. Tienes miedo de que alguien te quiera de verdad y no sepas cómo manejarlo.
— Tengo que irme —dijo él, evitando su mirada.
— Spencer, espera —lo llamó ella mientras él ya se dirigía a la salida—. ¡No soy la persona que crees que soy!
Él no se volvió. Caminó hacia el edificio de la UAC con el corazón latiendo a un ritmo errático que odiaba. Para Reid, el amor no era un misterio romántico, era un riesgo bioquímico que no estaba dispuesto a correr.
Al llegar a la oficina, se hundió en su escritorio, rodeado de carpetas de casos sin resolver. Derek Morgan, que lo había visto entrar con el rostro más pálido de lo habitual, se acercó y se apoyó en el borde de su mesa.
— Otra vez la chica de la portada, ¿eh? —preguntó Morgan con una sonrisa ladeada.
— Se llama Lia —corrigió Reid automáticamente, arrepintiéndose al instante.
— Como sea que se llame, chico. Es una mujer espectacular que parece estar loca por ti. ¿Por qué sigues huyendo como si fuera un sospechoso en la lista de los más buscados?
— Porque es un perfil de alto riesgo, Morgan —respondió Spencer, abriendo un archivo para evitar la conversación—. Tiene veinte años. Está en la cima de una carrera basada en la vanidad. Yo soy... bueno, soy yo. El resultado de esa interacción es previsiblemente desastroso. Ella se cansará de mi falta de habilidades sociales, de mis datos aleatorios y de mi aversión al contacto físico. Y cuando lo haga, se irá. No necesito ese tipo de caos en mi vida.
— A veces el caos es lo que nos mantiene vivos, Reid —dijo Morgan, suavizando el tono—. No todos tienen una agenda oculta. Tal vez solo ve en ti algo que nadie más le ofrece: honestidad.
— La honestidad duele, Morgan. Y ella no está preparada para la mía.
El resto del día fue un torbellino de análisis geográficos y perfiles de un asesino en serie en Seattle, pero la imagen de Lia no abandonaba la periferia de su mente. Spencer se sentía frustrado por su propia incapacidad para borrarla de sus pensamientos. Ella representaba todo lo que él evitaba: la exposición, la imprevisibilidad y la vulnerabilidad emocional.
Días después, mientras salía tarde del trabajo, la encontró de nuevo. Esta vez no estaba frente a la cafetería, sino apoyada en su coche, bajo la tenue luz de las farolas del aparcamiento. Llevaba ropa sencilla, unos vaqueros y una sudadera ancha, tratando de pasar desapercibida, pero su belleza seguía siendo una señal luminosa.
— ¿Me vas a rechazar también si te digo que solo quiero llevarte algo de cenar porque sé que no has comido en diez horas? —preguntó ella, sosteniendo una bolsa de papel de un restaurante tailandés que él frecuentaba.
Spencer se detuvo a un par de metros de distancia, manteniendo su espacio personal sagrado.
— ¿Cómo sabes que no he comido? —preguntó, entrecerrando los ojos.
— Porque te he estado observando, Spencer. No de una forma acosadora, sino... me preocupo. Sé que cuando te obsesionas con un caso, te olvidas de las necesidades básicas.
— Lia, esto tiene que parar —dijo él, su voz temblando ligeramente por el cansancio—. No puedes seguir apareciendo. No es saludable para ti y es perturbador para mí.
— ¿Por qué te molesta tanto que alguien sea amable contigo? —Lia dio un paso hacia él, y esta vez Spencer no retrocedió, aunque se puso rígido como una estatua—. No soy una mala persona. No soy el monstruo de ego que has construido en tu cabeza. Sí, soy modelo, pero también leo, también lloro y también me siento sola. Y cuando te vi aquella primera vez en la biblioteca, no vi a un genio del FBI. Vi a alguien con los ojos más tristes y fascinantes que he conocido.
— Estás idealizando una situación que no existe —insistió Reid, aunque su defensa empezaba a flaquear ante la sinceridad en la voz de la chica—. No soy alguien a quien quieras querer. Soy difícil. Tengo fobias, tengo traumas, tengo una madre que... —Se detuvo, cerrando la boca de golpe. No quería compartir eso con ella.
— Todos tenemos algo, Spencer —dijo ella en voz baja—. Yo también tengo miedo. Tengo miedo de que nunca me veas por quién soy, sino por lo que parezco. Me rechazas porque crees que soy "mala" o "superficial", pero en realidad me rechazas porque tienes miedo de que yo sea lo suficientemente fuerte como para quedarme.
— No es eso —mintió él.
— Sí lo es. Me etiquetas para poder descartarme. Es lo que haces en el trabajo, ¿verdad? Clasificas a la gente en cajas para que dejen de ser humanos y se conviertan en problemas que resolver. Pero yo no soy un problema, Spencer. Soy una mujer que está enamorada de ti.
La palabra "enamorada" golpeó a Spencer como un impacto físico. Era demasiado pronto, demasiado intenso, demasiado... real.
— No puedes estarlo —dijo él, con una desesperación creciente—. No me conoces.
— Déjame hacerlo entonces —suplicó ella, extendiendo la bolsa de comida—. Solo cena conmigo. Aquí, en el capó del coche, si quieres. Sin fiestas, sin cámaras, sin nadie más. Solo tú y yo.
Spencer miró la bolsa y luego a Lia. Por un momento, la lógica luchó contra una curiosidad humana básica que no había sentido en mucho tiempo. Pero entonces, el recuerdo de cada decepción, de cada persona que se había marchado de su vida, de su propia sensación de ser un "extraño" en un mundo normal, volvió a él. Recordó su propia teoría: ella era demasiado hermosa para no ser destructiva.
— No puedo —dijo Spencer, su voz apenas un susurro—. No puedo hacerlo, Lia. Por favor, vete a casa. Busca a alguien que encaje en tu mundo. Alguien que pueda ir a tus galas y que no se asuste cuando le toquen la mano.
Lia bajó la bolsa lentamente, y Spencer pudo ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que se negaba a dejar caer.
— Tienes razón en algo, Spencer —dijo ella, con la voz quebrada—. Eres un genio para muchas cosas, pero eres un idiota cuando se trata de entender el corazón de los demás. No te estoy buscando porque seas un trofeo. Te busco porque pensé que eras el único que miraría más allá de la superficie. Pero resulta que eres el más superficial de todos, porque no puedes ver más allá de mi cara.
Ella dejó la bolsa de comida sobre el capó de su coche y se dio la vuelta, caminando hacia la oscuridad del aparcamiento. Spencer se quedó allí de pie, sintiendo el frío de la noche calar en sus huesos. Miró la bolsa, captando el aroma del pad thai que tanto le gustaba.
Su mente, esa máquina prodigiosa capaz de memorizar libros enteros en minutos, intentó procesar lo que acababa de pasar. Ella lo había llamado superficial. A él. El hombre que despreciaba la superficialidad.
Se subió al coche, dejando la comida allí. Mientras conducía hacia su apartamento vacío, la voz de Lia se repetía en su cabeza: "Me etiquetas para poder descartarme".
Spencer Reid siempre se había enorgullecido de ver la verdad donde otros solo veían sombras. Pero esa noche, mientras miraba su reflejo en el espejo del ascensor, se preguntó si el perfil que había creado de Lia no era más que un espejo de sus propios miedos. Aun así, el miedo era una emoción poderosa, y para Spencer, era mucho más seguro estar solo que arriesgarse a ser destruido por alguien que parecía tener el poder de hacerlo sin siquiera intentarlo.
Cerró la puerta de su apartamento con doble llave, como si eso pudiera mantener fuera el sentimiento de culpa que empezaba a corroer su lógica perfecta. Ella volvería, lo sabía. Lia era persistente. Y él tendría que ser aún más fuerte para seguir rechazándola, aunque una parte de él, una parte muy pequeña y escondida tras años de aislamiento, empezaba a preguntarse qué pasaría si, por una vez, dejara de calcular las probabilidades y simplemente abriera la puerta.
Pero no hoy. Hoy, el doctor Spencer Reid prefería la seguridad de sus libros y el silencio de su soledad al caos de un posible amor que no se sentía capaz de merecer.
Lia no era alguien que pasara desapercibida. Con sus un metro ochenta de estatura, una melena azabache que caía como seda sobre sus hombros y unos ojos verdes que parecían retener toda la luz del lugar, la modelo de veinte años atraía las miradas como un imán. Pero para Spencer, ella era una anomalía estadística, una variable peligrosa que no encajaba en ninguna de sus ecuaciones de seguridad emocional.
— Sabía que te encontraría aquí —dijo Lia, deslizándose en la silla frente a él sin haber sido invitada. Su voz era dulce, con una calidez que Spencer siempre encontraba desconcertante—. Tienes un horario tan predecible que es casi adorable, Spencer.
Reid no levantó la vista del papel. Sus dedos largos y delgados se tensaron ligeramente sobre el borde de la revista.
— La previsibilidad es una herramienta de eficiencia, Lia —respondió él con voz monótona—. Y tengo mucho trabajo que revisar antes de que comience la reunión de las nueve.
Lia soltó una pequeña risa, un sonido que a cualquier otro hombre le habría parecido música, pero que a Spencer le sonaba a una señal de advertencia. Ella extendió una mano, con la intención de tocar suavemente el dorso de la mano de él, pero Reid reaccionó al instante, retirándola y cruzando los brazos sobre su pecho.
— No me toques, por favor. Ya te lo he dicho —dijo él, finalmente mirándola a los ojos. Su expresión era una mezcla de incomodidad y una barrera defensiva que había construido durante años.
— Lo siento, lo olvido —murmuró ella, aunque no parecía realmente arrepentida, sino más bien persistente—. Solo quería traerte esto. Es una invitación para la gala benéfica de la próxima semana. Es para una fundación de niños con enfermedades raras. Sé que te interesan esos temas.
Ella deslizó un sobre elegante y perfumado sobre la mesa. Spencer ni siquiera lo tocó.
— No voy a fiestas, Lia. No me gustan las multitudes, no me gusta el ruido y, ciertamente, no me gusta el tipo de ambiente en el que tú te desenvuelves.
— No es solo una fiesta, Spencer —insistió ella, inclinándose hacia adelante—. Es una oportunidad para que hablemos fuera de este ambiente tan rígido. Quiero que me conozcas de verdad.
Spencer suspiró, ajustándose las gafas. En su mente, los perfiles criminales que analizaba a diario se mezclaban con su percepción de la realidad. Él veía a Lia y veía peligro. No el tipo de peligro que empuña un arma, sino el tipo que destroza la estabilidad mental. Ella era demasiado joven, demasiado hermosa y pertenecía a un mundo de apariencias, flashes y superficialidad. Según sus cálculos, la probabilidad de que una mujer como ella tuviera un interés genuino en alguien como él —un hombre antisocial, obsesivo y con un historial familiar complicado— era inferior al 0.5%.
— Ya te conozco, Lia —dijo él con una frialdad que buscaba ser definitiva—. Eres una modelo. Vives de la imagen. Yo vivo de la realidad, a menudo de la realidad más oscura de la naturaleza humana. No tenemos nada en común.
— Eso es muy injusto —replicó ella, y por primera vez, un destello de dolor cruzó sus ojos verdes—. Me juzgas por mi profesión. Crees que porque salgo en revistas no tengo cerebro o no tengo sentimientos reales. Estoy aquí, intentándolo, desde hace meses. ¿Por qué te cuesta tanto creer que me gustas?
— Porque las personas como tú suelen buscar validación en lugares inusuales hasta que se aburren —sentenció Reid, recogiendo sus cosas apresuradamente—. No soy un experimento social ni un accesorio intelectual para tu próxima sesión de fotos. Eres... eres una persona que, por definición de tu entorno, es propensa a la manipulación de la imagen. No puedo confiar en eso. Me vas a lastimar, Lia. Es una conclusión lógica basada en la disparidad de nuestros estilos de vida.
— ¿Lógica? —Lia se puso de pie, su figura esbelta proyectando una sombra sobre la mesa—. Estás usando la lógica para esconder que tienes miedo, Spencer. Tienes miedo de que alguien te quiera de verdad y no sepas cómo manejarlo.
— Tengo que irme —dijo él, evitando su mirada.
— Spencer, espera —lo llamó ella mientras él ya se dirigía a la salida—. ¡No soy la persona que crees que soy!
Él no se volvió. Caminó hacia el edificio de la UAC con el corazón latiendo a un ritmo errático que odiaba. Para Reid, el amor no era un misterio romántico, era un riesgo bioquímico que no estaba dispuesto a correr.
Al llegar a la oficina, se hundió en su escritorio, rodeado de carpetas de casos sin resolver. Derek Morgan, que lo había visto entrar con el rostro más pálido de lo habitual, se acercó y se apoyó en el borde de su mesa.
— Otra vez la chica de la portada, ¿eh? —preguntó Morgan con una sonrisa ladeada.
— Se llama Lia —corrigió Reid automáticamente, arrepintiéndose al instante.
— Como sea que se llame, chico. Es una mujer espectacular que parece estar loca por ti. ¿Por qué sigues huyendo como si fuera un sospechoso en la lista de los más buscados?
— Porque es un perfil de alto riesgo, Morgan —respondió Spencer, abriendo un archivo para evitar la conversación—. Tiene veinte años. Está en la cima de una carrera basada en la vanidad. Yo soy... bueno, soy yo. El resultado de esa interacción es previsiblemente desastroso. Ella se cansará de mi falta de habilidades sociales, de mis datos aleatorios y de mi aversión al contacto físico. Y cuando lo haga, se irá. No necesito ese tipo de caos en mi vida.
— A veces el caos es lo que nos mantiene vivos, Reid —dijo Morgan, suavizando el tono—. No todos tienen una agenda oculta. Tal vez solo ve en ti algo que nadie más le ofrece: honestidad.
— La honestidad duele, Morgan. Y ella no está preparada para la mía.
El resto del día fue un torbellino de análisis geográficos y perfiles de un asesino en serie en Seattle, pero la imagen de Lia no abandonaba la periferia de su mente. Spencer se sentía frustrado por su propia incapacidad para borrarla de sus pensamientos. Ella representaba todo lo que él evitaba: la exposición, la imprevisibilidad y la vulnerabilidad emocional.
Días después, mientras salía tarde del trabajo, la encontró de nuevo. Esta vez no estaba frente a la cafetería, sino apoyada en su coche, bajo la tenue luz de las farolas del aparcamiento. Llevaba ropa sencilla, unos vaqueros y una sudadera ancha, tratando de pasar desapercibida, pero su belleza seguía siendo una señal luminosa.
— ¿Me vas a rechazar también si te digo que solo quiero llevarte algo de cenar porque sé que no has comido en diez horas? —preguntó ella, sosteniendo una bolsa de papel de un restaurante tailandés que él frecuentaba.
Spencer se detuvo a un par de metros de distancia, manteniendo su espacio personal sagrado.
— ¿Cómo sabes que no he comido? —preguntó, entrecerrando los ojos.
— Porque te he estado observando, Spencer. No de una forma acosadora, sino... me preocupo. Sé que cuando te obsesionas con un caso, te olvidas de las necesidades básicas.
— Lia, esto tiene que parar —dijo él, su voz temblando ligeramente por el cansancio—. No puedes seguir apareciendo. No es saludable para ti y es perturbador para mí.
— ¿Por qué te molesta tanto que alguien sea amable contigo? —Lia dio un paso hacia él, y esta vez Spencer no retrocedió, aunque se puso rígido como una estatua—. No soy una mala persona. No soy el monstruo de ego que has construido en tu cabeza. Sí, soy modelo, pero también leo, también lloro y también me siento sola. Y cuando te vi aquella primera vez en la biblioteca, no vi a un genio del FBI. Vi a alguien con los ojos más tristes y fascinantes que he conocido.
— Estás idealizando una situación que no existe —insistió Reid, aunque su defensa empezaba a flaquear ante la sinceridad en la voz de la chica—. No soy alguien a quien quieras querer. Soy difícil. Tengo fobias, tengo traumas, tengo una madre que... —Se detuvo, cerrando la boca de golpe. No quería compartir eso con ella.
— Todos tenemos algo, Spencer —dijo ella en voz baja—. Yo también tengo miedo. Tengo miedo de que nunca me veas por quién soy, sino por lo que parezco. Me rechazas porque crees que soy "mala" o "superficial", pero en realidad me rechazas porque tienes miedo de que yo sea lo suficientemente fuerte como para quedarme.
— No es eso —mintió él.
— Sí lo es. Me etiquetas para poder descartarme. Es lo que haces en el trabajo, ¿verdad? Clasificas a la gente en cajas para que dejen de ser humanos y se conviertan en problemas que resolver. Pero yo no soy un problema, Spencer. Soy una mujer que está enamorada de ti.
La palabra "enamorada" golpeó a Spencer como un impacto físico. Era demasiado pronto, demasiado intenso, demasiado... real.
— No puedes estarlo —dijo él, con una desesperación creciente—. No me conoces.
— Déjame hacerlo entonces —suplicó ella, extendiendo la bolsa de comida—. Solo cena conmigo. Aquí, en el capó del coche, si quieres. Sin fiestas, sin cámaras, sin nadie más. Solo tú y yo.
Spencer miró la bolsa y luego a Lia. Por un momento, la lógica luchó contra una curiosidad humana básica que no había sentido en mucho tiempo. Pero entonces, el recuerdo de cada decepción, de cada persona que se había marchado de su vida, de su propia sensación de ser un "extraño" en un mundo normal, volvió a él. Recordó su propia teoría: ella era demasiado hermosa para no ser destructiva.
— No puedo —dijo Spencer, su voz apenas un susurro—. No puedo hacerlo, Lia. Por favor, vete a casa. Busca a alguien que encaje en tu mundo. Alguien que pueda ir a tus galas y que no se asuste cuando le toquen la mano.
Lia bajó la bolsa lentamente, y Spencer pudo ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que se negaba a dejar caer.
— Tienes razón en algo, Spencer —dijo ella, con la voz quebrada—. Eres un genio para muchas cosas, pero eres un idiota cuando se trata de entender el corazón de los demás. No te estoy buscando porque seas un trofeo. Te busco porque pensé que eras el único que miraría más allá de la superficie. Pero resulta que eres el más superficial de todos, porque no puedes ver más allá de mi cara.
Ella dejó la bolsa de comida sobre el capó de su coche y se dio la vuelta, caminando hacia la oscuridad del aparcamiento. Spencer se quedó allí de pie, sintiendo el frío de la noche calar en sus huesos. Miró la bolsa, captando el aroma del pad thai que tanto le gustaba.
Su mente, esa máquina prodigiosa capaz de memorizar libros enteros en minutos, intentó procesar lo que acababa de pasar. Ella lo había llamado superficial. A él. El hombre que despreciaba la superficialidad.
Se subió al coche, dejando la comida allí. Mientras conducía hacia su apartamento vacío, la voz de Lia se repetía en su cabeza: "Me etiquetas para poder descartarme".
Spencer Reid siempre se había enorgullecido de ver la verdad donde otros solo veían sombras. Pero esa noche, mientras miraba su reflejo en el espejo del ascensor, se preguntó si el perfil que había creado de Lia no era más que un espejo de sus propios miedos. Aun así, el miedo era una emoción poderosa, y para Spencer, era mucho más seguro estar solo que arriesgarse a ser destruido por alguien que parecía tener el poder de hacerlo sin siquiera intentarlo.
Cerró la puerta de su apartamento con doble llave, como si eso pudiera mantener fuera el sentimiento de culpa que empezaba a corroer su lógica perfecta. Ella volvería, lo sabía. Lia era persistente. Y él tendría que ser aún más fuerte para seguir rechazándola, aunque una parte de él, una parte muy pequeña y escondida tras años de aislamiento, empezaba a preguntarse qué pasaría si, por una vez, dejara de calcular las probabilidades y simplemente abriera la puerta.
Pero no hoy. Hoy, el doctor Spencer Reid prefería la seguridad de sus libros y el silencio de su soledad al caos de un posible amor que no se sentía capaz de merecer.
