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luna y harry

Fandom: Harry potter

Creado: 30/6/2026

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El susurro de los Girasueños

La Sala Común de Gryffindor estaba inusualmente ruidosa esa noche. Ron y Hermione mantenían una de sus típicas discusiones sobre los horarios de estudio de los TIMO, y el calor de la chimenea parecía volver el aire denso y difícil de respirar. Harry, con la cicatriz punzándole rítmicamente, sintió que las paredes del castillo se le venían encima. Sin decir palabra, tomó su Capa de Invisibilidad y salió por el hueco del retrato, buscando el único alivio que conocía: el aire gélido de los terrenos de Hogwarts.

Caminó sin rumbo fijo hasta que sus pasos lo llevaron hacia el linde del Bosque Prohibido. Allí, bajo la luz plateada de una luna menguante, divisó una figura menuda y solitaria. No necesitaba acercarse mucho para saber quién era. El cabello rubio sucio, casi blanco bajo la luna, brillaba como un faro de serenidad.

Luna Lovegood estaba descalza sobre la hierba escarchada, moviendo las manos en el aire como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible. Harry se quitó la capa y se acercó lentamente, tratando de no sobresaltarla.

—Hola, Luna. ¿No tienes frío?

Luna se giró con su habitual parsimonia, dedicándole una sonrisa soñadora que parecía ignorar por completo el hecho de que eran casi las once de la noche.

—Oh, hola, Harry. No realmente. Los Nargles suelen evitar el frío, así que es el mejor momento para pensar sin interferencias. ¿Tú también vienes a escuchar a los Girasueños?

Harry frunció el ceño, mirando a su alrededor. Solo escuchaba el viento entre los árboles y el lejano ulular de una lechuza.

—¿Girasueños? No creo haber oído hablar de ellos.

—Son muy tímidos —explicó Luna, volviendo a su danza lenta—. Se alimentan de los restos de los sueños que la gente deja escapar por las ventanas de la torre. Si escuchas con atención, puedes oír el eco de lo que la gente desea.

Harry se quedó en silencio, observándola. En cualquier otro momento, habría pensado que era una locura, pero después de meses de ser llamado mentiroso por el Ministerio y de sentir la rabia de Voldemort bullendo bajo su piel, la extrañeza de Luna era lo único que le resultaba auténtico.

—A veces desearía no soñar nada en absoluto —confesó Harry, sorprendiéndose a sí mismo por su propia honestidad.

Luna dejó de mover las manos y lo miró fijamente con sus grandes ojos saltones. No había lástima en su mirada, solo una comprensión profunda que Harry rara vez encontraba en otros.

—Es por el hombre que está en tu cabeza, ¿verdad? —preguntó ella con naturalidad—. Debe de ser como tener un inquilino que nunca limpia y siempre deja las luces encendidas cuando intentas dormir.

Harry soltó una carcajada seca, la primera en semanas.

—Es una forma muy amable de describir a Voldemort, Luna.

—Padre dice que el miedo a un nombre solo aumenta el miedo a la cosa misma —comentó ella, acercándose unos pasos—. Pero tú no tienes miedo, Harry. Estás cansado. Es diferente.

Se sentaron juntos en un tronco caído, justo en el límite donde la hierba se convertía en mantillo de hojas secas. El silencio que se instaló entre ellos no era incómodo; era un refugio. Harry sintió que la tensión en sus hombros comenzaba a ceder.

—¿Cómo lo haces? —preguntó Harry después de un rato—. Todo el mundo se ríe de ti, te esconden los zapatos... y parece que nada de eso te afecta.

Luna balanceó sus pies descalzos, que ya debían de estar entumecidos por el frío.

—Bueno, mi madre siempre decía que las cosas que perdemos tienen una forma de volver a nosotros al final. Aunque no siempre de la manera que esperamos.

Harry bajó la mirada hacia sus manos. Pensó en sus padres, en Sirius, en la vida normal que nunca tuvo.

—A veces parece que lo que se pierde no vuelve nunca —susurró él.

—Tal vez no las personas —concedió Luna con un tono suave—, pero sí la sensación que nos daban. Cuando recuerdo a mi madre, no solo veo su cara. Siento el olor a canela y la calidez de su laboratorio. Ella está ahí, en esas pequeñas cosas. Tus padres también están contigo, Harry. Los veo a veces, cuando te pones serio. Tienes los ojos de tu madre, pero la forma en que te despeinas es puro desafío, como si tu cabello estuviera peleando una guerra contra la gravedad.

Harry sonrió de lado, sintiendo un nudo en la garganta.

—Gracias, Luna.

—No hay de qué. Además —añadió ella, señalando hacia el bosque—, los Thestrals dicen que eres una buena persona. Ellos son muy exigentes con sus amistades.

—¿Has vuelto a verlos hoy?

—Sí, les traje un poco de carne cruda que tomé de la cocina. Estaban un poco inquietos. Dicen que el aire huele a cambio.

Harry miró hacia la oscuridad del bosque. Sabía que los Thestrals estaban allí, invisibles para la mayoría, pero presentes para aquellos que habían conocido la muerte de cerca. Se sintió extrañamente unido a Luna en ese momento; ambos eran parias a su manera, ambos marcados por pérdidas que otros no podían comprender del todo.

—Luna —dijo Harry de repente—, ¿alguna vez te sientes sola? Quiero decir, de verdad sola. Incluso cuando estás con gente.

Luna ladeó la cabeza, pensativa.

—Solía sentirme así. Pero luego me di cuenta de que estar sola no es lo mismo que estar vacía. Yo tengo mis pensamientos, mis criaturas y mis recuerdos. Y ahora te tengo a ti para hablar de Girasueños a medianoche. Así que no, ya no me siento sola.

Harry sintió un calor repentino en el pecho. Se dio cuenta de que, en medio de la guerra que se avecinaba y del odio de Umbridge, estos momentos eran los que realmente importaban.

—Me alegra que estés aquí —dijo Harry con sinceridad.

—Yo también me alegro de que no te hayas puesto la capa para esconderte de mí —respondió ella con una chispa de picardía en los ojos—. Aunque debo decir que tu aura es mucho más brillante cuando no intentas ser invisible.

Pasaron la siguiente hora hablando de cosas triviales y extraordinarias. Luna le contó sobre el último número de El Quisquilloso y su teoría de que Cornelius Fudge estaba criando un ejército de heliópatas. Harry, por su parte, le contó historias sobre sus partidos de Quidditch que ella escuchaba con una fascinación genuina, aunque a veces interrumpía para preguntar si las escobas se sentían mareadas por volar tan rápido.

Cuando el frío se volvió demasiado intenso incluso para la resistencia de Luna, ambos se levantaron.

—Deberíamos volver —dijo Harry—. Si Filch nos atrapa, nos dará detención hasta el próximo siglo.

—Oh, no te preocupes por Filch. Los Plimpies de agua dulce le han estado robando las llaves últimamente, está muy distraído buscándolas en los desagües —dijo Luna con total seriedad.

Caminaron de regreso hacia el castillo, hombro con hombro. Al llegar al vestíbulo, donde el camino se bifurcaba hacia las diferentes torres, se detuvieron.

—Buenas noches, Harry Potter —dijo Luna, dándole un rápido y ligero apretón en la mano. Su piel estaba fría, pero su contacto fue reconfortante.

—Buenas noches, Luna. Y... gracias por lo de los Girasueños. Creo que ahora los escucho un poco.

Luna sonrió, una sonrisa radiante que iluminó su rostro pálido.

—Es el principio. Mañana, si quieres, podemos buscar Snorkacks de cuerno arrugado cerca de la cabaña de Hagrid. Dicen que les gusta el olor de las calabazas maduras.

—Me gustaría mucho —asintió Harry.

Mientras subía las escaleras hacia la Torre de Gryffindor, Harry se dio cuenta de que el peso en su pecho se había aligerado. La cicatriz ya no le escocía. Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en el Señor Tenebroso ni en las profecías. Pensaba en una chica de pendientes de rábano que veía el mundo de una manera que nadie más se atrevía a ver.

Al entrar en su dormitorio, Ron roncaba ruidosamente y Neville murmuraba en sueños sobre alguna planta extraña. Harry se metió en la cama y, justo antes de quedarse dormido, creyó escuchar un suave tintineo en el aire, como el eco de un deseo lejano.

Quizás, después de todo, Luna tenía razón sobre los Girasueños. O quizás, simplemente, Harry había encontrado su propia forma de magia en medio de la oscuridad.
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