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Fandom: Teen wolf

Creado: 1/7/2026

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El reflejo de la perfección

El vestuario de los Jackson Whittemore no era solo un lugar para cambiarse después de los entrenamientos de lacrosse; era su santuario, el escenario donde su ego se alimentaba del sudor y la victoria. Se miró en el espejo, ajustándose la hombrera con una precisión casi quirúrgica. Jackson no aceptaba nada menos que el primer puesto, y eso se aplicaba a todo en su vida: su coche, su posición en el equipo y, por supuesto, su estatus social.

Lydia Martin entró en el recinto con la elegancia de una reina que no necesita pedir permiso. Su cabello pelirrojo caía en ondas perfectas y su mirada gritaba inteligencia y control. Para cualquiera en Beacon Hills, ellos eran la pareja de oro. Pero para Jackson, Lydia era el accesorio necesario, la pieza de ajedrez que completaba el tablero. Era hermosa, sí, y letalmente astuta, pero Jackson siempre sentía que le faltaba algo que no podía explicar con palabras, solo con una sensación de vacío cuando ella lo besaba.

—Llegas tarde, Jackson —dijo ella, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en una fila de taquillas metálicas—. El baile de bienvenida no va a organizarse solo, y necesito que tu padre firme los permisos para el catering.

Jackson ni siquiera se giró. Seguía obsesionado con un pequeño mechón de su cabello que no terminaba de asentarse.

—El mundo no se va a acabar porque llegue cinco minutos tarde a una reunión de comité, Lydia —replicó él con ese tono cortante que utilizaba para recordar a los demás que él estaba por encima de las reglas—. Además, tengo cosas más importantes que hacer.

Lydia apretó los labios. Sabía exactamente a qué se refería. O más bien, a quién.

—¿Cosas importantes o Leah Stanford? —preguntó ella, intentando que su voz no temblara.

Jackson se detuvo en seco. Su expresión, antes fría y distante, se suavizó por un milisegundo antes de transformarse en una sonrisa de suficiencia. Se giró hacia Lydia, caminando hacia ella con esa arrogancia depredadora que lo caracterizaba.

—No menciones su nombre como si fuera un trámite más de tu agenda, Lydia —le advirtió él, aunque su tono no era de odio, sino de una posesividad absoluta—. Leah es... diferente.

Lydia sintió esa punzada familiar en el pecho. La envidia no era algo que ella soliera experimentar; normalmente, ella era el objeto de la envidia ajena. Pero con Leah era distinto. Leah Stanford no intentaba ser perfecta, simplemente lo era. Tenía una luz que no provenía de una rutina de belleza de diez pasos o de un coeficiente intelectual estratosférico, sino de una calidez genuina que Jackson, el chico que todos consideraban un imbécil sin corazón, devoraba como si fuera oxígeno.

—Ella no es de "el montón", ¿verdad? —murmuró Lydia, bajando la vista hacia sus zapatos de diseñador.

—Nadie es como ella —sentenció Jackson, dándole la espalda para recoger su mochila.

El entrenamiento terminó y Jackson salió al campo con la urgencia de quien tiene un tesoro esperándolo. No tuvo que buscar mucho. Sentada en las gradas, con un libro en el regazo y el viento despeinando su cabello de forma natural, estaba Leah.

Al verla, el Jackson Whittemore peleador, el que no sabía perder y que despreciaba a los "perdedores" como Scott McCall, desapareció. En su lugar, surgió un hombre que solo existía para ella. Corrió hacia las gradas, saltando los escalones de dos en dos hasta llegar a su lado.

—Te dije que no hacía falta que me esperaras bajo este sol —dijo él, aunque su sonrisa lo delataba: estaba encantado de verla allí.

Leah levantó la vista y sonrió, una sonrisa que Jackson sentía que solo le pertenecía a él.

—Sabes que me gusta verte entrenar, aunque te pases la mitad del tiempo gritándole a Greenberg —bromeó ella, cerrando el libro.

Jackson se sentó a su lado, ignorando por completo que sus compañeros lo miraban con extrañeza. Él, que siempre mantenía las distancias para no arruinar su imagen de tipo duro, rodeó a Leah con el brazo y la atrajo hacia sí, hundiendo el rostro en su cuello para aspirar su aroma a vainilla y hogar.

—Ese idiota no sabe ni sostener el stick —gruñó Jackson, aunque su tono era extrañamente cariñoso—. Pero no hablemos de él. Te he echado de menos.

—Solo han sido tres horas, Jackson —rio ella, acariciándole la mejilla.

—Tres horas de más —insistió él. Se inclinó y la besó con una ternura que habría dejado en shock a todo el instituto. No era el beso posesivo que le daba a Lydia frente a las cámaras del estatus social; era un beso lento, lleno de una devoción casi religiosa.

Desde la distancia, oculta tras la esquina del edificio de ciencias, Lydia Martin observaba la escena. Se mordió el labio inferior, sintiendo cómo el sabor del brillo de labios se volvía amargo. Ella era la capitana de las animadoras, la chica más popular, la que Jackson presentaba en las fiestas. Pero Leah era la chica a la que Jackson buscaba cuando las luces se apagaban. Leah era la que recibía sus miedos, sus inseguridades y su lealtad más feroz.

Lydia sabía que Leah era mejor. No por su ropa, ni por su dinero, sino porque Leah no necesitaba competir. Jackson, que nunca sabía perder, se rendía voluntariamente ante ella.

—¿Qué haces aquí sola, Lydia? —La voz de Allison Argent la sobresaltó.

Lydia se irguió de inmediato, recuperando su máscara de frialdad y perfección en un segundo. Se arregló la falda y miró a su amiga con una sonrisa gélida.

—Nada, solo comprobaba que el campo esté en condiciones para el partido del viernes —mintió sin pestañear—. Vamos, tenemos mucho que planear.

Mientras se alejaba, Lydia no pudo evitar echar una última mirada hacia atrás. Jackson estaba riendo, una risa real y ruidosa, mientras Leah le contaba algo con entusiasmo. Jackson estiró la mano y le apartó un mechón de la cara con una delicadeza que Lydia nunca conocería de su parte.

Para Jackson, Lydia era la corona, pero Leah era el reino. Y Lydia, con toda su inteligencia, comprendía que nunca podría ganar una guerra contra el verdadero amor de Jackson Whittemore.

Esa noche, Jackson llegó a su casa con la adrenalina a tope. Había tenido una pequeña pelea con un chico de último año que había osado mirar a Leah de más, y aunque Jackson tenía un labio partido, se sentía invencible. Su persistencia era su mayor virtud y su peor defecto, pero cuando se trataba de Leah, no conocía límites.

Su teléfono vibró. Era un mensaje de Lydia: "¿Has revisado los papeles?".

Jackson rodó los ojos y lanzó el teléfono sobre la cama. No le importaban los papeles, ni el baile, ni la fachada. Se miró al espejo, limpiándose la sangre del labio, y solo pudo pensar en la forma en que Leah lo había mirado cuando él la defendió. Ella lo regañó, por supuesto, diciéndole que no necesitaba que peleara por ella, pero Jackson sabía que le gustaba su protección.

Él era Jackson Whittemore. Era el mejor. Y tenía a la mejor mujer a su lado. El resto del mundo, incluida Lydia, solo eran espectadores de su propia grandeza, una grandeza que solo cobraba sentido cuando Leah Stanford estaba cerca para verla.

Porque Jackson no sabía perder, y Leah era la única victoria que realmente le importaba conservar para siempre.
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