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El último vengador fantasma
Fandom: Boku no hero (pero ambientado mucho después del final del manga anime)
Creado: 1/7/2026
Etiquetas
DramaAngustiaPsicológicoOscuroTragediaAbuso de AlcoholEstudio de PersonajeDivergenciaHorror CorporalThriller
Sombras de un Símbolo
La penumbra de la cocina era apenas interrumpida por la luz fría y parpadeante de la nevera abierta. Izuku se quedó allí unos segundos, observando el contenido con la mirada perdida, mientras el zumbido del electrodoméstico llenaba el silencio sepulcral de la casa. Sus dedos, callosos y marcados por años de batallas, se cerraron alrededor del metal frío de una lata de cerveza. Al abrirla, el siseo del gas escapando le resultó extrañamente satisfactorio, un pequeño alivio para la presión que sentía bullir bajo su piel.
El líquido amargo bajó por su garganta, quemando ligeramente, pero Izuku no hizo una mueca. Al contrario, dejó escapar un suspiro pesado, apoyando la frente contra la puerta del refrigerador.
—Ah... fresca.
—¿Qué demonios estás haciendo?
El grito ahogado y el salto que dio Izuku fueron casi instintivos. La lata estuvo a punto de salir volando de su mano mientras se giraba con el corazón martilleando contra sus costillas, llevándose la mano libre al pecho por puro reflejo.
—¡Ahhh! ¡Maldición! —exclamó, con la respiración entrecortada—. ¡¿Estás tratando de matarme, Ochaco?!
Uraraka estaba de pie junto al marco de la puerta que conectaba con el pasillo. Llevaba un camisón ligero y el cabello revuelto por el sueño, pero sus ojos grandes y redondos no mostraban cansancio, sino una mezcla de confusión y alarma.
—Es tarde, Izuku-kun... —Ella dio un paso hacia la luz mortecina de la cocina, y su expresión se transformó en puro horror al notar las manchas oscuras en el traje de héroe de su marido—. Y... ¿esa sangre? ¡Izuku!
Él bajó la mirada hacia su pecho. El traje de alta tecnología, aquel regalo que sus amigos habían costeado con tanto esfuerzo para devolverlo al lugar que le correspondía, estaba salpicado de un carmesí espeso que ya empezaba a secarse.
—Tranquila, no es mía —respondió él, su voz sonando más áspera de lo habitual. Se dio la vuelta para dejar la lata sobre la encimera, evitando la mirada inquisidora de su esposa—. Eso no debería preocuparte, amor. Estamos bien, ¿sí? Solamente tuve un día de mierda.
Ochaco retrocedió un paso, como si las palabras la hubieran golpeado físicamente.
—¿M-mierda? —repitió ella en un susurro—. ¿Desde cuándo dices malas palabras, Izuku? Tú nunca... tú no eres así.
Izuku cerró los ojos y apretó los dientes. El dolor de cabeza que lo había estado persiguiendo desde que salió del hospital después de visitar a Inko regresó con una fuerza renovada, golpeando sus sienes con el ritmo de su pulso.
—Ahg, escucha —dijo, dándose la vuelta para encararla, aunque sus ojos carecían del brillo esmeralda que solía definirlo—. Ya tuve un pésimo día hoy. Desactivaron mi traje en medio de una persecución porque el sistema de soporte vital falló, casi muere un anciano por los escombros y seguramente recibiré una demanda de la alcaldía por daños colaterales. Lo único que quiero es descansar tranquilo y beber en mi habitación, así que hazte a un lado... por favor.
Ochaco no se movió. Al contrario, se interpuso entre él y la salida de la cocina, cruzando los brazos sobre el pecho antes de estirar una mano y arrebatarle la lata de cerveza, escondiéndola tras su espalda.
—No —dijo ella con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente—. No vas a subir así. Estás actuando raro desde hace semanas, Izuku. No me hablas, apenas ves a Eri, y ahora regresas cubierto de sangre y bebiendo alcohol a las tres de la mañana. ¿Qué te está pasando?
Izuku entrecerró los ojos. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad estática que parecía emanar de su propio cuerpo. Se acercó lentamente hacia ella, reduciendo el espacio personal hasta que Ochaco tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para seguir sosteniéndole la mirada.
—¿Izuku? —preguntó ella, esta vez con una nota de miedo real en su voz.
Él no respondió con palabras. En su lugar, extendió la mano y le tomó el mentón con una delicadeza que contrastaba con la tormenta que se veía en sus pupilas. La observó como si estuviera tratando de recordar quién era ella, o quizás, tratando de aferrarse a la última ancla que lo mantenía unido a la cordura. Antes de que ella pudiera decir algo más, Izuku la besó.
No fue el beso dulce y casto al que estaban acostumbrados. Fue una colisión de labios cargada de una intensidad cruda, casi desesperada. Había deseo, sí, pero también una especie de hambre violenta que hizo que Ochaco soltara un gemido de sorpresa contra su boca.
—Hmm... —murmuró ella, sorprendida por la fuerza del contacto.
Izuku rompió el beso por apenas un segundo, el tiempo justo para que ambos recuperaran un poco de aire antes de volver a lanzarse sobre ella. La subió contra la encimera, sus manos abandonando toda timidez para aferrarse a su cintura y luego bajar hacia su trasero, apretando con una urgencia que rozaba lo posesivo.
—C-cariño, no... —logró jadear Ochaco entre besos, tratando de empujarlo suavemente por los hombros—. Aquí no... Eri está arriba, puede despertarse...
—No se despertará —gruñó Izuku contra su cuello, dejando una marca que seguramente sería difícil de ocultar al día siguiente—. Solo cállate y déjame olvidarlo todo por un momento.
Ochaco sintió un escalofrío que no era de placer, sino de una profunda inquietud. Ese hombre que la sujetaba con tanta fuerza, que olía a sudor, hierro y alcohol, no se sentía como el "Deku" del que se había enamorado en la academia. Había una oscuridad en él, una sombra que parecía crecer cada vez que visitaba el hospital.
—Izuku, detente —pidió ella, esta vez con más autoridad, logrando apartar su rostro—. Estás asustándome. Hablemos de tu madre, hablemos de lo que dijeron los médicos hoy...
Al mencionar a Inko, la atmósfera en la cocina cambió instantáneamente. El calor del momento se evaporó, reemplazado por un frío glacial. Izuku se detuvo en seco, sus manos aún sobre ella, pero su cuerpo se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse.
—No menciones a mi madre —dijo él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. No tienes idea de lo que estoy pasando para mantener este techo sobre nuestras cabezas y pagar ese tratamiento.
—¡Soy tu esposa! —exclamó Ochaco, las lágrimas empezando a asomar en sus ojos—. ¡Claro que tengo idea! Pero te estás perdiendo a ti mismo en el proceso. Mírate, estás usando la violencia incluso conmigo.
Izuku se separó de ella bruscamente, dándole la espalda. Se pasó una mano por el cabello revuelto, soltando una risa seca y carente de humor.
—¿Violencia? Solo quería estar con mi esposa. Pero veo que ni siquiera en mi propia casa puedo tener un maldito respiro.
—Papá... ¿estás bien?
Ambos se congelaron. En el umbral de la cocina, envuelta en una manta y con los ojos soñolientos, estaba Eri. A sus quince años, la joven ya no era la niña asustadiza que rescataron de las garras de Overhaul, pero en ese momento, con la luz tenue resaltando su pequeña figura, parecía igual de vulnerable.
Izuku cambió su postura de inmediato. Sus hombros se relajaron y trató de forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Eri... cariño, ¿qué haces despierta? —preguntó él, tratando de ocultar las manchas de sangre de su traje colocándose de lado.
Eri no respondió de inmediato. Sus ojos, que compartían esa extraña sensibilidad que Izuku solía tener, se fijaron en su padre. Ella no veía solo al héroe número tres del ranking, ni al hombre que la había adoptado y dado un hogar. Ella veía algo más. Su don de rebobinar, ahora casi bajo control total, le permitía percibir las fluctuaciones en la energía vital de las personas, y lo que emanaba de Izuku en ese momento la hizo estremecerse.
—He tenido una pesadilla —dijo ella en voz baja, avanzando un paso hacia la cocina—. Soñé con un fuego que no quemaba... un fuego frío. Y tú estabas en medio, papá.
Izuku sintió un pinchazo de culpa en el pecho, pero fue rápidamente sofocado por una oleada de irritación.
—Solo fue un mal sueño, Eri. Ve a dormir. Mañana tienes clases en la academia de enfermería y necesitas descansar.
—¿Y la abuela? —preguntó la joven, ignorando la orden—. Mañana me toca ir a verla después de clase. ¿Ha mejorado?
Izuku apretó los puños a los costados. La imagen de Inko, conectada a esas máquinas, luchando por cada bocanada de aire, cruzó su mente como un relámpago. El diagnóstico de los médicos era terminal. "Fallo multiorgánico de origen desconocido", lo llamaban. Pero él sabía que era algo más. Era como si la vida misma se le estuviera escapando por los poros y no hubiera ningún quirk en el mundo capaz de detenerlo.
—Sigue igual, Eri —mentió él, su voz plana—. Ve a la cama. Ahora.
La severidad en su tono hizo que Ochaco se acercara a la niña y le pusiera una mano en el hombro, tratando de protegerla de la tensión que flotaba en el aire.
—Anda, Eri-chan. Yo subiré contigo en un momento —dijo Ochaco con dulzura, aunque sus ojos seguían fijos en Izuku, llenos de una tristeza silenciosa.
Eri asintió lentamente, pero antes de darse la vuelta, miró a su padre una última vez.
—Papá... hueles a algo raro —susurró ella—. No es solo sangre. Hueles a... azufre.
Izuku no respondió. Se quedó inmóvil mientras escuchaba los pasos de su hija subiendo las escaleras. El silencio regresó a la cocina, pero esta vez era más pesado, casi asfixiante.
—Tienes que descansar, Izuku —dijo Ochaco, su voz apenas un hilo—. Mañana tenemos que hablar seriamente. Esto no puede seguir así. La agencia está preocupada, tus amigos preguntan por ti... Shoto llamó tres veces hoy.
—Diles que estoy bien —respondió él sin mirarla—. Diles que el Símbolo de la Paz está cumpliendo con su deber.
—Ya no hay un Símbolo de la Paz, Izuku. Solo hay héroes haciendo lo mejor que pueden. Y tú... tú te estás convirtiendo en algo que no reconozco.
Ochaco dejó la lata de cerveza sobre la mesa y salió de la cocina, dejándolo solo con sus pensamientos.
Izuku caminó hacia la ventana y miró hacia el jardín oscuro. Sus manos temblaban ligeramente. No era miedo, era una rabia sorda contra un mundo que le exigía ser perfecto mientras le arrebataba lo único que le quedaba de su antigua vida: su madre.
—Dios... —susurró para sí mismo, mirando hacia el cielo nublado donde no se veía ni una sola estrella—. Te he servido toda mi vida. He salvado a miles. He sacrificado mi cuerpo, mi juventud, mi cordura... Y ahora que te pido una sola cosa, ¿me das la espalda?
No hubo respuesta. Solo el sonido del viento golpeando los cristales.
Izuku cerró los ojos y, por un breve instante, una imagen cruzó su mente. No era la de Dios, ni la de All Might. Era una sombra elegante, un hombre de ojos felinos y una sonrisa que prometía soluciones donde la ciencia y la fe habían fallado. Un nombre que no debería conocer, una presencia que había empezado a rondar sus sueños desde que el estado de Inko se volvió crítico.
"Todo tiene un precio, Izuku Midoriya", resonó una voz en su cabeza, una voz que no era la suya. "Pero para alguien como tú, el precio es solo una formalidad".
—Haría cualquier cosa —susurró Izuku al vacío de la noche, su voz cargada de una determinación peligrosa—. Lo que sea por ella.
En ese momento, la temperatura de la cocina bajó varios grados. La luz de la nevera se apagó de golpe, y por un segundo, el reflejo de Izuku en el cristal de la ventana no fue el de un hombre cansado y manchado de sangre, sino el de una silueta envuelta en sombras, con dos puntos de fuego fatuo donde deberían estar sus ojos.
El cambio estaba comenzando. El héroe amable que lloraba por los demás estaba muriendo, y en su lugar, algo mucho más oscuro estaba pidiendo permiso para entrar. Izuku Midoriya, el hombre que una vez quiso salvar a todos con una sonrisa, estaba a punto de descubrir que para salvar a los que amaba, tendría que quemar el mundo entero.
Se sirvió otro trago, ignorando el hecho de que la lata estaba ahora extrañamente caliente al tacto. La cerveza ya no sabía a alcohol; sabía a cenizas. Y por primera vez en semanas, no le importó.
El líquido amargo bajó por su garganta, quemando ligeramente, pero Izuku no hizo una mueca. Al contrario, dejó escapar un suspiro pesado, apoyando la frente contra la puerta del refrigerador.
—Ah... fresca.
—¿Qué demonios estás haciendo?
El grito ahogado y el salto que dio Izuku fueron casi instintivos. La lata estuvo a punto de salir volando de su mano mientras se giraba con el corazón martilleando contra sus costillas, llevándose la mano libre al pecho por puro reflejo.
—¡Ahhh! ¡Maldición! —exclamó, con la respiración entrecortada—. ¡¿Estás tratando de matarme, Ochaco?!
Uraraka estaba de pie junto al marco de la puerta que conectaba con el pasillo. Llevaba un camisón ligero y el cabello revuelto por el sueño, pero sus ojos grandes y redondos no mostraban cansancio, sino una mezcla de confusión y alarma.
—Es tarde, Izuku-kun... —Ella dio un paso hacia la luz mortecina de la cocina, y su expresión se transformó en puro horror al notar las manchas oscuras en el traje de héroe de su marido—. Y... ¿esa sangre? ¡Izuku!
Él bajó la mirada hacia su pecho. El traje de alta tecnología, aquel regalo que sus amigos habían costeado con tanto esfuerzo para devolverlo al lugar que le correspondía, estaba salpicado de un carmesí espeso que ya empezaba a secarse.
—Tranquila, no es mía —respondió él, su voz sonando más áspera de lo habitual. Se dio la vuelta para dejar la lata sobre la encimera, evitando la mirada inquisidora de su esposa—. Eso no debería preocuparte, amor. Estamos bien, ¿sí? Solamente tuve un día de mierda.
Ochaco retrocedió un paso, como si las palabras la hubieran golpeado físicamente.
—¿M-mierda? —repitió ella en un susurro—. ¿Desde cuándo dices malas palabras, Izuku? Tú nunca... tú no eres así.
Izuku cerró los ojos y apretó los dientes. El dolor de cabeza que lo había estado persiguiendo desde que salió del hospital después de visitar a Inko regresó con una fuerza renovada, golpeando sus sienes con el ritmo de su pulso.
—Ahg, escucha —dijo, dándose la vuelta para encararla, aunque sus ojos carecían del brillo esmeralda que solía definirlo—. Ya tuve un pésimo día hoy. Desactivaron mi traje en medio de una persecución porque el sistema de soporte vital falló, casi muere un anciano por los escombros y seguramente recibiré una demanda de la alcaldía por daños colaterales. Lo único que quiero es descansar tranquilo y beber en mi habitación, así que hazte a un lado... por favor.
Ochaco no se movió. Al contrario, se interpuso entre él y la salida de la cocina, cruzando los brazos sobre el pecho antes de estirar una mano y arrebatarle la lata de cerveza, escondiéndola tras su espalda.
—No —dijo ella con firmeza, aunque su voz temblaba ligeramente—. No vas a subir así. Estás actuando raro desde hace semanas, Izuku. No me hablas, apenas ves a Eri, y ahora regresas cubierto de sangre y bebiendo alcohol a las tres de la mañana. ¿Qué te está pasando?
Izuku entrecerró los ojos. El silencio se volvió denso, cargado de una electricidad estática que parecía emanar de su propio cuerpo. Se acercó lentamente hacia ella, reduciendo el espacio personal hasta que Ochaco tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para seguir sosteniéndole la mirada.
—¿Izuku? —preguntó ella, esta vez con una nota de miedo real en su voz.
Él no respondió con palabras. En su lugar, extendió la mano y le tomó el mentón con una delicadeza que contrastaba con la tormenta que se veía en sus pupilas. La observó como si estuviera tratando de recordar quién era ella, o quizás, tratando de aferrarse a la última ancla que lo mantenía unido a la cordura. Antes de que ella pudiera decir algo más, Izuku la besó.
No fue el beso dulce y casto al que estaban acostumbrados. Fue una colisión de labios cargada de una intensidad cruda, casi desesperada. Había deseo, sí, pero también una especie de hambre violenta que hizo que Ochaco soltara un gemido de sorpresa contra su boca.
—Hmm... —murmuró ella, sorprendida por la fuerza del contacto.
Izuku rompió el beso por apenas un segundo, el tiempo justo para que ambos recuperaran un poco de aire antes de volver a lanzarse sobre ella. La subió contra la encimera, sus manos abandonando toda timidez para aferrarse a su cintura y luego bajar hacia su trasero, apretando con una urgencia que rozaba lo posesivo.
—C-cariño, no... —logró jadear Ochaco entre besos, tratando de empujarlo suavemente por los hombros—. Aquí no... Eri está arriba, puede despertarse...
—No se despertará —gruñó Izuku contra su cuello, dejando una marca que seguramente sería difícil de ocultar al día siguiente—. Solo cállate y déjame olvidarlo todo por un momento.
Ochaco sintió un escalofrío que no era de placer, sino de una profunda inquietud. Ese hombre que la sujetaba con tanta fuerza, que olía a sudor, hierro y alcohol, no se sentía como el "Deku" del que se había enamorado en la academia. Había una oscuridad en él, una sombra que parecía crecer cada vez que visitaba el hospital.
—Izuku, detente —pidió ella, esta vez con más autoridad, logrando apartar su rostro—. Estás asustándome. Hablemos de tu madre, hablemos de lo que dijeron los médicos hoy...
Al mencionar a Inko, la atmósfera en la cocina cambió instantáneamente. El calor del momento se evaporó, reemplazado por un frío glacial. Izuku se detuvo en seco, sus manos aún sobre ella, pero su cuerpo se tensó como una cuerda de violín a punto de romperse.
—No menciones a mi madre —dijo él, su voz descendiendo a un susurro peligroso—. No tienes idea de lo que estoy pasando para mantener este techo sobre nuestras cabezas y pagar ese tratamiento.
—¡Soy tu esposa! —exclamó Ochaco, las lágrimas empezando a asomar en sus ojos—. ¡Claro que tengo idea! Pero te estás perdiendo a ti mismo en el proceso. Mírate, estás usando la violencia incluso conmigo.
Izuku se separó de ella bruscamente, dándole la espalda. Se pasó una mano por el cabello revuelto, soltando una risa seca y carente de humor.
—¿Violencia? Solo quería estar con mi esposa. Pero veo que ni siquiera en mi propia casa puedo tener un maldito respiro.
—Papá... ¿estás bien?
Ambos se congelaron. En el umbral de la cocina, envuelta en una manta y con los ojos soñolientos, estaba Eri. A sus quince años, la joven ya no era la niña asustadiza que rescataron de las garras de Overhaul, pero en ese momento, con la luz tenue resaltando su pequeña figura, parecía igual de vulnerable.
Izuku cambió su postura de inmediato. Sus hombros se relajaron y trató de forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Eri... cariño, ¿qué haces despierta? —preguntó él, tratando de ocultar las manchas de sangre de su traje colocándose de lado.
Eri no respondió de inmediato. Sus ojos, que compartían esa extraña sensibilidad que Izuku solía tener, se fijaron en su padre. Ella no veía solo al héroe número tres del ranking, ni al hombre que la había adoptado y dado un hogar. Ella veía algo más. Su don de rebobinar, ahora casi bajo control total, le permitía percibir las fluctuaciones en la energía vital de las personas, y lo que emanaba de Izuku en ese momento la hizo estremecerse.
—He tenido una pesadilla —dijo ella en voz baja, avanzando un paso hacia la cocina—. Soñé con un fuego que no quemaba... un fuego frío. Y tú estabas en medio, papá.
Izuku sintió un pinchazo de culpa en el pecho, pero fue rápidamente sofocado por una oleada de irritación.
—Solo fue un mal sueño, Eri. Ve a dormir. Mañana tienes clases en la academia de enfermería y necesitas descansar.
—¿Y la abuela? —preguntó la joven, ignorando la orden—. Mañana me toca ir a verla después de clase. ¿Ha mejorado?
Izuku apretó los puños a los costados. La imagen de Inko, conectada a esas máquinas, luchando por cada bocanada de aire, cruzó su mente como un relámpago. El diagnóstico de los médicos era terminal. "Fallo multiorgánico de origen desconocido", lo llamaban. Pero él sabía que era algo más. Era como si la vida misma se le estuviera escapando por los poros y no hubiera ningún quirk en el mundo capaz de detenerlo.
—Sigue igual, Eri —mentió él, su voz plana—. Ve a la cama. Ahora.
La severidad en su tono hizo que Ochaco se acercara a la niña y le pusiera una mano en el hombro, tratando de protegerla de la tensión que flotaba en el aire.
—Anda, Eri-chan. Yo subiré contigo en un momento —dijo Ochaco con dulzura, aunque sus ojos seguían fijos en Izuku, llenos de una tristeza silenciosa.
Eri asintió lentamente, pero antes de darse la vuelta, miró a su padre una última vez.
—Papá... hueles a algo raro —susurró ella—. No es solo sangre. Hueles a... azufre.
Izuku no respondió. Se quedó inmóvil mientras escuchaba los pasos de su hija subiendo las escaleras. El silencio regresó a la cocina, pero esta vez era más pesado, casi asfixiante.
—Tienes que descansar, Izuku —dijo Ochaco, su voz apenas un hilo—. Mañana tenemos que hablar seriamente. Esto no puede seguir así. La agencia está preocupada, tus amigos preguntan por ti... Shoto llamó tres veces hoy.
—Diles que estoy bien —respondió él sin mirarla—. Diles que el Símbolo de la Paz está cumpliendo con su deber.
—Ya no hay un Símbolo de la Paz, Izuku. Solo hay héroes haciendo lo mejor que pueden. Y tú... tú te estás convirtiendo en algo que no reconozco.
Ochaco dejó la lata de cerveza sobre la mesa y salió de la cocina, dejándolo solo con sus pensamientos.
Izuku caminó hacia la ventana y miró hacia el jardín oscuro. Sus manos temblaban ligeramente. No era miedo, era una rabia sorda contra un mundo que le exigía ser perfecto mientras le arrebataba lo único que le quedaba de su antigua vida: su madre.
—Dios... —susurró para sí mismo, mirando hacia el cielo nublado donde no se veía ni una sola estrella—. Te he servido toda mi vida. He salvado a miles. He sacrificado mi cuerpo, mi juventud, mi cordura... Y ahora que te pido una sola cosa, ¿me das la espalda?
No hubo respuesta. Solo el sonido del viento golpeando los cristales.
Izuku cerró los ojos y, por un breve instante, una imagen cruzó su mente. No era la de Dios, ni la de All Might. Era una sombra elegante, un hombre de ojos felinos y una sonrisa que prometía soluciones donde la ciencia y la fe habían fallado. Un nombre que no debería conocer, una presencia que había empezado a rondar sus sueños desde que el estado de Inko se volvió crítico.
"Todo tiene un precio, Izuku Midoriya", resonó una voz en su cabeza, una voz que no era la suya. "Pero para alguien como tú, el precio es solo una formalidad".
—Haría cualquier cosa —susurró Izuku al vacío de la noche, su voz cargada de una determinación peligrosa—. Lo que sea por ella.
En ese momento, la temperatura de la cocina bajó varios grados. La luz de la nevera se apagó de golpe, y por un segundo, el reflejo de Izuku en el cristal de la ventana no fue el de un hombre cansado y manchado de sangre, sino el de una silueta envuelta en sombras, con dos puntos de fuego fatuo donde deberían estar sus ojos.
El cambio estaba comenzando. El héroe amable que lloraba por los demás estaba muriendo, y en su lugar, algo mucho más oscuro estaba pidiendo permiso para entrar. Izuku Midoriya, el hombre que una vez quiso salvar a todos con una sonrisa, estaba a punto de descubrir que para salvar a los que amaba, tendría que quemar el mundo entero.
Se sirvió otro trago, ignorando el hecho de que la lata estaba ahora extrañamente caliente al tacto. La cerveza ya no sabía a alcohol; sabía a cenizas. Y por primera vez en semanas, no le importó.
