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Amor
Fandom: Cantantes urbanos
Creado: 2/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorHistoria DomésticaRealismo
Domingo de Rulos, Biberones y Bellakeo
El sol de Puerto Rico no pedía permiso para entrar por las rendijas de las cortinas black-out de la habitación principal. Eran las nueve de la mañana, una hora que para cualquier mortal un domingo sería temprano, pero para Carlos Yandre, conocido en el mundo entero simplemente como "Yan", era casi un milagro de descanso.
Karina se deslizó fuera de las sábanas de seda con cuidado, sintiendo el frío del piso de mármol en sus pies. Antes de siquiera lavarse la cara, agarró su iPhone del cargador y lo colocó en el trípode pequeño que ya tenía estratégicamente ubicado en la esquina de la cocina. Le dio a "grabar" en Instagram y puso un sticker de cuenta regresiva con un audio de tendencia: una mezcla de reggaetón suave con sonidos de pájaros y una voz en off que decía: "Expectativa vs. Realidad de un domingo con un artista urbano".
—Buenos días, mi gente linda —susurró a la cámara, todavía con la voz ronca y el pelo hecho un desastre—. Hoy toca blog familiar, si es que los hombres de esta casa me dejan.
Karina empezó a sacar los ingredientes para el desayuno: huevos orgánicos, aguacate y unas arepas que había aprendido a hacer por una receta de la abuela de Yan. Mientras batía los huevos, sintió unos brazos tatuados y largos rodearle la cintura. El calor de Yan fue instantáneo. Él apoyó la barbilla en su hombro, con los rizos alborotados cayéndole por la frente y esa fragancia a sueño y perfume caro que tanto la volvía loca.
—Mami, ¿ya tú estás activa con el celular? —murmuró Yan con su acento arrastrado, pegándola más a él—. Déjate de eso y dame un beso de buenos días de verdad.
Karina soltó la espátula y se giró entre sus brazos, consciente de que la cámara estaba captando el momento, pero olvidándose de ella al ver los ojos achinados de su esposo.
—Es para las nenas de Instagram, Yan. Quieren ver que eres un hombre de casa —se burló ella, pasando sus manos por el cuello de él.
—Tú sabes que yo soy tuyo completo, baby. El mundo sabe que si no es por ti, yo todavía estaría desayunando cereal en la caja —dijo Yan, soltando una risa profunda antes de plantarle un beso lento—. Te ves bien rica con esa camisa mía puesta, ¿tú sabes?
—¡Yan! Que esto es un blog familiar, no un video de OnlyFans —lo regañó ella entre risas, dándole un empujoncito—. Anda, saca el jugo de la nevera.
En el video editado que Karina subiría más tarde, esta escena llevaría un meme de un gatito siendo abrazado a la fuerza con el texto: "Él no me deja cocinar, ayuda".
A las diez en punto, el monitor de bebé que Karina llevaba en el bolsillo de su bata empezó a emitir unos ruiditos que ambos conocían bien. No eran llantos, eran esos "gugu-dadá" que indicaban que el rey de la casa había decidido que su siesta de belleza había terminado.
—Ya el jefe se reportó —dijo Yan, estirándose y dejando ver su torso tatuado mientras se quitaba la modorra—. Quédate ahí, que yo voy por el campeón.
Minutos después, Yan regresó a la cocina cargando a Noah. El bebé de ocho meses era una copia exacta de su padre: los mismos ojos expresivos y, para gracia de todos, ya empezaban a salirle unos ricitos rebeldes en la parte de arriba de la cabeza. Noah vestía un mameluco que decía "Mini Boss" y traía su mantita favorita arrastrando.
—Mira quién llegó, la luz de mis ojos —exclamó Karina, dejando lo que estaba haciendo para llenar de besos los pies del bebé.
—Dile a mami que tenemos hambre, Noah. Que el viejo está flaco y tú necesitas proteína para ponerte grande como yo —dijo Yan, sentando al niño en su silla alta.
La mañana transcurrió entre risas, papilla regada por toda la mesa y Yan tratando de enseñarle a Noah a hacer el gesto de "paz" con los dedos, algo que el bebé interpretaba simplemente como meterse la mano entera a la boca. Karina grababa todo, desde Yan tratando de limpiar el desastre de comida con una servilleta mientras bailaba un tema nuevo que todavía no salía a la calle, hasta los momentos de calma donde el cantante simplemente miraba a su hijo con una devoción que no mostraba ante las cámaras de la prensa.
—¿Tú te imaginas cuando este nene tenga quince años, Kari? —preguntó Yan, mientras le daba el último sorbo a su café negro—. Va a tener a todas las nenas locas en el colegio. Va a salir igualito al pai, un rompecorazones.
—¡Ni lo digas! —exclamó Karina, señalándolo con una cuchara—. Va a ser un caballero, estudioso y respetuoso. Nada de andar rompiendo corazones por ahí como cierto reggaetonero que yo conozco.
Yan soltó una carcajada y se levantó para rodear la mesa. Se colocó detrás de ella y le susurró al oído, asegurándose de que el micrófono del celular no captara el tono tan privado.
—Pero ese reggaetonero se retiró del juego en cuanto te vio esa cinturita, mami. Tú sabes que yo solo tengo ojos para mi reina.
Karina se sonrojó, algo que después de tres años de matrimonio y un hijo todavía le pasaba con la misma intensidad que el primer día.
—Bueno, mucho romance, pero hay que bañar a Noah y salir un rato —dijo ella, tratando de recuperar la compostura—. El domingo se nos va volando y prometiste que iríamos al parque.
—Cierto, cierto. El "Team Cintura" se va de paseo —bromeó Yan, haciendo referencia al apodo que sus fans le habían puesto por cómo siempre presumía la figura de su esposa en las redes.
El video saltó a una transición rápida con un efecto de sonido gracioso. Ahora se veía a Yan peleando con el coche del bebé en el garaje.
—¡Puñeta, Kari! ¿Quién diseñó esta porquería? Esto tiene más botones que la consola del estudio —se quejaba Yan, luchando por plegar el carrito de marca de lujo mientras Noah lo miraba desde sus brazos con total indiferencia.
Karina, detrás de la cámara, no podía dejar de reír.
—Es solo apretar el botón rojo, Yan. El rojo.
—¡Yo le estoy dando al rojo, pero esta cosa no quiere cooperar! —gritó él de forma dramática, mirando a la cámara con cara de auxilio—. Mi gente, no compren coches caros, compren uno de esos que se doblan solos. Esto es un entrenamiento de crossfit.
Finalmente, lograron salir. El paseo por el parque fue un despliegue de normalidad dentro de lo extraordinario. Yan llevaba una gorra baja y gafas oscuras, intentando pasar desapercibido para disfrutar de su familia, aunque su altura y sus tatuajes lo delataban a leguas.
Se sentaron en una manta sobre la grama. Noah intentaba gatear hacia unas flores cercanas mientras Yan lo vigilaba de cerca, sentado con las piernas cruzadas.
—Mira a ese cabroncito, Kari. Ya mismo está corriendo y no lo agarra nadie —dijo Yan con orgullo, viendo cómo el bebé lograba avanzar unos centímetros—. Me recuerda a cuando yo empezaba en el caserío, siempre buscando cómo moverme hacia adelante.
Karina se recostó en el hombro de su esposo, observando la escena. El sol de la tarde empezaba a bajar, bañando el parque con una luz dorada.
—Eres un buen padre, ¿sabes? —dijo ella en voz baja—. A veces me da miedo que este mundo de la música te absorba, pero cuando te veo con él... sé que tus prioridades están en su sitio.
Yan se giró y le tomó la mano, entrelazando sus dedos.
—Mami, la música es mi trabajo, pero ustedes son mi vida. Yo puedo llenar el Choliseo diez veces, pero si llego a casa y no están ustedes, no tengo nada. Noah es mi mejor hit, y tú eres la musa de todas mis canciones, hasta de las que no he escrito todavía.
El momento fue interrumpido por Noah, que decidió que era una excelente idea intentar comerse una hoja seca.
—¡No, eso no, papá! —gritó Yan, lanzándose al suelo para rescatar al bebé—. ¡Kari, graba esto! El nene quiere ser vegetariano a la fuerza.
El video terminó con un montaje rápido de fotos del día: Noah durmiendo en el carro de regreso, Yan cargando todas las bolsas del bebé mientras intentaba no perder el estilo, y una última toma de los tres frente al espejo del ascensor, con Yan dándole un beso en la mejilla a Karina mientras ella sostenía a un Noah ya somnoliento.
El texto final del video en Instagram decía: "Domingos reales. Caos, amor y muchos pañales. Los amo, mis chicos".
Ya en la noche, con Noah profundamente dormido en su cuna, Yan y Karina se encontraban en el sofá de la sala. Él tenía su computadora abierta, revisando unos ritmos nuevos, pero su mano derecha no dejaba de acariciar la pierna de su mujer.
—Oye, mami —dijo Yan, cerrando la laptop de repente—. El blog quedó duro, pero ya terminamos de grabar por hoy, ¿verdad?
Karina sonrió con malicia, dejando el celular a un lado.
—Sí, la jornada de influencer terminó por hoy. ¿Por qué?
—Porque ahora me toca a mí reclamar mi tiempo con la jefa —dijo él, levantándose y tomándola de la mano para guiarla hacia la habitación—. Y no quiero cámaras, ni memes, ni etiquetas. Solo tú y yo.
—Me parece un plan excelente, Carlos Yandre —respondió ella, dejándose llevar por el hombre que, a pesar de la fama y los diamantes, seguía siendo el mismo muchacho de los rulos que le había robado el corazón años atrás.
La puerta de la habitación se cerró, dejando atrás el silencio de una casa que, por fin, descansaba tras un domingo perfecto de familia y música.
Karina se deslizó fuera de las sábanas de seda con cuidado, sintiendo el frío del piso de mármol en sus pies. Antes de siquiera lavarse la cara, agarró su iPhone del cargador y lo colocó en el trípode pequeño que ya tenía estratégicamente ubicado en la esquina de la cocina. Le dio a "grabar" en Instagram y puso un sticker de cuenta regresiva con un audio de tendencia: una mezcla de reggaetón suave con sonidos de pájaros y una voz en off que decía: "Expectativa vs. Realidad de un domingo con un artista urbano".
—Buenos días, mi gente linda —susurró a la cámara, todavía con la voz ronca y el pelo hecho un desastre—. Hoy toca blog familiar, si es que los hombres de esta casa me dejan.
Karina empezó a sacar los ingredientes para el desayuno: huevos orgánicos, aguacate y unas arepas que había aprendido a hacer por una receta de la abuela de Yan. Mientras batía los huevos, sintió unos brazos tatuados y largos rodearle la cintura. El calor de Yan fue instantáneo. Él apoyó la barbilla en su hombro, con los rizos alborotados cayéndole por la frente y esa fragancia a sueño y perfume caro que tanto la volvía loca.
—Mami, ¿ya tú estás activa con el celular? —murmuró Yan con su acento arrastrado, pegándola más a él—. Déjate de eso y dame un beso de buenos días de verdad.
Karina soltó la espátula y se giró entre sus brazos, consciente de que la cámara estaba captando el momento, pero olvidándose de ella al ver los ojos achinados de su esposo.
—Es para las nenas de Instagram, Yan. Quieren ver que eres un hombre de casa —se burló ella, pasando sus manos por el cuello de él.
—Tú sabes que yo soy tuyo completo, baby. El mundo sabe que si no es por ti, yo todavía estaría desayunando cereal en la caja —dijo Yan, soltando una risa profunda antes de plantarle un beso lento—. Te ves bien rica con esa camisa mía puesta, ¿tú sabes?
—¡Yan! Que esto es un blog familiar, no un video de OnlyFans —lo regañó ella entre risas, dándole un empujoncito—. Anda, saca el jugo de la nevera.
En el video editado que Karina subiría más tarde, esta escena llevaría un meme de un gatito siendo abrazado a la fuerza con el texto: "Él no me deja cocinar, ayuda".
A las diez en punto, el monitor de bebé que Karina llevaba en el bolsillo de su bata empezó a emitir unos ruiditos que ambos conocían bien. No eran llantos, eran esos "gugu-dadá" que indicaban que el rey de la casa había decidido que su siesta de belleza había terminado.
—Ya el jefe se reportó —dijo Yan, estirándose y dejando ver su torso tatuado mientras se quitaba la modorra—. Quédate ahí, que yo voy por el campeón.
Minutos después, Yan regresó a la cocina cargando a Noah. El bebé de ocho meses era una copia exacta de su padre: los mismos ojos expresivos y, para gracia de todos, ya empezaban a salirle unos ricitos rebeldes en la parte de arriba de la cabeza. Noah vestía un mameluco que decía "Mini Boss" y traía su mantita favorita arrastrando.
—Mira quién llegó, la luz de mis ojos —exclamó Karina, dejando lo que estaba haciendo para llenar de besos los pies del bebé.
—Dile a mami que tenemos hambre, Noah. Que el viejo está flaco y tú necesitas proteína para ponerte grande como yo —dijo Yan, sentando al niño en su silla alta.
La mañana transcurrió entre risas, papilla regada por toda la mesa y Yan tratando de enseñarle a Noah a hacer el gesto de "paz" con los dedos, algo que el bebé interpretaba simplemente como meterse la mano entera a la boca. Karina grababa todo, desde Yan tratando de limpiar el desastre de comida con una servilleta mientras bailaba un tema nuevo que todavía no salía a la calle, hasta los momentos de calma donde el cantante simplemente miraba a su hijo con una devoción que no mostraba ante las cámaras de la prensa.
—¿Tú te imaginas cuando este nene tenga quince años, Kari? —preguntó Yan, mientras le daba el último sorbo a su café negro—. Va a tener a todas las nenas locas en el colegio. Va a salir igualito al pai, un rompecorazones.
—¡Ni lo digas! —exclamó Karina, señalándolo con una cuchara—. Va a ser un caballero, estudioso y respetuoso. Nada de andar rompiendo corazones por ahí como cierto reggaetonero que yo conozco.
Yan soltó una carcajada y se levantó para rodear la mesa. Se colocó detrás de ella y le susurró al oído, asegurándose de que el micrófono del celular no captara el tono tan privado.
—Pero ese reggaetonero se retiró del juego en cuanto te vio esa cinturita, mami. Tú sabes que yo solo tengo ojos para mi reina.
Karina se sonrojó, algo que después de tres años de matrimonio y un hijo todavía le pasaba con la misma intensidad que el primer día.
—Bueno, mucho romance, pero hay que bañar a Noah y salir un rato —dijo ella, tratando de recuperar la compostura—. El domingo se nos va volando y prometiste que iríamos al parque.
—Cierto, cierto. El "Team Cintura" se va de paseo —bromeó Yan, haciendo referencia al apodo que sus fans le habían puesto por cómo siempre presumía la figura de su esposa en las redes.
El video saltó a una transición rápida con un efecto de sonido gracioso. Ahora se veía a Yan peleando con el coche del bebé en el garaje.
—¡Puñeta, Kari! ¿Quién diseñó esta porquería? Esto tiene más botones que la consola del estudio —se quejaba Yan, luchando por plegar el carrito de marca de lujo mientras Noah lo miraba desde sus brazos con total indiferencia.
Karina, detrás de la cámara, no podía dejar de reír.
—Es solo apretar el botón rojo, Yan. El rojo.
—¡Yo le estoy dando al rojo, pero esta cosa no quiere cooperar! —gritó él de forma dramática, mirando a la cámara con cara de auxilio—. Mi gente, no compren coches caros, compren uno de esos que se doblan solos. Esto es un entrenamiento de crossfit.
Finalmente, lograron salir. El paseo por el parque fue un despliegue de normalidad dentro de lo extraordinario. Yan llevaba una gorra baja y gafas oscuras, intentando pasar desapercibido para disfrutar de su familia, aunque su altura y sus tatuajes lo delataban a leguas.
Se sentaron en una manta sobre la grama. Noah intentaba gatear hacia unas flores cercanas mientras Yan lo vigilaba de cerca, sentado con las piernas cruzadas.
—Mira a ese cabroncito, Kari. Ya mismo está corriendo y no lo agarra nadie —dijo Yan con orgullo, viendo cómo el bebé lograba avanzar unos centímetros—. Me recuerda a cuando yo empezaba en el caserío, siempre buscando cómo moverme hacia adelante.
Karina se recostó en el hombro de su esposo, observando la escena. El sol de la tarde empezaba a bajar, bañando el parque con una luz dorada.
—Eres un buen padre, ¿sabes? —dijo ella en voz baja—. A veces me da miedo que este mundo de la música te absorba, pero cuando te veo con él... sé que tus prioridades están en su sitio.
Yan se giró y le tomó la mano, entrelazando sus dedos.
—Mami, la música es mi trabajo, pero ustedes son mi vida. Yo puedo llenar el Choliseo diez veces, pero si llego a casa y no están ustedes, no tengo nada. Noah es mi mejor hit, y tú eres la musa de todas mis canciones, hasta de las que no he escrito todavía.
El momento fue interrumpido por Noah, que decidió que era una excelente idea intentar comerse una hoja seca.
—¡No, eso no, papá! —gritó Yan, lanzándose al suelo para rescatar al bebé—. ¡Kari, graba esto! El nene quiere ser vegetariano a la fuerza.
El video terminó con un montaje rápido de fotos del día: Noah durmiendo en el carro de regreso, Yan cargando todas las bolsas del bebé mientras intentaba no perder el estilo, y una última toma de los tres frente al espejo del ascensor, con Yan dándole un beso en la mejilla a Karina mientras ella sostenía a un Noah ya somnoliento.
El texto final del video en Instagram decía: "Domingos reales. Caos, amor y muchos pañales. Los amo, mis chicos".
Ya en la noche, con Noah profundamente dormido en su cuna, Yan y Karina se encontraban en el sofá de la sala. Él tenía su computadora abierta, revisando unos ritmos nuevos, pero su mano derecha no dejaba de acariciar la pierna de su mujer.
—Oye, mami —dijo Yan, cerrando la laptop de repente—. El blog quedó duro, pero ya terminamos de grabar por hoy, ¿verdad?
Karina sonrió con malicia, dejando el celular a un lado.
—Sí, la jornada de influencer terminó por hoy. ¿Por qué?
—Porque ahora me toca a mí reclamar mi tiempo con la jefa —dijo él, levantándose y tomándola de la mano para guiarla hacia la habitación—. Y no quiero cámaras, ni memes, ni etiquetas. Solo tú y yo.
—Me parece un plan excelente, Carlos Yandre —respondió ella, dejándose llevar por el hombre que, a pesar de la fama y los diamantes, seguía siendo el mismo muchacho de los rulos que le había robado el corazón años atrás.
La puerta de la habitación se cerró, dejando atrás el silencio de una casa que, por fin, descansaba tras un domingo perfecto de familia y música.
