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Lost

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 2/7/2026

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El eco del silencio no correspondido

La cafetería de la escuela técnica de hechicería de Tokio estaba inusualmente ruidosa esa tarde. El sol de otoño se filtraba por las ventanas, arrojando sombras alargadas sobre las mesas de madera. Megumi Fushiguro estaba sentado en el rincón más alejado, con un libro de texto abierto frente a él, aunque sus ojos verdes no habían avanzado de la misma página en los últimos diez minutos. Su piel pálida resaltaba bajo la luz mortecina, y su cabello negro y rebelde parecía absorber cualquier pizca de alegría que el ambiente intentara imponerle.

Él prefería la soledad. Era su refugio, el único lugar donde no tenía que fingir que el nudo en su garganta no existía cada vez que veía a Yuji Itadori sonreírle a alguien más.

— ¡Fushiguro! —El grito rompió su burbuja de tranquilidad.

Megumi no necesitó levantar la vista para saber quién era. El sonido de los pasos pesados y enérgicos, el aroma a detergente barato y energía inagotable eran inconfundibles. Yuji se dejó caer en la silla frente a él con una falta de delicadeza que hizo vibrar la mesa. Su cabello rosa estaba más alborotado de lo habitual y sus ojos claros, usualmente brillantes, tenían un matiz de desesperación que Megumi detectó al instante.

— Estás estudiando —observó Yuji, aunque no sonaba como una disculpa por interrumpir—. Perdona, de verdad. Pero es que... no sé a quién más acudir.

Megumi cerró el libro lentamente, entrelazando sus dedos largos y delgados sobre la cubierta.

— ¿Qué pasa, Itadori? —preguntó con su habitual tono monocorde, ocultando el hecho de que su corazón acababa de dar un vuelco solo por ser el centro de la atención del otro.

Yuji soltó un suspiro largo, pasándose una mano por la nuca. Su piel, un poco más morena por las horas de entrenamiento bajo el sol, parecía tensa.

— Es Ozawa —dijo el nombre de su exnovia como si fuera una oración—. Ella... de verdad terminó conmigo, Fushiguro. Dice que ya no siente esa "chispa", que tal vez somos demasiado diferentes. Pero yo sé que todavía me quiere. Solo necesita un empujón, ¿sabes? Algo que le haga darse cuenta de lo que está perdiendo.

Megumi sintió un pinchazo frío en el pecho. Sabía que Yuji era heterosexual, sabía que amaba a esa chica, pero escucharlo en voz alta siempre era como una pequeña puñalada autoinfligida.

— ¿Y qué quieres que haga yo? —preguntó Megumi, manteniendo su expresión neutral—. No soy bueno dando consejos sentimentales.

— No quiero consejos —Yuji se inclinó hacia adelante, bajando la voz, sus ojos fijos en los de Megumi—. Quiero que me ayudes a ponerla celosa. Quiero que finjas ser mi novio.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Megumi parpadeó, procesando las palabras. Su mente, usualmente lógica y rápida, se quedó en blanco. ¿Él? ¿El chico introvertido que apenas hablaba en las reuniones grupales, fingiendo ser el novio del chico del que estaba secretamente enamorado? Era una receta para el desastre.

— No —dijo Megumi de inmediato.

— ¡Por favor! —suplicó Yuji, juntando las manos—. Eres perfecto para esto. Eres guapo, eres serio, todos saben que no sales con cualquiera. Si ella nos ve juntos, si cree que he pasado página con alguien tan... tan increíble como tú, se dará cuenta de que cometió un error. Solo serán un par de semanas, hasta que ella me pida volver.

— Es una idea estúpida, Itadori. Las relaciones no funcionan así.

— ¡Para mí sí! —insistió Yuji con una honestidad brutal que dolió—. La amo, Fushiguro. Haría cualquier cosa por volver con ella. Por favor, eres mi mejor amigo. Ayúdame.

"Mi mejor amigo". La etiqueta quemaba. Megumi miró los ojos suplicantes de Yuji y supo que, a pesar de todo su intelecto, iba a decir que sí. Porque era débil cuando se trataba de Itadori, y porque una parte masoquista de su ser prefería tener un amor falso que no tener nada en absoluto.

— Está bien —susurró Megumi, desviando la mirada hacia la ventana—. Pero no esperes que sea cariñoso en público.

Yuji saltó de su asiento, rodeando la mesa para darle a Megumi un abrazo lateral que lo dejó sin aliento.

— ¡Eres el mejor! En serio, te debo una gigante. Mañana empezamos, ¿vale? Ella va a estar en el entrenamiento inter-escolar. Tenemos que parecer... ya sabes, unidos.

Megumi solo asintió, sintiendo el calor del cuerpo musculoso de Yuji contra el suyo. Fue un momento de felicidad robada, empañado por la verdad de que todo era una actuación para recuperar a otra persona.

***

Los días siguientes fueron una tortura refinada. Yuji, siendo el extrovertido que era, no escatimaba en detalles. En el comedor, se sentaba más cerca de lo habitual de Megumi, pasando un brazo sobre sus hombros mientras hablaba animadamente con Nobara y los demás.

— ¿Desde cuándo ustedes dos son tan unidos? —preguntó Nobara una tarde, alzando una ceja mientras masticaba un trozo de sandía.

Yuji sonrió, esa sonrisa amplia y deslumbrante que siempre hacía que a Megumi se le apretara el estómago.

— Oh, bueno... nos dimos cuenta de que nos llevamos mejor de lo que pensábamos —dijo Yuji, apretando el hombro de Megumi—. ¿Verdad, Fushiguro?

Megumi sintió la mirada de Ozawa desde una mesa cercana. La chica observaba con una mezcla de confusión y tristeza.

— Sí —respondió Megumi con voz seca—. Como digas.

— ¡Qué seco eres! —rió Yuji, acercándose más hasta que sus cabellos rosa rozaron la mejilla de Megumi—. Pero así me gustas.

El corazón de Megumi dio un vuelco doloroso. Sabía que Yuji lo decía para que Ozawa lo oyera, pero en el fondo de su mente, una pequeña y traicionera voz se preguntaba cómo se sentiría si fuera verdad.

A solas, la dinámica era diferente. Yuji no dejaba de hablar de su ex.

— ¿Viste cómo me miró hoy? —preguntó Yuji mientras caminaban por los pasillos de los dormitorios—. Creo que está funcionando. Se veía molesta cuando me reí de tu chiste.

— Yo no hice ningún chiste, Itadori. Solo dije que el reporte de Gojo-sensei estaba mal redactado.

— ¡Daba igual! Ella pensó que nos estábamos divirtiendo. Eres un actor natural, Fushiguro.

Megumi quería gritar. Quería decirle que no estaba actuando, que cada vez que permitía que Yuji le tomara la mano frente a los demás, su pulso se aceleraba de una forma que no tenía nada de fingida. Pero se mantuvo callado, refugiado en su piel pálida y su expresión de hielo.

La crueldad del plan alcanzó su punto máximo una semana después.

El grupo estaba reunido en el patio principal. El aire era fresco y el ambiente relajado. Ozawa estaba allí, hablando con unas amigas, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia Yuji. Itadori lo notó y decidió que era el momento del golpe final.

— Oye, Megumi —dijo Yuji en voz alta, captando no solo la atención de la chica, sino de todos los presentes.

Megumi levantó la vista de sus manos.

— ¿Qué?

Yuji se acercó, reduciendo el espacio personal a cero. Sus ojos claros brillaban con una intensidad que Megumi confundió con afecto por un segundo efímero.

— Gracias por ser tan comprensivo conmigo estos días. Eres... realmente especial.

Y antes de que Megumi pudiera reaccionar, Yuji se inclinó y lo besó.

No fue un beso largo, apenas un roce de labios, pero para Megumi fue como si el mundo se detuviera. Los labios de Yuji estaban tibios, un poco agrietados por el frío, y sabían a café. Por un instante, Megumi cerró los ojos, permitiéndose creer que el peso de las manos de Yuji en su cintura era real, que el afecto era genuino.

Pero el momento se rompió antes de empezar.

— ¡Yuji! —El grito de Ozawa cortó el aire.

Megumi abrió los ojos justo a tiempo para ver a Yuji soltarlo casi al instante. La velocidad con la que Itadori se alejó de él fue violenta, como si el contacto con Megumi le quemara ahora que ya no era necesario.

Yuji no miró a Megumi. Sus ojos estaban fijos en la chica que corría hacia él con lágrimas en los ojos.

— ¡Lo siento! —exclamó Ozawa, llegando frente a Yuji—. ¡No puedo soportarlo! Yuji, te extraño, me equivoqué. Por favor, no estés con él, vuelve conmigo.

El rostro de Yuji se iluminó de una manera que Megumi nunca había logrado provocar. Era una alegría pura, radiante y absoluta.

— ¿De verdad? —preguntó Yuji, ignorando por completo la presencia de Megumi a su lado—. ¿Quieres volver?

— Sí, sí, mil veces sí.

Yuji la rodeó con sus brazos y la levantó en el aire, riendo a carcajadas. El grupo de amigos comenzó a vitorear y a silbar, celebrando la reconciliación. Nadie parecía recordar que, hace apenas diez segundos, Yuji estaba besando a otra persona.

Megumi se quedó de pie, inmóvil. Sus labios todavía hormigueaban por el contacto, pero su pecho se sentía como si lo hubieran vaciado con un bisturí. Se sintió invisible, una herramienta que había cumplido su propósito y que ahora podía ser desechada en un rincón oscuro.

Yuji bajó a Ozawa y, por fin, se acordó de que Megumi estaba allí. Se giró con una sonrisa de oreja a oreja, pero no había rastro de la supuesta complicidad de los días anteriores. Solo había una gratitud superficial y descuidada.

— ¡Fushiguro, funcionó! —exclamó Yuji, dándole una palmada fuerte en el hombro, la misma que le daría a cualquier otro compañero—. ¡Lo logramos! Gracias, de verdad. No sé qué habría hecho sin ti. Eres el mejor amigo del mundo.

— Sí —logró decir Megumi, aunque su voz sonó rota, una astilla de cristal en medio de la celebración—. De nada.

— ¡Vamos a celebrar! —anunció Yuji a los demás, tomando la mano de Ozawa y entrelazando sus dedos con una naturalidad que nunca tuvo con Megumi—. ¡Invito yo!

El grupo comenzó a alejarse hacia la salida de la escuela. Yuji caminaba al frente, riendo con la chica, contándole algo que la hacía reír. Ni una sola vez miró hacia atrás.

Megumi se quedó solo en el patio. El viento sopló, despeinando su cabello negro y calando su piel pálida. Se llevó una mano a los labios, apretándolos con fuerza. El sabor a café de Yuji ya se estaba desvaneciendo, reemplazado por el sabor amargo de la realidad.

Había aceptado ser el novio falso sabiendo que le rompería el corazón. Lo que no sabía era que Yuji se lo rompería sin siquiera darse cuenta, tratándolo como un simple peón en su juego de amor heterosexual. Para Yuji, el beso no había sido nada más que una táctica exitosa. Para Megumi, había sido el principio y el fin de su mundo.

Cerró los ojos y respiró hondo, tragándose el nudo de su garganta. Mañana volvería a ser el Megumi serio, el que no pide ayuda, el que no inicia conversaciones. El que observa desde las sombras cómo la persona que ama es feliz con alguien más.

Porque al final del día, en la vida de Yuji Itadori, Megumi Fushiguro solo era un buen amigo. Y nada, ni siquiera el beso más real del mundo, iba a cambiar eso.
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