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Regina Vibes
Fandom: Teen wolf
Creado: 2/7/2026
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UA (Universo Alternativo)DramaHumorFantasíaMisterioEstudio de PersonajeAmbientación CanonDivergenciaRecortes de VidaRomanceFluffCrack / Humor ParódicoPelícula de AmigosSátira
Tacones de Aguja y Curiosidad de Lobo
El rugido del viejo Jeep de Stiles Stilinski fue lo único que rompió el silencio matutino del estacionamiento de la preparatoria Beacon Hills, pero incluso ese ruido familiar quedó opacado por el silencio sepulcral que se apoderó del lugar apenas ella bajó de su auto.
Stiles, que estaba forcejeando con la puerta del copiloto para sacar su mochila, se quedó congelado. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un momento, se olvidó de cómo respirar.
—Dime que estás viendo lo mismo que yo, Scott —susurró Stiles sin apartar la vista de la figura que caminaba hacia la entrada principal.
Scott McCall, que estaba a su lado ajustándose la correa de su bolso, asintió lentamente.
—Es... mucho rosa —logró decir el hombre lobo.
No era solo "mucho rosa". Era una declaración de guerra estética. Reah Gorge no caminaba, desfilaba. A sus dieciséis años, poseía la altura y la gracia de una modelo de alta costura. Su cabello rubio platino caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos azules, afilados y analíticos, escaneaban el entorno con una mezcla de aburrimiento y superioridad. Vestía un top blanco inmaculado que dejaba ver una pizca de piel, una minifalda rosa que desafiaba cualquier código de vestimenta escolar y una chaqueta de cuero del mismo tono que gritaba "diseñador". Pero lo más impresionante eran los tacones. Unos estiletos de marca que repiqueteaban contra el asfalto con una precisión militar.
—Es como si Regina George hubiera decidido que los hombres lobo eran demasiado aburridos para su presencia y viniera a arreglar el pueblo —comentó Stiles, recuperando finalmente su sarcasmo habitual—. Mira eso, Scott. Ni siquiera Allison usaba tacones de diez centímetros para Geometría. Es... fascinante. Y aterrador. Mayormente aterrador.
Reah cruzó las puertas dobles del instituto, dejando una estela de perfume floral y un rastro de mandíbulas caídas. Para cuando Stiles y Scott llegaron al pasillo principal, el rumor ya se había extendido: la chica nueva era rica, era hermosa y, aparentemente, no tenía intención de pasar desapercibida.
La primera clase del día fue una tortura para la concentración de Stiles. No podía dejar de mirar hacia la esquina donde Reah se había sentado. Ella ni siquiera sacó un cuaderno; simplemente observaba al profesor con una expresión de sofisticada indiferencia, retocándose ocasionalmente el brillo de labios.
Sin embargo, lo que realmente puso a Beacon Hills de cabeza fue lo que sucedió durante el almuerzo.
Stiles estaba sentado en la mesa de siempre, diseccionando una hamburguesa sospechosa, cuando el sonido rítmico de los tacones volvió a resonar en la cafetería. Reah Gorge no se dirigió a la fila de la comida. Se dirigió directamente a la mesa de los entrenadores, donde el Entrenador Finstock estaba gritándole a un sándwich de pavo.
—¡Entrenador! —exclamó Stiles, dándole un codazo a Scott—. Mira esto. Va a morir. El entrenador la va a devorar viva por interrumpir su almuerzo.
Pero lo que sucedió fue todo lo contrario. Reah se paró frente a Finstock, cruzó sus largas y contorneadas piernas y apoyó una mano en su cadera.
—Señor Finstock —dijo Reah, su voz era dulce pero tenía un filo de acero que se escuchó en media cafetería—, este instituto es un desierto cultural. El equipo de lacrosse es... aceptable, supongo, pero carece de la motivación visual que solo un escuadrón de animadoras de élite puede proporcionar. Mi nombre es Reah Gorge, y voy a salvar su programa deportivo.
El Entrenador Finstock levantó la vista, listo para soltar uno de sus habituales discursos llenos de furia, pero se detuvo en seco. Miró a Reah, miró su chaqueta de cuero rosa, y luego miró su propia pizarra de jugadas desastrosas.
—¿Puedes hacer que la gente deje de abuchearnos cuando Greenberg falla un tiro? —preguntó el entrenador con una intensidad maníaca.
—Puedo hacer que nadie se dé cuenta de que Greenberg siquiera existe —respondió Reah con una sonrisa gélida.
—¡Hecho! —gritó Finstock—. ¡Gorge, tienes el gimnasio a las tres! ¡Si no veo pompones y pirámides humanas para el viernes, estás fuera!
Reah asintió con elegancia, dio media vuelta y caminó hacia el centro de la cafetería. Se subió a una de las sillas, ignorando las miradas atónitas de los estudiantes.
—¡Atención, perdedores y gente con potencial! —anunció con una voz clara y melodiosa—. Mi nombre es Reah y estoy reclutando para el nuevo escuadrón de animadoras. Si tienes ritmo, una ética de trabajo impecable y no te vistes como si hubieras encontrado tu ropa en un contenedor de basura, preséntate en el gimnasio después de clases. Las audiciones serán brutales. No acepto mediocridad.
Bajó de la silla con una gracia envidiable y caminó directamente hacia la mesa de Stiles. Él se atragantó con su leche de chocolate.
—Tú —dijo Reah, señalando a Stiles con una uña perfectamente manicurada en color rosa pastel.
—¿Yo? —Stiles se señaló a sí mismo, con los ojos muy abiertos—. ¿Quieres que sea animador? Porque tengo una coordinación cuestionable y mis rodillas crujen cuando me levanto muy rápido, pero supongo que podría...
—No seas ridículo —lo interrumpió ella, recorriéndolo con la mirada como si fuera un espécimen de laboratorio interesante pero mal vestido—. Tienes ojos inteligentes, pero tu estilo es un crimen contra la humanidad. ¿Cómo te llamas?
—Stiles. Bueno, es un apodo, mi nombre real es...
—No me importa —cortó ella con una sonrisa encantadora que no llegaba a sus ojos—. Stiles, pareces ser el tipo de persona que lo sabe todo en este pueblo. Necesito una lista de las chicas con más influencia social y los chicos más atléticos. Y tráeme un café latte de vainilla con leche de almendras a las tres.
—¿Perdona? —Stiles parpadeó, ofendido y fascinado a la vez—. No soy tu asistente personal, Reah. Tengo cosas que hacer. Investigaciones, misterios, salvar el mundo... ya sabes, cosas de adolescentes.
Reah se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en la mesa. El aroma a rosas y lujo inundó los sentidos de Stiles.
—Eres persistente, eso me gusta —susurró ella—. Pero yo siempre consigo lo que quiero. El café, Stiles. A las tres. No llegues tarde.
Se dio la vuelta y se alejó, el movimiento de su falda rosa marcando un ritmo hipnótico.
—Vaya —dijo Scott tras un largo silencio—. Creo que acabas de ser reclutado.
—No voy a llevarle un café —murmuró Stiles, aunque ya estaba revisando mentalmente si tenía suficiente dinero para el Starbucks—. Es absurdo. Es pretenciosa, es mandona y claramente cree que el mundo gira a su alrededor.
—Es exactamente tu tipo —bromeó Scott.
—¡No es mi tipo! —protestó Stiles, aunque su mente ya estaba trabajando a mil por hora—. Pero... tienes que admitir que es astuta. Convencer al entrenador en treinta segundos es un récord mundial. Hay algo en ella, Scott. No es solo una chica bonita con tacones caros. Es inteligente. Demasiado inteligente.
A las tres de la tarde, Stiles estaba sentado en las gradas del gimnasio. En su mano derecha sostenía un café latte de vainilla con leche de almendras. Se sentía como un traidor a su propia dignidad, pero su curiosidad era más fuerte que su orgullo.
El gimnasio estaba lleno. Casi todas las chicas del tercer y cuarto año estaban allí, murmurando nerviosas. Reah estaba en el centro de la cancha, se había quitado la chaqueta de cuero pero seguía usando los tacones.
—¡Silencio! —ordenó Reah. El gimnasio quedó mudo al instante—. Esto no es un club de manualidades. Es un escuadrón de élite. Si no pueden mantener el equilibrio con su propio peso, no esperen que yo las sostenga. ¡Empecemos!
Stiles observó, hipnotizado, cómo Reah dirigía el caos con la precisión de un general. Era sofisticada, sí, pero también era implacable. No permitía errores. Sin embargo, cuando una de las chicas más tímidas tropezó y comenzó a llorar de frustración, Reah se acercó.
Stiles esperó un comentario mordaz, una humillación pública al estilo "Regina George". Pero en lugar de eso, Reah se inclinó y le susurró algo al oído a la chica. Le puso una mano en el hombro y, por un breve segundo, su expresión se suavizó. Fue un destello de pura empatía, algo sentimental y dulce que desapareció tan pronto como volvió a ponerse de pie.
—¡Cinco minutos de descanso! —gritó Reah.
Caminó hacia las gradas y se sentó al lado de Stiles con una elegancia natural.
—Mi café —dijo, extendiendo la mano.
Stiles se lo entregó, observándola con atención.
—Vi lo que hiciste con esa chica —comentó él—. Pensé que ibas a destrozarla.
Reah tomó un sorbo de su café y cerró los ojos un momento, disfrutando del sabor.
—La disciplina no significa crueldad, Stiles —respondió ella, volviendo a su tono sofisticado—. Pero en este pueblo, la gente parece estar siempre a la defensiva. Como si esperaran que algo malo sucediera en cualquier momento.
Stiles se tensó. ¿Sabía algo? ¿Era posible que una chica nueva, obsesionada con el rosa y los tacones, hubiera captado la vibración sobrenatural de Beacon Hills en menos de ocho horas?
—Es un pueblo pequeño —dijo Stiles, tratando de sonar casual—. Pasan cosas raras. Desapariciones, ataques de animales... lo usual.
Reah lo miró fijamente, sus ojos azules escaneando su rostro. Stiles sintió que ella estaba leyendo sus secretos como si fueran un libro abierto.
—No soy tonta, Stiles —dijo ella, bajando el tono de voz—. He vivido en ciudades donde la gente es mucho más peligrosa que un simple "ataque de animal". Sé reconocer cuando alguien esconde algo. Y tú, con tu sarcasmo y tus dedos inquietos, escondes mucho.
—¿Y tú qué escondes, Reah Gorge? —preguntó él, inclinándose un poco más hacia ella—. Porque nadie viene a Beacon Hills vestida como si fuera a la Semana de la Moda de París sin una razón.
Reah sonrió, y esta vez, la sonrisa fue genuina. Era encantadora y peligrosa a la vez.
—Tal vez solo quería un lugar donde pudiera ser la reina sin tener que esforzarme tanto —dijo ella, poniéndose de pie—. O tal vez necesitaba un cambio de aires. De cualquier manera, prepárate. Este escuadrón va a ser lo mejor que le ha pasado a esta escuela. Y tú vas a ayudarme.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué haría eso? —preguntó Stiles con una ceja levantada.
Reah se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla, dejando un rastro de aroma a rosas y la calidez de su piel.
—Porque soy encantadora, soy persistente y, admítelo, te mueres por saber qué hay detrás de esta minifalda rosa —le guiñó un ojo—. Mañana quiero un informe de los jugadores de lacrosse. Puntos fuertes, debilidades y quién tiene el mejor cabello. El aspecto visual es importante, Stiles.
Se alejó hacia el centro de la cancha, sus tacones resonando con fuerza, dejando a Stiles Stilinski sentado en las gradas, completamente aturdido y, por primera vez en mucho tiempo, sin una respuesta sarcástica preparada.
—Estamos en problemas —susurró Stiles para sí mismo, tocándose la mejilla—. Problemas muy, muy rosas.
Mientras Reah volvía a gritar órdenes a las aspirantes a animadoras, Stiles sacó su teléfono y envió un mensaje rápido a Scott.
"Tenemos una nueva alfa en la escuela. No tiene garras, tiene tacones de aguja. Ten cuidado."
Reah, desde la distancia, lo miró por encima del hombro y le dedicó una sonrisa astuta. Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo. Había llegado a Beacon Hills para reinar, y si había hombres lobo, cazadores o misterios antiguos en el camino, tendrían que aprender a lidiar con ella. Porque Reah Gorge no retrocedía ante nada, y mucho menos si eso arruinaba su conjunto.
El tercer año acababa de empezar, y Stiles Stilinski sabía que su vida se había vuelto mucho más complicada, y definitivamente, mucho más colorida.
Stiles, que estaba forcejeando con la puerta del copiloto para sacar su mochila, se quedó congelado. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un momento, se olvidó de cómo respirar.
—Dime que estás viendo lo mismo que yo, Scott —susurró Stiles sin apartar la vista de la figura que caminaba hacia la entrada principal.
Scott McCall, que estaba a su lado ajustándose la correa de su bolso, asintió lentamente.
—Es... mucho rosa —logró decir el hombre lobo.
No era solo "mucho rosa". Era una declaración de guerra estética. Reah Gorge no caminaba, desfilaba. A sus dieciséis años, poseía la altura y la gracia de una modelo de alta costura. Su cabello rubio platino caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y sus ojos azules, afilados y analíticos, escaneaban el entorno con una mezcla de aburrimiento y superioridad. Vestía un top blanco inmaculado que dejaba ver una pizca de piel, una minifalda rosa que desafiaba cualquier código de vestimenta escolar y una chaqueta de cuero del mismo tono que gritaba "diseñador". Pero lo más impresionante eran los tacones. Unos estiletos de marca que repiqueteaban contra el asfalto con una precisión militar.
—Es como si Regina George hubiera decidido que los hombres lobo eran demasiado aburridos para su presencia y viniera a arreglar el pueblo —comentó Stiles, recuperando finalmente su sarcasmo habitual—. Mira eso, Scott. Ni siquiera Allison usaba tacones de diez centímetros para Geometría. Es... fascinante. Y aterrador. Mayormente aterrador.
Reah cruzó las puertas dobles del instituto, dejando una estela de perfume floral y un rastro de mandíbulas caídas. Para cuando Stiles y Scott llegaron al pasillo principal, el rumor ya se había extendido: la chica nueva era rica, era hermosa y, aparentemente, no tenía intención de pasar desapercibida.
La primera clase del día fue una tortura para la concentración de Stiles. No podía dejar de mirar hacia la esquina donde Reah se había sentado. Ella ni siquiera sacó un cuaderno; simplemente observaba al profesor con una expresión de sofisticada indiferencia, retocándose ocasionalmente el brillo de labios.
Sin embargo, lo que realmente puso a Beacon Hills de cabeza fue lo que sucedió durante el almuerzo.
Stiles estaba sentado en la mesa de siempre, diseccionando una hamburguesa sospechosa, cuando el sonido rítmico de los tacones volvió a resonar en la cafetería. Reah Gorge no se dirigió a la fila de la comida. Se dirigió directamente a la mesa de los entrenadores, donde el Entrenador Finstock estaba gritándole a un sándwich de pavo.
—¡Entrenador! —exclamó Stiles, dándole un codazo a Scott—. Mira esto. Va a morir. El entrenador la va a devorar viva por interrumpir su almuerzo.
Pero lo que sucedió fue todo lo contrario. Reah se paró frente a Finstock, cruzó sus largas y contorneadas piernas y apoyó una mano en su cadera.
—Señor Finstock —dijo Reah, su voz era dulce pero tenía un filo de acero que se escuchó en media cafetería—, este instituto es un desierto cultural. El equipo de lacrosse es... aceptable, supongo, pero carece de la motivación visual que solo un escuadrón de animadoras de élite puede proporcionar. Mi nombre es Reah Gorge, y voy a salvar su programa deportivo.
El Entrenador Finstock levantó la vista, listo para soltar uno de sus habituales discursos llenos de furia, pero se detuvo en seco. Miró a Reah, miró su chaqueta de cuero rosa, y luego miró su propia pizarra de jugadas desastrosas.
—¿Puedes hacer que la gente deje de abuchearnos cuando Greenberg falla un tiro? —preguntó el entrenador con una intensidad maníaca.
—Puedo hacer que nadie se dé cuenta de que Greenberg siquiera existe —respondió Reah con una sonrisa gélida.
—¡Hecho! —gritó Finstock—. ¡Gorge, tienes el gimnasio a las tres! ¡Si no veo pompones y pirámides humanas para el viernes, estás fuera!
Reah asintió con elegancia, dio media vuelta y caminó hacia el centro de la cafetería. Se subió a una de las sillas, ignorando las miradas atónitas de los estudiantes.
—¡Atención, perdedores y gente con potencial! —anunció con una voz clara y melodiosa—. Mi nombre es Reah y estoy reclutando para el nuevo escuadrón de animadoras. Si tienes ritmo, una ética de trabajo impecable y no te vistes como si hubieras encontrado tu ropa en un contenedor de basura, preséntate en el gimnasio después de clases. Las audiciones serán brutales. No acepto mediocridad.
Bajó de la silla con una gracia envidiable y caminó directamente hacia la mesa de Stiles. Él se atragantó con su leche de chocolate.
—Tú —dijo Reah, señalando a Stiles con una uña perfectamente manicurada en color rosa pastel.
—¿Yo? —Stiles se señaló a sí mismo, con los ojos muy abiertos—. ¿Quieres que sea animador? Porque tengo una coordinación cuestionable y mis rodillas crujen cuando me levanto muy rápido, pero supongo que podría...
—No seas ridículo —lo interrumpió ella, recorriéndolo con la mirada como si fuera un espécimen de laboratorio interesante pero mal vestido—. Tienes ojos inteligentes, pero tu estilo es un crimen contra la humanidad. ¿Cómo te llamas?
—Stiles. Bueno, es un apodo, mi nombre real es...
—No me importa —cortó ella con una sonrisa encantadora que no llegaba a sus ojos—. Stiles, pareces ser el tipo de persona que lo sabe todo en este pueblo. Necesito una lista de las chicas con más influencia social y los chicos más atléticos. Y tráeme un café latte de vainilla con leche de almendras a las tres.
—¿Perdona? —Stiles parpadeó, ofendido y fascinado a la vez—. No soy tu asistente personal, Reah. Tengo cosas que hacer. Investigaciones, misterios, salvar el mundo... ya sabes, cosas de adolescentes.
Reah se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en la mesa. El aroma a rosas y lujo inundó los sentidos de Stiles.
—Eres persistente, eso me gusta —susurró ella—. Pero yo siempre consigo lo que quiero. El café, Stiles. A las tres. No llegues tarde.
Se dio la vuelta y se alejó, el movimiento de su falda rosa marcando un ritmo hipnótico.
—Vaya —dijo Scott tras un largo silencio—. Creo que acabas de ser reclutado.
—No voy a llevarle un café —murmuró Stiles, aunque ya estaba revisando mentalmente si tenía suficiente dinero para el Starbucks—. Es absurdo. Es pretenciosa, es mandona y claramente cree que el mundo gira a su alrededor.
—Es exactamente tu tipo —bromeó Scott.
—¡No es mi tipo! —protestó Stiles, aunque su mente ya estaba trabajando a mil por hora—. Pero... tienes que admitir que es astuta. Convencer al entrenador en treinta segundos es un récord mundial. Hay algo en ella, Scott. No es solo una chica bonita con tacones caros. Es inteligente. Demasiado inteligente.
A las tres de la tarde, Stiles estaba sentado en las gradas del gimnasio. En su mano derecha sostenía un café latte de vainilla con leche de almendras. Se sentía como un traidor a su propia dignidad, pero su curiosidad era más fuerte que su orgullo.
El gimnasio estaba lleno. Casi todas las chicas del tercer y cuarto año estaban allí, murmurando nerviosas. Reah estaba en el centro de la cancha, se había quitado la chaqueta de cuero pero seguía usando los tacones.
—¡Silencio! —ordenó Reah. El gimnasio quedó mudo al instante—. Esto no es un club de manualidades. Es un escuadrón de élite. Si no pueden mantener el equilibrio con su propio peso, no esperen que yo las sostenga. ¡Empecemos!
Stiles observó, hipnotizado, cómo Reah dirigía el caos con la precisión de un general. Era sofisticada, sí, pero también era implacable. No permitía errores. Sin embargo, cuando una de las chicas más tímidas tropezó y comenzó a llorar de frustración, Reah se acercó.
Stiles esperó un comentario mordaz, una humillación pública al estilo "Regina George". Pero en lugar de eso, Reah se inclinó y le susurró algo al oído a la chica. Le puso una mano en el hombro y, por un breve segundo, su expresión se suavizó. Fue un destello de pura empatía, algo sentimental y dulce que desapareció tan pronto como volvió a ponerse de pie.
—¡Cinco minutos de descanso! —gritó Reah.
Caminó hacia las gradas y se sentó al lado de Stiles con una elegancia natural.
—Mi café —dijo, extendiendo la mano.
Stiles se lo entregó, observándola con atención.
—Vi lo que hiciste con esa chica —comentó él—. Pensé que ibas a destrozarla.
Reah tomó un sorbo de su café y cerró los ojos un momento, disfrutando del sabor.
—La disciplina no significa crueldad, Stiles —respondió ella, volviendo a su tono sofisticado—. Pero en este pueblo, la gente parece estar siempre a la defensiva. Como si esperaran que algo malo sucediera en cualquier momento.
Stiles se tensó. ¿Sabía algo? ¿Era posible que una chica nueva, obsesionada con el rosa y los tacones, hubiera captado la vibración sobrenatural de Beacon Hills en menos de ocho horas?
—Es un pueblo pequeño —dijo Stiles, tratando de sonar casual—. Pasan cosas raras. Desapariciones, ataques de animales... lo usual.
Reah lo miró fijamente, sus ojos azules escaneando su rostro. Stiles sintió que ella estaba leyendo sus secretos como si fueran un libro abierto.
—No soy tonta, Stiles —dijo ella, bajando el tono de voz—. He vivido en ciudades donde la gente es mucho más peligrosa que un simple "ataque de animal". Sé reconocer cuando alguien esconde algo. Y tú, con tu sarcasmo y tus dedos inquietos, escondes mucho.
—¿Y tú qué escondes, Reah Gorge? —preguntó él, inclinándose un poco más hacia ella—. Porque nadie viene a Beacon Hills vestida como si fuera a la Semana de la Moda de París sin una razón.
Reah sonrió, y esta vez, la sonrisa fue genuina. Era encantadora y peligrosa a la vez.
—Tal vez solo quería un lugar donde pudiera ser la reina sin tener que esforzarme tanto —dijo ella, poniéndose de pie—. O tal vez necesitaba un cambio de aires. De cualquier manera, prepárate. Este escuadrón va a ser lo mejor que le ha pasado a esta escuela. Y tú vas a ayudarme.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué haría eso? —preguntó Stiles con una ceja levantada.
Reah se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla, dejando un rastro de aroma a rosas y la calidez de su piel.
—Porque soy encantadora, soy persistente y, admítelo, te mueres por saber qué hay detrás de esta minifalda rosa —le guiñó un ojo—. Mañana quiero un informe de los jugadores de lacrosse. Puntos fuertes, debilidades y quién tiene el mejor cabello. El aspecto visual es importante, Stiles.
Se alejó hacia el centro de la cancha, sus tacones resonando con fuerza, dejando a Stiles Stilinski sentado en las gradas, completamente aturdido y, por primera vez en mucho tiempo, sin una respuesta sarcástica preparada.
—Estamos en problemas —susurró Stiles para sí mismo, tocándose la mejilla—. Problemas muy, muy rosas.
Mientras Reah volvía a gritar órdenes a las aspirantes a animadoras, Stiles sacó su teléfono y envió un mensaje rápido a Scott.
"Tenemos una nueva alfa en la escuela. No tiene garras, tiene tacones de aguja. Ten cuidado."
Reah, desde la distancia, lo miró por encima del hombro y le dedicó una sonrisa astuta. Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo. Había llegado a Beacon Hills para reinar, y si había hombres lobo, cazadores o misterios antiguos en el camino, tendrían que aprender a lidiar con ella. Porque Reah Gorge no retrocedía ante nada, y mucho menos si eso arruinaba su conjunto.
El tercer año acababa de empezar, y Stiles Stilinski sabía que su vida se había vuelto mucho más complicada, y definitivamente, mucho más colorida.
