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Besitos
Fandom: Cantantes Puertoriqueños
Creado: 3/7/2026
Etiquetas
RomanceDramaRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaCelosEstudio de PersonajeRealismoDolor/Consuelo
Bajo el Frío de los Dieciséis Grados
El sol de Puerto Rico castigaba el asfalto allá afuera, pero dentro de la habitación de Joshua, el mundo era una burbuja gélida y perfecta. El aire acondicionado estaba clavado en dieciséis grados, un frío seco que obligaba a buscar refugio bajo las sábanas de seda negra. Joshua Omar Medina, conocido en la industria simplemente como Omar, estaba tumbado boca arriba, dejando que el silencio de su apartamento en Condado lo envolviera.
A sus veintiocho años, Omar lo tenía casi todo: la fama en ascenso, el respeto de sus colegas y una imagen impecable. Su piel blanca contrastaba con sus rizos oscuros que caían rebeldes sobre su frente, y sus ojos achinados, esos que volvían locas a las fanáticas, estaban ahora cerrados en un gesto de paz absoluta. No tenía tatuajes que mancharan su piel, solo un cuerpo trabajado y una sensibilidad que guardaba bajo llave para la mayoría, excepto para ella.
Sintió un movimiento suave a su lado. Mariana, con sus diecinueve años y esa dulzura que parecía de otro planeta, se acomodó sobre su pecho. Ella era su vicio, su debilidad más grande.
—¿Estás despierto, mi amor? —susurró ella. Su voz era apenas un arrullo, suave y melosa, capaz de calmar cualquier tormenta en la mente del cantante.
Omar abrió los ojos lentamente y sonrió, estirando una mano para acariciar la mejilla de la joven.
—Contigo así de cerca, ¿quién quiere estar dormido, mami? —respondió él con ese acento boricua marcado, arrastrando las palabras con cariño—. Estás bien calientita, y aquí fuera hace un frío de locos.
Mariana soltó una risita y se alzó un poco, apoyando la barbilla en sus manos sobre el pecho de Joshua. Lo miró con esos ojos llenos de inocencia que a él lo desarmaban por completo.
—Me gusta cuando nos quedamos así, encerraditos —dijo ella, acercando su nariz a la de él—. Parece que el mundo se detiene.
—Es que aquí afuera no hay nada que yo necesite si te tengo a ti aquí adentro —Omar la rodeó con sus brazos, pegándola más a su cuerpo—. Ven acá, dame un besito de esos que tú sabes dar.
Mariana no se hizo de rogar. Se inclinó y rozó sus labios con los de él, primero de forma tímida y luego con una ternura que a Joshua le apretaba el corazón. Él la apretó contra sí, disfrutando del contraste entre su piel fría por el aire y el calor que ella desprendía.
—Te quiero tanto, Joshua —murmuró ella sobre sus labios.
—Y yo a ti, nena. Te tengo bien malcriada, pero es que te lo mereces todo —él le apartó un mechón de cabello de la cara—. Oye, ¿tú te vas a quedar conmigo hoy todo el día, verdad? No tienes que ir a ningún lado.
La pregunta llevaba un tinte de posesividad que Omar no podía evitar. Era un hombre celoso, aunque intentara disimularlo con su faceta de artista relajado. La idea de que Mariana saliera a la calle, donde otros ojos pudieran posarse en su dulzura, le revolvía el estómago.
—No tengo planes, Omar —respondió ella con calma—. Solo quiero estar aquí, contigo.
—Eso es lo que me gusta escuchar —él sonrió, triunfante—. Porque si por mí fuera, te ponía una muralla alrededor de este cuarto. Tú eres mi tesoro, ¿oíste? No quiero a ningún payaso por ahí mirándote de más.
Mariana soltó una pequeña carcajada y le dio un golpecito juguetón en el hombro.
—Eres un celoso, Joshua Medina. Nadie me mira como tú.
—Porque nadie sabe lo que yo tengo aquí —replicó él, volviendo a ponerse serio por un momento—. Tú eres muy especial, Mariana. Hablas suavecito, me cuidas... a veces siento que no soy digno de tanta dulzura de parte tuya.
—No digas eso —ella le acarició los rulos con devoción—. Eres el hombre más bueno que conozco. Aunque a veces te pongas así de intenso.
Joshua soltó un suspiro y cerró los ojos, disfrutando de las caricias en su cuero cabelludo. En la calle, él era el cantante que movía masas, el tipo seguro de sí mismo que dominaba los escenarios. Pero en la intimidad de su cuarto, bajo el frío de los dieciséis grados, era simplemente un hombre enamorado, casi obsesionado con la paz que ella le brindaba.
El sonido del celular de Omar rompió la atmósfera. Joshua gruñó, estirando el brazo hacia la mesa de noche sin soltar a Mariana con el otro. Miró la pantalla y rodó los ojos antes de contestar.
—Dime, Gabi —dijo con tono seco—. Te dije que hoy no me llamaras a menos que se estuviera quemando el estudio.
—Mano, lo sé —se escuchó la voz de su manejador al otro lado—, pero los de la disquera están preguntando por el tema nuevo. Quieren saber si vas a bajar hoy a grabar las voces finales.
—No voy a bajar hoy, Gabi —sentenció Joshua, mirando a Mariana, que jugaba con los dedos de su mano libre—. Estoy ocupado. El tema está casi listo, mañana paso por allá temprano.
—Pero, Omar, la gente está esperando...
—Que esperen —lo cortó él con autoridad—. Mañana soy de ellos, hoy soy de mi nena. No me llames más, ¿estamos?
Colgó sin esperar respuesta y lanzó el teléfono a los pies de la cama. Mariana lo miraba con una mezcla de asombro y timidez.
—No tenías que hacer eso por mí, Joshua. El trabajo es importante.
—El trabajo no me da los besos que tú me das, Mariana —él se acomodó de lado, quedando frente a ella—. El trabajo no me quita el estrés como tú. Además, ya te dije, estoy enviciado contigo. Prefiero mil veces quedarme aquí escuchándote hablar bajito que estar en un estudio rodeado de gente que solo quiere sacarme dinero.
—Me haces sentir como una reina —dijo ella, sonrojándose levemente.
—Es que lo eres, mami. Mi reina —él le dio un beso corto en la frente—. ¿Tienes hambre? Puedo pedir algo para que nos traigan a la puerta. No quiero que salgas ni a la cocina si no es necesario.
—Todavía no —respondió ella, acomodándose de nuevo en el hueco de su cuello—. Quiero quedarme así un ratito más. Cuéntame algo, de cuando eras nene en el barrio.
Joshua sonrió. Le encantaba cómo ella se interesaba por su vida antes de la fama, antes de los lujos. Le habló de su infancia, de cómo jugaba baloncesto en las canchas públicas y de cómo su mamá lo regañaba por llegar tarde. Mariana escuchaba con una atención absoluta, haciendo preguntas pequeñas con esa voz que a él le llegaba hasta los huesos.
Sin embargo, el ambiente cambió ligeramente cuando ella mencionó a una amiga que la había invitado a una actividad el fin de semana.
—Dice Sofía que va a haber un "party" en un bote el sábado, que si quería ir con ella... —comentó Mariana con naturalidad.
El cuerpo de Joshua se tensó de inmediato. Sus ojos achinados se entornaron un poco más y su brazo se apretó alrededor de la cintura de ella.
—¿Un bote? ¿Con quién más? —preguntó, tratando de que su voz no sonara demasiado dura, aunque el rastro de celos era evidente.
—No sé, con gente de la universidad, supongo —respondió ella, notando el cambio de humor—. Pero le dije que te preguntaría primero.
—Mariana, tú sabes que esos botes se llenan de locos buscando problemas —dijo él, sentándose en la cama y arrastrándola con él—. Además, ¿qué tú vas a hacer por allá sin mí? ¿Para que un tipo se crea que puede venir a hablarte porque yo no estoy presente?
—Joshua, solo era una invitación... —intentó calmarlo ella, poniendo una mano en su pecho.
—No, nena. No me gusta —él negó con la cabeza, su expresión ensombrecida—. Yo te cuido aquí. Si quieres ir a un bote, yo alquilo uno para nosotros dos solos, o con gente que yo conozca. Pero tú por ahí sola con Sofía y un montón de desconocidos, no va.
Mariana suspiró, pero no discutió. Conocía bien ese lado de él. Sabía que su sobreprotección nacía de un miedo profundo a perder lo único que sentía real en su vida llena de apariencias.
—Está bien, amor. No voy a ir si no te gusta —dijo ella con su habitual dulzura, acercándose para besar su mejilla—. No te pongas así, no quiero que te molestes.
Joshua relajó los hombros y la miró, sintiéndose un poco culpable por su reacción, pero incapaz de retractarse.
—No es que me moleste contigo, mami. Es que el mundo está malo y tú eres muy buena. No quiero que nadie te falte al respeto o que te pase algo —la tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo—. Tú eres mía, ¿verdad?
—Soy tuya, Joshua —susurró ella, regalándole la respuesta que él necesitaba para calmar sus demonios.
Él la besó con una intensidad renovada, una mezcla de posesión y alivio. La dulzura de Mariana era el antídoto perfecto para su inseguridad. Volvieron a recostarse, dejando que el frío del aire acondicionado los obligara a buscar el calor del otro una vez más.
—Dame otro besito, anda —le pidió él, volviendo a su tono cariñoso.
Mariana obedeció, llenándole la cara de besos pequeños hasta que él soltó una carcajada. En esos momentos, Joshua Omar Medina no era el artista de platino; era solo un hombre perdidamente enamorado de una nena que le había cambiado la vida con solo hablarle suavecito.
—Te voy a comprar ese vestido que viste el otro día —dijo él de repente, mientras acariciaba su espalda—. Para que te lo pongas cuando salgamos a cenar nosotros dos.
—No tienes que comprarme nada, Joshua. Con estar aquí me basta.
—Yo sé que no me lo pides, y por eso mismo te lo doy —él se hundió más en la almohada, cerrando los ojos con una sonrisa—. Quédate así, nena. No te muevas.
El tiempo pasó sin que ninguno de los dos se preocupara por el reloj. En la habitación, el aire seguía en dieciséis grados, pero entre ellos no había más que un fuego suave que se alimentaba de palabras bajas y caricias constantes. Joshua sabía que tarde o temprano tendría que salir, enfrentar las cámaras, grabar las canciones y lidiar con la presión de ser Omar. Pero mientras Mariana estuviera allí, sobre su pecho, hablándole con esa dulzura que lo tenía enviciado, el resto del mundo podía esperar sentado.
—¿Sabes qué? —dijo él rompiendo el silencio después de un rato.
—¿Qué, mi vida?
—Creo que mañana tampoco voy a ir al estudio —soltó él con una chispa de malicia en los ojos—. Me gusta demasiado este frío contigo.
Mariana rió, un sonido que para Joshua valía más que cualquier premio Billboard. Se acurrucó contra él, escondiendo la cara en su cuello, y Joshua la abrazó con la fuerza de quien ha encontrado su lugar seguro y no piensa soltarlo por nada ni por nadie. En aquel cuarto, bajo el frío polar de la unidad de aire, Joshua y su nena eran los únicos habitantes de un universo perfecto hecho a medida.
A sus veintiocho años, Omar lo tenía casi todo: la fama en ascenso, el respeto de sus colegas y una imagen impecable. Su piel blanca contrastaba con sus rizos oscuros que caían rebeldes sobre su frente, y sus ojos achinados, esos que volvían locas a las fanáticas, estaban ahora cerrados en un gesto de paz absoluta. No tenía tatuajes que mancharan su piel, solo un cuerpo trabajado y una sensibilidad que guardaba bajo llave para la mayoría, excepto para ella.
Sintió un movimiento suave a su lado. Mariana, con sus diecinueve años y esa dulzura que parecía de otro planeta, se acomodó sobre su pecho. Ella era su vicio, su debilidad más grande.
—¿Estás despierto, mi amor? —susurró ella. Su voz era apenas un arrullo, suave y melosa, capaz de calmar cualquier tormenta en la mente del cantante.
Omar abrió los ojos lentamente y sonrió, estirando una mano para acariciar la mejilla de la joven.
—Contigo así de cerca, ¿quién quiere estar dormido, mami? —respondió él con ese acento boricua marcado, arrastrando las palabras con cariño—. Estás bien calientita, y aquí fuera hace un frío de locos.
Mariana soltó una risita y se alzó un poco, apoyando la barbilla en sus manos sobre el pecho de Joshua. Lo miró con esos ojos llenos de inocencia que a él lo desarmaban por completo.
—Me gusta cuando nos quedamos así, encerraditos —dijo ella, acercando su nariz a la de él—. Parece que el mundo se detiene.
—Es que aquí afuera no hay nada que yo necesite si te tengo a ti aquí adentro —Omar la rodeó con sus brazos, pegándola más a su cuerpo—. Ven acá, dame un besito de esos que tú sabes dar.
Mariana no se hizo de rogar. Se inclinó y rozó sus labios con los de él, primero de forma tímida y luego con una ternura que a Joshua le apretaba el corazón. Él la apretó contra sí, disfrutando del contraste entre su piel fría por el aire y el calor que ella desprendía.
—Te quiero tanto, Joshua —murmuró ella sobre sus labios.
—Y yo a ti, nena. Te tengo bien malcriada, pero es que te lo mereces todo —él le apartó un mechón de cabello de la cara—. Oye, ¿tú te vas a quedar conmigo hoy todo el día, verdad? No tienes que ir a ningún lado.
La pregunta llevaba un tinte de posesividad que Omar no podía evitar. Era un hombre celoso, aunque intentara disimularlo con su faceta de artista relajado. La idea de que Mariana saliera a la calle, donde otros ojos pudieran posarse en su dulzura, le revolvía el estómago.
—No tengo planes, Omar —respondió ella con calma—. Solo quiero estar aquí, contigo.
—Eso es lo que me gusta escuchar —él sonrió, triunfante—. Porque si por mí fuera, te ponía una muralla alrededor de este cuarto. Tú eres mi tesoro, ¿oíste? No quiero a ningún payaso por ahí mirándote de más.
Mariana soltó una pequeña carcajada y le dio un golpecito juguetón en el hombro.
—Eres un celoso, Joshua Medina. Nadie me mira como tú.
—Porque nadie sabe lo que yo tengo aquí —replicó él, volviendo a ponerse serio por un momento—. Tú eres muy especial, Mariana. Hablas suavecito, me cuidas... a veces siento que no soy digno de tanta dulzura de parte tuya.
—No digas eso —ella le acarició los rulos con devoción—. Eres el hombre más bueno que conozco. Aunque a veces te pongas así de intenso.
Joshua soltó un suspiro y cerró los ojos, disfrutando de las caricias en su cuero cabelludo. En la calle, él era el cantante que movía masas, el tipo seguro de sí mismo que dominaba los escenarios. Pero en la intimidad de su cuarto, bajo el frío de los dieciséis grados, era simplemente un hombre enamorado, casi obsesionado con la paz que ella le brindaba.
El sonido del celular de Omar rompió la atmósfera. Joshua gruñó, estirando el brazo hacia la mesa de noche sin soltar a Mariana con el otro. Miró la pantalla y rodó los ojos antes de contestar.
—Dime, Gabi —dijo con tono seco—. Te dije que hoy no me llamaras a menos que se estuviera quemando el estudio.
—Mano, lo sé —se escuchó la voz de su manejador al otro lado—, pero los de la disquera están preguntando por el tema nuevo. Quieren saber si vas a bajar hoy a grabar las voces finales.
—No voy a bajar hoy, Gabi —sentenció Joshua, mirando a Mariana, que jugaba con los dedos de su mano libre—. Estoy ocupado. El tema está casi listo, mañana paso por allá temprano.
—Pero, Omar, la gente está esperando...
—Que esperen —lo cortó él con autoridad—. Mañana soy de ellos, hoy soy de mi nena. No me llames más, ¿estamos?
Colgó sin esperar respuesta y lanzó el teléfono a los pies de la cama. Mariana lo miraba con una mezcla de asombro y timidez.
—No tenías que hacer eso por mí, Joshua. El trabajo es importante.
—El trabajo no me da los besos que tú me das, Mariana —él se acomodó de lado, quedando frente a ella—. El trabajo no me quita el estrés como tú. Además, ya te dije, estoy enviciado contigo. Prefiero mil veces quedarme aquí escuchándote hablar bajito que estar en un estudio rodeado de gente que solo quiere sacarme dinero.
—Me haces sentir como una reina —dijo ella, sonrojándose levemente.
—Es que lo eres, mami. Mi reina —él le dio un beso corto en la frente—. ¿Tienes hambre? Puedo pedir algo para que nos traigan a la puerta. No quiero que salgas ni a la cocina si no es necesario.
—Todavía no —respondió ella, acomodándose de nuevo en el hueco de su cuello—. Quiero quedarme así un ratito más. Cuéntame algo, de cuando eras nene en el barrio.
Joshua sonrió. Le encantaba cómo ella se interesaba por su vida antes de la fama, antes de los lujos. Le habló de su infancia, de cómo jugaba baloncesto en las canchas públicas y de cómo su mamá lo regañaba por llegar tarde. Mariana escuchaba con una atención absoluta, haciendo preguntas pequeñas con esa voz que a él le llegaba hasta los huesos.
Sin embargo, el ambiente cambió ligeramente cuando ella mencionó a una amiga que la había invitado a una actividad el fin de semana.
—Dice Sofía que va a haber un "party" en un bote el sábado, que si quería ir con ella... —comentó Mariana con naturalidad.
El cuerpo de Joshua se tensó de inmediato. Sus ojos achinados se entornaron un poco más y su brazo se apretó alrededor de la cintura de ella.
—¿Un bote? ¿Con quién más? —preguntó, tratando de que su voz no sonara demasiado dura, aunque el rastro de celos era evidente.
—No sé, con gente de la universidad, supongo —respondió ella, notando el cambio de humor—. Pero le dije que te preguntaría primero.
—Mariana, tú sabes que esos botes se llenan de locos buscando problemas —dijo él, sentándose en la cama y arrastrándola con él—. Además, ¿qué tú vas a hacer por allá sin mí? ¿Para que un tipo se crea que puede venir a hablarte porque yo no estoy presente?
—Joshua, solo era una invitación... —intentó calmarlo ella, poniendo una mano en su pecho.
—No, nena. No me gusta —él negó con la cabeza, su expresión ensombrecida—. Yo te cuido aquí. Si quieres ir a un bote, yo alquilo uno para nosotros dos solos, o con gente que yo conozca. Pero tú por ahí sola con Sofía y un montón de desconocidos, no va.
Mariana suspiró, pero no discutió. Conocía bien ese lado de él. Sabía que su sobreprotección nacía de un miedo profundo a perder lo único que sentía real en su vida llena de apariencias.
—Está bien, amor. No voy a ir si no te gusta —dijo ella con su habitual dulzura, acercándose para besar su mejilla—. No te pongas así, no quiero que te molestes.
Joshua relajó los hombros y la miró, sintiéndose un poco culpable por su reacción, pero incapaz de retractarse.
—No es que me moleste contigo, mami. Es que el mundo está malo y tú eres muy buena. No quiero que nadie te falte al respeto o que te pase algo —la tomó por la barbilla, obligándola a mirarlo—. Tú eres mía, ¿verdad?
—Soy tuya, Joshua —susurró ella, regalándole la respuesta que él necesitaba para calmar sus demonios.
Él la besó con una intensidad renovada, una mezcla de posesión y alivio. La dulzura de Mariana era el antídoto perfecto para su inseguridad. Volvieron a recostarse, dejando que el frío del aire acondicionado los obligara a buscar el calor del otro una vez más.
—Dame otro besito, anda —le pidió él, volviendo a su tono cariñoso.
Mariana obedeció, llenándole la cara de besos pequeños hasta que él soltó una carcajada. En esos momentos, Joshua Omar Medina no era el artista de platino; era solo un hombre perdidamente enamorado de una nena que le había cambiado la vida con solo hablarle suavecito.
—Te voy a comprar ese vestido que viste el otro día —dijo él de repente, mientras acariciaba su espalda—. Para que te lo pongas cuando salgamos a cenar nosotros dos.
—No tienes que comprarme nada, Joshua. Con estar aquí me basta.
—Yo sé que no me lo pides, y por eso mismo te lo doy —él se hundió más en la almohada, cerrando los ojos con una sonrisa—. Quédate así, nena. No te muevas.
El tiempo pasó sin que ninguno de los dos se preocupara por el reloj. En la habitación, el aire seguía en dieciséis grados, pero entre ellos no había más que un fuego suave que se alimentaba de palabras bajas y caricias constantes. Joshua sabía que tarde o temprano tendría que salir, enfrentar las cámaras, grabar las canciones y lidiar con la presión de ser Omar. Pero mientras Mariana estuviera allí, sobre su pecho, hablándole con esa dulzura que lo tenía enviciado, el resto del mundo podía esperar sentado.
—¿Sabes qué? —dijo él rompiendo el silencio después de un rato.
—¿Qué, mi vida?
—Creo que mañana tampoco voy a ir al estudio —soltó él con una chispa de malicia en los ojos—. Me gusta demasiado este frío contigo.
Mariana rió, un sonido que para Joshua valía más que cualquier premio Billboard. Se acurrucó contra él, escondiendo la cara en su cuello, y Joshua la abrazó con la fuerza de quien ha encontrado su lugar seguro y no piensa soltarlo por nada ni por nadie. En aquel cuarto, bajo el frío polar de la unidad de aire, Joshua y su nena eran los únicos habitantes de un universo perfecto hecho a medida.
