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Sully
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 3/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorHistoria DomésticaCelosUA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeLenguaje Explícito
Fuera de juego
El estadio estaba sumido en un caos de rugidos, cánticos y el olor penetrante a cerveza barata y sudor. Megumi Fushiguro suspiró, ajustándose la bufanda con los colores del equipo local, aunque en realidad no le importaba en lo más mínimo quién metiera el balón en la red. Para él, aquello era poco más que un ejercicio de resistencia física y mental, pero estaba allí por una sola razón: Yuji.
A su lado, su esposo era la personificación del fanatismo. Yuji Itadori no solo gritaba; vivía cada pase, cada falta y cada decisión del árbitro como si su propia vida dependiera de ello. Tenía las mejillas pintadas, una camiseta que le quedaba ligeramente apretada en los hombros y una vena hinchada en la frente que a Megumi siempre le preocupaba un poco.
— ¡Pero mírale los pies, por Dios! —bramó Yuji, levantándose de su asiento y gesticulando salvajemente hacia el campo—. ¡Mi abuela coja centra mejor que ese tipo! ¡Muévete, Itō, muévete!
Megumi le puso una mano en el brazo, intentando que se sentara antes de que el hombre de la fila de atrás empezara a quejarse de nuevo.
— Yuji, cálmate. Solo han pasado veinte minutos —murmuró Megumi con su tono monótono habitual.
— ¡Es que no lo entiendes, Gumi! Si perdemos este partido, nos quedamos fuera de la liguilla. ¡Es histórico! —Yuji se volvió hacia él con los ojos encendidos, pero de repente su atención se desvió hacia una de las animadoras que pasaba cerca de la banda lateral—. Vaya, al menos las coreografías han mejorado este año...
Megumi entrecerró los ojos. Sintió un pinchazo de irritación, no tanto por celos posesivos, sino por la falta de tacto de su marido. Le dio un tirón firme de la camiseta.
— Concéntrate en el balón, "fifa" de pacotilla —le espetó Megumi—. O en el suelo. Pero deja de mirar donde no debes si no quieres que nos vayamos ahora mismo.
— ¡Ay, ay! ¡Vale, perdón! Era un comentario técnico —se excusó Yuji, aunque no tardó ni dos segundos en volver a maldecir al delantero de su equipo que acababa de fallar un gol cantado.
El partido fue, en términos objetivos, un desastre. El equipo de Yuji no solo jugó mal, sino que parecía estar empeñado en cometer todos los errores posibles. Cuando el pitido final resonó en el estadio, el marcador mostraba un humillante 0-3.
El silencio que cayó sobre Yuji fue más aterrador que sus gritos.
Durante el camino al coche, Megumi intentó ser el apoyo que siempre era. Sabía que Yuji se tomaba estas cosas de forma personal, una extensión de su entusiasmo natural por la vida.
— Bueno, siempre queda la próxima temporada —dijo Megumi mientras subían al vehículo—. Además, el portero hizo un par de paradas decentes al final.
Yuji no respondió. Cerró la puerta del copiloto con un golpe seco que hizo vibrar las ventanas. Arrancó el motor (Megumi insistió en que él no condujera en ese estado, pero Yuji le arrebató las llaves) y salieron del aparcamiento a una velocidad innecesaria.
— Yuji, baja la velocidad —advirtió Megumi, manteniendo la calma—. No es culpa del coche que tu equipo sea mediocre.
— Podrías callarte solo una vez, ¿no? —soltó Yuji bruscamente, apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Megumi se quedó helado. Yuji era, por lo general, la luz de su vida; un hombre cálido, gracioso y extremadamente cariñoso. Escuchar ese tono gélido y despectivo fue como recibir un balde de agua fría.
— Solo intento hablar contigo —respondió Megumi, sintiendo un nudo en la garganta.
— Pues no quiero hablar. No entiendes nada. Para ti esto es una tontería, te pasaste medio partido leyendo en el móvil y el otro medio quejándote de que hacía frío. No sé ni para qué te traigo.
El comentario dolió. Megumi iba a esos partidos porque amaba ver a Yuji feliz, no porque disfrutara del deporte. Aguantaba los gritos, los empujones de la multitud y el ruido ensordecedor solo por él.
— Te acompaño porque me lo pides, Yuji. Porque soy tu esposo —dijo Megumi, su voz empezando a temblar ligeramente.
— ¡Pues qué gran sacrificio! —gritó Yuji, golpeando el salpicadero—. ¡Me importa un bledo! ¡He perdido el domingo, he perdido el dinero de la entrada y tengo que aguantar tus sermones de "paz y amor"! ¡Déjame en paz!
Llegaron a casa en un silencio sepulcral. Yuji entró primero, tirando la chaqueta sobre el sofá y dirigiéndose a la cocina para sacar una cerveza. Megumi lo siguió, sintiéndose cada vez más pequeño. Megumi era una persona sensible, aunque se esforzara por ocultarlo tras una máscara de estoicismo. Solo Yuji conocía su faceta vulnerable, la que lloraba con las películas tristes o cuando se sentía abrumado. Y en ese momento, el pecho le dolía físicamente.
— Yuji, por favor, no te pongas así por un partido de fútbol —intentó Megumi una vez más, acercándose a él en la cocina.
Yuji se dio la vuelta bruscamente, con el rostro rojo de ira contenida.
— ¡Que te calles, Megumi! ¡Eres un pesado! ¡Siempre tienes que ser el maduro, el perfecto! ¡Vete a otra habitación y déjame solo antes de que diga algo peor!
— ¡Ya estás diciendo cosas peores! —exclamó Megumi, y una lágrima traicionera rodó por su mejilla—. ¡Me estás gritando por algo que yo no he hecho! ¡Me estás tratando como si fuera basura por un maldito juego!
— ¡Es que eres un estorbo ahora mismo! —rugió Yuji, dando un paso hacia él.
Ese fue el límite. El miedo, la tristeza y la indignación se mezclaron en el interior de Megumi. Antes de que Yuji pudiera reaccionar, la mano de Megumi voló por el aire y aterrizó con un sonido seco y rotundo en la mejilla de su esposo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Yuji se quedó estupefacto, con la cara girada hacia un lado, sintiendo el escozor de la bofetada. El calor de la ira empezó a disiparse instantáneamente, reemplazado por un choque de realidad helado.
Megumi no se retiró. Estaba temblando, con los puños apretados a los costados y las lágrimas fluyendo libremente por su rostro.
— Escúchame bien, Itadori Yuji —dijo Megumi, su voz rota pero cargada de una autoridad que rara vez usaba—. No vuelvas a hablarme así en tu vida. No soy tu saco de boxeo, ni soy el culpable de que once idiotas no sepan patear una pelota.
Yuji parpadeó, bajando la mirada. La visión de Megumi llorando siempre era su mayor debilidad, su kriptonita. Verlo así, y saber que él era la causa, le revolvió el estómago.
— Megumi... yo...
— ¡No! —le interrumpió Megumi con un grito ahogado—. Me he pasado toda la tarde aguantando tus desplantes, tus miraditas a las chicas del estadio y tus gritos. Te apoyo en todo, incluso en tus estupideces, porque te quiero. Pero no voy a permitir que me faltes al respeto porque tu equipo de cuarta categoría haya perdido.
Megumi se limpió los ojos con el dorso de la mano, pero el llanto no se detenía. Su naturaleza sensible estaba a flor de piel.
— Si tanto te molesta mi presencia, si tanto soy un estorbo, dímelo ahora —continuó Megumi, hipando—. Porque no pienso quedarme aquí a esperar a que se te pase el berrinche mientras me tratas como si no valiera nada.
Yuji soltó la lata de cerveza sobre la encimera. Se sentía como el ser más despreciable del planeta. El fútbol, la pasión, la derrota... todo eso se volvió insignificante comparado con el dolor en los ojos verdes de su esposo. Se acercó con cautela, como quien intenta calmar a un animal herido.
— Gumi... lo siento. Lo siento muchísimo.
— Aléjate —sollozó Megumi, aunque no se movió cuando Yuji lo rodeó con sus brazos.
— No, no me alejo. Fui un imbécil. Un idiota redomado —Yuji hundió la cara en el cuello de Megumi, apretándolo contra su pecho—. Tienes razón. Me dejé llevar por la rabia y la descargué contigo, que eres lo mejor que tengo. Por favor, perdóname.
Megumi intentó empujarlo débilmente, pero terminó aferrándose a la camiseta de Yuji, escondiendo su rostro en su hombro mientras soltaba todo el llanto que había contenido durante el día.
— Me dolió mucho —logró decir Megumi entre sollozos—. Me gritaste... como si me odiaras.
— Jamás podría odiarte —susurró Yuji, besando la sien de su esposo—. Soy un tonto que se toma demasiado en serio un juego, pero tú eres mi vida real. No volverá a pasar, te lo juro. Si me vuelvo a poner así, puedes darme otra bofetada, o diez. Me lo merecía.
Se quedaron así un largo rato, en medio de la cocina, hasta que el llanto de Megumi se convirtió en pequeños suspiros erráticos. Yuji no lo soltó ni un segundo, meciéndolo suavemente.
Finalmente, Megumi se separó un poco, con los ojos rojos e hinchados, dándole un aspecto vulnerable que hacía que Yuji quisiera protegerlo del mundo entero, incluso de sí mismo.
— ¿De verdad te dolió la bofetada? —preguntó Megumi en voz baja, mirando la marca roja en la mejilla de Yuji.
Yuji sonrió con tristeza y tomó la mano de Megumi para besarle la palma.
— Un poco. Tienes la mano firme, Fushiguro. Pero me dolió más ver cómo te miraba antes. Soy un asco de esposo a veces.
Megumi suspiró y apoyó la frente contra la de Yuji.
— Eres un idiota "fifa". Eso es lo que eres.
— Lo soy —admitió Yuji, dejando escapar una pequeña risa—. Mañana mismo tiro esa camiseta a la basura si quieres.
— No seas dramático. Solo... no vuelvas a ignorarme ni a gritarme por algo así. Y deja de mirar a las animadoras, que me di cuenta.
Yuji se puso rojo, esta vez de vergüenza.
— Era... era un análisis de la coordinación grupal...
— Mentiroso.
— Sí, un poco. Pero te juro que ninguna me parece ni la mitad de bonita que tú cuando te pones serio —Yuji le guiñó un ojo, intentando recuperar el ambiente ligero.
Megumi resopló, aunque una pequeña sonrisa comenzó a asomar en sus labios.
— Anda, vamos a dormir. Estoy agotado de tanto fútbol por un año.
— ¿Solo un año? —preguntó Yuji esperanzado mientras lo guiaba hacia el dormitorio.
— Diez años —sentenció Megumi.
— ¡Eso es una eternidad!
— Pues empieza a contar desde hoy.
Yuji rió, abrazándolo por la cintura mientras subían las escaleras. Sabía que tenía que compensar a Megumi durante semanas, tal vez meses, pero mientras tuviera el perdón de su esposo, cualquier derrota en el campo de fútbol era algo que podía superar. Después de todo, en el juego de su vida, ya había ganado el premio más grande.
A su lado, su esposo era la personificación del fanatismo. Yuji Itadori no solo gritaba; vivía cada pase, cada falta y cada decisión del árbitro como si su propia vida dependiera de ello. Tenía las mejillas pintadas, una camiseta que le quedaba ligeramente apretada en los hombros y una vena hinchada en la frente que a Megumi siempre le preocupaba un poco.
— ¡Pero mírale los pies, por Dios! —bramó Yuji, levantándose de su asiento y gesticulando salvajemente hacia el campo—. ¡Mi abuela coja centra mejor que ese tipo! ¡Muévete, Itō, muévete!
Megumi le puso una mano en el brazo, intentando que se sentara antes de que el hombre de la fila de atrás empezara a quejarse de nuevo.
— Yuji, cálmate. Solo han pasado veinte minutos —murmuró Megumi con su tono monótono habitual.
— ¡Es que no lo entiendes, Gumi! Si perdemos este partido, nos quedamos fuera de la liguilla. ¡Es histórico! —Yuji se volvió hacia él con los ojos encendidos, pero de repente su atención se desvió hacia una de las animadoras que pasaba cerca de la banda lateral—. Vaya, al menos las coreografías han mejorado este año...
Megumi entrecerró los ojos. Sintió un pinchazo de irritación, no tanto por celos posesivos, sino por la falta de tacto de su marido. Le dio un tirón firme de la camiseta.
— Concéntrate en el balón, "fifa" de pacotilla —le espetó Megumi—. O en el suelo. Pero deja de mirar donde no debes si no quieres que nos vayamos ahora mismo.
— ¡Ay, ay! ¡Vale, perdón! Era un comentario técnico —se excusó Yuji, aunque no tardó ni dos segundos en volver a maldecir al delantero de su equipo que acababa de fallar un gol cantado.
El partido fue, en términos objetivos, un desastre. El equipo de Yuji no solo jugó mal, sino que parecía estar empeñado en cometer todos los errores posibles. Cuando el pitido final resonó en el estadio, el marcador mostraba un humillante 0-3.
El silencio que cayó sobre Yuji fue más aterrador que sus gritos.
Durante el camino al coche, Megumi intentó ser el apoyo que siempre era. Sabía que Yuji se tomaba estas cosas de forma personal, una extensión de su entusiasmo natural por la vida.
— Bueno, siempre queda la próxima temporada —dijo Megumi mientras subían al vehículo—. Además, el portero hizo un par de paradas decentes al final.
Yuji no respondió. Cerró la puerta del copiloto con un golpe seco que hizo vibrar las ventanas. Arrancó el motor (Megumi insistió en que él no condujera en ese estado, pero Yuji le arrebató las llaves) y salieron del aparcamiento a una velocidad innecesaria.
— Yuji, baja la velocidad —advirtió Megumi, manteniendo la calma—. No es culpa del coche que tu equipo sea mediocre.
— Podrías callarte solo una vez, ¿no? —soltó Yuji bruscamente, apretando el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Megumi se quedó helado. Yuji era, por lo general, la luz de su vida; un hombre cálido, gracioso y extremadamente cariñoso. Escuchar ese tono gélido y despectivo fue como recibir un balde de agua fría.
— Solo intento hablar contigo —respondió Megumi, sintiendo un nudo en la garganta.
— Pues no quiero hablar. No entiendes nada. Para ti esto es una tontería, te pasaste medio partido leyendo en el móvil y el otro medio quejándote de que hacía frío. No sé ni para qué te traigo.
El comentario dolió. Megumi iba a esos partidos porque amaba ver a Yuji feliz, no porque disfrutara del deporte. Aguantaba los gritos, los empujones de la multitud y el ruido ensordecedor solo por él.
— Te acompaño porque me lo pides, Yuji. Porque soy tu esposo —dijo Megumi, su voz empezando a temblar ligeramente.
— ¡Pues qué gran sacrificio! —gritó Yuji, golpeando el salpicadero—. ¡Me importa un bledo! ¡He perdido el domingo, he perdido el dinero de la entrada y tengo que aguantar tus sermones de "paz y amor"! ¡Déjame en paz!
Llegaron a casa en un silencio sepulcral. Yuji entró primero, tirando la chaqueta sobre el sofá y dirigiéndose a la cocina para sacar una cerveza. Megumi lo siguió, sintiéndose cada vez más pequeño. Megumi era una persona sensible, aunque se esforzara por ocultarlo tras una máscara de estoicismo. Solo Yuji conocía su faceta vulnerable, la que lloraba con las películas tristes o cuando se sentía abrumado. Y en ese momento, el pecho le dolía físicamente.
— Yuji, por favor, no te pongas así por un partido de fútbol —intentó Megumi una vez más, acercándose a él en la cocina.
Yuji se dio la vuelta bruscamente, con el rostro rojo de ira contenida.
— ¡Que te calles, Megumi! ¡Eres un pesado! ¡Siempre tienes que ser el maduro, el perfecto! ¡Vete a otra habitación y déjame solo antes de que diga algo peor!
— ¡Ya estás diciendo cosas peores! —exclamó Megumi, y una lágrima traicionera rodó por su mejilla—. ¡Me estás gritando por algo que yo no he hecho! ¡Me estás tratando como si fuera basura por un maldito juego!
— ¡Es que eres un estorbo ahora mismo! —rugió Yuji, dando un paso hacia él.
Ese fue el límite. El miedo, la tristeza y la indignación se mezclaron en el interior de Megumi. Antes de que Yuji pudiera reaccionar, la mano de Megumi voló por el aire y aterrizó con un sonido seco y rotundo en la mejilla de su esposo.
El silencio que siguió fue absoluto.
Yuji se quedó estupefacto, con la cara girada hacia un lado, sintiendo el escozor de la bofetada. El calor de la ira empezó a disiparse instantáneamente, reemplazado por un choque de realidad helado.
Megumi no se retiró. Estaba temblando, con los puños apretados a los costados y las lágrimas fluyendo libremente por su rostro.
— Escúchame bien, Itadori Yuji —dijo Megumi, su voz rota pero cargada de una autoridad que rara vez usaba—. No vuelvas a hablarme así en tu vida. No soy tu saco de boxeo, ni soy el culpable de que once idiotas no sepan patear una pelota.
Yuji parpadeó, bajando la mirada. La visión de Megumi llorando siempre era su mayor debilidad, su kriptonita. Verlo así, y saber que él era la causa, le revolvió el estómago.
— Megumi... yo...
— ¡No! —le interrumpió Megumi con un grito ahogado—. Me he pasado toda la tarde aguantando tus desplantes, tus miraditas a las chicas del estadio y tus gritos. Te apoyo en todo, incluso en tus estupideces, porque te quiero. Pero no voy a permitir que me faltes al respeto porque tu equipo de cuarta categoría haya perdido.
Megumi se limpió los ojos con el dorso de la mano, pero el llanto no se detenía. Su naturaleza sensible estaba a flor de piel.
— Si tanto te molesta mi presencia, si tanto soy un estorbo, dímelo ahora —continuó Megumi, hipando—. Porque no pienso quedarme aquí a esperar a que se te pase el berrinche mientras me tratas como si no valiera nada.
Yuji soltó la lata de cerveza sobre la encimera. Se sentía como el ser más despreciable del planeta. El fútbol, la pasión, la derrota... todo eso se volvió insignificante comparado con el dolor en los ojos verdes de su esposo. Se acercó con cautela, como quien intenta calmar a un animal herido.
— Gumi... lo siento. Lo siento muchísimo.
— Aléjate —sollozó Megumi, aunque no se movió cuando Yuji lo rodeó con sus brazos.
— No, no me alejo. Fui un imbécil. Un idiota redomado —Yuji hundió la cara en el cuello de Megumi, apretándolo contra su pecho—. Tienes razón. Me dejé llevar por la rabia y la descargué contigo, que eres lo mejor que tengo. Por favor, perdóname.
Megumi intentó empujarlo débilmente, pero terminó aferrándose a la camiseta de Yuji, escondiendo su rostro en su hombro mientras soltaba todo el llanto que había contenido durante el día.
— Me dolió mucho —logró decir Megumi entre sollozos—. Me gritaste... como si me odiaras.
— Jamás podría odiarte —susurró Yuji, besando la sien de su esposo—. Soy un tonto que se toma demasiado en serio un juego, pero tú eres mi vida real. No volverá a pasar, te lo juro. Si me vuelvo a poner así, puedes darme otra bofetada, o diez. Me lo merecía.
Se quedaron así un largo rato, en medio de la cocina, hasta que el llanto de Megumi se convirtió en pequeños suspiros erráticos. Yuji no lo soltó ni un segundo, meciéndolo suavemente.
Finalmente, Megumi se separó un poco, con los ojos rojos e hinchados, dándole un aspecto vulnerable que hacía que Yuji quisiera protegerlo del mundo entero, incluso de sí mismo.
— ¿De verdad te dolió la bofetada? —preguntó Megumi en voz baja, mirando la marca roja en la mejilla de Yuji.
Yuji sonrió con tristeza y tomó la mano de Megumi para besarle la palma.
— Un poco. Tienes la mano firme, Fushiguro. Pero me dolió más ver cómo te miraba antes. Soy un asco de esposo a veces.
Megumi suspiró y apoyó la frente contra la de Yuji.
— Eres un idiota "fifa". Eso es lo que eres.
— Lo soy —admitió Yuji, dejando escapar una pequeña risa—. Mañana mismo tiro esa camiseta a la basura si quieres.
— No seas dramático. Solo... no vuelvas a ignorarme ni a gritarme por algo así. Y deja de mirar a las animadoras, que me di cuenta.
Yuji se puso rojo, esta vez de vergüenza.
— Era... era un análisis de la coordinación grupal...
— Mentiroso.
— Sí, un poco. Pero te juro que ninguna me parece ni la mitad de bonita que tú cuando te pones serio —Yuji le guiñó un ojo, intentando recuperar el ambiente ligero.
Megumi resopló, aunque una pequeña sonrisa comenzó a asomar en sus labios.
— Anda, vamos a dormir. Estoy agotado de tanto fútbol por un año.
— ¿Solo un año? —preguntó Yuji esperanzado mientras lo guiaba hacia el dormitorio.
— Diez años —sentenció Megumi.
— ¡Eso es una eternidad!
— Pues empieza a contar desde hoy.
Yuji rió, abrazándolo por la cintura mientras subían las escaleras. Sabía que tenía que compensar a Megumi durante semanas, tal vez meses, pero mientras tuviera el perdón de su esposo, cualquier derrota en el campo de fútbol era algo que podía superar. Después de todo, en el juego de su vida, ya había ganado el premio más grande.
