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Besitos

Fandom: Cantantes urbanos

Creado: 3/7/2026

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Dulce Insulina y Ojos de Miel

El frío del aire acondicionado en 16 grados era el único refugio contra el calor pegajoso de Carolina. Dentro de esa habitación, el mundo exterior no existía; no había cámaras, no había fanáticos pidiendo fotos, ni productores exigiendo el próximo "palo" para las listas de Billboard. Solo existía el zumbido suave de la consola y el calor humano de la mujer que se había convertido en el eje de su rotación.

Joshua, conocido por todo Puerto Rico como Omar, estaba recostado contra el respaldo de la cama, con el torso desnudo y el cabello rulo algo alborotado. Sus ojos achinados, esos que volvían locas a las nenas en los conciertos, estaban fijos en el pequeño bulto que descansaba sobre el pecho de Mariana.

—Papi, mira cómo se quedó —susurró Mariana con esa voz dulce que a Joshua le derretía el alma—. Parece un angelito cuando no está dando guerra.

Joshua sonrió, estirando la mano para acariciar la mejilla de su hijo de seis meses, Leo. El bebé tenía la misma piel blanca de su padre y los mismos rulos empezando a asomar en la coronilla. Pero lo que más le apretaba el corazón a Joshua no eran sus rasgos, sino el pequeño dispositivo circular pegado al brazo del bebé: un sensor de glucosa en miniatura, una versión pequeña del que Mariana llevaba en el suyo.

—Es igualito a ti, nena —dijo Joshua con su acento marcado, arrastrando las palabras con ese tono profundo y cariñoso—. Pero sacó tu condición, el pobre. A veces me da una cosa verlo con el aparatito, ¿sabes? Tan chiquitito y ya bregando con eso.

Mariana levantó la vista y le regaló una sonrisa tierna. A sus diecinueve años, tenía una madurez que a veces asustaba a Joshua, pero mantenía una dulzura infantil que lo tenía enviciado.

—No pasa nada, Joshua. Él va a estar bien porque nos tiene a nosotros. Yo le enseño, igual que tú me cuidas a mí.

—Sabes que yo por ustedes mato y muerde el polvo cualquiera —respondió él, acercándose más para besarle la frente—. Dame un besito aquí, anda.

Mariana se inclinó, cuidando de no despertar a Leo, y le dio un beso corto y suave en los labios. Joshua cerró los ojos, disfrutando del contacto. Era adicto a ella. Desde que Mariana llegó a su vida, el reguetonero que salía de fiesta y vivía en el estudio se había transformado en un hombre de casa, alguien que prefería estar encerrado en el cuarto con el aire a tope, vigilando los niveles de azúcar de su mujer y su hijo.

—¿Cómo estás de los niveles? —preguntó Joshua, volviéndose un poco más serio—. Déjame ver el cel.

—Estoy bien, de verdad. Comí hace poco y la insulina está haciendo lo suyo.

Joshua no se quedó conforme. Estiró el brazo y agarró el teléfono de Mariana, que estaba conectado al sensor de ambos. Revisó las gráficas con la precisión de un experto. Se había obsesionado con aprender todo sobre la diabetes tipo 1 desde que Mariana quedó embarazada. Durante los meses de gestación, el miedo a que algo les pasara lo mantuvo noches enteras despierto, leyendo artículos y consultando médicos.

—Estás en 110, estás perfecta, mami —murmuró él, dejando el teléfono en la mesita de noche—. Y el nene está estable también. Si ese sensor pita en la noche, me despiertas rápido, ¿oíste? No te pongas a inventar tú sola.

—Ay, Joshua, si tú tienes el sueño más liviano que yo ahora mismo —se rió ella bajito—. A la mínima que el sensor hace "bip", ya tú estás sentado en la cama con el jugo de naranja en la mano.

—Es que no quiero que les pase nada, Mariana. Tú eres mi nena, y ese cabroncito es mi vida entera.

Él la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia su pecho mientras ella sostenía al bebé. Joshua era un hombre de buen cuerpo, trabajado, pero sin una sola gota de tinta en su piel blanca, algo raro en el género urbano, pero él decía que su cuerpo estaba limpio para que ellos pudieran marcarlo con sus abrazos.

—¿Me quieres? —preguntó ella, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Que si te quiero? Muchacha, yo estoy enviciao contigo. Tú me tienes loco con esa forma de hablarme así de bajito. A veces estoy en el estudio y lo que quiero es arrancar el carro y venirme pa' acá a encerrarme contigo.

—A veces eres un poco celoso, Joshua Omar —dijo ella con una chispa de picardía en los ojos—. El otro día, cuando el productor me saludó de más, te pusiste verde.

Joshua se encogió de hombros, aunque sus ojos achinados se entrecerraron un poco más.

—Es que tú eres muy bonita, Mariana. Y la gente en este ambiente es muy fresca. Yo
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