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Las Caóticas Vacaciones de Bulma
Fandom: Dragon Ball Super
Creado: 3/7/2026
Etiquetas
Ciencia FicciónHumorRecortes de VidaAventuraAmbientación CanonEstudio de PersonajeDivergenciaSátira
Escape Turquesa y el Caos de la Clase Turista
El soldador de plasma chisporroteó por última vez antes de que Bulma se echara hacia atrás en su silla ergonómica, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Sus ojos celestes, agudos y brillantes tras las gafas de protección, contemplaban con orgullo el pequeño dispositivo esférico sobre la mesa de trabajo. Era el Radar del Dragón 3.0: un rastreador con capacidad de escaneo multiversal y detección de firmas de energía cuántica. Habían sido semanas de cálculos matemáticos que harían llorar a cualquier científico de la NASA, noches sin dormir y litros de café expreso.
—Finalmente —susurró Bulma, con una sonrisa de autosuficiencia—. Ni siquiera los dioses podrían esconderse de mi tecnología.
A sus cuarenta y tres años, Bulma Briefs no solo era la mujer más rica del mundo, sino que se sentía en la cúspide de su belleza y genio. Su cabello celeste, cortado en un estilo bob lacio y moderno, enmarcaba un rostro que apenas mostraba el paso del tiempo gracias a sus propios tratamientos de belleza de vanguardia. Se puso de pie, estirando su esbelta figura de un metro sesenta y cinco, y se dispuso a buscar una cápsula para guardar el prototipo.
Fue entonces cuando el mundo, o al menos su laboratorio, estalló.
—¡Te dije que no podías alcanzarme, Goten! —gritó la voz de Trunks, seguida de una explosión sónica que sacudió los cimientos de la Corporación Cápsula.
—¡Eso es porque no estoy usando mi velocidad máxima! —respondió el hijo menor de Goku, riendo a carcajadas.
Dos borrones de energía, uno lila y otro negro, atravesaron la pared reforzada del laboratorio como si fuera papel de arroz. En su afán por jugar a las traes, los niños no midieron su fuerza. Trunks tropezó con un cable de alta tensión, y Goten, al intentar frenar, salió disparado contra la mesa principal.
El impacto fue devastador. El prototipo del radar voló por los aires, chocando contra un tanque de refrigerante que explotó en una nube de gas helado. Los estantes llenos de planos, herramientas de precisión y microchips de última generación fueron derribados como fichas de dominó.
Bulma se quedó petrificada, con los ojos abiertos de par en par, mientras el silencio volvía a la habitación, solo interrumpido por el sonido de una alarma de emergencia y el goteo de algún líquido químico.
—¡Ups! —dijeron ambos niños al unísono, rascándose la nuca con esa sonrisa de inocencia fingida que compartían sus padres.
—Mi radar... —la voz de Bulma era un susurro peligroso—. Mis planos... ¡MI TRABAJO DE TRES MESES!
—Mamá, podemos arreglarlo, solo fue un pequeño accidente... —intentó decir Trunks, retrocediendo al ver la vena que comenzaba a palpitar en la frente de su madre.
—¿Pequeño? —Bulma estalló, su voz alcanzando un decibelio capaz de aturdir a un Super Saiyajin—. ¡FUERA DE AQUÍ! ¡LOS DOS! ¡FUERA ANTES DE QUE LOS CONVIERTA EN REPUESTOS PARA UN TOSTADOR!
Los niños no esperaron a que lo repitiera. Salieron disparados por el agujero de la pared a una velocidad que habría envidiado el mismo Whis.
Bulma se dejó caer sobre sus rodillas, observando el desastre. Estaba harta. Harta de las peleas, harta de que su casa pareciera una zona de guerra constante, harta de Vegeta entrenando en la cámara de gravedad mientras ella mantenía a flote la economía mundial y la defensa tecnológica de la Tierra. Necesitaba un respiro. No un respiro de cinco minutos, sino uno de esos que incluían arena blanca, cócteles con sombrillitas y absolutamente ningún guerrero cerca.
Se levantó con una determinación gélida. Caminó hacia su habitación, ignorando a los robots de limpieza que intentaban evaluar los daños.
—Si quieren caos, tendrán caos —masculló entre dientes—. Pero sin mí.
Tomó una maleta de diseño y comenzó a lanzar ropa dentro. Nada de trajes de laboratorio ni batas blancas. Solo lo mejor de su armario: bikinis de seda, vestidos vaporosos y sus joyas favoritas. Se cambió de ropa, optando por un look juvenil y sofisticado que resaltaba su figura: unos pantalones jeans de tiro bajo que abrazaban sus caderas y un top blanco de algodón que dejaba al descubierto su vientre plano y tonificado. Se miró al espejo, retocó su lápiz labial y asintió.
Antes de salir, garabateó una nota rápida en el escritorio de su oficina.
*"Me he ido. No me busquen. Si la Tierra está en peligro, llamen a los otros, yo estoy fuera de servicio. Vegeta, hay comida en la nevera para dos días. Después de eso, aprende a usar el microondas sin hacerlo explotar. Papá, cuida que los niños no derriben el edificio principal. Adiós."*
Bulma no usó sus naves privadas. Sabía que Vegeta podría rastrear la firma de energía de una nave de la Corporación Cápsula en cuestión de segundos. Quería anonimato. Quería ser una civil común y corriente. Así que, usando una identidad falsa y una peluca oscura momentánea para pasar desapercibida en el aeropuerto, compró un boleto de avión comercial hacia una isla paradisíaca en el sur, un lugar tan remoto que ni siquiera aparecía en los mapas turísticos estándar.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor retorcido para con los genios.
Al abordar el avión, Bulma se dio cuenta de que el vuelo estaba extrañamente lleno. Se dirigió a su asiento, el 12F, esperando al menos un poco de comodidad en la clase ejecutiva que había pagado, pero debido a un "error del sistema", terminó siendo reubicada en la clase turista, en una fila estrecha y calurosa.
—Esto tiene que ser una broma —murmuró, apretando los dientes mientras se abría paso entre pasajeros que cargaban almohadas de cuello y bolsas de comida rápida.
Cuando finalmente llegó a su fila, su paciencia, ya de por sí inexistente, se evaporó por completo.
En el asiento del pasillo estaba sentada una anciana de aspecto arrugado y expresión amarga, que sostenía una bolsa de tejer y ocupaba la mitad del reposabrazos de Bulma. Y en el asiento central, justo al lado del que le correspondía a ella en la ventana, había un hombre joven con cara de desesperación que sostenía a un bebé de apenas un año. El niño tenía los pulmones de un cantante de ópera y la cara roja de tanto llorar.
—Disculpe —dijo Bulma, tratando de mantener la compostura y usando su tono más autoritario—, ese es mi asiento. El de la ventana.
La anciana la miró de arriba abajo, deteniéndose en su top blanco y sus jeans modernos con una mueca de desaprobación.
—Las jóvenes de hoy en día no tienen pudor —gruñó la mujer, moviendo sus piernas con lentitud exagerada—. Pase, pase, pero no me toque la lana, que es de alpaca auténtica.
Bulma puso los ojos en blanco y pasó por encima de las rodillas de la mujer, solo para ser recibida por un alarido ensordecedor del bebé.
—¡WAAAAAAA! —el pequeño agitó los brazos, golpeando accidentalmente el hombro de Bulma con un sonajero de plástico.
—¡Oh, lo siento tanto! —exclamó el padre, sudando a mares—. Está inquieto por la presión de los oídos.
Bulma se sentó, sintiéndose atrapada. El espacio era minúsculo. A su izquierda, el bebé comenzó a hipar y a babear, y a su derecha, la anciana empezó a murmurar sobre la falta de valores en la sociedad moderna mientras el olor a naftalina de su ropa inundaba el aire.
—Señorita —dijo la anciana, dándole un codazo a Bulma—, ¿no cree que debería ayudar a este pobre hombre? Usted tiene manos jóvenes.
—¿Perdón? —Bulma giró la cabeza, incrédula—. Soy una pasajera, no una niñera. Y he pagado por este asiento para descansar, no para ser parte de un jardín de infancia.
—¡Qué grosera! —chistó la anciana—. En mis tiempos, las mujeres se ayudaban entre sí. Pero claro, con esos pantalones tan bajos, se nota que solo piensa en llamar la atención.
Bulma sintió que la temperatura de su cuerpo subía peligrosamente. Había enfrentado a Freezer, había sobrevivido a la destrucción de planetas y había regañado al mismísimo Dios de la Destrucción, y ahora esta mujer pretendía darle lecciones de moral.
—Escúcheme bien, señora —dijo Bulma, bajando la voz a un tono que habría hecho temblar a un Saibaman—. He tenido el peor día de mi vida. Mi laboratorio ha sido destruido, mi hijo es un vándalo y mi marido es un adicto al gimnasio que no sabe freír un huevo. Si vuelve a mencionar mis pantalones o mi falta de instinto maternal, le juro que compraré esta aerolínea solo para despedir al piloto y aterrizar este avión yo misma en medio del océano. ¿Entendido?
La anciana parpadeó, intimidada por la intensidad de los ojos celestes de Bulma, y volvió a su tejido en silencio, aunque siguió murmurando por lo bajo.
—¡WAAAAAAA! —el bebé volvió a la carga, esta vez agarrando un mechón del cabello celeste de Bulma con sus manos pegajosas.
—¡Ay! ¡Suéltame, pequeño monstruo! —Bulma intentó zafarse con delicadeza, pero el niño tenía un agarre sorprendentemente fuerte.
—¡Lo siento, lo siento! —el padre estaba al borde del colapso—. Es que perdió su chupete y no se calma con nada.
Bulma suspiró profundamente. Cerró los ojos y contó hasta diez. "Vacaciones", se recordó a sí misma. "Paz, tranquilidad, playa". Pero el llanto era como un taladro en su sien.
—Démelo —dijo Bulma de repente, extendiendo los brazos.
—¿Qué? —preguntó el padre, confundido.
—Que me dé al niño. Si no se calla, no podré dormir en todo el vuelo.
El hombre, aliviado, le entregó al bebé. Bulma lo sostuvo con una torpeza inicial que pronto desapareció; después de todo, había criado a Trunks y ahora a la pequeña Bra. Sus manos, expertas en manipular tecnología compleja, encontraron los puntos de presión adecuados en la espalda del niño. Comenzó a mecerlo con un ritmo constante, mientras le susurraba algo en el oído.
No eran palabras dulces. Eran ecuaciones de termodinámica avanzada dichas en un tono monótono y relajante.
—La entropía de un sistema aislado nunca decrece... —susurraba Bulma—. El cero absoluto es inalcanzable...
Increíblemente, el bebé dejó de llorar. Los ojos del pequeño se fijaron en los pendientes de diamantes de Bulma y, poco a poco, sus párpados comenzaron a pesarle hasta que se quedó profundamente dormido sobre el hombro de la mujer más inteligente del mundo.
—Es usted un ángel —susurró el padre, casi llorando de gratitud.
—Soy un genio —corrigió Bulma, acomodándose en su asiento—. Ahora, si alguien hace el más mínimo ruido, lo lanzaré por la escotilla de emergencia.
La anciana la miró de reojo, pero esta vez no dijo nada. El resto del vuelo transcurrió en un silencio tenso pero bendito. Bulma miró por la ventanilla las nubes blancas, sintiendo cómo la adrenalina del enfado empezaba a disiparse. Aún le quedaban varias horas de viaje y una escala antes de llegar a su destino, pero por primera vez en semanas, nadie le pedía que reparara un radar, que entrenara o que salvara el universo.
Sin embargo, en el fondo de su mente, una pequeña duda la asaltaba. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Vegeta se diera cuenta de que la nota no era una broma? ¿O antes de que Goku apareciera mediante la teletransportación porque tenía hambre y ella era la única que sabía dónde estaba el restaurante secreto de sushi?
—Que lo intenten —murmuró para sí misma, esbozando una sonrisa traviesa—. He bloqueado mi señal de GPS y he configurado el sistema de seguridad de la casa para que no reconozca sus huellas dactilares si intentan entrar en mi bodega de vinos.
El avión comenzó su descenso hacia la escala intermedia. Bulma entregó al bebé dormido a su padre y se preparó para bajar. Al caminar por el pasillo, recuperó su aire de sofisticación, acomodándose el top y caminando con la seguridad de una reina.
Al salir del túnel de desembarque, se detuvo frente a un gran ventanal que mostraba el atardecer. Estaba en una ciudad costera, el aire olía a sal y a libertad. Sacó su teléfono, vio las treinta llamadas perdidas de Vegeta y, con un gesto elegante, apagó el dispositivo y lo lanzó dentro de su bolso.
—Ahora empieza lo bueno —dijo, ajustándose sus gafas de sol.
Pero justo cuando se dirigía a la puerta de salida, vio algo que le heló la sangre. En una de las pantallas gigantes del aeropuerto, se emitía una noticia de última hora.
"Extraños avistamientos en el cielo de la Capital del Oeste. Dos sujetos con cabellos dorados han sido vistos volando a gran velocidad, aparentemente buscando algo o a alguien. Las autoridades piden calma".
Bulma apretó los puños.
—Esos idiotas... —gruñó—. ¡Ni siquiera he estado fuera tres horas!
Se debatió entre dar media vuelta y regresar para evitar que destruyeran la ciudad, o seguir adelante hacia su isla privada. Miró hacia el horizonte, donde el sol se ocultaba en el mar, y luego hacia la pantalla donde Goten y Trunks saludaban a la cámara de un helicóptero de noticias.
—Que se encargue Piccolo —decidió finalmente, dándose la vuelta y caminando hacia el mostrador de conexión—. Yo tengo una cita con una margarita y una tumbona.
Bulma Briefs no era solo la mujer más rica y brillante; también era la más terca. Y si ella decía que estaba de vacaciones, el universo entero tendría que esperar. Incluso si eso significaba dejar a dos Super Saiyajins y a un Príncipe de los Saiyajins confundidos y hambrientos en una casa vacía.
Al fin y al cabo, ella ya había hecho su parte salvando el mundo suficientes veces. Ahora, era el turno de que el mundo aprendiera a sobrevivir sin Bulma Briefs por una semana. O al menos, hasta que se le acabara el protector solar.
—Finalmente —susurró Bulma, con una sonrisa de autosuficiencia—. Ni siquiera los dioses podrían esconderse de mi tecnología.
A sus cuarenta y tres años, Bulma Briefs no solo era la mujer más rica del mundo, sino que se sentía en la cúspide de su belleza y genio. Su cabello celeste, cortado en un estilo bob lacio y moderno, enmarcaba un rostro que apenas mostraba el paso del tiempo gracias a sus propios tratamientos de belleza de vanguardia. Se puso de pie, estirando su esbelta figura de un metro sesenta y cinco, y se dispuso a buscar una cápsula para guardar el prototipo.
Fue entonces cuando el mundo, o al menos su laboratorio, estalló.
—¡Te dije que no podías alcanzarme, Goten! —gritó la voz de Trunks, seguida de una explosión sónica que sacudió los cimientos de la Corporación Cápsula.
—¡Eso es porque no estoy usando mi velocidad máxima! —respondió el hijo menor de Goku, riendo a carcajadas.
Dos borrones de energía, uno lila y otro negro, atravesaron la pared reforzada del laboratorio como si fuera papel de arroz. En su afán por jugar a las traes, los niños no midieron su fuerza. Trunks tropezó con un cable de alta tensión, y Goten, al intentar frenar, salió disparado contra la mesa principal.
El impacto fue devastador. El prototipo del radar voló por los aires, chocando contra un tanque de refrigerante que explotó en una nube de gas helado. Los estantes llenos de planos, herramientas de precisión y microchips de última generación fueron derribados como fichas de dominó.
Bulma se quedó petrificada, con los ojos abiertos de par en par, mientras el silencio volvía a la habitación, solo interrumpido por el sonido de una alarma de emergencia y el goteo de algún líquido químico.
—¡Ups! —dijeron ambos niños al unísono, rascándose la nuca con esa sonrisa de inocencia fingida que compartían sus padres.
—Mi radar... —la voz de Bulma era un susurro peligroso—. Mis planos... ¡MI TRABAJO DE TRES MESES!
—Mamá, podemos arreglarlo, solo fue un pequeño accidente... —intentó decir Trunks, retrocediendo al ver la vena que comenzaba a palpitar en la frente de su madre.
—¿Pequeño? —Bulma estalló, su voz alcanzando un decibelio capaz de aturdir a un Super Saiyajin—. ¡FUERA DE AQUÍ! ¡LOS DOS! ¡FUERA ANTES DE QUE LOS CONVIERTA EN REPUESTOS PARA UN TOSTADOR!
Los niños no esperaron a que lo repitiera. Salieron disparados por el agujero de la pared a una velocidad que habría envidiado el mismo Whis.
Bulma se dejó caer sobre sus rodillas, observando el desastre. Estaba harta. Harta de las peleas, harta de que su casa pareciera una zona de guerra constante, harta de Vegeta entrenando en la cámara de gravedad mientras ella mantenía a flote la economía mundial y la defensa tecnológica de la Tierra. Necesitaba un respiro. No un respiro de cinco minutos, sino uno de esos que incluían arena blanca, cócteles con sombrillitas y absolutamente ningún guerrero cerca.
Se levantó con una determinación gélida. Caminó hacia su habitación, ignorando a los robots de limpieza que intentaban evaluar los daños.
—Si quieren caos, tendrán caos —masculló entre dientes—. Pero sin mí.
Tomó una maleta de diseño y comenzó a lanzar ropa dentro. Nada de trajes de laboratorio ni batas blancas. Solo lo mejor de su armario: bikinis de seda, vestidos vaporosos y sus joyas favoritas. Se cambió de ropa, optando por un look juvenil y sofisticado que resaltaba su figura: unos pantalones jeans de tiro bajo que abrazaban sus caderas y un top blanco de algodón que dejaba al descubierto su vientre plano y tonificado. Se miró al espejo, retocó su lápiz labial y asintió.
Antes de salir, garabateó una nota rápida en el escritorio de su oficina.
*"Me he ido. No me busquen. Si la Tierra está en peligro, llamen a los otros, yo estoy fuera de servicio. Vegeta, hay comida en la nevera para dos días. Después de eso, aprende a usar el microondas sin hacerlo explotar. Papá, cuida que los niños no derriben el edificio principal. Adiós."*
Bulma no usó sus naves privadas. Sabía que Vegeta podría rastrear la firma de energía de una nave de la Corporación Cápsula en cuestión de segundos. Quería anonimato. Quería ser una civil común y corriente. Así que, usando una identidad falsa y una peluca oscura momentánea para pasar desapercibida en el aeropuerto, compró un boleto de avión comercial hacia una isla paradisíaca en el sur, un lugar tan remoto que ni siquiera aparecía en los mapas turísticos estándar.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor retorcido para con los genios.
Al abordar el avión, Bulma se dio cuenta de que el vuelo estaba extrañamente lleno. Se dirigió a su asiento, el 12F, esperando al menos un poco de comodidad en la clase ejecutiva que había pagado, pero debido a un "error del sistema", terminó siendo reubicada en la clase turista, en una fila estrecha y calurosa.
—Esto tiene que ser una broma —murmuró, apretando los dientes mientras se abría paso entre pasajeros que cargaban almohadas de cuello y bolsas de comida rápida.
Cuando finalmente llegó a su fila, su paciencia, ya de por sí inexistente, se evaporó por completo.
En el asiento del pasillo estaba sentada una anciana de aspecto arrugado y expresión amarga, que sostenía una bolsa de tejer y ocupaba la mitad del reposabrazos de Bulma. Y en el asiento central, justo al lado del que le correspondía a ella en la ventana, había un hombre joven con cara de desesperación que sostenía a un bebé de apenas un año. El niño tenía los pulmones de un cantante de ópera y la cara roja de tanto llorar.
—Disculpe —dijo Bulma, tratando de mantener la compostura y usando su tono más autoritario—, ese es mi asiento. El de la ventana.
La anciana la miró de arriba abajo, deteniéndose en su top blanco y sus jeans modernos con una mueca de desaprobación.
—Las jóvenes de hoy en día no tienen pudor —gruñó la mujer, moviendo sus piernas con lentitud exagerada—. Pase, pase, pero no me toque la lana, que es de alpaca auténtica.
Bulma puso los ojos en blanco y pasó por encima de las rodillas de la mujer, solo para ser recibida por un alarido ensordecedor del bebé.
—¡WAAAAAAA! —el pequeño agitó los brazos, golpeando accidentalmente el hombro de Bulma con un sonajero de plástico.
—¡Oh, lo siento tanto! —exclamó el padre, sudando a mares—. Está inquieto por la presión de los oídos.
Bulma se sentó, sintiéndose atrapada. El espacio era minúsculo. A su izquierda, el bebé comenzó a hipar y a babear, y a su derecha, la anciana empezó a murmurar sobre la falta de valores en la sociedad moderna mientras el olor a naftalina de su ropa inundaba el aire.
—Señorita —dijo la anciana, dándole un codazo a Bulma—, ¿no cree que debería ayudar a este pobre hombre? Usted tiene manos jóvenes.
—¿Perdón? —Bulma giró la cabeza, incrédula—. Soy una pasajera, no una niñera. Y he pagado por este asiento para descansar, no para ser parte de un jardín de infancia.
—¡Qué grosera! —chistó la anciana—. En mis tiempos, las mujeres se ayudaban entre sí. Pero claro, con esos pantalones tan bajos, se nota que solo piensa en llamar la atención.
Bulma sintió que la temperatura de su cuerpo subía peligrosamente. Había enfrentado a Freezer, había sobrevivido a la destrucción de planetas y había regañado al mismísimo Dios de la Destrucción, y ahora esta mujer pretendía darle lecciones de moral.
—Escúcheme bien, señora —dijo Bulma, bajando la voz a un tono que habría hecho temblar a un Saibaman—. He tenido el peor día de mi vida. Mi laboratorio ha sido destruido, mi hijo es un vándalo y mi marido es un adicto al gimnasio que no sabe freír un huevo. Si vuelve a mencionar mis pantalones o mi falta de instinto maternal, le juro que compraré esta aerolínea solo para despedir al piloto y aterrizar este avión yo misma en medio del océano. ¿Entendido?
La anciana parpadeó, intimidada por la intensidad de los ojos celestes de Bulma, y volvió a su tejido en silencio, aunque siguió murmurando por lo bajo.
—¡WAAAAAAA! —el bebé volvió a la carga, esta vez agarrando un mechón del cabello celeste de Bulma con sus manos pegajosas.
—¡Ay! ¡Suéltame, pequeño monstruo! —Bulma intentó zafarse con delicadeza, pero el niño tenía un agarre sorprendentemente fuerte.
—¡Lo siento, lo siento! —el padre estaba al borde del colapso—. Es que perdió su chupete y no se calma con nada.
Bulma suspiró profundamente. Cerró los ojos y contó hasta diez. "Vacaciones", se recordó a sí misma. "Paz, tranquilidad, playa". Pero el llanto era como un taladro en su sien.
—Démelo —dijo Bulma de repente, extendiendo los brazos.
—¿Qué? —preguntó el padre, confundido.
—Que me dé al niño. Si no se calla, no podré dormir en todo el vuelo.
El hombre, aliviado, le entregó al bebé. Bulma lo sostuvo con una torpeza inicial que pronto desapareció; después de todo, había criado a Trunks y ahora a la pequeña Bra. Sus manos, expertas en manipular tecnología compleja, encontraron los puntos de presión adecuados en la espalda del niño. Comenzó a mecerlo con un ritmo constante, mientras le susurraba algo en el oído.
No eran palabras dulces. Eran ecuaciones de termodinámica avanzada dichas en un tono monótono y relajante.
—La entropía de un sistema aislado nunca decrece... —susurraba Bulma—. El cero absoluto es inalcanzable...
Increíblemente, el bebé dejó de llorar. Los ojos del pequeño se fijaron en los pendientes de diamantes de Bulma y, poco a poco, sus párpados comenzaron a pesarle hasta que se quedó profundamente dormido sobre el hombro de la mujer más inteligente del mundo.
—Es usted un ángel —susurró el padre, casi llorando de gratitud.
—Soy un genio —corrigió Bulma, acomodándose en su asiento—. Ahora, si alguien hace el más mínimo ruido, lo lanzaré por la escotilla de emergencia.
La anciana la miró de reojo, pero esta vez no dijo nada. El resto del vuelo transcurrió en un silencio tenso pero bendito. Bulma miró por la ventanilla las nubes blancas, sintiendo cómo la adrenalina del enfado empezaba a disiparse. Aún le quedaban varias horas de viaje y una escala antes de llegar a su destino, pero por primera vez en semanas, nadie le pedía que reparara un radar, que entrenara o que salvara el universo.
Sin embargo, en el fondo de su mente, una pequeña duda la asaltaba. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Vegeta se diera cuenta de que la nota no era una broma? ¿O antes de que Goku apareciera mediante la teletransportación porque tenía hambre y ella era la única que sabía dónde estaba el restaurante secreto de sushi?
—Que lo intenten —murmuró para sí misma, esbozando una sonrisa traviesa—. He bloqueado mi señal de GPS y he configurado el sistema de seguridad de la casa para que no reconozca sus huellas dactilares si intentan entrar en mi bodega de vinos.
El avión comenzó su descenso hacia la escala intermedia. Bulma entregó al bebé dormido a su padre y se preparó para bajar. Al caminar por el pasillo, recuperó su aire de sofisticación, acomodándose el top y caminando con la seguridad de una reina.
Al salir del túnel de desembarque, se detuvo frente a un gran ventanal que mostraba el atardecer. Estaba en una ciudad costera, el aire olía a sal y a libertad. Sacó su teléfono, vio las treinta llamadas perdidas de Vegeta y, con un gesto elegante, apagó el dispositivo y lo lanzó dentro de su bolso.
—Ahora empieza lo bueno —dijo, ajustándose sus gafas de sol.
Pero justo cuando se dirigía a la puerta de salida, vio algo que le heló la sangre. En una de las pantallas gigantes del aeropuerto, se emitía una noticia de última hora.
"Extraños avistamientos en el cielo de la Capital del Oeste. Dos sujetos con cabellos dorados han sido vistos volando a gran velocidad, aparentemente buscando algo o a alguien. Las autoridades piden calma".
Bulma apretó los puños.
—Esos idiotas... —gruñó—. ¡Ni siquiera he estado fuera tres horas!
Se debatió entre dar media vuelta y regresar para evitar que destruyeran la ciudad, o seguir adelante hacia su isla privada. Miró hacia el horizonte, donde el sol se ocultaba en el mar, y luego hacia la pantalla donde Goten y Trunks saludaban a la cámara de un helicóptero de noticias.
—Que se encargue Piccolo —decidió finalmente, dándose la vuelta y caminando hacia el mostrador de conexión—. Yo tengo una cita con una margarita y una tumbona.
Bulma Briefs no era solo la mujer más rica y brillante; también era la más terca. Y si ella decía que estaba de vacaciones, el universo entero tendría que esperar. Incluso si eso significaba dejar a dos Super Saiyajins y a un Príncipe de los Saiyajins confundidos y hambrientos en una casa vacía.
Al fin y al cabo, ella ya había hecho su parte salvando el mundo suficientes veces. Ahora, era el turno de que el mundo aprendiera a sobrevivir sin Bulma Briefs por una semana. O al menos, hasta que se le acabara el protector solar.
