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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/7/2026

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Bajo el Humo de los Cerezos y el Olor a Antiséptico

El pasillo que conducía a la enfermería del Colegio Técnico de Magia de Tokio solía ser el lugar más silencioso de toda la institución. Era un santuario de paredes blancas, saturado con el persistente aroma a desinfectante y el eco lejano de los pasos de Shoko Ieiri. Para el resto del mundo, Shoko era la mujer de hierro, la médico indiferente que podía diseccionar una maldición mientras fumaba un cigarrillo sin que se le moviera un solo pelo castaño.

Satoru Gojo, por el contrario, era el ruido personificado. Su presencia llenaba cada rincón, sus bromas eran tan infinitas como su técnica maldita y su egocentrismo era la única fuerza capaz de rivalizar con su poder. A plena luz del día, frente a los estudiantes o los altos mandos, Satoru era quien llevaba las riendas. Se lanzaba sobre Shoko, invadiendo su espacio personal, soltando comentarios cargados de un doble sentido que ella ignoraba con una maestría casi quirúrgica.

—¡Oh, Shoko! ¿No crees que hoy mi cabello brilla más que de costumbre? —había exclamado Satoru esa misma mañana, rodeando sus hombros con un brazo pesado mientras ella intentaba leer un informe—. Deberías invitarme a cenar solo para poder admirarme más de cerca.

Shoko ni siquiera levantó la vista de los papeles. Con un movimiento seco, le apartó el brazo y soltó una nube de humo que fue a parar directamente a la cara del hechicero más fuerte del mundo.

—Cómprate un espejo y deja de molestar, Satoru. Tengo cadáveres más interesantes que tú esperando en la morgue.

Los estudiantes que pasaban por ahí, como Itadori o Nobara, siempre pensaban lo mismo: "Pobre Gojo-sensei, Shoko-san realmente no tiene sentimientos". Pero lo que nadie sabía, lo que ni siquiera el Seis Ojos podía prever si no estuviera ya tan profundamente enredado en ello, era que la dinámica cambiaba en el momento exacto en que la puerta de la enfermería se cerraba con llave.

Eran las siete de la tarde. La luz del sol se filtraba de color naranja por las ventanas altas, bañando las camillas vacías. Shoko estaba sentada en su escritorio, girando lentamente su silla. Escuchó el sonido familiar: tres toques rítmicos y luego el clic de la cerradura siendo forzada por el Infinito.

Satoru entró con su habitual arrogancia, quitándose la venda negra de los ojos al cruzar el umbral. Sus ojos azul cielo brillaban con esa chispa juguetona que siempre lo acompañaba.

—La doctora más guapa de Tokio tiene un momento para su paciente favorito, ¿verdad? —dijo Satoru, caminando hacia ella con pasos largos y seguros, con esa sonrisa de suficiencia que derretía a cualquiera.

Shoko no respondió de inmediato. Se quitó la bata blanca, dejándola caer sobre el respaldo de su silla, revelando el jersey azul de cuello alto que se ajustaba a su figura. Se puso de pie con una lentitud calculada, sus zapatos de tacón crema resonando contra el suelo de linóleo.

—Llegas tarde, Satoru —dijo ella. Su voz, usualmente monótona y cansada, había adquirido un matiz aterciopelado, un ronroneo que hizo que el vello de la nuca de Gojo se erizara.

Satoru se detuvo a un metro de ella, ladeando la cabeza.

—Bueno, salvar el mundo toma su tiempo. Pero no te preocupes, ya estoy aquí para que me adores.

Shoko dio un paso al frente, rompiendo la distancia de seguridad. A diferencia de lo que hacía afuera, no se alejó cuando él se inclinó hacia ella. Al contrario, extendió una mano y agarró el cuello alto del abrigo negro de Satoru, tirando de él hacia abajo con una fuerza sorprendente.

—¿Adorarte? —Shoko sonrió, una expresión depredadora que nunca mostraba en público. Sus ojos castaños, enmarcados por esas ojeras que le daban un aire peligrosamente exhausto, se clavaron en los azules de él—. Te tienes en muy alta estima, Satoru. ¿Crees que porque el mundo se arrodilla ante ti, yo también lo haré?

Satoru parpadeó, su sonrisa vaciló por una fracción de segundo antes de ensancharse. Esto era lo que él buscaba, el fuego oculto tras el hielo.

—Bueno, técnicamente soy intocable —susurró él, bajando la voz hasta convertirla en un secreto—. Pero para ti, siempre hago excepciones.

Shoko soltó una risa seca, soltando su cuello solo para pasar sus dedos por la mandíbula del hechicero, delineando el contorno de su cara con una familiaridad que quemaba.

—El Infinito es una herramienta útil para mantener alejadas a las molestias —dijo ella, acercando sus labios a la oreja de él—. Pero aquí dentro, tú y yo sabemos quién tiene el control del bisturí. Siéntate.

No fue una sugerencia. Fue una orden. Satoru, el hombre que no obedecía a nadie, el hombre que desafiaba a los ancianos del clan y a las maldiciones de grado especial, se sentó obedientemente en la camilla más cercana.

Shoko se situó entre sus piernas, obligándolo a mirarla hacia arriba. Era una posición de poder que ella disfrutaba ejercer.

—Estás tenso —comentó ella, pasando sus manos por los hombros anchos de Satoru, presionando los músculos a través de la tela oscura—. Demasiada energía maldita acumulada. O tal vez es solo que te mueres por un poco de atención real.

Satoru exhaló un suspiro largo, cerrando los ojos mientras sentía la presión de los dedos de Shoko.

—Sabes que eres la única que puede leerme, Shoko. Es molesto.

—Es necesario —corrigió ella. Se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido rítmico y fuerte de su corazón—. Afuera te dejo jugar al galán. Te dejo que hagas tus bromas tontas y que finjas que eres tú quien me persigue. Es divertido ver cómo los demás nos miran y piensan que soy una santa por soportarte.

Satoru abrió un ojo, observándola con una mezcla de adoración y deseo.

—¿Y no lo eres? Soy un premio, Shoko.

—Eres un niño con demasiado poder —replicó ella, y antes de que él pudiera responder, Shoko presionó un dedo contra sus labios—. Pero aquí, en mi dominio, eres solo un hombre. Y yo soy la que decide qué hacer contigo.

Shoko se acercó más, eliminando cualquier espacio. El olor a tabaco y café que siempre la rodeaba se mezcló con el aroma limpio y frío de Satoru. Ella puso una mano en su nuca, enredando sus dedos en el cabello blanco y rebelde, tirando ligeramente hacia atrás para que él tuviera que exponer su cuello.

—Dime, Satoru —susurró ella contra su piel—, ¿qué pasaría si mañana les contara a todos que el gran Satoru Gojo se queda sin palabras cuando lo miro de esta manera?

Satoru soltó una risa ronca, aunque su respiración se había vuelto errática.

—No lo harías. Te gusta demasiado este secreto. Te gusta tenerme así, a tu merced, mientras el resto del mundo piensa que me ignoras.

—Tienes razón —admitió ella, rozando con sus labios la línea de su mandíbula—. Me encanta ver cómo te desmoronas cuando nadie mira.

Shoko se alejó apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos. El lunar bajo su ojo derecho parecía resaltar bajo la luz tenue. Satoru extendió una mano, rodeando la cintura de Shoko y atrayéndola más hacia él, pero ella no cedió terreno. Mantuvo su postura dominante, con una mano aún firme en su cabello.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Satoru? —preguntó ella con una sonrisa cínica.

—¿Mi increíble belleza? ¿Mi poder ilimitado? —aventuró él, recuperando parte de su bravuconería.

—No —dijo ella, y su voz bajó una octava—. Es el hecho de que, a pesar de que puedes ver todo con esos ojos tuyos, nunca viste venir que yo sería la que te dominaría.

Satoru soltó un gruñido bajo, una mezcla de derrota y satisfacción.

—Me tienes, Shoko. Siempre me has tenido.

—Lo sé —respondió ella con suficiencia—. Ahora, cállate y deja que la doctora se encargue de ti.

Shoko cerró la distancia final, sellando sus labios con los de él en un beso que no tenía nada de la suavidad que uno esperaría. Era un beso hambriento, cargado de años de camaradería transformada en algo mucho más oscuro y potente. Satoru respondió con urgencia, sus manos apretando la cintura de Shoko, intentando tomar el control, pero ella se mantuvo firme, dirigiendo el ritmo, mordiendo su labio inferior con una advertencia silenciosa.

Cuando finalmente se separaron, ambos estaban ligeramente sin aliento. Satoru tenía el cabello aún más desordenado y sus ojos azules brillaban con una intensidad casi cegadora. Shoko, por su parte, mantenía esa expresión de calma depredadora, aunque sus mejillas tenían un ligero tinte rosado.

—¿Mejor? —preguntó ella, recomponiéndose el jersey y alisándose el cabello.

Satoru se recostó hacia atrás en la camilla, apoyándose en sus codos, observándola con una sonrisa genuina y relajada, una que nunca mostraba en las reuniones de los chamanes.

—Mucho mejor. Aunque creo que necesito una segunda revisión, doctora.

Shoko caminó hacia su escritorio y tomó su paquete de cigarrillos. Encendió uno, inhalando profundamente antes de soltar el humo hacia el techo.

—La consulta ha terminado por hoy, Satoru. Mañana tienes clase temprano y yo tengo que terminar estos informes.

Satoru se puso en pie, recuperando su venda negra del bolsillo. Se la colocó con gestos fluidos, volviendo a convertirse en el hechicero inalcanzable en cuestión de segundos. Se acercó a la puerta, pero antes de salir, se giró hacia ella.

—Mañana en el desayuno, ¿volverás a decirme que mi voz te da dolor de cabeza?

Shoko soltó una pequeña risa, una que no llegaba a ser una carcajada pero que era lo más cercano que Satoru obtenía de ella en un buen día.

—Probablemente te diga algo peor. Tal vez que tu presencia reduce mi esperanza de vida en diez años.

—Perfecto —dijo Satoru, guiñándole un ojo a través de la tela negra, aunque ella no pudiera verlo—. Me encanta cuando te pones difícil frente a los demás.

—Fuera de aquí, Satoru.

—¡Sí, señora!

La puerta se cerró tras él con el habitual estruendo de su energía. Shoko se quedó sola en el silencio de la enfermería, rodeada de nuevo por el olor a antiséptico. Se sentó en su silla, dio otra calada a su cigarrillo y miró hacia la camilla donde él había estado sentado.

A veces, se preguntaba qué dirían los demás si supieran que el hombre más poderoso del mundo era, en realidad, un juguete en sus manos cada vez que el sol se ponía. Pero luego recordaba la expresión de Satoru cuando ella tomaba el control, esa vulnerabilidad mezclada con devoción que solo ella conocía, y decidía que el secreto era mucho más dulce que cualquier reconocimiento público.

Shoko Ieiri no era solo una médico. Era la única persona capaz de diseccionar el alma de Satoru Gojo sin usar un bisturí, y eso era un poder que ninguna técnica maldita podría igualar jamás. Con un suspiro de satisfacción, apagó el cigarrillo en el cenicero y volvió a sus informes, con la sombra de una sonrisa coqueta aún bailando en sus labios.
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