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Maldito Gojo!
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 3/7/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffHumorHistoria DomésticaAmbientación CanonLenguaje Explícito
La dualidad del Seis Ojos
El sol de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas de seda, proyectando líneas doradas sobre el desordenado suelo de la habitación. Utahime Iori abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de las sábanas de hilo de alta calidad sobre su piel. Lo primero que registró su cerebro fue el silencio, algo inusual cuando se estaba en la misma ciudad que Satoru Gojo. Lo segundo fue el dolor punzante y sordo que nacía en su zona lumbar y se extendía por sus piernas como una corriente eléctrica residual.
Intentó incorporarse, pero sus músculos emitieron una queja formal. Suspiró, dejando caer la cabeza contra la almohada, y giró el rostro hacia el lado vacío de la cama. La sábana aún conservaba el calor de él, y el aroma a sándalo y a ese perfume costoso que Satoru usaba solo para fastidiar a los que tenían olfato sensible.
—Maldito Gojo... —susurró Utahime, esta vez con una mezcla de agotamiento físico y una resignación que rozaba la desesperación.
Era el tercer tipo de "Maldito Gojo". El que se reservaba para las mañanas en las que caminar hasta el baño parecía una misión de grado especial.
Utahime cerró los ojos, recordando cómo había terminado así. Todo había comenzado la tarde anterior en Kioto. Ella estaba intentando organizar los informes de sus alumnos, lidiando con la burocracia interminable que los altos mandos imponían, cuando él simplemente apareció. No llamó a la puerta, no pidió permiso; simplemente se materializó en su oficina, apoyado contra el marco de la puerta con esa sonrisa arrogante que hacía que a Utahime le dieran ganas de lanzarle una taza de té hirviendo.
—¡Utahime-chan! Te ves estresada. ¿Son las arrugas nuevas o es que Kamo-kun volvió a perder sus flechas? —había dicho él, bajándose ligeramente las gafas oscuras para revelar esos ojos azul cielo que parecían contener el infinito mismo.
—¡Vete al infierno, Gojo! —le gritó ella automáticamente, sin siquiera levantar la vista del papel—. Y no me llames "Utahime-chan", soy tu superior en jerarquía académica, aunque seas un monstruo de poder.
Él soltó una carcajada, ese sonido cristalino y molesto que, muy a su pesar, Utahime encontraba encantador en los días en que no quería matarlo.
—Sabes que eso no significa nada para mí —respondió él, acercándose a su escritorio con pasos largos y elegantes—. Además, he venido a rescatarte. He cancelado todas tus reuniones de mañana.
Utahime dejó caer la pluma, manchando el informe de Momo.
—¿Qué hiciste qué? —preguntó, sintiendo que la vena de su frente comenzaba a palpitar—. ¡Gojo, no puedes ir por ahí usando tu estatus para interferir en las escuelas de otros!
—Oh, no usé mi estatus —dijo él, inclinándose sobre el escritorio hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros—. Solo le dije al director Gakuganji que si no te daba el día libre, me quedaría aquí a tocar la guitarra eléctrica frente a su habitación toda la noche. Cedió sorprendentemente rápido.
Utahime lo miró con odio puro. O al menos, eso intentó fingir.
—Maldito Gojo... —masculló entre dientes. Era el primer tipo de insulto: el de la exasperación diaria. El que usaba cuando él era un niño grande con demasiado poder en sus manos.
Sin embargo, su enfado se disipó cuando él sacó una pequeña bolsa de una pastelería exclusiva de Ginza que solo abría tres horas al día.
—Sé que has estado durmiendo poco —dijo Satoru, y su voz bajó una octava, perdiendo ese tono burlón para volverse inusualmente suave—. Vamos a casa, Utahime. He preparado todo.
Ese era el problema. Ese era el verdadero veneno. Satoru Gojo podía ser el hombre más irritante del planeta, pero tenía una capacidad aterradora para leer sus necesidades antes de que ella misma las admitiera. La llevó a su apartamento en Tokio en un parpadeo, evitando el tedio del tren bala. Una vez allí, no hubo bromas pesadas. La ayudó a quitarse las botas de miko, le preparó un té con la temperatura exacta que a ella le gustaba y la escuchó quejarse de los altos mandos durante dos horas sin interrumpirla ni una sola vez.
Mientras él le daba un masaje en los hombros con una delicadeza que contrastaba con la fuerza bruta que poseía, Utahime sintió que su corazón se ablandaba. Lo miró por encima del hombro; Satoru no llevaba la venda, y sus ojos brillaban con una ternura que solo ella conocía.
—Eres un idiota, ¿lo sabes? —dijo ella en un susurro.
—Pero soy tu idiota favorito —respondió él, depositando un beso casto en la cicatriz que cruzaba su nariz.
—Maldito Gojo... —murmuró ella, sonriendo levemente. El segundo tipo de insulto. El que era un agradecimiento disfrazado de desdén. El que reconocía que, detrás de la fachada de arrogancia, había un hombre que movería el cielo y la tierra solo para verla descansar.
Pero claro, con Satoru, nada era a medias. La ternura de la tarde se transformó en una intensidad abrasadora al caer la noche. Gojo no hacía nada con moderación. Su amor era como su técnica de Infinito: absoluto, envolvente y capaz de distorsionar el espacio-tiempo.
De vuelta al presente, Utahime logró finalmente sentarse en el borde de la cama, envolviéndose en la sábana. La habitación estaba impecable, a excepción de su ropa tirada por el suelo. En la mesilla de noche, encontró una nota escrita con la caligrafía elegante y algo caótica de Satoru.
"Tuve que ir a una reunión de emergencia con Yaga. No intentes levantarte muy rápido, sé que te dejé... cansada. Hay comida en el refrigerador y he bloqueado tu teléfono para que nadie de Kioto te moleste. Te amo, Utahime-chan."
Ella arrugó el papel, sintiendo un calor subir por sus mejillas.
—¿Bloqueó mi teléfono? ¡Ese hombre no tiene límites! —exclamó al aire, aunque no estaba realmente enojada.
Trató de ponerse de pie, pero sus rodillas temblaron violentamente. El recuerdo de la noche anterior la golpeó con fuerza: la sensación de las manos de Satoru, la forma en que él perdía el control solo con ella, olvidando por un momento que era el "más fuerte" para ser simplemente un hombre entregado a su mujer. Gojo era incansable, y su resistencia sobrehumana no era precisamente una ventaja para ella en la intimidad del dormitorio.
—Tres días... —calculó Utahime, mirando sus piernas—. No voy a poder caminar bien en tres días. ¡Maldito Gojo!
Esta vez, el grito fue alto y claro. El tercer tipo de insulto. El de la derrota física total.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hasta el baño, apoyándose en las paredes. Se miró en el espejo. Su cabello estaba hecho un desastre y tenía marcas de besos en el cuello que ni siquiera el cuello alto de su uniforme de miko podría ocultar por completo.
—Va a pagar por esto —se juró a sí misma, aunque sabía que era una mentira—. La próxima vez que lo vea, le daré una bofetada. O lo besaré. Probablemente ambas cosas.
El sonido de la puerta principal abriéndose la sobresaltó.
—¡Ya llegué! —la voz de Satoru resonó en el pasillo, llena de energía y alegría—. ¡Traje pastel de chocolate para desayunar! ¿Utahime? ¿Estás viva?
Ella salió del baño, caminando como si tuviera cien años, sosteniéndose de la puerta.
Satoru estaba allí, de pie en medio de la sala, todavía con su uniforme negro de cuello alto, luciendo tan fresco y radiante como si hubiera dormido diez horas en lugar de haber pasado la noche en vela. Al verla en ese estado, una sonrisa maliciosa y divertida se extendió por su rostro.
—Vaya, Utahime-chan, pareces un pequeño ciervo recién nacido intentando caminar —se burló, cruzándose de brazos—. ¿Necesitas que el gran Satoru-sama te lleve en brazos?
Utahime tomó un cojín del sofá y, con la poca fuerza que le quedaba, se lo lanzó a la cara. Gojo ni siquiera se movió; el cojín simplemente se detuvo en el aire, a centímetros de su nariz, gracias al Infinito.
—¡Te odio! —gritó ella, aunque su voz carecía de convicción—. ¡Te odio con toda mi alma! ¡Mira lo que me hiciste! ¡Tengo una clase que dar el lunes!
Satoru desactivó su técnica, dejó caer el cojín y, en un movimiento tan rápido que ella no pudo reaccionar, la tomó en sus brazos, levantándola del suelo con facilidad.
—No tienes clases hasta el jueves, ya te lo dije. Me encargué de todo —dijo él, acomodándola contra su pecho. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de orgullo y adoración—. Y no me odias. Me amas porque soy el único que puede seguirte el ritmo... o mejor dicho, el único al que tú no puedes seguirle el ritmo.
Utahime hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma. Estaba furiosa, estaba agotada y se sentía completamente ridícula siendo cargada como una princesa en apuros. Pero también se sentía segura. Con Gojo, el mundo exterior, con sus maldiciones y sus ancianos corruptos, parecía desaparecer.
—Eres un arrogante, un infantil y un dolor de cabeza constante —murmuró ella contra su piel.
—Lo sé —respondió él, caminando de regreso hacia la cama para dejarla descansar de nuevo—. Pero soy tu arrogante.
—Maldito Gojo... —susurró ella por última vez, cerrando los ojos mientras él la arropaba con una ternura que nadie más en el mundo creería posible en el chamán más poderoso de la era moderna.
Utahime sabía que su vida sería mucho más sencilla si no lo amara. Sería una profesora respetada en Kioto, con una rutina tranquila y sin sobresaltos. Pero luego lo miraba a él —realmente lo miraba, más allá de la venda y la actitud de bufón— y comprendía que prefería mil veces el dolor de espalda y la exasperación constante a una vida donde Satoru Gojo no estuviera para sacarla de quicio.
Él se sentó al borde de la cama y comenzó a acariciar su cabello negro.
—¿Quieres que te cante algo para que te duermas? —preguntó él con una chispa de malicia.
—Si abres la boca para cantar, te juro que busco la manera de sellarte yo misma —amenazó ella sin abrir los ojos.
Satoru soltó una risita suave y le besó la frente.
—Descansa, Utahime. Me quedaré aquí hasta que despiertes.
Ella no respondió, pero buscó su mano bajo las sábanas y entrelazó sus dedos con los de él. Sí, era un maldito. Un maldito hombre extraordinario que la volvía loca en todos los sentidos posibles. Y aunque no pudiera caminar durante los próximos tres días, Utahime sabía, en el fondo de su corazón, que no cambiaría ese caos por nada en el mundo.
Intentó incorporarse, pero sus músculos emitieron una queja formal. Suspiró, dejando caer la cabeza contra la almohada, y giró el rostro hacia el lado vacío de la cama. La sábana aún conservaba el calor de él, y el aroma a sándalo y a ese perfume costoso que Satoru usaba solo para fastidiar a los que tenían olfato sensible.
—Maldito Gojo... —susurró Utahime, esta vez con una mezcla de agotamiento físico y una resignación que rozaba la desesperación.
Era el tercer tipo de "Maldito Gojo". El que se reservaba para las mañanas en las que caminar hasta el baño parecía una misión de grado especial.
Utahime cerró los ojos, recordando cómo había terminado así. Todo había comenzado la tarde anterior en Kioto. Ella estaba intentando organizar los informes de sus alumnos, lidiando con la burocracia interminable que los altos mandos imponían, cuando él simplemente apareció. No llamó a la puerta, no pidió permiso; simplemente se materializó en su oficina, apoyado contra el marco de la puerta con esa sonrisa arrogante que hacía que a Utahime le dieran ganas de lanzarle una taza de té hirviendo.
—¡Utahime-chan! Te ves estresada. ¿Son las arrugas nuevas o es que Kamo-kun volvió a perder sus flechas? —había dicho él, bajándose ligeramente las gafas oscuras para revelar esos ojos azul cielo que parecían contener el infinito mismo.
—¡Vete al infierno, Gojo! —le gritó ella automáticamente, sin siquiera levantar la vista del papel—. Y no me llames "Utahime-chan", soy tu superior en jerarquía académica, aunque seas un monstruo de poder.
Él soltó una carcajada, ese sonido cristalino y molesto que, muy a su pesar, Utahime encontraba encantador en los días en que no quería matarlo.
—Sabes que eso no significa nada para mí —respondió él, acercándose a su escritorio con pasos largos y elegantes—. Además, he venido a rescatarte. He cancelado todas tus reuniones de mañana.
Utahime dejó caer la pluma, manchando el informe de Momo.
—¿Qué hiciste qué? —preguntó, sintiendo que la vena de su frente comenzaba a palpitar—. ¡Gojo, no puedes ir por ahí usando tu estatus para interferir en las escuelas de otros!
—Oh, no usé mi estatus —dijo él, inclinándose sobre el escritorio hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros—. Solo le dije al director Gakuganji que si no te daba el día libre, me quedaría aquí a tocar la guitarra eléctrica frente a su habitación toda la noche. Cedió sorprendentemente rápido.
Utahime lo miró con odio puro. O al menos, eso intentó fingir.
—Maldito Gojo... —masculló entre dientes. Era el primer tipo de insulto: el de la exasperación diaria. El que usaba cuando él era un niño grande con demasiado poder en sus manos.
Sin embargo, su enfado se disipó cuando él sacó una pequeña bolsa de una pastelería exclusiva de Ginza que solo abría tres horas al día.
—Sé que has estado durmiendo poco —dijo Satoru, y su voz bajó una octava, perdiendo ese tono burlón para volverse inusualmente suave—. Vamos a casa, Utahime. He preparado todo.
Ese era el problema. Ese era el verdadero veneno. Satoru Gojo podía ser el hombre más irritante del planeta, pero tenía una capacidad aterradora para leer sus necesidades antes de que ella misma las admitiera. La llevó a su apartamento en Tokio en un parpadeo, evitando el tedio del tren bala. Una vez allí, no hubo bromas pesadas. La ayudó a quitarse las botas de miko, le preparó un té con la temperatura exacta que a ella le gustaba y la escuchó quejarse de los altos mandos durante dos horas sin interrumpirla ni una sola vez.
Mientras él le daba un masaje en los hombros con una delicadeza que contrastaba con la fuerza bruta que poseía, Utahime sintió que su corazón se ablandaba. Lo miró por encima del hombro; Satoru no llevaba la venda, y sus ojos brillaban con una ternura que solo ella conocía.
—Eres un idiota, ¿lo sabes? —dijo ella en un susurro.
—Pero soy tu idiota favorito —respondió él, depositando un beso casto en la cicatriz que cruzaba su nariz.
—Maldito Gojo... —murmuró ella, sonriendo levemente. El segundo tipo de insulto. El que era un agradecimiento disfrazado de desdén. El que reconocía que, detrás de la fachada de arrogancia, había un hombre que movería el cielo y la tierra solo para verla descansar.
Pero claro, con Satoru, nada era a medias. La ternura de la tarde se transformó en una intensidad abrasadora al caer la noche. Gojo no hacía nada con moderación. Su amor era como su técnica de Infinito: absoluto, envolvente y capaz de distorsionar el espacio-tiempo.
De vuelta al presente, Utahime logró finalmente sentarse en el borde de la cama, envolviéndose en la sábana. La habitación estaba impecable, a excepción de su ropa tirada por el suelo. En la mesilla de noche, encontró una nota escrita con la caligrafía elegante y algo caótica de Satoru.
"Tuve que ir a una reunión de emergencia con Yaga. No intentes levantarte muy rápido, sé que te dejé... cansada. Hay comida en el refrigerador y he bloqueado tu teléfono para que nadie de Kioto te moleste. Te amo, Utahime-chan."
Ella arrugó el papel, sintiendo un calor subir por sus mejillas.
—¿Bloqueó mi teléfono? ¡Ese hombre no tiene límites! —exclamó al aire, aunque no estaba realmente enojada.
Trató de ponerse de pie, pero sus rodillas temblaron violentamente. El recuerdo de la noche anterior la golpeó con fuerza: la sensación de las manos de Satoru, la forma en que él perdía el control solo con ella, olvidando por un momento que era el "más fuerte" para ser simplemente un hombre entregado a su mujer. Gojo era incansable, y su resistencia sobrehumana no era precisamente una ventaja para ella en la intimidad del dormitorio.
—Tres días... —calculó Utahime, mirando sus piernas—. No voy a poder caminar bien en tres días. ¡Maldito Gojo!
Esta vez, el grito fue alto y claro. El tercer tipo de insulto. El de la derrota física total.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hasta el baño, apoyándose en las paredes. Se miró en el espejo. Su cabello estaba hecho un desastre y tenía marcas de besos en el cuello que ni siquiera el cuello alto de su uniforme de miko podría ocultar por completo.
—Va a pagar por esto —se juró a sí misma, aunque sabía que era una mentira—. La próxima vez que lo vea, le daré una bofetada. O lo besaré. Probablemente ambas cosas.
El sonido de la puerta principal abriéndose la sobresaltó.
—¡Ya llegué! —la voz de Satoru resonó en el pasillo, llena de energía y alegría—. ¡Traje pastel de chocolate para desayunar! ¿Utahime? ¿Estás viva?
Ella salió del baño, caminando como si tuviera cien años, sosteniéndose de la puerta.
Satoru estaba allí, de pie en medio de la sala, todavía con su uniforme negro de cuello alto, luciendo tan fresco y radiante como si hubiera dormido diez horas en lugar de haber pasado la noche en vela. Al verla en ese estado, una sonrisa maliciosa y divertida se extendió por su rostro.
—Vaya, Utahime-chan, pareces un pequeño ciervo recién nacido intentando caminar —se burló, cruzándose de brazos—. ¿Necesitas que el gran Satoru-sama te lleve en brazos?
Utahime tomó un cojín del sofá y, con la poca fuerza que le quedaba, se lo lanzó a la cara. Gojo ni siquiera se movió; el cojín simplemente se detuvo en el aire, a centímetros de su nariz, gracias al Infinito.
—¡Te odio! —gritó ella, aunque su voz carecía de convicción—. ¡Te odio con toda mi alma! ¡Mira lo que me hiciste! ¡Tengo una clase que dar el lunes!
Satoru desactivó su técnica, dejó caer el cojín y, en un movimiento tan rápido que ella no pudo reaccionar, la tomó en sus brazos, levantándola del suelo con facilidad.
—No tienes clases hasta el jueves, ya te lo dije. Me encargué de todo —dijo él, acomodándola contra su pecho. Sus ojos azules brillaban con una mezcla de orgullo y adoración—. Y no me odias. Me amas porque soy el único que puede seguirte el ritmo... o mejor dicho, el único al que tú no puedes seguirle el ritmo.
Utahime hundió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su aroma. Estaba furiosa, estaba agotada y se sentía completamente ridícula siendo cargada como una princesa en apuros. Pero también se sentía segura. Con Gojo, el mundo exterior, con sus maldiciones y sus ancianos corruptos, parecía desaparecer.
—Eres un arrogante, un infantil y un dolor de cabeza constante —murmuró ella contra su piel.
—Lo sé —respondió él, caminando de regreso hacia la cama para dejarla descansar de nuevo—. Pero soy tu arrogante.
—Maldito Gojo... —susurró ella por última vez, cerrando los ojos mientras él la arropaba con una ternura que nadie más en el mundo creería posible en el chamán más poderoso de la era moderna.
Utahime sabía que su vida sería mucho más sencilla si no lo amara. Sería una profesora respetada en Kioto, con una rutina tranquila y sin sobresaltos. Pero luego lo miraba a él —realmente lo miraba, más allá de la venda y la actitud de bufón— y comprendía que prefería mil veces el dolor de espalda y la exasperación constante a una vida donde Satoru Gojo no estuviera para sacarla de quicio.
Él se sentó al borde de la cama y comenzó a acariciar su cabello negro.
—¿Quieres que te cante algo para que te duermas? —preguntó él con una chispa de malicia.
—Si abres la boca para cantar, te juro que busco la manera de sellarte yo misma —amenazó ella sin abrir los ojos.
Satoru soltó una risita suave y le besó la frente.
—Descansa, Utahime. Me quedaré aquí hasta que despiertes.
Ella no respondió, pero buscó su mano bajo las sábanas y entrelazó sus dedos con los de él. Sí, era un maldito. Un maldito hombre extraordinario que la volvía loca en todos los sentidos posibles. Y aunque no pudiera caminar durante los próximos tres días, Utahime sabía, en el fondo de su corazón, que no cambiaría ese caos por nada en el mundo.
