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El Dolor de la Aceptación

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/7/2026

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El lenguaje del humo y el silencio

El aroma del café recién hecho solía ser, para Kiyotaka Ijichi, el perfume de la esperanza. Cada mañana, con una puntualidad que rozaba lo obsesivo, sostenía el vaso de cartón entre sus manos enguantadas, asegurándose de que la temperatura fuera la exacta: ni tan caliente como para quemar el paladar de Shoko Ieiri, ni tan tibio como para resultar mediocre. Era un ritual de devoción silenciosa, una ofrenda depositada en el altar de la morgue de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio.

Ijichi ajustó sus anteojos, sintiendo el sudor frío perlaba su frente. Ser un asistente de hechicería era un trabajo ingrato, lleno de informes, cortinas que levantar y la constante presión de lidiar con personalidades volcánicas. Pero para él, el verdadero desafío no eran las maldiciones de grado especial, sino la mirada cansada de la doctora Ieiri.

—Buenos días, Ieiri-san —dijo Ijichi al entrar, forzando una sonrisa que siempre terminaba pareciendo una mueca de disculpa—. Le he traído su café. Sin azúcar, con un toque extra de cafeína, tal como le gusta.

Shoko, sentada frente a una mesa llena de informes médicos y herramientas de disección, ni siquiera levantó la vista de inmediato. El humo de su cigarrillo flotaba perezosamente en el aire, creando una neblina que acentuaba las ojeras bajo sus ojos. Cuando finalmente lo miró, sus ojos castaños parecían ver a través de él, como si fuera una parte más del mobiliario.

—Gracias, Ijichi. Déjalo ahí —respondió ella con su característica voz monótona—. Lo necesitaba.

Ijichi asintió frenéticamente, haciendo una pequeña reverencia.

—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarla? —preguntó, con las manos entrelazadas tras la espalda—. He terminado los informes de la misión de ayer y tengo un par de horas libres. Podría... no sé, ayudarla a organizar los archivos o ir a buscarle algo de comer. No debería saltarse el almuerzo de nuevo.

Shoko suspiró, dejando que una nube de humo escapara de sus labios.

—No es necesario, Ijichi. Deberías ir a descansar un poco. Te ves más pálido de lo habitual, y eso ya es decir mucho.

—¡Oh, no, no se preocupe por mí! —exclamó él, agitando las manos—. Estoy perfectamente. De verdad. Me gustaría quedarme. El trabajo aquí es... estresante, y pensé que quizás mi presencia podría aliviar un poco la carga.

Shoko lo observó durante un segundo más de lo habitual. Había una amabilidad distante en su mirada, la clase de cortesía que se le dedica a un animal doméstico que se esfuerza demasiado por agradar.

—Eres un buen hombre, Ijichi —dijo ella, volviendo su atención a los papeles—. Pero estoy bien sola.

Esa frase se clavó en el pecho de Kiyotaka como una estaca de madera. "Estoy bien sola". Él quería ser el soporte, quería ser el aire limpio que ella respirara cuando el mundo de los hechiceros se volviera demasiado asfixiante. Quería ser quien la hiciera reír, quien borrara esas líneas de cansancio crónico de su rostro. Pero para Shoko, él era simplemente el colega diligente, el hombre que traía café y pedía perdón por existir.

Ijichi salió de la habitación con el corazón encogido, pero con la determinación intacta. Quizás solo necesitaba esforzarse más. Quizás, si era lo suficientemente indispensable, ella finalmente lo vería.

Sin embargo, la realidad tiene una forma cruel de manifestarse.

Unos días después, mientras Ijichi caminaba por los jardines de la escuela cargando una pila de documentos, vio a Satoru Gojo. El hombre era imposible de ignorar: alto, imponente, con ese cabello blanco que brillaba bajo el sol y una confianza que rozaba la arrogancia. Satoru estaba apoyado contra una de las máquinas expendedoras, quejándose en voz alta porque su dulce favorito se había quedado atascado.

—¡Eh, Shoko! —gritó Gojo sin siquiera girarse, como si supiera exactamente dónde estaba ella—. ¡Esta máquina me odia! ¡Es una conspiración de los altos mandos para matarme de hambre!

Ijichi se detuvo en seco al ver a Shoko acercarse. Ella, que siempre parecía llevar el peso del mundo sobre los hombros cuando hablaba con él, tenía una expresión diferente ahora. No era una sonrisa amplia, pero sus ojos estaban vivos.

—Eres un idiota, Satoru —dijo ella, deteniéndose a su lado—. Solo tienes que darle un golpe en el lateral, no gritarle como si fuera una maldición.

—¿Y arriesgarme a lastimar mis manos de modelo? —Gojo bromeó, bajándose un poco la venda de los ojos para dedicarle una mirada juguetona—. Hazlo tú, tú eres la doctora. Tienes manos curativas.

Shoko soltó una risa seca, un sonido que Ijichi rara vez escuchaba. Ella se acercó a la máquina y, con un movimiento fluido, golpeó el cristal. El snack cayó.

—Ahí tienes, niño grande —dijo ella.

Gojo atrapó el dulce en el aire y, sin pedir permiso, rodeó los hombros de Shoko con su brazo largo y pesado. Ijichi esperó la reacción de ella. Esperó que se apartara, que le recriminara el contacto físico, que pusiera esa barrera de frialdad que siempre usaba con los demás.

Pero no sucedió. Shoko simplemente se dejó llevar, recostando levemente la cabeza contra el hombro de Satoru mientras caminaban juntos hacia las aulas. La conversación fluía entre ellos sin esfuerzo, en un lenguaje que Ijichi no comprendía. Era un idioma compuesto de años de historia compartida, de tragedias mutuas y de una sintonía que no se podía comprar con tazas de café o horas extra de trabajo.

Ijichi sintió un nudo en la garganta. No era envidia por el poder de Gojo, ni por su apariencia. Era la comprensión dolorosa de que Satoru no tenía que intentar nada. Él no tenía que ser devoto, ni sumiso, ni perfecto. Gojo simplemente existía, y eso era suficiente para que Shoko le entregara su atención más genuina.

Las semanas pasaron y la brecha se hizo más evidente. Ijichi seguía siendo el asistente perfecto. Compraba los cigarrillos de la marca favorita de Shoko cuando sabía que se le estaban acabando; investigaba técnicas de relajación para recomendárselas; se aseguraba de que su oficina estuviera siempre a la temperatura ideal. Pero cada vez que lograba un pequeño avance, una breve charla de cinco minutos sobre el clima o el trabajo, Gojo aparecía.

Gojo interrumpía con una broma absurda, con una queja sobre los alumnos o simplemente con su presencia ruidosa. Y Shoko, invariablemente, giraba su cuerpo hacia él. Era como si Satoru fuera el sol y ella un girasol que no podía evitar seguir su luz, incluso si esa luz a veces quemaba.

La culminación de este tormento silencioso llegó una tarde lluviosa de noviembre. Ijichi buscaba a la doctora Ieiri para que firmara unos documentos urgentes de la oficina del director Yaga. Caminaba por los pasillos de piedra de la escuela, donde las sombras se alargaban con la luz crepuscular.

Al doblar una esquina cerca de la entrada a los laboratorios médicos, se detuvo bruscamente.

El pasillo estaba en penumbra, solo iluminado por una lámpara mortecina al final del corredor. Allí, apoyados contra la pared fría, estaban ellos.

Satoru Gojo no llevaba su venda puesta. Sus ojos azul infinito estaban fijos en Shoko. Ella tenía las manos apoyadas en el pecho del abrigo negro de él, los dedos enredados ligeramente en la tela. No había bromas ahora. No había ruidos. Solo un silencio denso y cargado de algo que Ijichi nunca podría replicar.

Fue Shoko quien acortó la distancia. Se puso de puntillas, rodeando el cuello de Satoru con sus brazos, y lo besó con una intensidad que dejó a Ijichi sin aliento. Ella era quien dominaba el encuentro, quien guiaba el ritmo, mientras Gojo, el hombre más poderoso del mundo, se dejaba llevar, inclinándose hacia ella como si Shoko fuera su único ancla en la tierra.

Ijichi retrocedió un paso, asegurándose de que sus zapatos no hicieran ruido contra el suelo. El papel que sostenía en la mano se arrugó bajo la presión de sus dedos.

Verlos no fue como recibir un golpe; fue como sentir que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era solo un beso. Era la confirmación de que su devoción era un sacrificio en un altar vacío. Él había estado intentando construir un puente hacia ella ladrillo a ladrillo, con paciencia y esmero, sin darse cuenta de que Shoko ya vivía en una fortaleza donde solo Satoru tenía la llave.

Se dio la vuelta y caminó en dirección opuesta, con la vista nublada detrás de sus anteojos.

—¿Ijichi? —La voz de Gojo resonó en el pasillo unos minutos después, cuando Kiyotaka ya estaba lejos, pero aún podía oír el eco—. ¿Estás por ahí? ¡Necesito que me lleves a comprar dulces a Roppongi!

Ijichi se detuvo, respiró hondo y se ajustó la corbata. Se limpió rápidamente los ojos y puso su mejor expresión profesional.

—¡Sí, Gojo-san! —respondió con la voz ligeramente quebrada, pero lo suficientemente alta como para ser escuchada—. ¡Enseguida preparo el coche!

Mientras caminaba hacia el estacionamiento, Ijichi comprendió la lección más amarga de su vida. La devoción no garantiza el afecto. El esfuerzo no compra el amor. Hay personas que están destinadas a entenderse en un nivel que los demás solo podemos observar desde la distancia.

Él seguiría trayendo el café. Seguiría cuidando que Shoko no se sobrecargara de trabajo. Seguiría siendo el asistente impecable que pedía perdón por todo. Porque la quería, y quererla significaba aceptar que su felicidad no dependía de él.

Aceptar era doloroso. Ver a la mujer que amaba en brazos del hombre que lo tenía todo era una tortura lenta. Pero era necesario.

Ijichi subió al coche, encendió el motor y esperó. Vio por el retrovisor cómo Satoru y Shoko salían del edificio. Ella llevaba puesta la chaqueta de Gojo, que le quedaba absurdamente grande, y él reía de algo que ella acababa de susurrarle al oído.

Kiyotaka abrió la puerta trasera para ellos con una reverencia perfecta.

—Buenas tardes, Ieiri-san, Gojo-san —dijo, manteniendo la mirada baja.

—Gracias, Ijichi —dijo Shoko al subir. Por un breve segundo, su mano rozó la de él al entrar al vehículo. Fue un contacto frío, profesional, carente de cualquier chispa.

—¡A Roppongi, Ijichi! ¡Y no escatimes en la velocidad! —exclamó Gojo, estirándose en el asiento trasero como un gato satisfecho.

—Como ordene, Gojo-san —respondió Ijichi.

El coche avanzó a través de la lluvia, alejándose de la escuela. En el asiento trasero, ellos seguían hablando en su idioma privado. En el asiento del conductor, Ijichi simplemente conducía, aceptando su lugar en el mundo: el hombre que observa desde el frente, el que facilita el camino para los que de verdad importan, el que guarda sus sentimientos en una caja bajo llave para que el mundo de los hechiceros pueda seguir girando.

Porque al final del día, el humo del cigarrillo de Shoko siempre buscaría el cielo azul de los ojos de Satoru, y a Ijichi solo le quedaba el aroma del café enfriándose en una oficina vacía. Y eso, por doloroso que fuera, era lo que tenía que ser.
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