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Secretos a solas

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/7/2026

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El Blues de los Secretos a Medianoche

El aire en la Academia de Hechicería de Kioto solía ser pesado, cargado de incienso y de una tradición que asfixiaba a cualquiera que no estuviera acostumbrado a la rigidez. Para Utahime Iori, esa estructura era su refugio, su zona de confort. Sin embargo, todo eso volaba por la ventana en el momento en que Satoru Gojo decidía hacer acto de presencia.

—¡Te he dicho mil veces que no me llames así, idiota! —gritó Utahime, con las venas de su cuello marcándose mientras señalaba con un dedo acusador al hombre que flotaba, literalmente, a unos centímetros del suelo frente a ella.

Satoru, con su impecable uniforme oscuro y esa venda que ocultaba sus Seis Ojos, ladeó la cabeza con una sonrisa burlona que habría irritado a un santo.

—Pero Utahime-chan, si solo estaba diciendo que tu técnica ha mejorado un poquito —dijo él, acentuando el "poquito" con un gesto de sus dedos—. Aunque sigues siendo tan débil que me preocupa que te caigas si sopla el viento.

—¡Vete al infierno, Gojo! ¡Ojalá te atragantes con tus dulces!

Utahime dio media vuelta, con sus ropas de miko ondeando furiosamente tras ella. Sus alumnos, sentados a unos metros, intercambiaron miradas de resignación. Era la rutina de siempre: Gojo provocaba, Utahime explotaba, y el mundo seguía girando sobre el eje del aparente odio mutuo. O al menos, del odio de ella hacia él.

Nadie sospechaba que, bajo esa capa de desprecio y gritos, Utahime guardaba un secreto que la quemaba por dentro.

La noche cayó sobre Tokio unas horas después. Satoru había regresado a su propia academia, y Utahime, supuestamente, debería estar descansando en su habitación. Pero el silencio de la noche era el único escenario donde la máscara podía caer.

La puerta de la habitación de Satoru no estaba cerrada. Nunca lo estaba cuando él sabía que ella vendría. Utahime entró con pasos cautelosos, cerrando tras de sí y echando el cerrojo con un clic casi inaudible.

El hombre más fuerte del mundo estaba sentado en el borde de su cama. Se había quitado la venda, dejando que su cabello blanco cayera de forma desordenada sobre su frente. Sus ojos azules, profundos como el cielo infinito, se iluminaron al verla entrar.

Utahime no gritó. No le lanzó ninguna advertencia de muerte. En su lugar, cruzó la habitación con paso rápido y, antes de que Satoru pudiera decir una palabra, se lanzó a sus brazos.

—Has tardado mucho —susurró ella, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello. Su voz no tenía rastro de la aspereza de la tarde; era suave, melosa, casi como un ronroneo.

Satoru soltó una risa baja y vibrante, rodeando la cintura de la mujer con sus largos brazos y atrayéndola más hacia él.

—Tenía que asegurarme de que nadie me siguiera, pequeña miko gruñona —bromeó él, aunque sus manos acariciaban su espalda con una ternura infinita—. ¿Todavía estás enojada conmigo?

Utahime levantó la vista, y la cicatriz que cruzaba su nariz pareció suavizarse bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Sus ojos marrones brillaban con una devoción que habría dejado en shock a cualquier hechicero de grado especial.

—Te odio cuando hay gente delante —murmuró ella, comenzando a repartir pequeños y húmedos besos por la mandíbula de Satoru—. Eres un imbécil, un engreído y un pesado.

—¿Y cuando estamos solos? —preguntó él, cerrando los ojos y disfrutando del contacto.

—Cuando estamos solos... eres mío —respondió ella, subiéndose al regazo de él con una agilidad que rara vez mostraba en combate.

Utahime rodeó el cuello de Satoru con sus brazos y comenzó a besar su rostro con una urgencia casi infantil. Besó sus mejillas, su frente, la punta de su nariz y, finalmente, sus labios. Era como si estuviera tratando de compensar cada grito y cada insulto que le había lanzado durante el día.

—Te amo, Satoru —susurró contra sus labios—. Te amo tanto que me duele.

Gojo, el hombre que caminaba por el mundo como si nada pudiera tocarlo, siempre se sentía vulnerable ante esta versión de Utahime. La mujer estricta y tradicional desaparecía, dejando paso a una mujer mimada que buscaba su atención como si fuera el aire que respiraba.

—Yo también te quiero, Utahime —dijo él, rompiendo su habitual tono burlón por un momento—. Aunque me gusta cuando me gritas. Te pones roja y te ves muy tierna.

—¡Cállate! —Ella le dio un suave golpe en el pecho, pero inmediatamente después escondió la cara en su pecho—. No me digas esas cosas ahora. Solo abrázame fuerte.

Satoru obedeció, tumbándose en la cama y llevándola con él. Utahime se acomodó encima de su pecho, escuchando los latidos del corazón del hombre más poderoso del mundo. Solo ella sabía que ese corazón latía un poco más rápido cuando ella estaba cerca.

—Satoru... —dijo ella, jugando con un mechón de su cabello blanco.

—¿Dime?

—Prométeme que no le dirás a nadie. Si Shoko se entera, no podré volver a mirarla a la cara. Y si mis alumnos supieran que me dejo hacer cosquillas por ti...

Satoru no pudo evitarlo. Sus dedos buscaron rápidamente los costados de Utahime, justo en ese punto sensible que él conocía tan bien.

—¿Te refieres a estas cosquillas? —preguntó con una chispa de malicia en sus ojos azules.

Utahime soltó una carcajada cristalina, retorciéndose en sus brazos mientras intentaba escapar, aunque no muy en serio.

—¡No! ¡Satoru, para! —rogó ella entre risas, las lágrimas de alegría asomando en las comisuras de sus ojos—. ¡Eres un tramposo!

—Soy el más fuerte, puedo hacer lo que quiera —replicó él, deteniéndose finalmente para atraparla en un abrazo sofocante pero cálido—. Tu secreto está a salvo conmigo, Utahime. Me gusta demasiado que seas así solo para mí.

Utahime se calmó, recuperando el aliento mientras se acurrucaba contra él. El contraste era casi cómico: la miko de Kioto, conocida por su rectitud, actuando como una niña pequeña que solo quería mimos.

—A veces me pregunto por qué me aguantas —dijo ella en voz baja, trazando patrones invisibles sobre la tela negra de su abrigo, que él aún no se había quitado—. Soy débil comparada contigo. Siempre me lo recuerdas.

Satoru suspiró, un sonido que rara vez emitía. Le tomó el mentón con delicadeza y la obligó a mirarlo a los ojos.

—Utahime, eres la única persona que se atreve a gritarme sin miedo. Eres la única que me trata como a un hombre y no como a un arma o un dios —dijo con una sinceridad aplastante—. Y esta versión de ti... la que me mima y me dice que me ama... es mi parte favorita de todo el día.

Utahime sintió que su corazón se derretía. Se inclinó y le dio un beso largo y profundo, uno que llevaba todo el peso de las palabras que no podían decirse en público.

—Eres un tonto —susurró ella al separarse—. Pero eres mi tonto.

—Y tú eres mi miko gruñona —respondió él, volviendo a su tono juguetón—. Ahora, ¿me vas a dar más besos o tengo que pedirlos formalmente ante el consejo de hechicería?

Utahime soltó una risita y volvió a atacar su rostro con besos, mientras Satoru la rodeaba con sus brazos, protegiéndola del resto del mundo. En esa habitación, no había jerarquías, no había técnicas malditas, ni amenazas de maldiciones de grado especial. Solo estaban ellos dos, disfrutando de la paz que solo el secreto más dulce podía proporcionar.

Mañana, ella volvería a gritarle en el patio de la escuela. Él volvería a burlarse de su cicatriz o de su fuerza. El mundo seguiría creyendo que Utahime Iori detestaba a Satoru Gojo con cada fibra de su ser.

Y ellos, en silencio, se reirían de todos, esperando a que la luna volviera a salir para poder ser, simplemente, Satoru y Utahime.
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