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Papá y Mamá
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 3/7/2026
Etiquetas
Recortes de VidaDolor/ConsueloFluffHumorDramaAmbientación CanonEstudio de PersonajeHistoria Doméstica
Lazos que la Sangre no Entiende
El sol de la tarde caía con una calidez engañosa sobre el campo de entrenamiento del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio. El aire estaba cargado del olor a tierra removida y el rastro residual de energía maldita. Megumi Fushiguro, con apenas quince años, pero cargando el peso de un adulto en sus hombros, intentaba recuperar el aliento. Sus manos estaban apoyadas en sus rodillas y su cabello oscuro, usualmente arreglado en puntas desafiantes, caía ahora de forma desordenada sobre su frente, empapado de sudor.
Frente a él, Satoru Gojo lucía tan impecable como siempre. Ni un solo cabello blanco fuera de lugar, ni una mancha de polvo en su uniforme oscuro. La venda que cubría sus ojos parecía burlarse de la fatiga de Megumi, sugiriendo que, para el chamán más fuerte del mundo, esto no era más que un juego de niños.
—¡Vamos, Megumi-chan! —exclamó Satoru con ese tono cantarín que tanto irritaba al joven—. Si sigues moviéndote así de lento, hasta un espíritu de grado cuatro te ganará en una carrera por las ofertas del supermercado.
A unos metros de distancia, Yuji Itadori y Nobara Kugisaki observaban el entrenamiento, sentados en las gradas de madera.
—¡Tú puedes, Fushiguro! —gritó Yuji con entusiasmo genuino, agitando los brazos.
—¡Dale un buen golpe en esa cara de presumido que tiene! —añadió Nobara, aunque sabía perfectamente que tocar a Gojo era una imposibilidad física gracias al Infinito.
Megumi gruñó. La presión de las expectativas, el cansancio acumulado y la constante verborrea de su mentor estaban empezando a mellar su paciencia. Se enderezó, invocando a sus Perros de Jade en un estallido de sombras, y se lanzó de nuevo al ataque. Sin embargo, en un movimiento fluido, Gojo esquivó el asalto y le dio un suave toque en la frente que lo hizo retroceder varios pasos.
—¡Concéntrate! —le recordó Satoru, riendo—. ¿En qué estás pensando?
—¡Ya lo sé, papá! —espetó Megumi sin pensar, frustrado por el fallo en su técnica.
El silencio que siguió fue absoluto. Fue el tipo de silencio que pesa más que el plomo.
Yuji abrió mucho los ojos, procesando la información. Nobara dejó caer la botella de agua que sostenía. Satoru, por su parte, se quedó congelado en el sitio, con la mano aún extendida en el aire.
—¿"Papá"? —susurró Yuji, antes de que una sonrisa de oreja a oreja se extendiera por su rostro.
—¡JA! —Nobara estalló en una carcajada estridente, señalando a Megumi—. ¡Lo ha dicho! ¡El estoico Fushiguro ha llamado papá al profesor! ¡Esto es oro puro!
Megumi sintió que la sangre se le subía al rostro a una velocidad alarmante. Sus orejas ardían y deseó fervientemente que las sombras bajo sus pies se lo tragaran y lo depositaran en el rincón más remoto de la Antártida.
—Yo... fue un error. ¡Cállense! —gritó, cubriéndose la cara con una mano mientras la otra temblaba de pura vergüenza.
—¡Oh, Megumi! —Satoru finalmente reaccionó, fingiendo limpiarse una lágrima inexistente bajo su venda—. ¡Qué momento tan conmovedor! ¿Quieres que te compre un helado después de clase, hijo mío? ¿O prefieres que te lea un cuento antes de dormir?
—¡Te odio! —masulló Megumi, dando media vuelta para alejarse a zancadas del campo de entrenamiento, ignorando las burlas persistentes de sus compañeros.
Este no era un problema nuevo. Desde que Satoru Gojo lo había "adoptado" —o más bien, reclamado del clan Zenin— a los siete años, la línea entre mentor y figura paterna se había desdibujado constantemente. Gojo era quien pagaba las cuentas, quien aseguraba la seguridad de su hermana Tsumiki y quien, a su manera caótica y desesperante, lo había criado. Pero admitirlo en voz alta era una humillación que Megumi no estaba dispuesto a aceptar fácilmente.
Caminando por los pasillos de la academia, Megumi se dirigió hacia la enfermería. Tenía un rasguño en el brazo que no dejaba de sangrar y sabía que, si no se lo curaba, Satoru no dejaría de molestarlo. Al entrar, el olor a desinfectante y el silencio lo recibieron.
Shoko Ieiri estaba sentada frente a su escritorio, revisando unos informes médicos. Su bata blanca estaba ligeramente arrugada y las ojeras bajo sus ojos castaños parecían más profundas que de costumbre. Al escuchar la puerta, levantó la vista y le dedicó una mirada cansada pero amable.
—Otra vez tú, Megumi —dijo ella con su voz pausada—. Satoru no sabe cuándo detenerse, ¿verdad?
—Él es un idiota —respondió Megumi, sentándose en la camilla mientras Shoko se acercaba con un kit de primeros auxilios.
—Lo es —coincidió ella, comenzando a limpiar la herida con movimientos expertos—. Pero se preocupa por ti. A su manera retorcida.
Megumi observó a Shoko mientras ella trabajaba. Shoko era la otra constante en su vida. Mientras Gojo era el caos y el entrenamiento, Shoko era la calma y el refugio. Ella era quien cuidaba de él y de Tsumiki cuando Satoru estaba en misiones largas en el extranjero. Ella era quien le recordaba comer verduras y quien le ponía paños fríos cuando tenía fiebre de niño.
—Gracias, mamá —murmuró Megumi, perdido en sus pensamientos.
Shoko detuvo el movimiento de sus manos. El algodón empapado en alcohol quedó suspendido en el aire. Megumi se dio cuenta de lo que había dicho un segundo después de que las palabras abandonaran sus labios. Sus ojos se abrieron con horror.
—Yo... Shoko-san, lo siento, yo no... —empezó a balbucear, sintiendo que la vergüenza de la tarde se multiplicaba por cien.
Shoko no se burló. No soltó una carcajada como Nobara ni hizo un drama como Satoru. Simplemente terminó de vendarle el brazo, le dio una pequeña y divertida sonrisa y le propinó una suave palmada en el hombro.
—No te preocupes por eso, Megumi —dijo ella, volviendo a su escritorio—. Pero intenta descansar un poco. Tu cerebro parece estar funcionando en piloto automático.
Megumi salió de la enfermería casi corriendo, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. "Papá" y "Mamá" en un mismo día. Era oficial: su subconsciente estaba tratando de destruirlo.
A la mañana siguiente, el ambiente era un poco más serio. Megumi se preparaba para una misión en solitario en las afueras de la ciudad. Se trataba de investigar una serie de desapariciones en un complejo de apartamentos abandonado. Aunque era un grado uno, Satoru siempre era precavido cuando se trataba de su pupilo.
En la entrada de la academia, Satoru y Shoko estaban esperando para despedirlo. Gojo, de forma inusual, no estaba bromeando tanto.
—Escucha bien, Megumi —dijo Satoru, ajustándose el cuello de su abrigo negro—. No quiero que te arriesgues innecesariamente. Si las cosas se ponen feas, retírate. Y sobre todo... —su tono se volvió más bajo y serio—, no invoques a ese Shikigami. El que tiene la rueda sobre la cabeza. Solo si es absolutamente necesario para salvar tu vida, ¿entendido?
Megumi asintió con seriedad. Sabía que Mahoraga era un último recurso destructivo.
—Entendido, Gojo-sensei.
Shoko dio un paso adelante, cargando una mochila pequeña pero bien equipada.
—Lleva esto —dijo, entregándosela—. Tiene suministros médicos avanzados, antídotos y algunos tónicos de energía. No quiero tener que reconstruir ningún miembro cuando vuelvas.
Megumi tomó la mochila, sintiendo el peso de la preocupación de ambos. Por un momento, los vio allí parados: el hombre que lo había rescatado de un destino oscuro y la mujer que lo había curado cada vez que el mundo lo golpeaba. En su mente, la imagen de una familia convencional, algo que nunca había tenido realmente, se formó con una claridad dolorosa.
Se dio la vuelta para comenzar su camino hacia el coche que lo esperaba, pero antes de alejarse, las palabras salieron de su boca antes de que su filtro racional pudiera detenerlas.
—Nos vemos luego, papá y mamá.
Megumi siguió caminando, acelerando el paso. Durante los primeros diez metros, no procesó lo que había dicho. A los veinte metros, su cerebro repitió el audio de su propia voz. A los treinta metros, se detuvo en seco, sintiendo que su rostro se tornaba de un color carmesí tan intenso que casi podía emitir luz.
"No puede ser", pensó, apretando las correas de la mochila con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. "Lo hice de nuevo. Y esta vez con los dos juntos".
No se atrevió a mirar atrás. Subió al coche de Ijichi casi de un salto y le ordenó que arrancara de inmediato, dejando una estela de polvo tras de sí.
Mientras tanto, en la puerta de la academia, el tiempo parecía haberse detenido.
Satoru Gojo seguía con la mano levantada en un gesto de despedida, pero sus dedos estaban rígidos. Shoko Ieiri, que normalmente mantenía una expresión de indiferencia ante el mundo, tenía los ojos muy abiertos y una mano sobre su boca.
Un silencio pesado cayó sobre ellos, pero no era un silencio incómodo. Era algo diferente.
—¿Escuchaste eso, Shoko? —preguntó Satoru, su voz por primera vez en años sonando un poco insegura.
—Lo escuché perfectamente, Satoru —respondió ella, bajando la mano.
Ambos se miraron. En el rostro de Gojo, un ligero pero innegable sonrojo se extendió por sus mejillas, algo que rara vez se veía bajo su venda. Shoko, por su parte, sentía un calor inusual en su pecho, y sus propios pómulos estaban teñidos de rosa.
En ese instante, ambos compartieron una visión fugaz. Imaginaron a un Megumi mucho más pequeño, de unos siete años, corriendo por los pasillos de la academia. Imaginaron una vida donde las misiones y la sangre no fueran el centro de todo, donde ellos simplemente fueran eso: una madre y un padre cuidando de un niño que el mundo había intentado romper.
Satoru soltó una risa corta, esta vez sin rastro de burla.
—Supongo que... después de todos estos años, finalmente nos dieron el título oficial.
Shoko dejó escapar un suspiro largo, su expresión relajándose en una sonrisa genuinamente cálida.
—Él es un buen chico —dijo ella, mirando hacia el camino por donde se había ido el coche—. A pesar de haber sido criado por alguien tan irresponsable como tú.
—¡Oye! —protestó Satoru, aunque no había veneno en sus palabras—. Yo soy un excelente padre. Le enseñé a pelear, a invocar sombras y a cómo ignorar a la gente molesta.
—Exactamente mi punto —replicó Shoko, dándose la vuelta para entrar en el edificio—. Vamos, "Papá". Tenemos trabajo que hacer si queremos que ese niño tenga un hogar al que volver.
Gojo se quedó un momento más mirando el horizonte. Se ajustó la venda, ocultando esos ojos azules que, por un segundo, habían brillado con una emoción humana muy profunda.
—Papá y mamá, ¿eh? —susurró para sí mismo—. No suena tan mal.
Se dio la vuelta y siguió a Shoko hacia el interior de la academia. El mundo de la hechicería era cruel, injusto y estaba lleno de muertes prematuras. Megumi tenía razón al pensar que un chamán era una herramienta para proteger a la gente buena. Pero en ese momento, mientras caminaban juntos por los pasillos de piedra, Satoru y Shoko comprendieron que ellos no eran solo herramientas. Eran el refugio de un joven que, en medio de la oscuridad, había encontrado en ellos algo más fuerte que la sangre: una familia.
Y aunque Megumi probablemente pasaría las próximas tres misiones tratando de evitar el contacto visual con ellos por pura vergüenza, algo había cambiado fundamentalmente ese día. El título había sido aceptado, y con él, la promesa silenciosa de que, sin importar lo que el destino deparara, Megumi Fushiguro nunca volvería a estar solo.
Frente a él, Satoru Gojo lucía tan impecable como siempre. Ni un solo cabello blanco fuera de lugar, ni una mancha de polvo en su uniforme oscuro. La venda que cubría sus ojos parecía burlarse de la fatiga de Megumi, sugiriendo que, para el chamán más fuerte del mundo, esto no era más que un juego de niños.
—¡Vamos, Megumi-chan! —exclamó Satoru con ese tono cantarín que tanto irritaba al joven—. Si sigues moviéndote así de lento, hasta un espíritu de grado cuatro te ganará en una carrera por las ofertas del supermercado.
A unos metros de distancia, Yuji Itadori y Nobara Kugisaki observaban el entrenamiento, sentados en las gradas de madera.
—¡Tú puedes, Fushiguro! —gritó Yuji con entusiasmo genuino, agitando los brazos.
—¡Dale un buen golpe en esa cara de presumido que tiene! —añadió Nobara, aunque sabía perfectamente que tocar a Gojo era una imposibilidad física gracias al Infinito.
Megumi gruñó. La presión de las expectativas, el cansancio acumulado y la constante verborrea de su mentor estaban empezando a mellar su paciencia. Se enderezó, invocando a sus Perros de Jade en un estallido de sombras, y se lanzó de nuevo al ataque. Sin embargo, en un movimiento fluido, Gojo esquivó el asalto y le dio un suave toque en la frente que lo hizo retroceder varios pasos.
—¡Concéntrate! —le recordó Satoru, riendo—. ¿En qué estás pensando?
—¡Ya lo sé, papá! —espetó Megumi sin pensar, frustrado por el fallo en su técnica.
El silencio que siguió fue absoluto. Fue el tipo de silencio que pesa más que el plomo.
Yuji abrió mucho los ojos, procesando la información. Nobara dejó caer la botella de agua que sostenía. Satoru, por su parte, se quedó congelado en el sitio, con la mano aún extendida en el aire.
—¿"Papá"? —susurró Yuji, antes de que una sonrisa de oreja a oreja se extendiera por su rostro.
—¡JA! —Nobara estalló en una carcajada estridente, señalando a Megumi—. ¡Lo ha dicho! ¡El estoico Fushiguro ha llamado papá al profesor! ¡Esto es oro puro!
Megumi sintió que la sangre se le subía al rostro a una velocidad alarmante. Sus orejas ardían y deseó fervientemente que las sombras bajo sus pies se lo tragaran y lo depositaran en el rincón más remoto de la Antártida.
—Yo... fue un error. ¡Cállense! —gritó, cubriéndose la cara con una mano mientras la otra temblaba de pura vergüenza.
—¡Oh, Megumi! —Satoru finalmente reaccionó, fingiendo limpiarse una lágrima inexistente bajo su venda—. ¡Qué momento tan conmovedor! ¿Quieres que te compre un helado después de clase, hijo mío? ¿O prefieres que te lea un cuento antes de dormir?
—¡Te odio! —masulló Megumi, dando media vuelta para alejarse a zancadas del campo de entrenamiento, ignorando las burlas persistentes de sus compañeros.
Este no era un problema nuevo. Desde que Satoru Gojo lo había "adoptado" —o más bien, reclamado del clan Zenin— a los siete años, la línea entre mentor y figura paterna se había desdibujado constantemente. Gojo era quien pagaba las cuentas, quien aseguraba la seguridad de su hermana Tsumiki y quien, a su manera caótica y desesperante, lo había criado. Pero admitirlo en voz alta era una humillación que Megumi no estaba dispuesto a aceptar fácilmente.
Caminando por los pasillos de la academia, Megumi se dirigió hacia la enfermería. Tenía un rasguño en el brazo que no dejaba de sangrar y sabía que, si no se lo curaba, Satoru no dejaría de molestarlo. Al entrar, el olor a desinfectante y el silencio lo recibieron.
Shoko Ieiri estaba sentada frente a su escritorio, revisando unos informes médicos. Su bata blanca estaba ligeramente arrugada y las ojeras bajo sus ojos castaños parecían más profundas que de costumbre. Al escuchar la puerta, levantó la vista y le dedicó una mirada cansada pero amable.
—Otra vez tú, Megumi —dijo ella con su voz pausada—. Satoru no sabe cuándo detenerse, ¿verdad?
—Él es un idiota —respondió Megumi, sentándose en la camilla mientras Shoko se acercaba con un kit de primeros auxilios.
—Lo es —coincidió ella, comenzando a limpiar la herida con movimientos expertos—. Pero se preocupa por ti. A su manera retorcida.
Megumi observó a Shoko mientras ella trabajaba. Shoko era la otra constante en su vida. Mientras Gojo era el caos y el entrenamiento, Shoko era la calma y el refugio. Ella era quien cuidaba de él y de Tsumiki cuando Satoru estaba en misiones largas en el extranjero. Ella era quien le recordaba comer verduras y quien le ponía paños fríos cuando tenía fiebre de niño.
—Gracias, mamá —murmuró Megumi, perdido en sus pensamientos.
Shoko detuvo el movimiento de sus manos. El algodón empapado en alcohol quedó suspendido en el aire. Megumi se dio cuenta de lo que había dicho un segundo después de que las palabras abandonaran sus labios. Sus ojos se abrieron con horror.
—Yo... Shoko-san, lo siento, yo no... —empezó a balbucear, sintiendo que la vergüenza de la tarde se multiplicaba por cien.
Shoko no se burló. No soltó una carcajada como Nobara ni hizo un drama como Satoru. Simplemente terminó de vendarle el brazo, le dio una pequeña y divertida sonrisa y le propinó una suave palmada en el hombro.
—No te preocupes por eso, Megumi —dijo ella, volviendo a su escritorio—. Pero intenta descansar un poco. Tu cerebro parece estar funcionando en piloto automático.
Megumi salió de la enfermería casi corriendo, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. "Papá" y "Mamá" en un mismo día. Era oficial: su subconsciente estaba tratando de destruirlo.
A la mañana siguiente, el ambiente era un poco más serio. Megumi se preparaba para una misión en solitario en las afueras de la ciudad. Se trataba de investigar una serie de desapariciones en un complejo de apartamentos abandonado. Aunque era un grado uno, Satoru siempre era precavido cuando se trataba de su pupilo.
En la entrada de la academia, Satoru y Shoko estaban esperando para despedirlo. Gojo, de forma inusual, no estaba bromeando tanto.
—Escucha bien, Megumi —dijo Satoru, ajustándose el cuello de su abrigo negro—. No quiero que te arriesgues innecesariamente. Si las cosas se ponen feas, retírate. Y sobre todo... —su tono se volvió más bajo y serio—, no invoques a ese Shikigami. El que tiene la rueda sobre la cabeza. Solo si es absolutamente necesario para salvar tu vida, ¿entendido?
Megumi asintió con seriedad. Sabía que Mahoraga era un último recurso destructivo.
—Entendido, Gojo-sensei.
Shoko dio un paso adelante, cargando una mochila pequeña pero bien equipada.
—Lleva esto —dijo, entregándosela—. Tiene suministros médicos avanzados, antídotos y algunos tónicos de energía. No quiero tener que reconstruir ningún miembro cuando vuelvas.
Megumi tomó la mochila, sintiendo el peso de la preocupación de ambos. Por un momento, los vio allí parados: el hombre que lo había rescatado de un destino oscuro y la mujer que lo había curado cada vez que el mundo lo golpeaba. En su mente, la imagen de una familia convencional, algo que nunca había tenido realmente, se formó con una claridad dolorosa.
Se dio la vuelta para comenzar su camino hacia el coche que lo esperaba, pero antes de alejarse, las palabras salieron de su boca antes de que su filtro racional pudiera detenerlas.
—Nos vemos luego, papá y mamá.
Megumi siguió caminando, acelerando el paso. Durante los primeros diez metros, no procesó lo que había dicho. A los veinte metros, su cerebro repitió el audio de su propia voz. A los treinta metros, se detuvo en seco, sintiendo que su rostro se tornaba de un color carmesí tan intenso que casi podía emitir luz.
"No puede ser", pensó, apretando las correas de la mochila con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. "Lo hice de nuevo. Y esta vez con los dos juntos".
No se atrevió a mirar atrás. Subió al coche de Ijichi casi de un salto y le ordenó que arrancara de inmediato, dejando una estela de polvo tras de sí.
Mientras tanto, en la puerta de la academia, el tiempo parecía haberse detenido.
Satoru Gojo seguía con la mano levantada en un gesto de despedida, pero sus dedos estaban rígidos. Shoko Ieiri, que normalmente mantenía una expresión de indiferencia ante el mundo, tenía los ojos muy abiertos y una mano sobre su boca.
Un silencio pesado cayó sobre ellos, pero no era un silencio incómodo. Era algo diferente.
—¿Escuchaste eso, Shoko? —preguntó Satoru, su voz por primera vez en años sonando un poco insegura.
—Lo escuché perfectamente, Satoru —respondió ella, bajando la mano.
Ambos se miraron. En el rostro de Gojo, un ligero pero innegable sonrojo se extendió por sus mejillas, algo que rara vez se veía bajo su venda. Shoko, por su parte, sentía un calor inusual en su pecho, y sus propios pómulos estaban teñidos de rosa.
En ese instante, ambos compartieron una visión fugaz. Imaginaron a un Megumi mucho más pequeño, de unos siete años, corriendo por los pasillos de la academia. Imaginaron una vida donde las misiones y la sangre no fueran el centro de todo, donde ellos simplemente fueran eso: una madre y un padre cuidando de un niño que el mundo había intentado romper.
Satoru soltó una risa corta, esta vez sin rastro de burla.
—Supongo que... después de todos estos años, finalmente nos dieron el título oficial.
Shoko dejó escapar un suspiro largo, su expresión relajándose en una sonrisa genuinamente cálida.
—Él es un buen chico —dijo ella, mirando hacia el camino por donde se había ido el coche—. A pesar de haber sido criado por alguien tan irresponsable como tú.
—¡Oye! —protestó Satoru, aunque no había veneno en sus palabras—. Yo soy un excelente padre. Le enseñé a pelear, a invocar sombras y a cómo ignorar a la gente molesta.
—Exactamente mi punto —replicó Shoko, dándose la vuelta para entrar en el edificio—. Vamos, "Papá". Tenemos trabajo que hacer si queremos que ese niño tenga un hogar al que volver.
Gojo se quedó un momento más mirando el horizonte. Se ajustó la venda, ocultando esos ojos azules que, por un segundo, habían brillado con una emoción humana muy profunda.
—Papá y mamá, ¿eh? —susurró para sí mismo—. No suena tan mal.
Se dio la vuelta y siguió a Shoko hacia el interior de la academia. El mundo de la hechicería era cruel, injusto y estaba lleno de muertes prematuras. Megumi tenía razón al pensar que un chamán era una herramienta para proteger a la gente buena. Pero en ese momento, mientras caminaban juntos por los pasillos de piedra, Satoru y Shoko comprendieron que ellos no eran solo herramientas. Eran el refugio de un joven que, en medio de la oscuridad, había encontrado en ellos algo más fuerte que la sangre: una familia.
Y aunque Megumi probablemente pasaría las próximas tres misiones tratando de evitar el contacto visual con ellos por pura vergüenza, algo había cambiado fundamentalmente ese día. El título había sido aceptado, y con él, la promesa silenciosa de que, sin importar lo que el destino deparara, Megumi Fushiguro nunca volvería a estar solo.
