Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Su Tipo de Mujer

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/7/2026

Etiquetas

RomanceRecortes de VidaFluffEstudio de PersonajeAmbientación CanonDrama
Índice

Inquebrantable

El eco de los golpes de Aoi Todo aún parecía resonar en los pasillos del Colegio Técnico de Magia de Tokio, aunque ya habían pasado semanas desde aquel encuentro accidentado. Megumi Fushiguro, sentado en las escaleras de piedra que daban al patio principal, acariciaba distraídamente el pelaje de uno de sus perros de jade, que descansaba su cabeza sobre su regazo. La brisa de la tarde era fresca, pero el ambiente se sentía inusualmente pesado para él.

—"Que tenga un carácter inquebrantable" —susurró Megumi para sí mismo, cerrando los ojos.

Había soltado esa frase casi por instinto, una verdad que residía en lo más profundo de su ser. No buscaba curvas, ni estatus, ni una personalidad sumisa que se desvaneciera ante la primera dificultad. Para alguien que veía el mundo como un lugar injusto donde los buenos morían primero, la resiliencia era la virtud más atractiva de todas.

—Hablar solo es el primer paso para volverse loco, Fushiguro. Y mira que ya eres bastante raro de por sí.

La voz, cargada de una confianza casi insolente, lo sacó de sus pensamientos. Megumi no necesitó abrir los ojos para saber de quién se trataba. El aroma a perfume cítrico y el sonido decidido de sus botas contra la piedra eran inconfundibles.

Nobara Kugisaki se detuvo a su lado, con una mano en la cadera y la otra sosteniendo una bolsa de compras de una tienda de lujo de Ginza. Su cabello naranja brillaba bajo la luz dorada del atardecer, y sus ojos, siempre encendidos con una chispa de desafío, lo observaban con una mezcla de curiosidad y algo que Megumi no supo identificar de inmediato.

—Kugisaki —saludó él, abriendo finalmente sus ojos azul oscuro—. Pensé que habías ido de compras con Itadori.

—Ese idiota se distrajo con una exhibición de figuras de acción en Akihabara —respondió ella, sentándose a su lado sin esperar invitación—. Así que lo dejé ahí. No tengo tiempo para perderlo con alguien que no sabe apreciar el estilo.

Se produjo un silencio, pero no era el tipo de silencio incómodo al que Megumi estaba acostumbrado. Con Nobara, el silencio siempre se sentía como una tregua antes de la siguiente batalla verbal. Sin embargo, ella no parecía tener prisa por empezar una pelea.

—Oye, Fushiguro —dijo ella de repente, mirando hacia el horizonte donde el sol comenzaba a ocultarse—. He estado pensando en lo que le dijiste al gorila de Kioto. Ya sabes, sobre tu "tipo".

Megumi se tensó imperceptiblemente. Sabía que ese tema volvería para perseguirlo.

—Fue una respuesta honesta para que me dejara en paz —respondió él con su habitual tono monótono—. No es algo sobre lo que quiera dar una conferencia.

—"Un carácter inquebrantable" —repitió Nobara, saboreando las palabras—. Es una descripción bastante específica. Casi parece que tenías a alguien en mente cuando lo dijiste.

Megumi desvió la mirada hacia sus manos. No era de los que se sonrojaban con facilidad, pero sintió una ligera calidez subir por su cuello.

—No necesariamente. Simplemente creo que el mundo es demasiado cruel para las personas que se rompen fácilmente. Si voy a estar con alguien, tiene que ser alguien que pueda mantenerse en pie cuando todo lo demás se desmorone.

Nobara soltó una risa corta, una que no era burlona, sino más bien satisfecha. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, invadiendo ese espacio personal que Megumi solía proteger con tanto celo.

—Sabes, Fushiguro... yo soy bastante inquebrantable.

Él la miró de reojo. Ella no lo decía con arrogancia gratuita, sino con la convicción de quien ha pasado por el fuego y ha salido del otro lado con una sonrisa desafiante. Recordó su pelea contra las maldiciones de grado especial, cómo se clavaba clavos en su propio brazo sin parpadear, cómo gritaba su nombre y su orgullo incluso cuando la muerte parecía segura.

—Lo sé —admitió él en voz baja.

Nobara arqueó una ceja, sorprendida por la falta de resistencia.

—¿Ah, sí? ¿Lo sabes? —Se acercó un poco más, reduciendo la distancia a apenas unos centímetros—. Entonces, según tus propios estándares, yo encajo perfectamente en lo que te gusta.

—No dije que fueras la única persona en el mundo con carácter —replicó Megumi, aunque su voz carecía de convicción.

—Pero soy la que tienes delante —insistió ella, con una sonrisa depredadora—. Y reconócelo, Fushiguro. No soportarías a una chica que se asustara por una sombra o que necesitara que la rescataran cada cinco minutos. Te gusta que sea ruidosa, que sea terca y que no me deje pisotear por nadie, ni siquiera por ti.

Megumi suspiró, cerrando los ojos de nuevo. Era inútil discutir con ella cuando tenía razón. Nobara Kugisaki era la personificación de todo lo que él respetaba. Era fuego y acero, una ráfaga de viento que limpiaba la oscuridad de sus pensamientos más sombríos.

—Eres agotadora, Kugisaki —dijo él, aunque una pequeña y casi invisible sonrisa tiró de la comisura de sus labios.

—Y tú eres un aburrido —retrucó ella, pero su tono era suave—. Pero eres un aburrido interesante. Me gusta que no seas como los demás chicos que solo se fijan en la apariencia. Aunque, aceptémoslo, soy hermosa.

—Tu ego es lo único que es más grande que tu carácter —comentó Megumi, volviendo a su estado estoico.

—¡Oye! —Ella le dio un golpe juguetón en el hombro—. Mi ego está perfectamente justificado. Soy Nobara Kugisaki, la chica que vino del campo para conquistar Tokio. Nadie me va a decir cómo vivir mi vida, ni siquiera el destino.

Megumi la observó en silencio durante un momento. La luz del atardecer bañaba su perfil, resaltando la determinación en su mandíbula y la intensidad de su mirada. En ese instante, comprendió que su respuesta a Todo no había sido aleatoria. Inconscientemente, el estándar de "mujer ideal" en su cabeza se había moldeado a partir de la chica que tenía al lado, la que compartía misiones con él, la que se quejaba del precio de la ropa pero arriesgaba su vida por desconocidos sin dudarlo.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó Megumi finalmente—. Lo que yo piense sobre mi tipo de mujer... no debería afectarte. Tú siempre dices que no necesitas la aprobación de nadie.

Nobara se quedó callada por un segundo, algo inusual en ella. Miró sus propias manos, las manos de una hechicera que cargaban con el peso de la sangre y el deber.

—No necesito la aprobación de nadie —afirmó, recuperando su tono firme—. Pero me molestaría que un chico como tú, que tiene buen gusto para casi todo lo demás, fuera un idiota en esto. Además...

Se detuvo y lo miró directamente a los ojos. Por un momento, la máscara de chica ruda y despreocupada se deslizó, dejando ver una vulnerabilidad que solo mostraba en raras ocasiones.

—Me gusta saber dónde estoy parada —concluyó ella—. Y si tu tipo es alguien inquebrantable, entonces me alegra saber que, al menos en teoría, no soy alguien que pasarías por alto.

Megumi sintió un vuelco en el corazón. Él no era bueno con las palabras, y menos con los sentimientos. Su vida estaba marcada por las sombras y las responsabilidades pesadas, pero la presencia de Nobara siempre era como una luz potente que no permitía que las sombras lo consumieran.

—No te paso por alto, Kugisaki —dijo él, con una sinceridad que lo sorprendió incluso a él mismo—. Nunca lo he hecho.

Nobara parpadeó, sorprendida por la franqueza del chico. Sus mejillas se tiñeron de un rosa suave, a juego con el cielo. Rápidamente, recuperó su compostura y soltó una carcajada para disipar la tensión.

—¡Más te vale! —Exclamó, levantándose de un salto y recogiendo sus bolsas—. Porque si alguna vez te veo mirando a una chica debilucha que no sepa ni sostener un martillo, te daré una paliza peor que la que te dio Todo.

Megumi se levantó también, sacudiéndose el polvo de los pantalones. El perro de jade se desvaneció en una nube de sombras, regresando a su interior.

—Lo tendré en cuenta.

—Bien —dijo ella, comenzando a caminar hacia los dormitorios—. Ahora, muévete. Tengo hambre y tú vas a invitarme a cenar como compensación por hacerme pensar tanto hoy.

—¿Por qué tengo que pagar yo? —preguntó Megumi, siguiéndola a regañadientes.

—Porque soy inquebrantable, Fushiguro. Y las chicas inquebrantables obtienen lo que quieren.

Megumi negó con la cabeza, pero no protestó más. Mientras caminaban bajo las primeras estrellas de la noche, se dio cuenta de que, a pesar de lo caótica y ruidosa que era su vida junto a ella, no la cambiaría por nada. El mundo podía ser injusto y cruel, pero mientras hubiera personas con un carácter como el de Nobara, valía la pena luchar por asegurar que tuvieran una oportunidad de vivir.

—¿A dónde quieres ir? —preguntó él, alcanzando su paso.

—Sushi —respondió ella sin dudar—. Del caro. Nada de esas cosas de cinta transportadora barata.

—Mi billetera va a sufrir —suspiró Megumi.

—Consideralo una inversión en tu salud mental —dijo Nobara, dándole un codazo amistoso—. Estar conmigo es un privilegio, Fushiguro. No lo olvides.

—Es difícil olvidarlo cuando me lo recuerdas cada cinco minutos.

Caminaron juntos hacia la salida de la escuela, dos jóvenes hechiceros que cargaban con el destino del mundo sobre sus hombros, pero que en ese momento, solo eran dos adolescentes tratando de entender la extraña e inquebrantable conexión que los unía. Megumi sabía que el camino por delante sería oscuro, pero con Nobara a su lado, la oscuridad no parecía tan aterradora. Ella no solo era su tipo de mujer; ella era la fuerza que él no sabía que necesitaba.

Y mientras la escuchaba parlotear sobre la nueva colección de temporada, Megumi Fushiguro se permitió sonreír de verdad, sabiendo que, por una vez, el mundo no se sentía tan injusto.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic