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Esposo

Fandom: Mentes criminales

Creado: 4/7/2026

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El equilibrio del control

La tenue luz de la cocina de los Hotchner apenas lograba disipar la penumbra de las cinco de la mañana. Aaron Hotchner, el jefe de unidad de la BAU, estaba acostumbrado a la oscuridad; su vida transcurría analizando los rincones más sombríos de la mente humana. Sin embargo, en la intimidad de su hogar, su mirada no buscaba asesinos en serie, sino que se posaba con una mezcla de adoración y severidad profesional en su joven esposa.

Leah, a sus veintitrés años, era la antítesis de todo lo que Aaron enfrentaba en Quantico. Era luz, vitalidad y, en esos momentos, una fuente constante de preocupación. Ella estaba sentada a la mesa de madera, mirando con absoluto desdén el plato que Aaron acababa de colocar frente a ella.

El embarazo de seis meses ya era evidente bajo su camisón de seda, pero la diabetes gestacional que le habían diagnosticado semanas atrás había convertido cada comida en una batalla de voluntades.

— No voy a comer eso, Aaron —murmuró Leah, cruzando los brazos sobre su vientre—. Huele a cartón y tiene el aspecto de algo que Reid usaría para un experimento químico.

Aaron no se inmutó. Se sirvió una taza de café negro, su único vicio permitido antes de una jornada de doce horas, y se sentó frente a ella. Su rostro, ese que intimidaba a los criminales más curtidos, mantenía una expresión neutra, casi gélida, pero sus ojos delataban una firmeza inquebrantable.

— Es avena integral con semillas de chía y una porción exacta de proteína, Leah —dijo Aaron con su voz profunda y calmada—. Sabes que tus niveles de glucosa estuvieron al límite ayer por la tarde. No es una sugerencia.

— Odio la avena —insistió ella, desviando la mirada hacia la ventana donde el sol apenas empezaba a asomar—. El bebé también la odia. Siento cómo patea cada vez que te acercas con esa cuchara. Es una señal de protesta.

Aaron dejó la taza sobre la mesa con un clic seco. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de su esposa de esa manera dominante que solo él poseía. No era una agresión, era una afirmación de autoridad nacida del miedo a perderla.

— El bebé necesita que su madre mantenga su insulina bajo control —replicó él, suavizando ligeramente el tono pero manteniendo la intensidad—. Y tú necesitas entender que no voy a negociar con tu salud. Come.

Leah suspiró, sintiendo el peso de esa mirada. Sabía que Aaron la amaba con una intensidad que a veces la asfixiaba, especialmente ahora que ella era "vulnerable" a sus ojos. A pesar de la diferencia de edad y de la frialdad que él proyectaba hacia el mundo, Leah conocía al hombre que se desvelaba leyendo libros sobre nutrición prenatal y que controlaba sus horarios con la precisión de un reloj suizo.

— Solo un poco —cedió ella, tomando la cuchara con desgana—. Pero quiero que sepas que esto es maltrato psicológico. Debería llamar a Morgan y decirle que me tienes prisionera.

Una sombra de sonrisa, casi imperceptible, cruzó los labios de Hotch.

— Morgan está en Chicago. Y García está de mi lado en esto, así que no tienes aliados.

Leah tomó el primer bocado, haciendo una mueca de disgusto. Aaron la observó con atención, asegurándose de que tragara. Para él, este ritual matutino era una forma de mantener el orden en un mundo que a menudo se sentía fuera de control. En su trabajo, las víctimas morían por variables que él no podía predecir; aquí, en su cocina, podía proteger a Leah de su propio cuerpo.

— ¿A qué hora es tu cita con el endocrinólogo hoy? —preguntó Aaron, mientras revisaba unos archivos en su tableta.

— A las diez —respondió ella, removiendo la comida en el plato—. No es necesario que vengas, Aaron. Sé que tienes el caso de los asesinatos en Richmond.

Aaron levantó la vista, cerrando la tableta.

— Estaré allí a las diez menos cuarto. Dave se encargará de la reunión informativa inicial.

— Aaron, por favor —suplicó ella suavemente—. No quiero que descuides tu trabajo por mi culpa. Estoy bien, solo soy diabética, no estoy rota.

Él se levantó y rodeó la mesa hasta quedar detrás de ella. Colocó sus manos grandes y firmes sobre los hombros de Leah, apretando ligeramente. Era un gesto de posesión y protección a partes iguales. Se inclinó y dejó un beso frío pero tierno en la coronilla de su cabeza.

— No estás rota, Leah. Eres mi esposa. Y lo que llevas dentro es mi hijo. Mi prioridad es que ambos estén a salvo. Si eso significa que tengo que delegar una hora de mi tiempo, lo haré.

Leah se relajó bajo su toque, aunque una parte de ella todavía quería rebelarse contra esa sobreprotección.

— Eres un hombre muy difícil, Aaron Hotchner.

— Soy un perfilador —corrigió él, volviendo a su lugar—. Sé exactamente qué botones presionar para que hagas lo que es mejor para ti. Ahora, termina el plato. Todo.

El resto del desayuno transcurrió en un silencio cómodo, interrumpido solo por el sonido de los cubiertos. Leah terminó la comida bajo la vigilancia constante de Aaron. Cuando finalmente dejó el plato limpio, él asintió con aprobación, como si acabara de cerrar un caso con éxito.

— Bien —dijo él—. Ahora, ve a descansar un poco antes de que tengamos que irnos. Yo recogeré esto.

Leah se levantó, sintiéndose pesada y un poco irritada por la falta de autonomía, pero al pasar por el lado de Aaron, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. La diferencia de altura siempre la hacía sentir pequeña, pero en sus brazos, esa pequeñez se sentía como seguridad.

— Sé que me odias un poco ahora mismo —susurró Aaron contra su oído, su voz vibrando en el pecho de Leah—. Pero prefiero que me odies estando sana a que estés en una cama de hospital porque no fui lo suficientemente estricto.

Leah hundió la cara en el cuello de su marido, aspirando el aroma a café y a ese perfume caro y sobrio que siempre usaba.

— No te odio, Aaron. Solo desearía que a veces dejaras de ser el agente Hotchner y fueras solo mi esposo.

Él la apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. Sus facciones se relajaron, perdiendo esa dureza profesional por un breve instante.

— Soy ambas cosas, Leah. Y ambas cosas están dedicadas a cuidarte.

El teléfono de Aaron vibró sobre la mesa. Un mensaje de JJ. El deber llamaba, pero él no se movió. Esperó a que Leah le diera una pequeña sonrisa, una señal de tregua, antes de soltarla.

— Ve —dijo ella—. Prepárate para salvar el mundo. Yo me prepararé para que el médico me diga que todo está bajo control gracias a tu régimen dictatorial.

Aaron la vio subir las escaleras, asegurándose de que caminara con cuidado. Una vez que estuvo fuera de su vista, su expresión volvió a ser la de la máscara de piedra que el resto del mundo conocía. Recogió los platos, lavó la taza de café y se puso su chaqueta de traje.

En la BAU, Aaron Hotchner era el hombre que tomaba las decisiones difíciles, el que enviaba a su equipo al peligro y el que cargaba con el peso de las vidas perdidas. Pero en esa casa, su mayor desafío y su mayor tesoro era esa mujer de veintitrés años que desafiaba su autoridad con una mirada y que lo obligaba a recordar que, debajo del perfilador frío y dominante, todavía latía un corazón que temía desesperadamente perder lo único que le daba paz.

Antes de salir por la puerta, Aaron revisó una última vez el monitor de glucosa que Leah había dejado sobre la encimera. Los números eran estables. Por hoy, el orden se mantenía. Por hoy, él había ganado la batalla contra la incertidumbre.

— Te veo a las diez, Leah —dijo en voz alta, aunque ella ya no estaba en la habitación.

Cerró la puerta con llave, el sonido metálico resonando en el aire de la mañana, y se dirigió a Quantico, con la mente dividida entre los monstruos que acechaban en las sombras y la luz que lo esperaba en casa.
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