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Shanks x zella

Fandom: One piece x nanatsu no taizai

Creado: 4/7/2026

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La Sombra del Vampiro y el Rojo del Destino

El Nuevo Mundo no solía ser un lugar de paz, pero esa tarde, la isla de Liones —una formación rocosa y mística que pocos navegantes se atrevían a visitar— parecía suspendida en un tiempo fuera de la lógica de los mares. El Red Force estaba anclado a una distancia prudencial, meciéndose suavemente sobre las olas. Shanks, el Pelirrojo, se encontraba apoyado en la borda, con una jarra de sake a medio terminar y la mirada perdida en los acantilados de obsidiana que protegían la costa.

Había algo extraño en esa isla. No era el haki de un guerrero cualquiera, sino una presencia fría, antigua y, al mismo tiempo, extrañamente reconfortante. Shanks, siempre llevado por su intuición, decidió que no necesitaba una escolta.

—¡Eh, capitán! ¿A dónde vas con esa cara de misterio? —gritó Lucky Roux, dándole un mordisco a un muslo de carne gigante.

Shanks sonrió de lado, ajustándose la capa negra sobre los hombros.

—Solo voy a estirar las piernas. Hay algo en ese bosque que me llama, y no creo que sea un tesoro de oro.

—Ten cuidado —advirtió Benn Beckman, encendiendo un cigarrillo mientras observaba la densa bruma que bajaba de las montañas—. Ese lugar no figura en los mapas de la Marina por una razón. Dicen que está habitado por seres que no pertenecen a esta era.

Shanks soltó una carcajada despreocupada y saltó al bote de remos. No sabía que, al cruzar la línea de sombra de los acantilados, su vida, o al menos su corazón, daría un vuelco que ni el mismísimo Rey de los Piratas habría podido predecir.

Caminó durante casi una hora por un sendero de flores plateadas que brillaban bajo la luz del atardecer. El aire olía a tierra mojada y a algo dulce, como el vino añejo. Fue entonces cuando la vio.

Ella estaba allí, de pie frente a un pequeño lago de aguas cristalinas que reflejaban el cielo teñido de violeta. No era una mujer común. Su cabello era negro como el ala de un cuervo, cayendo en cascadas perfectas sobre sus hombros, enmarcando un rostro de una palidez aristocrática que recordaba a la belleza gélida de la reina Gelda. Pero lo que más impactó a Shanks, lo que lo dejó clavado en el sitio sin poder respirar, fueron sus ojos.

Eran de un rojo intenso, carmesí puro, pero no el rojo de la sangre derramada en batalla, sino el rojo de un rubí iluminado por dentro. Era Zella.

Shanks, un hombre que se había enfrentado a los Yonkou, que había desafiado al Gobierno Mundial y que mantenía la calma ante la muerte, sintió que sus rodillas flaqueaban. El mundo a su alrededor desapareció. El sonido del viento, el canto de las aves nocturnas, el peso de su espada Gryphon... todo se desvaneció. Solo existía ella.

Zella no se movía. Parecía estar sumida en sus propios pensamientos, observando el agua con una expresión de melancolía que le dio un aire etéreo. Su postura era recta, heredada de la disciplina de su padre, Zeldris, pero había una suavidad en sus facciones que suavizaba la dureza de su linaje demoníaco.

—Es... increíble —susurró Shanks para sí mismo, su voz apenas un aliento.

En ese momento, Zella se inclinó ligeramente para recoger una flor silvestre. El movimiento fue tan elegante, tan lleno de una gracia sobrenatural, que Shanks dio un paso involuntario hacia adelante, rompiendo una rama seca bajo su bota.

El sonido fue mínimo, pero para alguien con los sentidos de Zella, fue como una explosión. Sin embargo, ella no se giró con violencia. Simplemente inclinó la cabeza, escuchando el entorno.

Shanks se ocultó rápidamente tras el grueso tronco de un árbol milenario, su corazón martilleando contra sus costillas como un tambor de guerra. Se sentía como un adolescente en su primer amor, una sensación ridícula para un hombre de su estatus.

—¿Quién está ahí? —preguntó una voz masculina, profunda y cargada de una autoridad que hizo que incluso el haki de Shanks reaccionara por instinto.

Zeldris, el Mandatario de la Piedad, emergió de entre las sombras del bosque, colocándose al lado de su hija. Su sola presencia irradiaba un aura de peligro absoluto.

—No es nada, padre —respondió Zella. Su voz era como seda, pero con una firmeza que denotaba su herencia—. Solo el viento o algún animal pequeño. No siento ninguna intención hostil.

Shanks, oculto, cerró los ojos y se obligó a calmar su pulso. "No siente ninguna intención hostil", repitió en su mente. Tenía razón. Él no quería pelear, no quería conquistar nada. Solo quería seguir observándola.

—Debemos volver —dijo Zeldris, poniendo una mano protectora en el hombro de su hija—. Tu madre nos espera. Este mundo exterior es caótico, Zella. No quiero que te expongas innecesariamente a los humanos de este mar.

—Lo sé, padre —contestó ella con una pequeña sonrisa que iluminó su rostro de una manera que Shanks nunca olvidaría—. Pero a veces... a veces siento que hay algo interesante más allá de la bruma.

Zeldris suspiró, un gesto extrañamente humano para un guerrero de su calibre, y ambos comenzaron a caminar hacia el interior de la isla, desapareciendo entre los árboles tan rápido como si fueran fantasmas.

Shanks salió de su escondite cuando el rastro de su presencia se hubo desvanecido por completo. Se quedó de pie junto al lago, mirando el lugar exacto donde ella había estado. La flor que ella había estado observando seguía allí, moviéndose suavemente con la brisa.

—Zella... —pronunció su nombre, aunque ella nunca se lo había dicho. Lo sabía por las leyendas que circulaban en los rincones más oscuros del Grand Line sobre la descendencia del clan de los demonios y los vampiros.

Se sentó en la hierba, sintiéndose extrañamente vacío. Había cruzado océanos enteros, visto tesoros inimaginables, pero nada se comparaba con la visión de aquella mujer de ojos rojos.

—Capitán, ¿estás bien? —La voz de Benn Beckman resonó a través del den Den Mushi que Shanks llevaba en el cinturón.

Shanks tardó un momento en responder. Se pasó una mano por el cabello pelirrojo y soltó un suspiro largo.

—Sí, Benn. Estoy bien. Solo... creo que acabo de encontrar algo que no estaba buscando.

—¿Un enemigo? —preguntó Beckman, su tono volviéndose serio de inmediato.

—No —dijo Shanks, mirando hacia el bosque oscuro con una chispa de determinación en sus ojos—. Todo lo contrario. Creo que he encontrado la razón por la que el destino me trajo a esta isla.

—Vuelve al barco, Shanks. El clima está cambiando y no me gusta el aspecto de esas nubes negras.

—Ya voy, ya voy.

Shanks se levantó y comenzó el camino de regreso al Red Force. Sin embargo, cada pocos pasos, giraba la cabeza con la esperanza de ver un destello de ese cabello negro o el brillo carmesí de su mirada. Pero el bosque permanecía en silencio, guardando sus secretos.

Al llegar a la orilla, sus hombres lo recibieron con bromas y preguntas, pero Shanks estaba inusualmente callado. Se subió al barco y se dirigió directamente a la proa, mirando hacia la isla mientras las anclas eran levantadas.

—¿Qué te pasa, jefe? —preguntó Yasopp, apoyando su rifle en el hombro—. Parece que has visto a un fantasma.

—Peor que eso, Yasopp —respondió Shanks con una sonrisa melancólica—. He visto a un ángel... o quizás a un demonio. Pero sea lo que sea, no puedo quitármela de la cabeza.

—¿Una mujer? —Roux soltó una carcajada—. ¡Vaya! ¡El gran Shanks ha sido flechado en una isla desierta! ¿Cómo se llama?

Shanks guardó silencio un momento, dejando que el viento del mar le acariciara el rostro.

—No llegamos a hablar —admitió, y su voz sonó más pesada de lo habitual—. Ella ni siquiera sabe que existo. Estaba allí, tan cerca y a la vez tan lejos, como si perteneciera a un mundo diferente al mío.

Beckman se acercó y se apoyó a su lado, observando cómo la isla de Liones se hacía más pequeña en el horizonte.

—A veces es mejor así, Shanks. Hay mundos que no están destinados a mezclarse. Esa isla... emana un poder que no es de este mar. Si esa mujer es quien creo que es, su linaje es fuego y sangre.

Shanks apretó el puño sobre la borda de madera.

—No me importa su linaje, Benn. No me importa de dónde venga o quién sea su padre.

—Lo dices como si pensaras volver —observó el primer oficial con una ceja levantada.

Shanks soltó una pequeña risa, recuperando parte de su brillo habitual, aunque sus ojos seguían fijos en el punto donde la isla desaparecía entre la niebla.

—El Nuevo Mundo es pequeño, Benn. Si el destino quiso que la viera hoy, estoy seguro de que volverá a cruzar nuestros caminos. Y la próxima vez... la próxima vez no me quedaré en las sombras.

Mientras el Red Force se alejaba, adentrándose en las turbulentas aguas del Nuevo Mundo, Shanks no podía dejar de pensar en Zella. Se imaginaba su voz, se imaginaba qué diría ella si un pirata pelirrojo apareciera de la nada para invitarla a una copa de sake. Probablemente lo ignoraría, o quizás lo miraría con esa curiosidad fría que había visto en sus ojos rojos.

En lo alto de los acantilados de Liones, Zella se detuvo un momento y miró hacia el mar. El gran barco de velas rojas era apenas un punto en la distancia.

—¿Ocurre algo, Zella? —preguntó Gelda, acercándose a su hija con elegancia.

—No lo sé, madre —respondió la joven, tocándose el pecho, justo donde el corazón latía con una extraña agitación—. Por un momento, sentí una mirada. Una mirada cálida, como el sol.

Gelda sonrió con tristeza, acariciando el cabello de su hija.

—Este mundo está lleno de miradas, querida. Pero pocas son capaces de cruzar las barreras que hemos construido. Vámonos, tu padre está impaciente.

Zella asintió y siguió a su madre, pero antes de entrar en la fortaleza, volvió a mirar hacia el océano. No sabía quién era ese hombre, ni que su mera presencia había encendido una chispa en el corazón de uno de los hombres más poderosos del mundo. Para ella, él era solo un pirata más en un mar de desconocidos.

Para Shanks, sin embargo, ella se había convertido en el único tesoro que realmente valía la pena buscar.

—Zella... —susurró el pelirrojo al viento, mientras el Red Force se perdía en la inmensidad del azul—. La próxima vez, te aseguro que sabrás quién soy.

El sake esa noche le supo amargo, no porque fuera malo, sino porque no tenía con quién compartir la belleza del descubrimiento que acababa de hacer. Pero Shanks era un hombre de paciencia. Había esperado años por el One Piece, podía esperar lo necesario para volver a ver esos ojos rojos que le habían robado el aliento sin siquiera saberlo.
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