
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Husband
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 4/7/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffHistoria DomésticaCelosEstudio de PersonajeDolor/Consuelo
El peso de una promesa de papel y tinta
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas del departamento que compartían en Setagaya, bañando la habitación en un tono ámbar cálido. Megumi Fushiguro se removió entre las sábanas, sintiendo el vacío en el lado derecho de la cama. A sus veintiséis años, su vida había alcanzado una estabilidad que nunca creyó posible durante sus turbulentos días de adolescencia. Trabajaba como consultor literario de manera independiente, lo que le permitía quedarse en casa la mayor parte de la semana, manteniendo el hogar en orden mientras Yuji se enfrentaba al mundo exterior.
En la cocina, el sonido de la cafetera y el tarareo desafinado de Yuji Itadori indicaban que el día ya había comenzado para él.
Megumi se levantó, arrastrando los pies hasta la cocina. Allí estaba Yuji, con sus veintisiete años y una energía que parecía no agotarse nunca, vestido con su traje de oficina pero con el delantal puesto encima.
— Buenos días, Gumi —saludó Yuji con una sonrisa radiante, acercándose para darle un beso rápido en la mejilla—. El desayuno está casi listo. No tienes que hacer nada hoy, yo me encargo antes de irme.
— Es mi trabajo, Yuji —respondió Megumi con voz ronca por el sueño, aunque aceptó la taza de café que su novio le tendía—. Tú eres el que sale a trabajar diez horas diarias.
— Sabes que me gusta cuidarte —insistió Yuji, guiñándole un ojo.
Lo que Megumi no sabía era que, detrás de esa sonrisa despreocupada, Yuji llevaba meses operando en las sombras. La planificación había comenzado seis meses atrás, una noche en la que Megumi se quedó dormido leyendo un libro de poesía clásica sobre el sofá. Yuji, con el corazón latiéndole con fuerza, había buscado una cuerda delgada en el cajón de las herramientas. Con una delicadeza que contrastaba con su fuerza bruta, rodeó el dedo anular de Megumi para tomar la medida exacta, conteniendo la respiración cada vez que el pelinegro se movía.
Pero la medida del anillo era solo el principio. Yuji sabía que Megumi no era un hombre de gestos grandilocuentes o diamantes ostentosos. Megumi era profundo, silencioso y amaba la literatura de una manera que Yuji apenas comprendía. Por eso, durante meses, Yuji había estado visitando bibliotecas y consultando con Shoko y hasta con Gojo —aunque este último no fuera de mucha ayuda— para entender qué tipo de compromiso encajaría con alguien como Fushiguro.
El problema era que la amabilidad natural de Yuji seguía siendo su mayor defecto.
Unas semanas antes de la gran fecha, Megumi pasó por la oficina de Yuji para llevarle un almuerzo que se había olvidado. Al llegar, encontró a Yuji riendo animadamente con una compañera de trabajo en la recepción. La mujer le tocaba el brazo mientras reía, y Yuji, en su infinita imprudencia, se inclinaba hacia ella con esa calidez que Megumi creía reservada solo para él.
— ¡Oh, Megumi! —exclamó Yuji al verlo, saludando con la mano—. ¡Mira, ella es Sato-san! Me estaba ayudando con… unas cosas de logística.
Megumi apretó la bolsa del almuerzo, sintiendo la punzada familiar de los celos quemándole el pecho.
— Sí, ya veo que la logística es muy divertida —respondió Megumi, con el tono gélido que solo usaba cuando estaba genuinamente molesto—. Aquí tienes tu comida. Me voy, tengo que terminar de corregir un manuscrito.
— ¡Espera, Gumi! —Yuji intentó detenerlo, pero Megumi ya se había dado la vuelta.
Esa noche, el silencio en el departamento fue tenso. Yuji intentó acercarse varias veces, pero Megumi se enterró en sus libros. No era que no confiara en Yuji; confiaba en él con su vida. El problema era que Yuji no se daba cuenta de que su luz atraía a todo el mundo, y Megumi odiaba tener que compartirla.
— Megumi, de verdad, no era nada —dijo Yuji, sentándose a su lado en el sofá.
— No quiero hablar de eso, Yuji. Solo… a veces eres demasiado amable con la gente. Confunden las cosas.
— Yo solo tengo ojos para ti —murmuró Yuji, con una seriedad que hizo que Megumi bajara el libro—. Muy pronto lo entenderás todo.
El día elegido llegó a finales de otoño. Yuji había reservado una cabaña en las afueras, cerca de un lago que Megumi solía mencionar cuando hablaba de sus paisajes favoritos de las novelas de Natsume Soseki.
Caminaron por la orilla mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el agua de violeta y oro. Megumi estaba inusualmente callado, disfrutando del aire frío, hasta que notó que Yuji se detenía frente a un viejo sauce.
— ¿Sabes? —empezó Yuji, rascándose la nuca, visiblemente nervioso—. He estado leyendo mucho últimamente. Bueno, escuchando audiolibros porque tus libros favoritos tienen palabras muy difíciles.
Megumi arqueó una ceja, divertido.
— ¿Ah sí? ¿Y qué has aprendido?
— Que el amor no siempre tiene que ser una batalla —dijo Yuji, dando un paso hacia él—. A veces es simplemente volver a casa y saber que alguien te espera. He sido un imprudente, lo sé. A veces no me doy cuenta de cómo actúo con los demás, pero es porque estoy tan feliz contigo que quiero que todo el mundo sea feliz también. Pero solo tú eres mi hogar, Megumi.
Yuji metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño libro encuadernado en cuero. No era una caja de joyería.
— ¿Qué es esto? —preguntó Megumi, con la voz temblorosa.
— Ábrelo.
Megumi abrió el libro. Las páginas centrales habían sido recortadas cuidadosamente para formar un hueco. Dentro, descansaba un anillo de platino mate, sencillo y elegante, con un pequeño grabado en el interior que Megumi solo pudo leer cuando sus ojos se llenaron de lágrimas: *“La luna está hermosa hoy”*.
Era la famosa traducción que Soseki sugería para decir “te amo” sin usar las palabras literales.
— Yuji… —susurró Megumi, cubriéndose la boca con la mano.
— Megumi Fushiguro —Yuji se arrodilló sobre la hojarasca, con los ojos brillando de una manera que Megumi nunca olvidaría—, eres la persona más importante de mi vida. Gracias por cuidarme, por aguantar mis tonterías y por hacerme sentir que pertenezco a algún lugar. ¿Quieres casarte conmigo?
Megumi no pudo responder con palabras de inmediato. Se lanzó hacia adelante, abrazando a Yuji con tanta fuerza que ambos terminaron en el suelo, riendo y llorando al mismo tiempo.
— Sí —dijo Megumi contra su cuello—. Sí, idiota. Mil veces sí.
La boda se celebró unos meses después, en un jardín privado durante la primavera. No fue un evento masivo; solo estaban sus amigos más cercanos y aquellos que consideraban familia.
Yuji estaba impecable con un traje oscuro, aunque no dejaba de ajustarse el cuello de la camisa, nervioso. Nobara estaba en la primera fila, secándose las lágrimas agresivamente y amenazando con golpear a cualquiera que dijera que estaba llorando. Gojo, por supuesto, llevaba unas gafas de sol ridículamente caras y no dejaba de tomar fotos.
Cuando Megumi apareció, caminando lentamente hacia el altar improvisado, el mundo pareció detenerse para Yuji. Megumi vestía un hakama tradicional, luciendo una elegancia serena que cortaba la respiración.
— Estás increíble —susurró Yuji cuando Megumi llegó a su lado.
— Tú no estás mal —respondió Megumi con una sonrisa de medio lado, aunque sus manos temblaban ligeramente.
La ceremonia fue sencilla. Intercambiaron votos que escribieron ellos mismos. Los de Yuji fueron largos, llenos de promesas de cocinar siempre su comida favorita y de intentar no ser tan distraído. Los de Megumi fueron cortos, pero cargados de una emoción tan pura que incluso Maki tuvo que desviar la mirada.
— Prometo —dijo Megumi, mirando fijamente a los ojos dorados de Yuji— que siempre seré tu refugio, así como tú has sido mi luz. No necesito que el mundo me vea, mientras tú sepas que estoy aquí.
Al momento de intercambiar los anillos, Yuji tomó la mano de Megumi con delicadeza.
— Te amo, Megumi —dijo en voz alta, para que todos lo escucharan.
— Y yo a ti, Yuji.
El beso que selló la unión fue cálido y duradero, bajo una lluvia de pétalos de cerezo que caían como nieve rosada.
La fiesta posterior fue un caos controlado. En un momento dado, Megumi observó desde la mesa principal cómo Yuji reía animadamente con una de las primas lejanas de Maki que había asistido. Ella le tocaba el hombro y Yuji le sonreía con su habitual calidez.
Megumi sintió el inicio de ese viejo nudo en el estómago, pero esta vez fue diferente. Observó el anillo en su dedo, el peso de la promesa que compartían.
Se levantó y caminó hacia ellos. Al notar su presencia, Yuji se iluminó de inmediato y pasó un brazo por la cintura de Megumi, pegándolo a su costado.
— ¡Gumi! Estaba contándole a ella sobre el libro que me regalaste el año pasado —dijo Yuji, besando su sien—. Pero ya me estaba cansando de hablar, quería ir a bailar contigo.
La chica sonrió con cortesía y se despidió, dándose cuenta de que no había espacio para nadie más en ese círculo privado.
— ¿Celoso? —susurró Yuji al oído de su esposo mientras se movían hacia la pista de baile.
— Un poco —admitió Megumi, escondiendo el rostro en el hombro de Yuji—. Pero supongo que ahora todo el mundo sabe que eres mío, así que puedo soportarlo.
Yuji soltó una carcajada limpia y vibrante, haciéndolo girar bajo las luces del jardín.
— Siempre he sido tuyo, Megumi. Desde el primer día.
Mientras la música sonaba y sus amigos celebraban a su alrededor, Megumi Fushiguro finalmente comprendió que no importaba cuánta gente intentara acercarse a la luz de Yuji. Él era quien volvía a casa con él cada noche. Él era quien conocía el silencio detrás de su risa. Y ahora, con el peso del anillo en su mano, sabía que esa luz brillaría para él por el resto de sus vidas.
La luna estaba, efectivamente, muy hermosa esa noche.
En la cocina, el sonido de la cafetera y el tarareo desafinado de Yuji Itadori indicaban que el día ya había comenzado para él.
Megumi se levantó, arrastrando los pies hasta la cocina. Allí estaba Yuji, con sus veintisiete años y una energía que parecía no agotarse nunca, vestido con su traje de oficina pero con el delantal puesto encima.
— Buenos días, Gumi —saludó Yuji con una sonrisa radiante, acercándose para darle un beso rápido en la mejilla—. El desayuno está casi listo. No tienes que hacer nada hoy, yo me encargo antes de irme.
— Es mi trabajo, Yuji —respondió Megumi con voz ronca por el sueño, aunque aceptó la taza de café que su novio le tendía—. Tú eres el que sale a trabajar diez horas diarias.
— Sabes que me gusta cuidarte —insistió Yuji, guiñándole un ojo.
Lo que Megumi no sabía era que, detrás de esa sonrisa despreocupada, Yuji llevaba meses operando en las sombras. La planificación había comenzado seis meses atrás, una noche en la que Megumi se quedó dormido leyendo un libro de poesía clásica sobre el sofá. Yuji, con el corazón latiéndole con fuerza, había buscado una cuerda delgada en el cajón de las herramientas. Con una delicadeza que contrastaba con su fuerza bruta, rodeó el dedo anular de Megumi para tomar la medida exacta, conteniendo la respiración cada vez que el pelinegro se movía.
Pero la medida del anillo era solo el principio. Yuji sabía que Megumi no era un hombre de gestos grandilocuentes o diamantes ostentosos. Megumi era profundo, silencioso y amaba la literatura de una manera que Yuji apenas comprendía. Por eso, durante meses, Yuji había estado visitando bibliotecas y consultando con Shoko y hasta con Gojo —aunque este último no fuera de mucha ayuda— para entender qué tipo de compromiso encajaría con alguien como Fushiguro.
El problema era que la amabilidad natural de Yuji seguía siendo su mayor defecto.
Unas semanas antes de la gran fecha, Megumi pasó por la oficina de Yuji para llevarle un almuerzo que se había olvidado. Al llegar, encontró a Yuji riendo animadamente con una compañera de trabajo en la recepción. La mujer le tocaba el brazo mientras reía, y Yuji, en su infinita imprudencia, se inclinaba hacia ella con esa calidez que Megumi creía reservada solo para él.
— ¡Oh, Megumi! —exclamó Yuji al verlo, saludando con la mano—. ¡Mira, ella es Sato-san! Me estaba ayudando con… unas cosas de logística.
Megumi apretó la bolsa del almuerzo, sintiendo la punzada familiar de los celos quemándole el pecho.
— Sí, ya veo que la logística es muy divertida —respondió Megumi, con el tono gélido que solo usaba cuando estaba genuinamente molesto—. Aquí tienes tu comida. Me voy, tengo que terminar de corregir un manuscrito.
— ¡Espera, Gumi! —Yuji intentó detenerlo, pero Megumi ya se había dado la vuelta.
Esa noche, el silencio en el departamento fue tenso. Yuji intentó acercarse varias veces, pero Megumi se enterró en sus libros. No era que no confiara en Yuji; confiaba en él con su vida. El problema era que Yuji no se daba cuenta de que su luz atraía a todo el mundo, y Megumi odiaba tener que compartirla.
— Megumi, de verdad, no era nada —dijo Yuji, sentándose a su lado en el sofá.
— No quiero hablar de eso, Yuji. Solo… a veces eres demasiado amable con la gente. Confunden las cosas.
— Yo solo tengo ojos para ti —murmuró Yuji, con una seriedad que hizo que Megumi bajara el libro—. Muy pronto lo entenderás todo.
El día elegido llegó a finales de otoño. Yuji había reservado una cabaña en las afueras, cerca de un lago que Megumi solía mencionar cuando hablaba de sus paisajes favoritos de las novelas de Natsume Soseki.
Caminaron por la orilla mientras el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el agua de violeta y oro. Megumi estaba inusualmente callado, disfrutando del aire frío, hasta que notó que Yuji se detenía frente a un viejo sauce.
— ¿Sabes? —empezó Yuji, rascándose la nuca, visiblemente nervioso—. He estado leyendo mucho últimamente. Bueno, escuchando audiolibros porque tus libros favoritos tienen palabras muy difíciles.
Megumi arqueó una ceja, divertido.
— ¿Ah sí? ¿Y qué has aprendido?
— Que el amor no siempre tiene que ser una batalla —dijo Yuji, dando un paso hacia él—. A veces es simplemente volver a casa y saber que alguien te espera. He sido un imprudente, lo sé. A veces no me doy cuenta de cómo actúo con los demás, pero es porque estoy tan feliz contigo que quiero que todo el mundo sea feliz también. Pero solo tú eres mi hogar, Megumi.
Yuji metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño libro encuadernado en cuero. No era una caja de joyería.
— ¿Qué es esto? —preguntó Megumi, con la voz temblorosa.
— Ábrelo.
Megumi abrió el libro. Las páginas centrales habían sido recortadas cuidadosamente para formar un hueco. Dentro, descansaba un anillo de platino mate, sencillo y elegante, con un pequeño grabado en el interior que Megumi solo pudo leer cuando sus ojos se llenaron de lágrimas: *“La luna está hermosa hoy”*.
Era la famosa traducción que Soseki sugería para decir “te amo” sin usar las palabras literales.
— Yuji… —susurró Megumi, cubriéndose la boca con la mano.
— Megumi Fushiguro —Yuji se arrodilló sobre la hojarasca, con los ojos brillando de una manera que Megumi nunca olvidaría—, eres la persona más importante de mi vida. Gracias por cuidarme, por aguantar mis tonterías y por hacerme sentir que pertenezco a algún lugar. ¿Quieres casarte conmigo?
Megumi no pudo responder con palabras de inmediato. Se lanzó hacia adelante, abrazando a Yuji con tanta fuerza que ambos terminaron en el suelo, riendo y llorando al mismo tiempo.
— Sí —dijo Megumi contra su cuello—. Sí, idiota. Mil veces sí.
La boda se celebró unos meses después, en un jardín privado durante la primavera. No fue un evento masivo; solo estaban sus amigos más cercanos y aquellos que consideraban familia.
Yuji estaba impecable con un traje oscuro, aunque no dejaba de ajustarse el cuello de la camisa, nervioso. Nobara estaba en la primera fila, secándose las lágrimas agresivamente y amenazando con golpear a cualquiera que dijera que estaba llorando. Gojo, por supuesto, llevaba unas gafas de sol ridículamente caras y no dejaba de tomar fotos.
Cuando Megumi apareció, caminando lentamente hacia el altar improvisado, el mundo pareció detenerse para Yuji. Megumi vestía un hakama tradicional, luciendo una elegancia serena que cortaba la respiración.
— Estás increíble —susurró Yuji cuando Megumi llegó a su lado.
— Tú no estás mal —respondió Megumi con una sonrisa de medio lado, aunque sus manos temblaban ligeramente.
La ceremonia fue sencilla. Intercambiaron votos que escribieron ellos mismos. Los de Yuji fueron largos, llenos de promesas de cocinar siempre su comida favorita y de intentar no ser tan distraído. Los de Megumi fueron cortos, pero cargados de una emoción tan pura que incluso Maki tuvo que desviar la mirada.
— Prometo —dijo Megumi, mirando fijamente a los ojos dorados de Yuji— que siempre seré tu refugio, así como tú has sido mi luz. No necesito que el mundo me vea, mientras tú sepas que estoy aquí.
Al momento de intercambiar los anillos, Yuji tomó la mano de Megumi con delicadeza.
— Te amo, Megumi —dijo en voz alta, para que todos lo escucharan.
— Y yo a ti, Yuji.
El beso que selló la unión fue cálido y duradero, bajo una lluvia de pétalos de cerezo que caían como nieve rosada.
La fiesta posterior fue un caos controlado. En un momento dado, Megumi observó desde la mesa principal cómo Yuji reía animadamente con una de las primas lejanas de Maki que había asistido. Ella le tocaba el hombro y Yuji le sonreía con su habitual calidez.
Megumi sintió el inicio de ese viejo nudo en el estómago, pero esta vez fue diferente. Observó el anillo en su dedo, el peso de la promesa que compartían.
Se levantó y caminó hacia ellos. Al notar su presencia, Yuji se iluminó de inmediato y pasó un brazo por la cintura de Megumi, pegándolo a su costado.
— ¡Gumi! Estaba contándole a ella sobre el libro que me regalaste el año pasado —dijo Yuji, besando su sien—. Pero ya me estaba cansando de hablar, quería ir a bailar contigo.
La chica sonrió con cortesía y se despidió, dándose cuenta de que no había espacio para nadie más en ese círculo privado.
— ¿Celoso? —susurró Yuji al oído de su esposo mientras se movían hacia la pista de baile.
— Un poco —admitió Megumi, escondiendo el rostro en el hombro de Yuji—. Pero supongo que ahora todo el mundo sabe que eres mío, así que puedo soportarlo.
Yuji soltó una carcajada limpia y vibrante, haciéndolo girar bajo las luces del jardín.
— Siempre he sido tuyo, Megumi. Desde el primer día.
Mientras la música sonaba y sus amigos celebraban a su alrededor, Megumi Fushiguro finalmente comprendió que no importaba cuánta gente intentara acercarse a la luz de Yuji. Él era quien volvía a casa con él cada noche. Él era quien conocía el silencio detrás de su risa. Y ahora, con el peso del anillo en su mano, sabía que esa luz brillaría para él por el resto de sus vidas.
La luna estaba, efectivamente, muy hermosa esa noche.
