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Dandadan yuri

Fandom: Dandadan

Creado: 4/7/2026

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RomanceRecortes de VidaAmbientación CanonEstudio de PersonajeFluffHistoria Doméstica
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Entre pliegues de cuadros y secretos de seda

El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del aula vacía, creando largas sombras que danzaban sobre los pupitres de madera. El olor a tiza y a cera para suelos flotaba en el ambiente, mezclado con el aroma floral del perfume de Aira Shiratori.

Momo Ayase soltó un suspiro, ajustándose el lazo del cuello. Estaba apoyada contra la mesa del profesor, observando cómo Aira se miraba en un pequeño espejo de mano, retocándose el brillo labial con una precisión casi quirúrgica.

—¿Sabes, Ayase? —dijo Aira, cerrando el estuche con un chasquido seco—. A veces me pregunto si realmente entiendes el poder que tienes. O si simplemente eres demasiado densa para notarlo.

Momo arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre el pecho.

—¿De qué estás hablando ahora, "Señorita Elegida"? Si es otra de tus teorías sobre el destino y los ángeles, ahórratela. Tengo que ir a buscar a Okarun para investigar ese avistamiento en el túnel.

Aira se acercó a ella con pasos lentos y rítmicos. La falda de su uniforme oscilaba suavemente, revelando apenas el inicio de sus muslos. Se detuvo a escasos centímetros de Momo, obligándola a retroceder ligeramente contra la mesa.

—Hablo de esto —susurró Aira.

Con un movimiento fluido y descarado, Aira sujetó el dobladillo de su propia falda y la levantó unos centímetros más de lo socialmente aceptable, revelando el encaje blanco que adornaba el borde de su ropa interior. Sus ojos brillaban con un desafío juguetón.

Momo sintió que el calor le subía a las mejillas. Intentó desviar la mirada, pero la confianza radiante de Aira era magnética.

—¡Aira! ¿Qué demonios estás haciendo? Alguien podría entrar —siseó Momo, aunque no hizo ningún movimiento para apartarse.

—Que miren —respondió Aira con una sonrisa felina—. Que vean lo que solo una elegida puede poseer. Pero dime, Ayase... ¿la tuya es tan aburrida como tu actitud, o tienes algo que esconder bajo esos cuadros?

Momo soltó una risa nerviosa, esa chispa de rebeldía gyaru encendiéndose en su pecho. No iba a dejarse amedrentar por la chica más popular del instituto.

—Oh, ¿quieres jugar a eso? —Momo se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia hasta que sus narices casi se rozaban—. No te equivoques, Shiratori. Yo no sigo las reglas de nadie.

Con un gesto rápido, Momo imitó la acción de Aira, levantando su falda lo suficiente para mostrar un atisbo de seda negra y un liguero que Aira no esperaba ver. El contraste entre la apariencia ruda de Momo y la sofisticación de su lencería hizo que Aira soltara un pequeño jadeo.

—Vaya... —murmuró Aira, extendiendo una mano para rozar la tela—. Parece que la chica que cree en fantasmas tiene gustos bastante terrenales.

—Los fantasmas no son lo único que puede darte escalofríos —replicó Momo, su voz volviéndose más baja y ronca.

El juego de poder cambió en un instante. Aira dejó caer su falda, pero no retrocedió. En su lugar, colocó sus manos sobre los hombros de Momo, deslizándolas hacia arriba hasta acariciar la nuca de la otra chica.

—Demuéstralo —desafió Aira.

Momo no necesitó más invitación. Agarró a Aira por la cintura y la atrajo hacia sí, rompiendo el espacio personal que quedaba entre ambas. El beso fue una colisión de voluntades: los labios dulces y cuidados de Aira contra la urgencia apasionada de Momo. Fue un intercambio de aliento y deseo que parecía desafiar las leyes de la física que tanto preocupaban a Okarun.

Se separaron jadeando, con los ojos nublados por una intensidad nueva.

—Eso... —empezó Aira, recomponiéndose el cabello— no estaba en el guion de una chica pura.

—Tu guion es basura, Aira —dijo Momo con una sonrisa de suficiencia, limpiándose el rastro de labial de la comisura de la boca—. Vamos, salgamos de aquí antes de que el conserje nos encierre.

***

Días después, el escenario cambió a la azotea del edificio. El viento soplaba con fuerza, agitando sus cabellos y las faldas de sus uniformes. Se habían refugiado tras los grandes tanques de agua, lejos de las miradas de los demás estudiantes que almorzaban abajo.

Aira estaba sentada sobre una caja de plástico, con las piernas cruzadas. Observaba a Momo, quien intentaba encender un incienso que, según ella, ayudaba a detectar presencias.

—Es inútil, Ayase —dijo Aira, balanceando una pierna—. Aquí no hay nada más que polvo y ruido. Deberías prestarme atención a mí.

Momo se giró, frustrada.

—¡Intento trabajar, Aira! Si no nos preparamos, el próximo alienígena nos pillará desprevenidas.

Aira se puso en pie y caminó hacia ella. El viento sopló con una ráfaga especialmente fuerte, levantando las faldas de ambas. Aira no hizo el menor esfuerzo por bajársela; al contrario, aprovechó el impulso para lucirse.

—Mira esto —dijo Aira, girando sobre sí misma como una bailarina—. ¿No crees que es una vista mucho más interesante que buscar fantasmas invisibles?

Momo dejó caer el incienso. La visión de Aira bajo la luz cegadora del mediodía, con la falda ondeando y esa expresión de absoluta confianza, era casi sobrenatural.

—Eres una exhibicionista —dijo Momo, aunque sus ojos recorrían cada línea de las piernas de Aira.

—Y tú eres una mentirosa si dices que no te gusta —respondió Aira, acercándose hasta quedar frente a frente—. ¿Sabes qué he notado? Que cada vez que nos quedamos solas, tus manos tiemblan un poco.

Momo soltó una carcajada defensiva.

—¿Temblar? Por favor. He luchado contra la Turbo-Abuela. No me das miedo, Shiratori.

—¿Ah, no?

Aira se arrodilló lentamente frente a Momo. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la falda de la gyaru. Momo contuvo el aliento, sintiendo el aire frío de la azotea en su piel mientras Aira subía la tela con una lentitud tortuosa.

—¿Y ahora? —preguntó Aira desde abajo, mirando a Momo con una mezcla de devoción y picardía.

Momo sintió que sus rodillas flaqueaban. El contraste entre el cielo azul y la figura de Aira a sus pies era demasiado. Se inclinó, pasando los dedos por el cabello rosado de Aira.

—Ahora... creo que deberías callarte y subir aquí —ordenó Momo, tirando suavemente de ella hacia arriba.

Cuando Aira se puso en pie, Momo no esperó. La empujó suavemente contra la pared de metal del tanque de agua. El sonido del metal vibrando resonó en el aire silencioso.

—Me gusta cuando tomas el control —susurró Aira al oído de Momo, su aliento cálido provocándole un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.

Momo deslizó una mano por el muslo de Aira, subiendo por debajo de la tela de la falda. La piel de Aira estaba suave y cálida.

—Siempre tengo el control —mintió Momo antes de capturar los labios de Aira nuevamente.

Esta vez el beso fue más profundo, más exploratorio. Las manos de Momo se perdieron en la textura de la ropa interior de Aira, mientras esta última soltaba pequeños gemidos que se perdían en el rugido del viento. Era un juego peligroso, un coqueteo que había escalado hasta convertirse en algo físico y urgente.

—Momo... —susurró Aira entre besos, usando su nombre de pila por primera vez sin sarcasmo.

—Cállate, Aira. Solo... cállate.

Se quedaron así un tiempo, explorándose con una curiosidad febril, protegidas por las sombras de los tanques y la altura de la azotea. En ese momento, no había alienígenas, no había fantasmas, y no había una jerarquía escolar. Solo estaban ellas dos, dos chicas que se detestaban y se deseaban en partes iguales.

***

La última escena tuvo lugar en la casa de Momo, una noche de lluvia torrencial. La abuela de Momo, Seiko, se había ido a una consulta espiritual en otra ciudad, dejando la casa en un silencio inusual.

Aira se había quedado atrapada por la tormenta después de una sesión de estudio que terminó en nada. Estaban en la habitación de Momo, rodeadas de pósteres de bandas y revistas de moda.

—Odio la lluvia —dijo Aira, secándose el pelo con una toalla que Momo le había prestado. Estaba usando una de las camisetas grandes de Momo, y nada más por debajo.

Momo, sentada en su cama, la observaba con una intensidad que hacía que el aire en la habitación se sintiera pesado.

—Te queda bien mi ropa —comentó Momo, dejando a un lado su teléfono.

Aira se miró en el espejo de cuerpo entero. La camiseta le llegaba a medio muslo, dejando al descubierto sus piernas largas y elegantes.

—Todo me queda bien, Ayase. Soy la elegida, recuerda.

Momo se levantó y caminó hacia ella. La luz de la lámpara de lava en la esquina arrojaba sombras púrpuras y naranjas sobre sus rostros.

—Estoy cansada de tus títulos, Aira —dijo Momo, rodeando la cintura de la otra chica con sus brazos desde atrás—. Aquí no eres la elegida de nadie. Solo eres Aira.

Aira se tensó por un momento, pero luego se relajó contra el pecho de Momo. Se miraron a través del reflejo del espejo.

—¿Y quién es Aira para ti? —preguntó en voz baja.

Momo no respondió con palabras. En su lugar, deslizó sus manos bajo la camiseta, acariciando la piel desnuda del vientre de Aira. Subió lentamente, sintiendo el latido acelerado del corazón de la chica popular.

—Eres una molestia —dijo Momo, besando el hombro de Aira—. Una chica arrogante, egocéntrica y desesperante.

Aira cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás para darle más acceso a Momo.

—¿Y qué más?

—Y la única persona que me hace sentir que el mundo real es más interesante que el mundo de los espíritus —confesó Momo, su voz apenas un susurro.

Aira se giró en sus brazos, quedando frente a frente. Sus ojos estaban llenos de una vulnerabilidad que nunca mostraba en la escuela.

—Entonces deja de hablar del mundo —dijo Aira, tirando del cuello de la camiseta de Momo—. Quédate aquí conmigo.

El encuentro que siguió fue diferente a los anteriores. No hubo alardes, no hubo levantamientos de faldas para provocar, ni juegos de poder. Fue algo más profundo, una búsqueda de calor en medio de la tormenta.

Se movieron hacia la cama, sus cuerpos entrelazándose con una naturalidad sorprendente. Momo descubrió que Aira, a pesar de su fachada de perfección, buscaba consuelo y contacto con una desesperación casi infantil. Y Aira descubrió que Momo, bajo su exterior de gyaru dura, era capaz de una ternura que la desarmaba por completo.

—Momo... —murmuró Aira, mientras las manos de la otra chica exploraban cada rincón de su cuerpo, yendo mucho más allá de lo que jamás habían ido—. No te detengas.

—No pensaba hacerlo —respondió Momo, sellando su promesa con un beso que sabía a lluvia y a algo mucho más dulce.

Esa noche, entre las sábanas de una habitación llena de creencias en lo sobrenatural, Momo Ayase y Aira Shiratori encontraron algo que era muy real, muy humano y completamente inexplicable.

A la mañana siguiente, cuando el sol volvió a salir y el mundo regresó a su eje, ambas sabían que las cosas en el instituto serían diferentes. Seguirían discutiendo, seguirían compitiendo por la atención de los demás, y seguirían fingiendo que se toleraban apenas.

Pero bajo el uniforme, bajo las faldas a cuadros que seguirían levantando en secreto para provocarse, ambas guardarían el recuerdo de la piel, del aliento compartido y de la verdad que solo ellas conocían.

Porque en el mundo de Dandadan, donde los alienígenas y los fantasmas son reales, lo más extraordinario seguía siendo la chispa que surgía entre dos chicas que, contra todo pronóstico, habían decidido dejar de pelear y empezar a sentir.

Aira se terminó de abrochar la blusa, mirando a Momo que aún estaba entre las sábanas.

—Nos vemos en clase, Ayase —dijo con su tono habitual de superioridad, pero con un brillo diferente en los ojos.

—No llegues tarde, Shiratori —respondió Momo con una sonrisa perezosa—. O tendré que castigar a la "elegida".

Aira soltó una risita, se acomodó la falda con un gesto elegante y salió de la habitación, dejando tras de sí el aroma de su perfume y la promesa de que el juego no había hecho más que empezar.
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