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Dandadan yuri
Fandom: Dandadan
Creado: 4/7/2026
Etiquetas
RomanceDramaRecortes de VidaDolor/ConsueloAcciónAmbientación CanonLenguaje ExplícitoEstudio de Personaje
Entre el Aura Rosa y el Hilo Rojo de la Destrucción
La adrenalina del combate contra Acrobatic Silky aún vibraba en el aire estancado de la ciudad, pero para Aira Shiratori, el mundo se había vuelto extrañamente silencioso. Ya no escuchaba los ecos de los muertos ni el estruendo de las maldiciones. Lo único que llenaba su campo de visión era la figura de Momo Ayase, despeinada, con el uniforme escolar arrugado y esa expresión de determinación que la hacía ver malditamente heroica.
Aira siempre se había considerado la protagonista de su propia historia, la elegida para purificar el mal. Pero en ese momento, mientras Momo se acercaba para verificar si estaba bien, Aira sintió que su corazón daba un vuelco que no tenía nada que ver con el miedo.
—Oye, Aira, ¿estás en este planeta? —preguntó Momo, agachándose frente a ella—. Has estado mirando al vacío por cinco minutos. Si te duele algo, tienes que decirlo.
Momo extendió una mano para apartar un mechón de pelo del rostro de Aira. El contacto de sus dedos, cálidos y ásperos por la batalla, envió una descarga eléctrica por la columna de la pelirroja. Aira atrapó la muñeca de Momo antes de que pudiera retirarla.
—Ayase... —susurró Aira, con los ojos brillando con una intensidad nueva.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —Momo frunció el ceño, preocupada—. ¿Es por lo que pasó con la vieja de las acrobacias?
Aira no respondió con palabras. En su mente, la jerarquía social de la escuela, su rivalidad por la atención de Okarun y su propio ego se desvanecieron. Solo quedaba la urgencia de reclamar esa calidez. Tiró del brazo de Momo, obligándola a perder el equilibrio y caer hacia adelante.
Antes de que Momo pudiera soltar una queja, Aira cerró la distancia. Fue un beso torpe, cargado de la desesperación de quien acaba de volver de la muerte. Los labios de Aira eran suaves pero exigentes, presionando contra los de una Momo que se quedó petrificada, con los ojos abiertos de par en par.
Cuando Aira se separó apenas unos milímetros, sus respiraciones se mezclaron en el aire frío de la tarde.
—Eres mi salvadora, Ayase —murmuró Aira, con una sonrisa depredadora y las mejillas encendidas—. Y yo siempre obtengo lo que quiero.
Momo parpadeó, completamente en shock. Sus mejillas ardían en un tono carmesí que rivalizaba con el cabello de Aira.
—¡¿Pero qué demonios te pasa?! —gritó Momo, saltando hacia atrás mientras se cubría la boca con el dorso de la mano—. ¡Eso ha sido... eso ha sido un beso! ¡Un beso de verdad!
Aira se puso en pie con elegancia, sacudiéndose el polvo de la falda como si no acabara de romper todos los esquemas mentales de su compañera.
—Por supuesto que lo fue. Y no pongas esa cara, Ayase. Deberías estar agradecida de que una belleza como yo te haya elegido.
—¡Ni hablar! —Momo agitó los brazos, histérica—. ¡¿Y Okarun?! ¡¿Y todo el asunto de los alienígenas?! ¡No puedes simplemente besar a la gente porque sí!
Aira se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Momo. Con un movimiento rápido, atrapó el dobladillo de la falda de Momo y la levantó apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar ver el encaje de su ropa interior.
—¡Oye! —chilló Momo, bajándose la falda de golpe y saltando hacia atrás—. ¡¿Qué crees que estás haciendo, pervertida?!
—Solo comprobaba si tenías buen gusto —dijo Aira con una risita melodiosa, cruzándose de brazos—. Parece que debajo de esa fachada de chica dura y creyente en fantasmas, eres bastante femenina. Me gusta.
Momo sintió que la cabeza le daba vueltas. Estaba acostumbrada a las excentricidades de los espíritus y a las conspiraciones alienígenas, pero la agresividad romántica de Aira era un terreno completamente desconocido y aterradoramente excitante.
—Escúchame bien, Shiratori —dijo Momo, tratando de recuperar su compostura de gyaru—. No sé qué bicho te ha picado, pero no vamos a...
—¿No vamos a qué? —Aira la interrumpió, dando otro paso adelante. Su voz se volvió más baja, más íntima—. ¿No vamos a admitir que después de casi morir, lo único que quieres es sentirte viva?
Aira llevó sus manos a los botones de su propia blusa. Con una lentitud calculada, comenzó a desabrocharlos uno a uno.
—¡¿Pero qué haces?! ¡Estamos en la calle! —Momo miró a su alrededor frenéticamente, asegurándose de que Okarun o Turbo-Abuela no estuvieran cerca.
—Estamos en un callejón abandonado, Ayase. Nadie nos ve —dijo Aira, dejando que la blusa cayera sobre sus hombros, revelando un sujetador de seda rosa que combinaba perfectamente con su aura—. Además, estoy sucia de la pelea. Necesito cambiarme. ¿O es que te pone nerviosa verme?
Momo intentó desviar la mirada, pero sus ojos traidores se quedaron fijos en la piel pálida de Aira y en la curva de sus hombros. Había una belleza etérea en ella, algo que mezclaba la fragilidad de una adolescente con el poder de la entidad que ahora residía en su interior.
—No me pone nerviosa —mintió Momo, aunque su voz tembló—. Es solo que... eres una exhibicionista.
Aira se rió, un sonido claro y burlón. Se acercó a Momo, quedando a escasos centímetros de su pecho.
—Tú también estás cubierta de polvo, Ayase. Tu uniforme es un desastre.
Sin esperar permiso, Aira comenzó a desatar el lazo del cuello de Momo. Sus dedos rozaron la piel del cuello de la gyaru, provocándole escalofríos. Momo, en lugar de apartarla, se quedó quieta, atrapada en el magnetismo de la mirada de Aira.
—¿Sabes? —susurró Aira, deslizando sus manos por los hombros de Momo para bajarle la chaqueta—. Okarun es un chico dulce, pero es un cobarde. Nunca se atrevería a hacerte sentir lo que yo puedo hacerte sentir.
Momo sintió una punzada de culpa al pensar en Okarun, pero la sensación se disipó cuando Aira presionó su cuerpo contra el suyo. La diferencia de altura era mínima, permitiendo que sus almas, o al menos sus respiraciones, se sincronizaran.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres, Aira? —preguntó Momo, su voz apenas un susurro desafiante.
—Quiero que dejes de ser la heroína por un momento —respondió Aira, pasando una mano por la cintura de Momo, por debajo de la camisa—. Quiero que seas mía.
Aira guio a Momo hacia una zona más sombría del callejón, detrás de unos contenedores que las ocultaban de cualquier mirada indiscreta. Allí, en la penumbra, el juego de provocaciones se volvió más serio.
Momo, impulsada por una mezcla de orgullo y deseo reprimido, decidió no quedarse atrás. Si Aira quería jugar a ser la dominante, ella le demostraría que una gyaru no se dejaba amedrentar tan fácilmente.
—¿Ah, sí? —Momo sonrió con ironía—. Pues para ser una "elegida", hablas demasiado.
Momo agarró a Aira por la cintura y la empujó suavemente contra la pared de ladrillos. Aira soltó un pequeño jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en una sonrisa de satisfacción. Momo se deshizo de su propia camisa, quedando en un sujetador deportivo negro que contrastaba con su piel bronceada.
—Vaya... —murmuró Aira, recorriendo con la mirada el abdomen tonificado de Momo—. Entrenar para patear traseros alienígenas tiene sus beneficios estéticos.
—Cállate —dijo Momo, antes de sellar los labios de Aira con un beso mucho más profundo y experto que el anterior.
Esta vez, no hubo vacilación. Las manos de Momo se enredaron en el cabello rojo de Aira, mientras que Aira rodeaba el cuello de Momo, atrayéndola más hacia ella. El beso sabía a adrenalina y a una extraña libertad. En ese rincón olvidado de la ciudad, no había fantasmas, no había misiones, solo dos chicas descubriendo una chispa que ninguna de las dos sabía que existía.
Aira bajó sus manos hacia la falda de Momo, y esta vez, Momo no la detuvo. Al contrario, ayudó a Aira a deshacerse de la prenda. Pronto, ambas estaban allí, en ropa interior, desafiando el frío de la tarde con el calor de sus cuerpos.
Aira acarició la curva de la cadera de Momo, subiendo lentamente hacia sus costillas.
—Ayase... eres tan cálida —dijo Aira, apoyando su frente contra la de ella.
—Tú estás temblando —respondió Momo, aunque ella también sentía que sus piernas flaqueaban—. ¿Es por el frío o porque finalmente te has dado cuenta de que no puedes controlarlo todo?
—Es porque estoy emocionada —admitió Aira, con una honestidad que rara vez mostraba—. Nunca me había sentido así con nadie. Ni siquiera con... bueno, con él. Contigo es diferente. Siento que puedo ser yo misma, incluso la parte de mí que es un monstruo.
Momo suavizó su expresión. Sabía lo que era sentirse un bicho raro, una marginada que hablaba con los muertos o creía en naves espaciales.
—No eres un monstruo, Aira. Eres una pesadez, una egocéntrica y una dramática... pero no eres un monstruo.
Aira soltó una carcajada y mordisqueó el labio inferior de Momo.
—Y tú eres una macarra con buen corazón.
Se quedaron así un momento, abrazadas, sintiendo el latido del corazón de la otra contra sus pechos. La tensión sexual que se había acumulado durante sus peleas y misiones compartidas finalmente encontraba una vía de escape.
Momo se separó un poco, mirando a Aira a los ojos.
—Esto va a complicar mucho las cosas, ¿lo sabes, verdad? Okarun se va a desmayar si se entera.
—Que se desmaye —dijo Aira con indiferencia, volviendo a ponerse su blusa pero sin abrocharla del todo—. Él tiene su mundo de alienígenas. Nosotras tenemos algo mucho más real.
Momo suspiró, recogiendo su ropa del suelo.
—No puedo creer que me haya besado contigo. Mi reputación está por los suelos.
—Tú reputación acaba de mejorar considerablemente al estar conmigo —replicó Aira, recuperando su tono arrogante pero con un brillo de ternura en los ojos—. Mañana en la escuela, no te sorprendas si te busco en el almuerzo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Momo, terminando de vestirse y ajustándose los pendientes.
Aira se acercó y le susurró al oído, rozando el lóbulo con los labios:
—Podemos ir a la azotea. O al gimnasio. O a cualquier lugar donde pueda recordarte quién es la que manda aquí.
Momo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con los fantasmas.
—Ya veremos, Shiratori. Ya veremos.
Mientras salían del callejón, manteniendo una distancia prudencial pero intercambiando miradas cargadas de secretos, Momo se dio cuenta de que su vida acababa de volverse mucho más complicada. Y, extrañamente, no le importaba en absoluto. Los fantasmas y los alienígenas eran aterradores, pero Aira Shiratori... ella era un tipo de peligro al que Momo estaba ansiosa por enfrentarse.
Caminaron hacia la estación de tren bajo el cielo naranja del atardecer. Okarun las esperaba a lo lejos, agitando la mano con nerviosismo.
—¡Ayase-san! ¡Shiratori-san! ¡Pensé que os habíais perdido! —gritó el chico, corriendo hacia ellas.
Momo y Aira se miraron de reojo. Un hilo invisible parecía haberse tejido entre ellas, un hilo rojo que no las unía al destino, sino a una complicidad nueva y eléctrica.
—Solo estábamos... discutiendo algunos detalles de la misión —dijo Momo, tratando de mantener la voz firme.
—Sí, detalles muy profundos —añadió Aira con una sonrisa traviesa que hizo que Momo se pusiera roja de nuevo.
Okarun las miró confundido, notando que algo había cambiado, pero incapaz de ponerle nombre.
—Bueno, lo importante es que estáis a salvo —dijo él, rascándose la nuca—. ¿Vamos a comer algo?
—Muero de hambre —dijo Momo.
—Yo también —asintió Aira, pero antes de empezar a caminar, rozó accidentalmente (o no) la mano de Momo con la suya—. Pero creo que ya he probado lo mejor del día.
Momo le dio un codazo suave, ocultando una sonrisa. La batalla contra lo sobrenatural continuaría mañana, pero esa noche, el misterio más grande no estaba en el espacio ni en el más allá, sino en la chica que caminaba a su lado.
Aira siempre se había considerado la protagonista de su propia historia, la elegida para purificar el mal. Pero en ese momento, mientras Momo se acercaba para verificar si estaba bien, Aira sintió que su corazón daba un vuelco que no tenía nada que ver con el miedo.
—Oye, Aira, ¿estás en este planeta? —preguntó Momo, agachándose frente a ella—. Has estado mirando al vacío por cinco minutos. Si te duele algo, tienes que decirlo.
Momo extendió una mano para apartar un mechón de pelo del rostro de Aira. El contacto de sus dedos, cálidos y ásperos por la batalla, envió una descarga eléctrica por la columna de la pelirroja. Aira atrapó la muñeca de Momo antes de que pudiera retirarla.
—Ayase... —susurró Aira, con los ojos brillando con una intensidad nueva.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? —Momo frunció el ceño, preocupada—. ¿Es por lo que pasó con la vieja de las acrobacias?
Aira no respondió con palabras. En su mente, la jerarquía social de la escuela, su rivalidad por la atención de Okarun y su propio ego se desvanecieron. Solo quedaba la urgencia de reclamar esa calidez. Tiró del brazo de Momo, obligándola a perder el equilibrio y caer hacia adelante.
Antes de que Momo pudiera soltar una queja, Aira cerró la distancia. Fue un beso torpe, cargado de la desesperación de quien acaba de volver de la muerte. Los labios de Aira eran suaves pero exigentes, presionando contra los de una Momo que se quedó petrificada, con los ojos abiertos de par en par.
Cuando Aira se separó apenas unos milímetros, sus respiraciones se mezclaron en el aire frío de la tarde.
—Eres mi salvadora, Ayase —murmuró Aira, con una sonrisa depredadora y las mejillas encendidas—. Y yo siempre obtengo lo que quiero.
Momo parpadeó, completamente en shock. Sus mejillas ardían en un tono carmesí que rivalizaba con el cabello de Aira.
—¡¿Pero qué demonios te pasa?! —gritó Momo, saltando hacia atrás mientras se cubría la boca con el dorso de la mano—. ¡Eso ha sido... eso ha sido un beso! ¡Un beso de verdad!
Aira se puso en pie con elegancia, sacudiéndose el polvo de la falda como si no acabara de romper todos los esquemas mentales de su compañera.
—Por supuesto que lo fue. Y no pongas esa cara, Ayase. Deberías estar agradecida de que una belleza como yo te haya elegido.
—¡Ni hablar! —Momo agitó los brazos, histérica—. ¡¿Y Okarun?! ¡¿Y todo el asunto de los alienígenas?! ¡No puedes simplemente besar a la gente porque sí!
Aira se acercó un paso, invadiendo el espacio personal de Momo. Con un movimiento rápido, atrapó el dobladillo de la falda de Momo y la levantó apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar ver el encaje de su ropa interior.
—¡Oye! —chilló Momo, bajándose la falda de golpe y saltando hacia atrás—. ¡¿Qué crees que estás haciendo, pervertida?!
—Solo comprobaba si tenías buen gusto —dijo Aira con una risita melodiosa, cruzándose de brazos—. Parece que debajo de esa fachada de chica dura y creyente en fantasmas, eres bastante femenina. Me gusta.
Momo sintió que la cabeza le daba vueltas. Estaba acostumbrada a las excentricidades de los espíritus y a las conspiraciones alienígenas, pero la agresividad romántica de Aira era un terreno completamente desconocido y aterradoramente excitante.
—Escúchame bien, Shiratori —dijo Momo, tratando de recuperar su compostura de gyaru—. No sé qué bicho te ha picado, pero no vamos a...
—¿No vamos a qué? —Aira la interrumpió, dando otro paso adelante. Su voz se volvió más baja, más íntima—. ¿No vamos a admitir que después de casi morir, lo único que quieres es sentirte viva?
Aira llevó sus manos a los botones de su propia blusa. Con una lentitud calculada, comenzó a desabrocharlos uno a uno.
—¡¿Pero qué haces?! ¡Estamos en la calle! —Momo miró a su alrededor frenéticamente, asegurándose de que Okarun o Turbo-Abuela no estuvieran cerca.
—Estamos en un callejón abandonado, Ayase. Nadie nos ve —dijo Aira, dejando que la blusa cayera sobre sus hombros, revelando un sujetador de seda rosa que combinaba perfectamente con su aura—. Además, estoy sucia de la pelea. Necesito cambiarme. ¿O es que te pone nerviosa verme?
Momo intentó desviar la mirada, pero sus ojos traidores se quedaron fijos en la piel pálida de Aira y en la curva de sus hombros. Había una belleza etérea en ella, algo que mezclaba la fragilidad de una adolescente con el poder de la entidad que ahora residía en su interior.
—No me pone nerviosa —mintió Momo, aunque su voz tembló—. Es solo que... eres una exhibicionista.
Aira se rió, un sonido claro y burlón. Se acercó a Momo, quedando a escasos centímetros de su pecho.
—Tú también estás cubierta de polvo, Ayase. Tu uniforme es un desastre.
Sin esperar permiso, Aira comenzó a desatar el lazo del cuello de Momo. Sus dedos rozaron la piel del cuello de la gyaru, provocándole escalofríos. Momo, en lugar de apartarla, se quedó quieta, atrapada en el magnetismo de la mirada de Aira.
—¿Sabes? —susurró Aira, deslizando sus manos por los hombros de Momo para bajarle la chaqueta—. Okarun es un chico dulce, pero es un cobarde. Nunca se atrevería a hacerte sentir lo que yo puedo hacerte sentir.
Momo sintió una punzada de culpa al pensar en Okarun, pero la sensación se disipó cuando Aira presionó su cuerpo contra el suyo. La diferencia de altura era mínima, permitiendo que sus almas, o al menos sus respiraciones, se sincronizaran.
—¿Y qué es exactamente lo que quieres, Aira? —preguntó Momo, su voz apenas un susurro desafiante.
—Quiero que dejes de ser la heroína por un momento —respondió Aira, pasando una mano por la cintura de Momo, por debajo de la camisa—. Quiero que seas mía.
Aira guio a Momo hacia una zona más sombría del callejón, detrás de unos contenedores que las ocultaban de cualquier mirada indiscreta. Allí, en la penumbra, el juego de provocaciones se volvió más serio.
Momo, impulsada por una mezcla de orgullo y deseo reprimido, decidió no quedarse atrás. Si Aira quería jugar a ser la dominante, ella le demostraría que una gyaru no se dejaba amedrentar tan fácilmente.
—¿Ah, sí? —Momo sonrió con ironía—. Pues para ser una "elegida", hablas demasiado.
Momo agarró a Aira por la cintura y la empujó suavemente contra la pared de ladrillos. Aira soltó un pequeño jadeo de sorpresa que rápidamente se convirtió en una sonrisa de satisfacción. Momo se deshizo de su propia camisa, quedando en un sujetador deportivo negro que contrastaba con su piel bronceada.
—Vaya... —murmuró Aira, recorriendo con la mirada el abdomen tonificado de Momo—. Entrenar para patear traseros alienígenas tiene sus beneficios estéticos.
—Cállate —dijo Momo, antes de sellar los labios de Aira con un beso mucho más profundo y experto que el anterior.
Esta vez, no hubo vacilación. Las manos de Momo se enredaron en el cabello rojo de Aira, mientras que Aira rodeaba el cuello de Momo, atrayéndola más hacia ella. El beso sabía a adrenalina y a una extraña libertad. En ese rincón olvidado de la ciudad, no había fantasmas, no había misiones, solo dos chicas descubriendo una chispa que ninguna de las dos sabía que existía.
Aira bajó sus manos hacia la falda de Momo, y esta vez, Momo no la detuvo. Al contrario, ayudó a Aira a deshacerse de la prenda. Pronto, ambas estaban allí, en ropa interior, desafiando el frío de la tarde con el calor de sus cuerpos.
Aira acarició la curva de la cadera de Momo, subiendo lentamente hacia sus costillas.
—Ayase... eres tan cálida —dijo Aira, apoyando su frente contra la de ella.
—Tú estás temblando —respondió Momo, aunque ella también sentía que sus piernas flaqueaban—. ¿Es por el frío o porque finalmente te has dado cuenta de que no puedes controlarlo todo?
—Es porque estoy emocionada —admitió Aira, con una honestidad que rara vez mostraba—. Nunca me había sentido así con nadie. Ni siquiera con... bueno, con él. Contigo es diferente. Siento que puedo ser yo misma, incluso la parte de mí que es un monstruo.
Momo suavizó su expresión. Sabía lo que era sentirse un bicho raro, una marginada que hablaba con los muertos o creía en naves espaciales.
—No eres un monstruo, Aira. Eres una pesadez, una egocéntrica y una dramática... pero no eres un monstruo.
Aira soltó una carcajada y mordisqueó el labio inferior de Momo.
—Y tú eres una macarra con buen corazón.
Se quedaron así un momento, abrazadas, sintiendo el latido del corazón de la otra contra sus pechos. La tensión sexual que se había acumulado durante sus peleas y misiones compartidas finalmente encontraba una vía de escape.
Momo se separó un poco, mirando a Aira a los ojos.
—Esto va a complicar mucho las cosas, ¿lo sabes, verdad? Okarun se va a desmayar si se entera.
—Que se desmaye —dijo Aira con indiferencia, volviendo a ponerse su blusa pero sin abrocharla del todo—. Él tiene su mundo de alienígenas. Nosotras tenemos algo mucho más real.
Momo suspiró, recogiendo su ropa del suelo.
—No puedo creer que me haya besado contigo. Mi reputación está por los suelos.
—Tú reputación acaba de mejorar considerablemente al estar conmigo —replicó Aira, recuperando su tono arrogante pero con un brillo de ternura en los ojos—. Mañana en la escuela, no te sorprendas si te busco en el almuerzo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Momo, terminando de vestirse y ajustándose los pendientes.
Aira se acercó y le susurró al oído, rozando el lóbulo con los labios:
—Podemos ir a la azotea. O al gimnasio. O a cualquier lugar donde pueda recordarte quién es la que manda aquí.
Momo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con los fantasmas.
—Ya veremos, Shiratori. Ya veremos.
Mientras salían del callejón, manteniendo una distancia prudencial pero intercambiando miradas cargadas de secretos, Momo se dio cuenta de que su vida acababa de volverse mucho más complicada. Y, extrañamente, no le importaba en absoluto. Los fantasmas y los alienígenas eran aterradores, pero Aira Shiratori... ella era un tipo de peligro al que Momo estaba ansiosa por enfrentarse.
Caminaron hacia la estación de tren bajo el cielo naranja del atardecer. Okarun las esperaba a lo lejos, agitando la mano con nerviosismo.
—¡Ayase-san! ¡Shiratori-san! ¡Pensé que os habíais perdido! —gritó el chico, corriendo hacia ellas.
Momo y Aira se miraron de reojo. Un hilo invisible parecía haberse tejido entre ellas, un hilo rojo que no las unía al destino, sino a una complicidad nueva y eléctrica.
—Solo estábamos... discutiendo algunos detalles de la misión —dijo Momo, tratando de mantener la voz firme.
—Sí, detalles muy profundos —añadió Aira con una sonrisa traviesa que hizo que Momo se pusiera roja de nuevo.
Okarun las miró confundido, notando que algo había cambiado, pero incapaz de ponerle nombre.
—Bueno, lo importante es que estáis a salvo —dijo él, rascándose la nuca—. ¿Vamos a comer algo?
—Muero de hambre —dijo Momo.
—Yo también —asintió Aira, pero antes de empezar a caminar, rozó accidentalmente (o no) la mano de Momo con la suya—. Pero creo que ya he probado lo mejor del día.
Momo le dio un codazo suave, ocultando una sonrisa. La batalla contra lo sobrenatural continuaría mañana, pero esa noche, el misterio más grande no estaba en el espacio ni en el más allá, sino en la chica que caminaba a su lado.
