Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Mentiroso

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 4/7/2026

Etiquetas

DramaAngustiaEstudio de PersonajeTragediaMuerte de PersonajeMuerte del ProtagonistaAmbientación CanonEscena Faltante
Índice

La última promesa del infinito

El olor en la morgue de la Escuela de Hechicería de Tokio siempre era el mismo: una mezcla estéril de desinfectante industrial, formol y el rastro metálico de la sangre que ninguna limpieza lograba borrar del todo. Shoko Ieiri estaba acostumbrada a ese aroma. Era su fragancia cotidiana, el perfume de su profesión. Sin embargo, ese día, el aire se sentía más pesado, como si el infinito mismo se hubiera desplomado sobre las cuatro paredes de la habitación, aplastando el oxígeno.

Shoko exhaló una larga bocanada de humo. Sabía que no debía fumar allí dentro, pero las reglas habían dejado de tener sentido en el momento en que el cielo de Shinjuku se tiñó de una desesperación absoluta. Sus ojos castaños, enmarcados por ojeras que parecían haber cobrado vida propia, estaban fijos en la figura que descansaba sobre la mesa metálica central.

Satoru Gojo siempre había sido demasiado grande para este mundo. Sus 190 centímetros de estatura solían llenar cualquier habitación con una energía vibrante, caótica y exasperante. Ahora, Satoru estaba dividido. Literalmente.

—Eres un idiota, Satoru —susurró ella, y su voz sonó extraña en el silencio sepulcral, una mezcla de cansancio extremo y un dolor que se negaba a procesar.

Se acercó a la camilla. Sus manos, expertas en la técnica de maldición inversa, temblaron ligeramente antes de recuperar la firmeza profesional. Observó el rostro del hombre. Sus ojos azules, esos "Seis Ojos" que veían el flujo del universo, estaban cerrados. Ya no había rastro de la venda negra ni de las gafas oscuras. Su cabello blanco, usualmente peinado hacia arriba con esa arrogancia juvenil que desafiaba incluso al tiempo, caía ahora lacio y suave sobre su frente, dándole un aspecto casi angelical, si no fuera por la brutalidad del corte que separaba su torso de sus piernas.

Satoru Gojo era un mentiroso profesional. Shoko lo sabía mejor que nadie. Habían pasado años juntos, desde aquellos días de juventud donde el humo de los cigarrillos de Shoko se mezclaba con las risas de Geto y las fanfarronadas de Gojo. Satoru mentía con la facilidad con la que respiraba. Mentía cuando decía que no había comido los dulces de Utahime, mentía cuando aseguraba que había puesto el Velo en una misión de rutina para evitar el papeleo, y había mentido a escala monumental cuando ocultó a Yuji Itadori de los altos mandos, desafiando a todo el sistema con una sonrisa burlona.

Shoko siempre había disfrutado de esas mentiras. Eran parte del espectáculo de ser Satoru Gojo. Había una especie de confort en su deshonestidad juguetona; era su forma de decir que tenía el control, que el mundo podía estar cayéndose a pedazos, pero mientras él pudiera bromear y engañar al destino, todo estaría bien.

Pero esta vez, la mentira había sido distinta.

—"Yo ganaré" —repitió Shoko, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. Eso fue lo que dijiste.

Lo recordaba perfectamente. La confianza en su voz, la espalda recta, la mirada de alguien que se sabía la cúspide de la evolución humana. Satoru se lo había dicho a todos, pero Shoko sintió que, en el fondo, se lo decía especialmente a ella para que no se preocupara. Para que pudiera seguir fumando en su oficina sin pensar que el pilar que sostenía su mundo estaba a punto de quebrarse.

—Me mentiste de nuevo —dijo ella, pasando una mano enguantada por la mejilla fría de Satoru—. Y esta vez no tiene ninguna gracia.

Se obligó a trabajar. Sus manos comenzaron a moverse, coordinando con el equipo médico y los asistentes que entraban y salían en un silencio reverencial. Tenía que intentar algo. No por esperanza, sino por deber. Shoko no era una mujer de fe; era una mujer de ciencia y de energía maldita. Sabía que las posibilidades eran nulas, que el alma de Satoru probablemente ya estaba en algún lugar lejos de allí, quizás en un aeropuerto soñando con el pasado, pero su corazón, ese órgano que ella siempre intentaba mantener bajo llave tras su indiferencia, se negaba a aceptar el final del gran Satoru Gojo.

—¿Por qué siempre tienes que ser tan dramático? —preguntó al aire, mientras limpiaba la sangre de los bordes de la herida—. Podrías haber regresado con un brazo menos, o con una cicatriz fea. Pero no, tenías que irte por todo lo alto.

Shoko cerró los ojos un segundo. La imagen de Satoru sonriendo antes de la batalla la perseguía. Había algo en su mirada aquel día, una chispa de alivio, como si finalmente hubiera encontrado a alguien que pudiera hablar su mismo idioma de poder absoluto. Y en ese egoísmo de los fuertes, se olvidó de los que se quedaban atrás. Se olvidó de Shoko, la mujer que siempre estuvo ahí para remendarlo, la que nunca necesitó sus ojos azules para verlo de verdad.

—Te odio —murmuró, aunque el tono carecía de veneno—. Te odio por hacerme sentir esto. Se supone que yo soy la que no siente nada, ¿recuerdas? "La indiferente Shoko".

Recordó una tarde, años atrás, en la azotea de la escuela. Satoru se había quitado las gafas y miraba el atardecer.

—Sabes, Shoko —había dicho él con esa voz suave que solo usaba cuando no había nadie más cerca—, a veces pienso que si alguna vez caigo, tú serás la única que no llorará. Porque eres fuerte. Tan fuerte como yo, a tu manera.

—No lloro porque el tabaco me seca los lagrimales, idiota —había respondido ella, desviando la mirada.

Satoru se había reído, una risa limpia y honesta.

—Es una buena mentira. Me gusta.

Ahora, Shoko deseaba poder devolverle esa risa. Deseaba que él abriera los ojos, se levantara de la camilla y dijera que todo era una broma de mal gusto, un truco de magia de nivel especial para asustar a los ancianos del consejo. Pero el cuerpo bajo sus manos permanecía inmóvil. La técnica de maldición inversa de Shoko trabajaba al límite, intentando unir lo que el "Corte que parte el mundo" había separado, pero el vacío que Satoru dejó no era algo que se pudiera coser con energía.

—Incluso ahora, te ves como si estuvieras a punto de burlarte de mí —dijo Shoko, trazando la línea de su mandíbula—. Tu última mentira fue la más cruel de todas, Satoru. Nos hiciste creer que eras invencible. Me hiciste creer que, sin importar qué pasara, siempre volverías a esta morgue solo para quejarte de mi café.

Una lágrima, solitaria y rebelde, escapó del ojo derecho de Shoko, resbalando por su mejilla y cayendo sobre el pecho inerte de Gojo. La limpió rápidamente con el dorso de su mano, enfadada consigo misma. No era el momento para romperse. Afuera, sus estudiantes —los niños que Satoru tanto amaba y por los que se había sacrificado— todavía estaban luchando. Sukuna seguía allí, y el mundo seguía girando sobre un eje roto.

—Dijiste que ganarías —susurró de nuevo, su voz quebrándose finalmente—. Pero perdiste. Y al perder, nos dejaste solos. Me dejaste sola.

Se quedó allí, de pie, en medio de la frialdad de la morgue. Shoko Ieiri, la mujer que lo había visto todo, la que había sobrevivido a Geto y ahora a Gojo. Se sintió como la última página de un libro que nadie quería terminar de leer. Sus dedos se entrelazaron con los de Satoru por un breve instante. La piel de él estaba helada, desprovista de ese calor infinito que solía emanar.

—Fuiste el mejor mentiroso que conocí —dijo ella, enderezándose y recuperando su máscara de frialdad—. Y yo fui la mayor tonta por querer creer en esta última mentira.

Shoko se alejó de la camilla y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, se detuvo y miró hacia atrás una última vez. La luz fluorescente parpadeaba sobre el cuerpo del hechicero más fuerte de la historia.

—Espero que donde estés, no tengas que mentir más, Satoru.

Salió al pasillo, sacó un cigarrillo y lo encendió. El humo llenó sus pulmones, dándole esa falsa sensación de estabilidad que tanto necesitaba. El corazón le dolía, una punzada sorda y constante que ninguna técnica médica podría curar jamás. Satoru Gojo se había ido, llevándose consigo el cielo que vivía en sus ojos y la seguridad de un mundo que, aunque lleno de monstruos, se sentía a salvo bajo su sombra.

—"Yo ganaré" —repitió Shoko para sí misma, lanzando el humo hacia el techo—. Qué mentira tan hermosa, Satoru. Casi logras que me la creyera del todo.

Caminó por los pasillos desiertos de la escuela, cada paso resonando con un eco de soledad. Sabía que tenía que volver al trabajo, que había más heridos en camino, que el ciclo de maldiciones y sangre no se detendría por un corazón roto. Pero por un momento, solo por un breve instante, Shoko Ieiri se permitió odiar al hombre que amaba, odiarlo por ser tan humano como para morir, y por ser tan Satoru como para mentirle hasta el último aliento.

El cielo afuera estaba oscuro, sin estrellas, como si el universo mismo guardara luto por la pérdida de su hijo favorito. Shoko cerró los ojos y, por primera vez en años, no pensó en la medicina, ni en las maldiciones, ni en la guerra. Solo pensó en un chico de cabello blanco que corría por los pasillos, riendo, convencido de que el futuro era suyo para tomarlo.

—Adiós, Satoru —susurró al viento frío—. Gracias por la mentira. Fue la más reconfortante de todas.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic