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¿Qué te gusta de mí?
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 4/7/2026
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RomanceRecortes de VidaFluffDolor/ConsueloEstudio de PersonajeAmbientación CanonDramaAngustiaHumorHistoria Doméstica
El eco de la voluntad inquebrantable
El sol de la tarde caía sobre el patio del Colegio Técnico de Magia Metropolitana de Tokio, tiñendo las baldosas de un naranja melancólico que contrastaba con la seriedad perpetua de Megumi Fushiguro. Sentado en un escalón de piedra, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en los árboles que rodeaban el campo de entrenamiento, Megumi disfrutaba de un silencio poco habitual. Yuji estaba ocupado en una sesión intensiva de control de energía maldita con Gojo-sensei en algún lugar del bosque, y por un momento, la paz parecía real.
Sin embargo, en el mundo de los hechiceros, la paz es una ilusión de corta duración.
Unos pasos firmes y rítmicos rompieron el silencio. Megumi no necesitó girar la cabeza para saber quién era; el aroma a perfume caro mezclado con el olor metálico de los clavos y el martillo la precedía. Nobara Kugisaki no caminaba, ella reclamaba el espacio por el que pasaba.
Sin mediar palabra, Nobara se plantó frente a él. La sombra de la chica cubrió a Megumi, obligándolo a levantar la vista. Sus ojos azules se encontraron con los orbes color naranja de ella, que brillaban con una intensidad inusual, incluso para los estándares de Nobara.
— Fushiguro —dijo ella, arrastrando las sílabas con una mezcla de autoridad y curiosidad.
— Kugisaki —respondió él, con su tono monótono habitual—. Si buscas a Itadori, no está aquí.
Nobara no se movió. En lugar de eso, invadió su espacio personal, inclinándose hacia adelante hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. Megumi parpadeó, sorprendido, pero no retrocedió. Su estoicismo era su mejor defensa, aunque por dentro sintiera una ligera punzada de desconcierto ante la cercanía de la chica.
— No busco al idiota de Itadori —declaró ella, entrecerrando los ojos—. Te busco a ti. He estado dándole vueltas a algo desde el evento de intercambio con la escuela de Kioto.
Megumi suspiró, presintiendo que la tranquilidad de su tarde acababa de morir oficialmente.
— ¿Qué pasa ahora?
— Esa respuesta que le diste al gorila de Todou —dijo Nobara, cruzándose de brazos pero sin alejarse de su rostro—. "Una persona con un carácter inquebrantable". Esa fue tu respuesta sobre tu tipo de mujer, ¿verdad?
Megumi desvió la mirada un segundo, sintiendo una leve calidez en las mejillas que esperaba que ella no notara.
— Sí. ¿Y qué con eso? Es una preferencia lógica. En este mundo, si no tienes carácter, terminas muerto o dejando que otros mueran por ti.
Nobara soltó una risa seca, una que no llegaba a ser burla pero que cargaba con un desafío implícito. Se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban, rompiendo cualquier barrera de cortesía.
— Admitámoslo, Fushiguro. Yo tengo un carácter inquebrantable. Soy hermosa, soy fuerte, y mi voluntad es más dura que los clavos que disparo —se señaló a sí misma con el pulgar, con esa confianza arrolladora que la caracterizaba—. Encajo perfectamente en tu descripción.
Megumi guardó silencio. No podía rebatirlo. Nobara era, posiblemente, la persona más obstinada y firme que conocía, exceptuando quizás a Maki-san. Pero había algo en Nobara, una chispa de ferocidad mezclada con una honestidad brutal, que la hacía única.
— No voy a andarme con rodeos, porque no es mi estilo —continuó ella, girándose para mirarlo fijamente—. ¿Qué te gusta de mí?
La pregunta cayó como una piedra en un estanque tranquilo. Megumi se quedó helado. Esperaba una queja, una burla o incluso una demanda de que la llevara de compras, pero no una pregunta tan directa y vulnerable a su manera.
— ¿A qué viene eso ahora? —preguntó él, intentando recuperar su compostura.
— ¡Contesta! —exigió ella, golpeando ligeramente el hombro de Megumi—. Quiero saber qué ves cuando me miras. ¿Ves solo a una chica bonita que sabe pelear? ¿O ves a alguien que realmente encaja en ese estándar ideal tuyo? Quiero saber si me consideras "tu tipo" o si solo soy una compañera de equipo que resulta ser atractiva.
Megumi exhaló un suspiro largo, cerrando los ojos por un momento. Sabía que no podía escapar de esta conversación. Nobara no lo dejaría ir hasta obtener una respuesta que la satisficiera. Se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos, buscando las palabras exactas que no sonaran demasiado sentimentales pero que fueran lo suficientemente honestas.
— No eres solo "una chica bonita", Kugisaki —comenzó él, manteniendo la vista al frente, aunque era consciente de que ella no perdía detalle de sus expresiones—. Si fueras solo eso, no estarías aquí. Serías como cualquier otra persona que prefiere ignorar la fealdad del mundo.
— Sigue —instó ella, suavizando un poco el tono.
— Tienes una forma de ser... ruidosa —dijo Megumi, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, tiró de la comisura de sus labios—. Pero es un ruido necesario. Cuando todo parece estar hundiéndose, cuando Itadori se pierde en sus culpas o yo me encierro en mis propios pensamientos, tú siempre estás ahí, golpeando la realidad hasta que vuelve a tener sentido.
Nobara guardó silencio, escuchando con una atención que rara vez le prestaba a las lecciones de Gojo.
— Ese "carácter inquebrantable" del que hablé... no se trata solo de ser fuerte en una pelea —continuó Megumi, girándose finalmente para mirarla a los ojos—. Se trata de no permitir que nadie, ni siquiera este mundo podrido, te diga quién debes ser. Tú llegaste de tu pueblo decidida a ser tú misma en Tokio, y no has cambiado ni un ápice. Eso es lo que respeto. Y eso es lo que... me gusta.
Nobara parpadeó, sorprendida por la sinceridad del chico. Esperaba una respuesta lógica, quizás algo técnica sobre su técnica maldita, pero Megumi había ido directo a la esencia de quién era ella. Sentirse vista de esa manera por alguien tan reservado como él provocó un vuelco extraño en su pecho.
— Así que... —dijo ella, tratando de mantener su fachada de superioridad aunque sus orejas se estuvieran tiñendo de rojo—, ¿estás diciendo que sí soy tu tipo?
Megumi volvió a mirar hacia el horizonte, intentando ocultar su propia incomodidad.
— Digo que cumples con la descripción. Eres difícil de tratar, egocéntrica a veces y demasiado obsesionada con las compras, pero... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada— eres auténtica. Y en este trabajo, la autenticidad es lo más valioso que tenemos.
Nobara soltó una carcajada sonora, esta vez llena de una alegría genuina. Se echó hacia atrás, apoyando las manos en el escalón.
— Eres un aburrido, Fushiguro. Podrías haber dicho simplemente: "Sí, Nobara, eres increíble y me encantas" —bromeó ella, dándole un codazo.
— Sabes que no voy a decir eso —replicó él, aunque no se alejó de ella.
— Pero lo pensaste —aseguró ella con una sonrisa triunfal—. Me basta con saber que no me ves solo como una cara bonita. Aunque, seamos sinceros, mi cara es espectacular.
— Tu modestia es lo que más me impresiona —dijo él con sarcasmo.
Se quedaron en silencio un rato más, pero ya no era un silencio tenso. Había una nueva capa de entendimiento entre ellos. Megumi, que siempre prefería mantener las distancias emocionales para protegerse, se dio cuenta de que con Nobara, las distancias eran imposibles de mantener. Ella simplemente las derribaba a martillazos.
— Oye, Fushiguro —dijo ella después de unos minutos, con un tono más serio.
— ¿Qué?
— Gracias. Por lo de "inquebrantable". A veces, en este lugar, es fácil sentir que te estás rompiendo. Es bueno saber que alguien nota que sigo entera.
Megumi la miró de reojo. Por un breve instante, vio a través de la armadura de confianza de Nobara. Vio a la chica que extrañaba a su amiga de la infancia, a la joven que cargaba con la responsabilidad de exorcizar horrores que nadie más veía.
— No te vas a romper, Kugisaki —dijo él con firmeza—. Eres demasiado obstinada para permitirlo.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña y real, libre de cualquier artificio.
— Tienes razón. No tengo tiempo para romperme, tengo demasiada ropa que comprar y demasiados lugares a los que arrastrarlos a ti y a Itadori.
— Por favor, no más centros comerciales este fin de semana —suplicó Megumi, aunque ambos sabían que terminaría yendo.
— ¡Ni hablar! Después de esta confesión, me debes una salida a Ginza —declaró ella, levantándose de un salto y sacudiéndose la falda—. Y vas a cargar las bolsas.
Megumi suspiró, pero se levantó también. El sol casi se había ocultado, y el frío de la tarde empezaba a notarse.
— No fue una confesión.
— Para mí lo fue —dijo ella, caminando hacia los dormitorios con paso ligero—. ¡Vamos, Fushiguro! Si nos damos prisa, llegaremos antes de que Itadori regrese y se coma todos los bocadillos que compré.
Megumi la siguió, manteniendo su paso tranquilo unos metros detrás de ella. Observó su espalda, la forma en que caminaba con la cabeza alta, sin miedo a lo que el futuro pudiera deparar. Era cierto, ella era exactamente lo que él había descrito. Un carácter inquebrantable en un mundo hecho de cristal.
Mientras caminaban, Nobara se detuvo un momento y lo esperó, extendiendo su mano para que él la alcanzara.
— ¿Sabes? —dijo ella cuando él estuvo a su lado—, tú tampoco estás nada mal, Fushiguro. Para ser un tipo sombrío y callado, tienes buen gusto.
Megumi no respondió, pero no soltó la mano de Nobara cuando ella, de forma natural, enganchó su brazo con el suyo. Caminaron juntos hacia el edificio principal, dos hechiceros que, en medio de la oscuridad de sus vidas, habían encontrado una pequeña chispa de claridad en el otro.
La voluntad inquebrantable de Nobara no solo la mantenía a ella en pie, sino que, sin que Megumi lo admitiera en voz alta, también servía de ancla para él. Y en ese momento, bajo el cielo crepuscular de Tokio, eso era más que suficiente.
Sin embargo, en el mundo de los hechiceros, la paz es una ilusión de corta duración.
Unos pasos firmes y rítmicos rompieron el silencio. Megumi no necesitó girar la cabeza para saber quién era; el aroma a perfume caro mezclado con el olor metálico de los clavos y el martillo la precedía. Nobara Kugisaki no caminaba, ella reclamaba el espacio por el que pasaba.
Sin mediar palabra, Nobara se plantó frente a él. La sombra de la chica cubrió a Megumi, obligándolo a levantar la vista. Sus ojos azules se encontraron con los orbes color naranja de ella, que brillaban con una intensidad inusual, incluso para los estándares de Nobara.
— Fushiguro —dijo ella, arrastrando las sílabas con una mezcla de autoridad y curiosidad.
— Kugisaki —respondió él, con su tono monótono habitual—. Si buscas a Itadori, no está aquí.
Nobara no se movió. En lugar de eso, invadió su espacio personal, inclinándose hacia adelante hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. Megumi parpadeó, sorprendido, pero no retrocedió. Su estoicismo era su mejor defensa, aunque por dentro sintiera una ligera punzada de desconcierto ante la cercanía de la chica.
— No busco al idiota de Itadori —declaró ella, entrecerrando los ojos—. Te busco a ti. He estado dándole vueltas a algo desde el evento de intercambio con la escuela de Kioto.
Megumi suspiró, presintiendo que la tranquilidad de su tarde acababa de morir oficialmente.
— ¿Qué pasa ahora?
— Esa respuesta que le diste al gorila de Todou —dijo Nobara, cruzándose de brazos pero sin alejarse de su rostro—. "Una persona con un carácter inquebrantable". Esa fue tu respuesta sobre tu tipo de mujer, ¿verdad?
Megumi desvió la mirada un segundo, sintiendo una leve calidez en las mejillas que esperaba que ella no notara.
— Sí. ¿Y qué con eso? Es una preferencia lógica. En este mundo, si no tienes carácter, terminas muerto o dejando que otros mueran por ti.
Nobara soltó una risa seca, una que no llegaba a ser burla pero que cargaba con un desafío implícito. Se sentó a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban, rompiendo cualquier barrera de cortesía.
— Admitámoslo, Fushiguro. Yo tengo un carácter inquebrantable. Soy hermosa, soy fuerte, y mi voluntad es más dura que los clavos que disparo —se señaló a sí misma con el pulgar, con esa confianza arrolladora que la caracterizaba—. Encajo perfectamente en tu descripción.
Megumi guardó silencio. No podía rebatirlo. Nobara era, posiblemente, la persona más obstinada y firme que conocía, exceptuando quizás a Maki-san. Pero había algo en Nobara, una chispa de ferocidad mezclada con una honestidad brutal, que la hacía única.
— No voy a andarme con rodeos, porque no es mi estilo —continuó ella, girándose para mirarlo fijamente—. ¿Qué te gusta de mí?
La pregunta cayó como una piedra en un estanque tranquilo. Megumi se quedó helado. Esperaba una queja, una burla o incluso una demanda de que la llevara de compras, pero no una pregunta tan directa y vulnerable a su manera.
— ¿A qué viene eso ahora? —preguntó él, intentando recuperar su compostura.
— ¡Contesta! —exigió ella, golpeando ligeramente el hombro de Megumi—. Quiero saber qué ves cuando me miras. ¿Ves solo a una chica bonita que sabe pelear? ¿O ves a alguien que realmente encaja en ese estándar ideal tuyo? Quiero saber si me consideras "tu tipo" o si solo soy una compañera de equipo que resulta ser atractiva.
Megumi exhaló un suspiro largo, cerrando los ojos por un momento. Sabía que no podía escapar de esta conversación. Nobara no lo dejaría ir hasta obtener una respuesta que la satisficiera. Se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos, buscando las palabras exactas que no sonaran demasiado sentimentales pero que fueran lo suficientemente honestas.
— No eres solo "una chica bonita", Kugisaki —comenzó él, manteniendo la vista al frente, aunque era consciente de que ella no perdía detalle de sus expresiones—. Si fueras solo eso, no estarías aquí. Serías como cualquier otra persona que prefiere ignorar la fealdad del mundo.
— Sigue —instó ella, suavizando un poco el tono.
— Tienes una forma de ser... ruidosa —dijo Megumi, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, tiró de la comisura de sus labios—. Pero es un ruido necesario. Cuando todo parece estar hundiéndose, cuando Itadori se pierde en sus culpas o yo me encierro en mis propios pensamientos, tú siempre estás ahí, golpeando la realidad hasta que vuelve a tener sentido.
Nobara guardó silencio, escuchando con una atención que rara vez le prestaba a las lecciones de Gojo.
— Ese "carácter inquebrantable" del que hablé... no se trata solo de ser fuerte en una pelea —continuó Megumi, girándose finalmente para mirarla a los ojos—. Se trata de no permitir que nadie, ni siquiera este mundo podrido, te diga quién debes ser. Tú llegaste de tu pueblo decidida a ser tú misma en Tokio, y no has cambiado ni un ápice. Eso es lo que respeto. Y eso es lo que... me gusta.
Nobara parpadeó, sorprendida por la sinceridad del chico. Esperaba una respuesta lógica, quizás algo técnica sobre su técnica maldita, pero Megumi había ido directo a la esencia de quién era ella. Sentirse vista de esa manera por alguien tan reservado como él provocó un vuelco extraño en su pecho.
— Así que... —dijo ella, tratando de mantener su fachada de superioridad aunque sus orejas se estuvieran tiñendo de rojo—, ¿estás diciendo que sí soy tu tipo?
Megumi volvió a mirar hacia el horizonte, intentando ocultar su propia incomodidad.
— Digo que cumples con la descripción. Eres difícil de tratar, egocéntrica a veces y demasiado obsesionada con las compras, pero... —hizo una pausa, buscando la palabra adecuada— eres auténtica. Y en este trabajo, la autenticidad es lo más valioso que tenemos.
Nobara soltó una carcajada sonora, esta vez llena de una alegría genuina. Se echó hacia atrás, apoyando las manos en el escalón.
— Eres un aburrido, Fushiguro. Podrías haber dicho simplemente: "Sí, Nobara, eres increíble y me encantas" —bromeó ella, dándole un codazo.
— Sabes que no voy a decir eso —replicó él, aunque no se alejó de ella.
— Pero lo pensaste —aseguró ella con una sonrisa triunfal—. Me basta con saber que no me ves solo como una cara bonita. Aunque, seamos sinceros, mi cara es espectacular.
— Tu modestia es lo que más me impresiona —dijo él con sarcasmo.
Se quedaron en silencio un rato más, pero ya no era un silencio tenso. Había una nueva capa de entendimiento entre ellos. Megumi, que siempre prefería mantener las distancias emocionales para protegerse, se dio cuenta de que con Nobara, las distancias eran imposibles de mantener. Ella simplemente las derribaba a martillazos.
— Oye, Fushiguro —dijo ella después de unos minutos, con un tono más serio.
— ¿Qué?
— Gracias. Por lo de "inquebrantable". A veces, en este lugar, es fácil sentir que te estás rompiendo. Es bueno saber que alguien nota que sigo entera.
Megumi la miró de reojo. Por un breve instante, vio a través de la armadura de confianza de Nobara. Vio a la chica que extrañaba a su amiga de la infancia, a la joven que cargaba con la responsabilidad de exorcizar horrores que nadie más veía.
— No te vas a romper, Kugisaki —dijo él con firmeza—. Eres demasiado obstinada para permitirlo.
Ella sonrió, una sonrisa pequeña y real, libre de cualquier artificio.
— Tienes razón. No tengo tiempo para romperme, tengo demasiada ropa que comprar y demasiados lugares a los que arrastrarlos a ti y a Itadori.
— Por favor, no más centros comerciales este fin de semana —suplicó Megumi, aunque ambos sabían que terminaría yendo.
— ¡Ni hablar! Después de esta confesión, me debes una salida a Ginza —declaró ella, levantándose de un salto y sacudiéndose la falda—. Y vas a cargar las bolsas.
Megumi suspiró, pero se levantó también. El sol casi se había ocultado, y el frío de la tarde empezaba a notarse.
— No fue una confesión.
— Para mí lo fue —dijo ella, caminando hacia los dormitorios con paso ligero—. ¡Vamos, Fushiguro! Si nos damos prisa, llegaremos antes de que Itadori regrese y se coma todos los bocadillos que compré.
Megumi la siguió, manteniendo su paso tranquilo unos metros detrás de ella. Observó su espalda, la forma en que caminaba con la cabeza alta, sin miedo a lo que el futuro pudiera deparar. Era cierto, ella era exactamente lo que él había descrito. Un carácter inquebrantable en un mundo hecho de cristal.
Mientras caminaban, Nobara se detuvo un momento y lo esperó, extendiendo su mano para que él la alcanzara.
— ¿Sabes? —dijo ella cuando él estuvo a su lado—, tú tampoco estás nada mal, Fushiguro. Para ser un tipo sombrío y callado, tienes buen gusto.
Megumi no respondió, pero no soltó la mano de Nobara cuando ella, de forma natural, enganchó su brazo con el suyo. Caminaron juntos hacia el edificio principal, dos hechiceros que, en medio de la oscuridad de sus vidas, habían encontrado una pequeña chispa de claridad en el otro.
La voluntad inquebrantable de Nobara no solo la mantenía a ella en pie, sino que, sin que Megumi lo admitiera en voz alta, también servía de ancla para él. Y en ese momento, bajo el cielo crepuscular de Tokio, eso era más que suficiente.
