Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Amante de lo Extraño

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 4/7/2026

Etiquetas

RomanceRecortes de VidaFluffHumorHistoria DomésticaAmbientación CanonEstudio de Personaje
Índice

Cinco razones por las que Nobara es un enigma (y por las que Yuji la ama)

El cielo de Tokio estaba teñido de un naranja vibrante, casi del mismo tono que el cabello de la chica que caminaba unos pasos por delante de él. Yuji Itadori, con los brazos cargados hasta el límite de su resistencia física —que no era poca, considerando que era un recipiente de grado especial—, soltó un suspiro sonoro.

Tener a Nobara Kugisaki como novia era, en una palabra, un deporte de riesgo. No era solo por su técnica de la Muñeca de Paja o por su temperamento explosivo que podía hacer temblar al mismísimo Sukuna en su interior; era por las pequeñas, extrañas y fascinantes capas que componían su personalidad.

Yuji ya lo había aceptado. Se había comido un dedo podrido y milenario, hablaba con un demonio en su propia mente y entrenaba para morir algún día, pero nada de eso le parecía tan complejo como entender el funcionamiento interno de Nobara. En su mente, él había clasificado las peculiaridades de su novia en cinco puntos fundamentales.

—¡Oye, Itadori! ¿Por qué te quedas atrás? —Nobara se giró, con las manos en las caderas y una sonrisa desafiante—. ¡Todavía nos falta pasar por la tienda de zapatos de Shibuya!

—¡Pero Nobara! —exclamó Yuji, intentando equilibrar la torre de cajas que tapaba su visión—. ¡Llevamos seis horas! Mis brazos tienen músculos que no sabía que existían y están gritando auxilio.

—No seas dramático. Consideralo un entrenamiento de resistencia —respondió ella, dándose la vuelta para seguir caminando con paso firme.

Esa era la primera cosa: su adicción desmedida a las compras. Para Nobara, ir de tiendas no era un pasatiempo, era una expedición de conquista. No se trataba de comprar lo que necesitaba, sino de recorrer cada pasillo, de probarse cada prenda, de analizar cada tendencia. Yuji la había visto entrar en una crisis existencial por el tono de un labial que, a sus ojos, era idéntico al que ya tenía, para luego comprar tres cajas de zapatos simplemente porque "el diseño de la caja era edición limitada".

—¡Mira eso! —Nobara señaló un escaparate con ojos brillantes—. ¡Es el nuevo postre de matcha con láminas de oro!

Yuji sintió un escalofrío en su billetera. Ese era el segundo punto: su exquisita y extraña forma de elegir qué comer. Nobara había dejado atrás sus raíces rurales con una determinación feroz. Si algo no estaba de moda en Instagram o no era la última tendencia culinaria de la gran ciudad, ella no lo tocaría ni con un palo.

—¿No podemos simplemente ir por un ramen normal? —preguntó Yuji, con esperanza—. Conozco un lugar cerca de aquí que...

—¡Nada de comida de pueblo, Itadori! —lo interrumpió ella, señalándolo con un dedo acusador—. Estamos en el corazón de la civilización. Si voy a ingerir calorías, tienen que ser calorías con estilo y que cuesten lo que vale mi dignidad.

Yuji soltó una risita. Era tan ella que no podía evitarlo. Se acercó un poco más, intentando acomodar las bolsas para liberar una mano y, quizás, rozar su hombro en un gesto de cariño. Pero antes de que sus dedos estuvieran a menos de diez centímetros de ella, Nobara dio un salto lateral casi felino.

—¡Ah! ¡No hagas eso! —gritó ella, encogiéndose de hombros y soltando una risita nerviosa que intentó ocultar con una mueca.

—¡Ni siquiera te toqué! —Yuji se rió a carcajadas.

Este era el tercer punto, el más tierno y absurdo de todos: las "Cosquillas por Bluetooth". No hacía falta contacto físico. Si Itadori movía la mano cerca de sus costados o de su cuello, Nobara reaccionaba como si estuviera siendo atacada por un ejército de plumas invisibles. Se retorcía, se sobresaltaba o, en ocasiones extremas, terminaba en el suelo muerta de risa mientras le lanzaba insultos poco convincentes.

—Es un campo de fuerza de sensibilidad, Itadori. ¡No te burles! —refunfuñó ella, ajustándose la chaqueta del uniforme mientras sus mejillas se teñían de un rojo que competía con su cabello.

—Es adorable, Nobara. Eres como un gato asustadizo.

—¡Repite eso y te clavo un clavo en la frente!

Hablando de clavos, Yuji recordó el cuarto punto. Mientras caminaban hacia la estación, una de las bolsas de papel se rompió ligeramente por el peso. Un sonido metálico y seco resonó contra el pavimento.

—¡Rayos! —Yuji se agachó para recoger lo que se había caído. No eran zapatos, ni ropa, ni maquillaje. Eran cajas de clavos industriales.

Nobara no mandaba a forjar sus herramientas con técnicas secretas o materiales místicos. Ella iba a la ferretería más grande que encontraba y compraba absolutamente todo el stock de clavos de acero galvanizado.

—¡Cuidado, Itadori! Esos son los de punta reforzada —advirtió ella, aunque demasiado tarde.

—¡Ay! —Yuji se chupó el dedo corazón, donde una pequeña gota de sangre empezaba a asomar—. ¿Por qué los llevas así, sueltos en la bolsa?

—Porque los necesitaba rápido —respondió ella con naturalidad, arrebatándole la caja y guardándola con una destreza que solo alguien que ha pasado años martillando maldiciones podría tener—. Además, un poco de peligro mantiene la relación interesante, ¿no crees?

Yuji la miró con una mezcla de dolor y admiración. Era ruda, era extraña y era peligrosa, pero era su Nobara.

Finalmente, llegaron a un pequeño parque cerca de la escuela técnica. El sol ya se había ocultado y las luces de la ciudad empezaban a brillar. Se sentaron en un banco, rodeados de bolsas de compras y el aroma del postre de matcha excesivamente caro que Nobara finalmente había comprado (y que Yuji tuvo que admitir que sabía bastante bien).

Hubo un silencio inusual entre ellos. No era incómodo, sino cargado de algo que Yuji no terminaba de descifrar. Nobara miraba hacia el horizonte, con su perfil afilado y decidido recortado contra la oscuridad.

—Oye, Itadori —dijo ella de repente, sin mirarlo.

—¿Sí?

—Eres un idiota.

Yuji parpadeó, confundido. Estaba acostumbrado a los insultos, pero este sonaba diferente.

—¿Hice algo malo? ¿Fue por lo de las cosquillas?

—No, no es eso —ella suspiró y finalmente giró la cabeza para mirarlo a los ojos. No había rastro de burla en su expresión—. Es solo que... gracias. Por cargar todo esto. Por acompañarme a todos lados aunque sé que preferirías estar comiendo hamburguesas o viendo películas de serie B.

Yuji sintió que su corazón daba un vuelco. Aquí estaba el quinto punto: su forma de mostrar cariño. Nobara no era de las que daban abrazos largos, ni de las que decían "te amo" cada cinco minutos con voz dulce. Su afecto era como un golpe directo al mentón: rudo, honesto y sin filtros.

—No me importa hacerlo —respondió Yuji con una sonrisa genuina—. Me gusta pasar tiempo contigo, Nobara. Incluso si termino con los brazos entumecidos.

Nobara lo miró fijamente por unos segundos. De repente, extendió la mano y le propinó un golpe juguetón en el brazo, justo donde más le dolía el músculo.

—¡Ay! ¡¿Y eso por qué?!

—Por ser tan cursi. Me das asco —dijo ella, pero antes de que Yuji pudiera protestar, Nobara se inclinó rápidamente y le plantó un beso corto pero firme en la mejilla—. Pero eres mi idiota. Así que no te acostumbres.

Yuji se quedó congelado, con la mano en la mejilla y una sonrisa boba extendiéndose por su rostro. Nobara ya se había levantado y estaba recogiendo las bolsas con una energía renovada.

—¡Vamos! Si llegamos tarde, Gojo-sensei se comerá mi postre y entonces sí que habrá un asesinato en la escuela.

Itadori se levantó de un salto, olvidando el cansancio y el dolor en los dedos. La observó caminar con esa confianza que la caracterizaba, con su falda negra ondeando y su martillo tintineando en el cinturón.

Sí, Nobara Kugisaki era un reto. Era una adicta a las compras, una sibarita de la comida moderna, una chica con cosquillas inalámbricas y un arsenal de ferretería. Pero sobre todo, era la persona más auténtica que Yuji había conocido jamás. En un mundo lleno de maldiciones, sombras y mentiras, la honestidad brutal de Nobara era la luz que él necesitaba para seguir adelante.

—¡Espérame, Nobara! —gritó, corriendo para alcanzarla y, esta vez, logrando tomar su mano por un breve segundo antes de que ella, entre risas y quejas, tratara de zafarse.

Al final del día, Yuji Itadori no cambiaría ninguna de esas cinco rarezas por nada del mundo. Porque cada una de ellas era una parte de la mujer que amaba, la mujer que, con un clavo y un martillo, le había robado el corazón.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic