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Lo Siento
Fandom: Blue Lock
Creado: 4/7/2026
Etiquetas
DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonRomance
El Eco de una Corona Rota
El silencio en los vestuarios del Bastard München era más pesado que cualquier derrota previa. A pesar de que el marcador final favorecía al equipo alemán, el ambiente no era de celebración. El PXG había caído, sí, pero en el epicentro del campo, la jerarquía que Michael Kaiser había construido con sangre, sudor y una arrogancia divina se había desmoronado.
Isagi Yoichi no solo había marcado el gol de la victoria; había devorado el sistema de Kaiser. Había convertido al "Emperador" en un actor secundario en su propia obra de teatro.
Kaiser estaba sentado en el banco de madera, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas. El sudor frío le recorría el cuello, humedeciendo los pétalos de las rosas tatuadas que ascendían por su piel. Sus ojos azules, habitualmente cargados de un brillo depredador, estaban apagados, fijos en un punto inexistente del suelo. El delineador rojo, que siempre le daba un aire de realeza peligrosa, se había corrido ligeramente, dándole un aspecto humano y vulnerable que odiaba.
A su lado, como siempre, estaba él.
Alexis Ness no se había movido. A pesar de que el resto del equipo ya se había marchado a las duchas o al hotel, Ness permanecía allí, con su habitual sonrisa forzada, aunque sus ojos color magenta temblaban de ansiedad. Tenía una toalla limpia en las manos y una botella de agua, esperando el momento en que su dios le permitiera servirle.
—Kaiser... —susurró Ness, rompiendo el silencio sepulcral—. No deberías... no deberías estar así. Ganamos. El marcador dice que el Bastard München es el mejor. Ese error de Isagi al final, su forma de entrometerse... solo fue suerte. Tú sigues siendo el centro.
Kaiser no respondió. El vacío en su pecho era un agujero negro que amenazaba con tragarse su propia existencia. Por primera vez en su vida, la voz de Ness, esa voz que siempre le devolvía el reflejo de su propia grandeza, se sentía como una punzada de culpa.
—Ness —la voz de Kaiser sonó ronca, despojada de su habitual cadencia burlona.
—¿Sí, Michael? Dime qué necesitas. ¿Quieres que hable con Noa? ¿Quieres que destruyamos a ese estúpido de Isagi en la próxima sesión de análisis? Yo puedo...
—Cállate —dijo Kaiser, pero no hubo veneno en sus palabras. Solo un cansancio infinito.
Ness se tensó. Su sonrisa flaqueó por un segundo, pero rápidamente recuperó su compostura servil.
—Lo siento. Tienes razón, el silencio es mejor para procesar la victoria. Pero tienes que saber que para mí, tú fuiste el único que jugó al fútbol de verdad hoy. Isagi solo es un parásito que...
—¡He dicho que te calles! —Kaiser se puso de pie bruscamente, haciendo que el banco chirriara contra el suelo.
Ness retrocedió un paso, dejando caer la toalla. Sus ojos magenta se abrieron de par en par, llenos de un temor reverencial. Kaiser lo miró, y por primera vez, no vio a un peón. Vio a un joven que había sacrificado su propio talento, su propia carrera y su propia identidad para alimentar el ego de un hombre que acababa de ser humillado frente al mundo entero.
Kaiser caminó hacia él. Ness cerró los ojos, esperando quizás un golpe, un insulto hiriente o que Kaiser simplemente lo apartara como a un estorbo. Pero lo que sintió fue el peso de la mano de Kaiser —la mano con la corona tatuada y las tres estrellas— apoyándose suavemente en su hombro.
—Mírame, Ness —ordenó Kaiser.
Ness obedeció, temblando.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Kaiser, su voz apenas un susurro—. Isagi me ha superado. Noa me mira como si fuera un experimento fallido. El mundo ha visto cómo el "Emperador" se quedaba sin trono. Ya no tengo nada que ofrecerte. No hay gloria en seguir a un perdedor.
—Tú no eres un perdedor —insistió Ness, con una devoción que rozaba la locura—. Eres Michael Kaiser. Eres el sistema. Yo soy tu mago, ¿recuerdas? Sin ti, mi magia no tiene sentido. No me importa lo que diga el mundo o lo que haga ese tipo de Blue Lock.
Kaiser sintió un nudo en la garganta. Durante meses, años, había tratado a Ness como una herramienta. Lo había insultado, lo había menospreciado frente a otros, lo había utilizado para sus juegos psicológicos y se había burlado de su lealtad obsesiva. Y ahora, cuando las luces se apagaban y el mundo le daba la espalda, Ness seguía allí, dispuesto a quemarse en la misma hoguera que él.
—He sido un miserable contigo —dijo Kaiser, apartando la mirada.
Ness parpadeó, confundido.
—¿Qué? No, Michael, tú solo... me estabas guiando. Me estabas haciendo más fuerte.
—No me mientas más —espetó Kaiser, soltando su hombro para caminar hacia la ventana del vestuario, donde la luz del atardecer teñía todo de un naranja sangriento—. Te he tratado como basura. Te he menospreciado cuando eras el único que realmente entendía mi ritmo. No valoré tu compañía... solo valoré cómo me hacías sentir superior.
Ness se quedó paralizado. Nunca había escuchado a Kaiser hablar así. El orgullo de Kaiser era su armadura, y verla agrietarse de esa manera era más aterrador que cualquier derrota en el campo.
—Michael, no tienes que decir esto...
—Tengo que hacerlo —lo interrumpió Kaiser, dándose la vuelta. Sus ojos azules estaban húmedos—. Porque si no lo digo ahora, me ahogaré en esta mierda. Lo siento, Ness.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Era un silencio que vibraba con la honestidad brutal de un hombre que lo había perdido todo, excepto a la única persona a la que nunca aprendió a apreciar.
—Lo siento por haberte maltratado tanto —continuó Kaiser, dando un paso hacia él—. Lo siento por haberte menospreciado cuando eras alguien tan bueno, quizás incluso mejor de lo que me permití admitir. Lo siento por no valorar tu presencia a mi lado, por tratarte como un accesorio de mi corona en lugar de como a un compañero.
Ness sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos magenta. Se cubrió la boca con una mano, tratando de contener un sollozo.
—Por favor... no me dejes solo —la voz de Kaiser se quebró al final—. No me dejes tú también. Todos se han ido con el nuevo sol, con Isagi. Si tú te vas, realmente no quedará nada de Michael Kaiser.
Ness no pudo aguantar más. Se lanzó hacia adelante, no como un sirviente, sino como alguien que busca desesperadamente salvar a la persona que ama. Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Kaiser, hundiendo su rostro en el pecho del delantero.
—Nunca me iría —sollozó Ness contra su camiseta—. Nunca. No me importa si el mundo entero te olvida. Yo siempre recordaré quién eres. No necesito un emperador, Michael... solo te necesito a ti.
Kaiser, tras un momento de duda, correspondió al abrazo. Sus dedos se enredaron en el cabello magenta de Ness, sintiendo la suavidad que tantas veces había ignorado. Apoyó su barbilla en la cabeza del chico más bajo y cerró los ojos con fuerza.
—Lo siento por todo, Ness —repitió, sintiendo cómo una parte del peso en su pecho se aligeraba.
—Está bien —respondió Ness, alzando la vista, con el rostro bañado en lágrimas pero con una sonrisa que, por primera vez, parecía genuina y llena de paz—. Está bien, Michael. Empezaremos de nuevo. Desde cero. Sin coronas, sin mentiras. Solo nosotros.
Kaiser lo miró intensamente. El tatuaje de las espinas en su cuello parecía menos asfixiante. Sabía que el camino de regreso a la cima sería largo y doloroso, y que Isagi Yoichi seguiría siendo un muro que tendría que derribar. Pero mientras miraba a Ness, se dio cuenta de que ya no tenía que cargar con el peso del mundo él solo.
—A veces —murmuró Kaiser, casi para sí mismo—, un "lo siento" es lo único que se necesita para no desmoronarse.
—Yo siempre estaré aquí para sostenerte —prometió Ness, apretando su agarre.
Kaiser esbozó una pequeña sonrisa, una que no era arrogante ni burlona. Era una sonrisa cansada, pero real. Se inclinó y presionó su frente contra la de Ness, compartiendo el mismo aire, el mismo fracaso y, ahora, la misma esperanza.
El Emperador había caído, pero en las cenizas de su reino, Michael Kaiser había encontrado algo que ninguna copa del mundo podría darle: la redención en los ojos de la única persona que nunca lo abandonó.
—Mañana entrenaremos más duro que nunca —dijo Kaiser, recuperando un poco de su antiguo fuego—. Pero esta vez, no será para mi gloria. Será para la nuestra.
Ness asintió con entusiasmo, sus ojos brillando con una nueva determinación.
—Sí, Michael. Nuestra magia será imparable.
Salieron del vestuario juntos, caminando por los pasillos vacíos del estadio. Las luces se apagaban tras ellos, cerrando un capítulo de arrogancia y soledad, y abriendo uno nuevo donde, por fin, el "Emperador" aprendió que no hay reinado que valga la pena si no tienes a alguien con quien compartir el trono.
Isagi Yoichi no solo había marcado el gol de la victoria; había devorado el sistema de Kaiser. Había convertido al "Emperador" en un actor secundario en su propia obra de teatro.
Kaiser estaba sentado en el banco de madera, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas. El sudor frío le recorría el cuello, humedeciendo los pétalos de las rosas tatuadas que ascendían por su piel. Sus ojos azules, habitualmente cargados de un brillo depredador, estaban apagados, fijos en un punto inexistente del suelo. El delineador rojo, que siempre le daba un aire de realeza peligrosa, se había corrido ligeramente, dándole un aspecto humano y vulnerable que odiaba.
A su lado, como siempre, estaba él.
Alexis Ness no se había movido. A pesar de que el resto del equipo ya se había marchado a las duchas o al hotel, Ness permanecía allí, con su habitual sonrisa forzada, aunque sus ojos color magenta temblaban de ansiedad. Tenía una toalla limpia en las manos y una botella de agua, esperando el momento en que su dios le permitiera servirle.
—Kaiser... —susurró Ness, rompiendo el silencio sepulcral—. No deberías... no deberías estar así. Ganamos. El marcador dice que el Bastard München es el mejor. Ese error de Isagi al final, su forma de entrometerse... solo fue suerte. Tú sigues siendo el centro.
Kaiser no respondió. El vacío en su pecho era un agujero negro que amenazaba con tragarse su propia existencia. Por primera vez en su vida, la voz de Ness, esa voz que siempre le devolvía el reflejo de su propia grandeza, se sentía como una punzada de culpa.
—Ness —la voz de Kaiser sonó ronca, despojada de su habitual cadencia burlona.
—¿Sí, Michael? Dime qué necesitas. ¿Quieres que hable con Noa? ¿Quieres que destruyamos a ese estúpido de Isagi en la próxima sesión de análisis? Yo puedo...
—Cállate —dijo Kaiser, pero no hubo veneno en sus palabras. Solo un cansancio infinito.
Ness se tensó. Su sonrisa flaqueó por un segundo, pero rápidamente recuperó su compostura servil.
—Lo siento. Tienes razón, el silencio es mejor para procesar la victoria. Pero tienes que saber que para mí, tú fuiste el único que jugó al fútbol de verdad hoy. Isagi solo es un parásito que...
—¡He dicho que te calles! —Kaiser se puso de pie bruscamente, haciendo que el banco chirriara contra el suelo.
Ness retrocedió un paso, dejando caer la toalla. Sus ojos magenta se abrieron de par en par, llenos de un temor reverencial. Kaiser lo miró, y por primera vez, no vio a un peón. Vio a un joven que había sacrificado su propio talento, su propia carrera y su propia identidad para alimentar el ego de un hombre que acababa de ser humillado frente al mundo entero.
Kaiser caminó hacia él. Ness cerró los ojos, esperando quizás un golpe, un insulto hiriente o que Kaiser simplemente lo apartara como a un estorbo. Pero lo que sintió fue el peso de la mano de Kaiser —la mano con la corona tatuada y las tres estrellas— apoyándose suavemente en su hombro.
—Mírame, Ness —ordenó Kaiser.
Ness obedeció, temblando.
—¿Por qué sigues aquí? —preguntó Kaiser, su voz apenas un susurro—. Isagi me ha superado. Noa me mira como si fuera un experimento fallido. El mundo ha visto cómo el "Emperador" se quedaba sin trono. Ya no tengo nada que ofrecerte. No hay gloria en seguir a un perdedor.
—Tú no eres un perdedor —insistió Ness, con una devoción que rozaba la locura—. Eres Michael Kaiser. Eres el sistema. Yo soy tu mago, ¿recuerdas? Sin ti, mi magia no tiene sentido. No me importa lo que diga el mundo o lo que haga ese tipo de Blue Lock.
Kaiser sintió un nudo en la garganta. Durante meses, años, había tratado a Ness como una herramienta. Lo había insultado, lo había menospreciado frente a otros, lo había utilizado para sus juegos psicológicos y se había burlado de su lealtad obsesiva. Y ahora, cuando las luces se apagaban y el mundo le daba la espalda, Ness seguía allí, dispuesto a quemarse en la misma hoguera que él.
—He sido un miserable contigo —dijo Kaiser, apartando la mirada.
Ness parpadeó, confundido.
—¿Qué? No, Michael, tú solo... me estabas guiando. Me estabas haciendo más fuerte.
—No me mientas más —espetó Kaiser, soltando su hombro para caminar hacia la ventana del vestuario, donde la luz del atardecer teñía todo de un naranja sangriento—. Te he tratado como basura. Te he menospreciado cuando eras el único que realmente entendía mi ritmo. No valoré tu compañía... solo valoré cómo me hacías sentir superior.
Ness se quedó paralizado. Nunca había escuchado a Kaiser hablar así. El orgullo de Kaiser era su armadura, y verla agrietarse de esa manera era más aterrador que cualquier derrota en el campo.
—Michael, no tienes que decir esto...
—Tengo que hacerlo —lo interrumpió Kaiser, dándose la vuelta. Sus ojos azules estaban húmedos—. Porque si no lo digo ahora, me ahogaré en esta mierda. Lo siento, Ness.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Era un silencio que vibraba con la honestidad brutal de un hombre que lo había perdido todo, excepto a la única persona a la que nunca aprendió a apreciar.
—Lo siento por haberte maltratado tanto —continuó Kaiser, dando un paso hacia él—. Lo siento por haberte menospreciado cuando eras alguien tan bueno, quizás incluso mejor de lo que me permití admitir. Lo siento por no valorar tu presencia a mi lado, por tratarte como un accesorio de mi corona en lugar de como a un compañero.
Ness sintió que las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos magenta. Se cubrió la boca con una mano, tratando de contener un sollozo.
—Por favor... no me dejes solo —la voz de Kaiser se quebró al final—. No me dejes tú también. Todos se han ido con el nuevo sol, con Isagi. Si tú te vas, realmente no quedará nada de Michael Kaiser.
Ness no pudo aguantar más. Se lanzó hacia adelante, no como un sirviente, sino como alguien que busca desesperadamente salvar a la persona que ama. Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Kaiser, hundiendo su rostro en el pecho del delantero.
—Nunca me iría —sollozó Ness contra su camiseta—. Nunca. No me importa si el mundo entero te olvida. Yo siempre recordaré quién eres. No necesito un emperador, Michael... solo te necesito a ti.
Kaiser, tras un momento de duda, correspondió al abrazo. Sus dedos se enredaron en el cabello magenta de Ness, sintiendo la suavidad que tantas veces había ignorado. Apoyó su barbilla en la cabeza del chico más bajo y cerró los ojos con fuerza.
—Lo siento por todo, Ness —repitió, sintiendo cómo una parte del peso en su pecho se aligeraba.
—Está bien —respondió Ness, alzando la vista, con el rostro bañado en lágrimas pero con una sonrisa que, por primera vez, parecía genuina y llena de paz—. Está bien, Michael. Empezaremos de nuevo. Desde cero. Sin coronas, sin mentiras. Solo nosotros.
Kaiser lo miró intensamente. El tatuaje de las espinas en su cuello parecía menos asfixiante. Sabía que el camino de regreso a la cima sería largo y doloroso, y que Isagi Yoichi seguiría siendo un muro que tendría que derribar. Pero mientras miraba a Ness, se dio cuenta de que ya no tenía que cargar con el peso del mundo él solo.
—A veces —murmuró Kaiser, casi para sí mismo—, un "lo siento" es lo único que se necesita para no desmoronarse.
—Yo siempre estaré aquí para sostenerte —prometió Ness, apretando su agarre.
Kaiser esbozó una pequeña sonrisa, una que no era arrogante ni burlona. Era una sonrisa cansada, pero real. Se inclinó y presionó su frente contra la de Ness, compartiendo el mismo aire, el mismo fracaso y, ahora, la misma esperanza.
El Emperador había caído, pero en las cenizas de su reino, Michael Kaiser había encontrado algo que ninguna copa del mundo podría darle: la redención en los ojos de la única persona que nunca lo abandonó.
—Mañana entrenaremos más duro que nunca —dijo Kaiser, recuperando un poco de su antiguo fuego—. Pero esta vez, no será para mi gloria. Será para la nuestra.
Ness asintió con entusiasmo, sus ojos brillando con una nueva determinación.
—Sí, Michael. Nuestra magia será imparable.
Salieron del vestuario juntos, caminando por los pasillos vacíos del estadio. Las luces se apagaban tras ellos, cerrando un capítulo de arrogancia y soledad, y abriendo uno nuevo donde, por fin, el "Emperador" aprendió que no hay reinado que valga la pena si no tienes a alguien con quien compartir el trono.
