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Fondo de Pantalla
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 4/7/2026
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Recortes de VidaFluffHumorEstudio de PersonajeAmbientación CanonCelosPelícula de Amigos
Reflejos Azules y el Arte de la Provocación
El sol de la tarde se filtraba a través de las grandes ventanas del aula de segundo año en la Preparatoria de Hechicería de Tokio, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Satoru Gojo, recostado en su silla con una elegancia que rozaba la insolencia, jugueteaba con su teléfono móvil. La pantalla brillaba, mostrando una fotografía de Waka Inoue en una pose veraniega.
Shoko Ieiri, sentada a su lado mientras ojeaba un informe médico que probablemente no debería estar leyendo todavía, lanzó una mirada de reojo al dispositivo. Sus ojos, marcados por las ojeras perpetuas que le daban un aire de cansancio crónico, se entrecerraron con fastidio.
—Ese fondo es asqueroso —soltó ella, sin ni siquiera levantar la vista del papel. Su voz era plana, cargada de esa indiferencia tan característica que siempre lograba picar la curiosidad de Satoru.
Gojo parpadeó, bajando ligeramente sus gafas de sol para que sus ojos azules, esos Seis Ojos que todo lo veían, pudieran enfocar a su compañera.
—¿Asqueroso? —repitió él con un tono de fingida indignación—. ¡Shoko, es Waka Inoue! La idol del momento. Todo el mundo la ama. Es arte, pura estética.
—Es una distracción barata —replicó ella, sacando un cigarrillo apagado y colocándoselo entre los labios, simplemente por costumbre, ya que fumar dentro del aula estaba técnicamente prohibido—. Y el color de ese bikini choca con los iconos de tus aplicaciones. Tienes un gusto horrible, Satoru.
Gojo soltó una carcajada y, con un movimiento rápido de sus largos dedos, desbloqueó el teléfono y borró la imagen de fondo. La pantalla volvió al azul genérico del sistema operativo.
—Está bien, está bien. Si a la gran Shoko Ieiri le ofende la belleza, me desharé de ella —dijo, aunque su mente ya estaba trabajando a mil revoluciones por segundo.
Se quedó mirando a Shoko durante un momento. Ella seguía concentrada, con el flequillo ladeado cubriéndole parte del ojo izquierdo. Fue entonces cuando un pensamiento cruzó su mente como un rayo de energía maldita. Observó los rasgos de la idol que acababa de eliminar y luego comparó, mentalmente, con la chica sentada a su lado. El corte de pelo, la forma de la mandíbula, incluso esa expresión de "me importa todo muy poco" que Waka Inoue a veces fingía en las sesiones de fotos... Shoko la tenía de forma natural.
"Se parecen", pensó Satoru, y una sonrisa traviesa, casi depredadora, se dibujó en su rostro. "Tal vez por eso le pareció asqueroso. A nadie le gusta ver a una imitadora barata de uno mismo ocupando el espacio personal de un amigo".
Pero la lógica de Gojo Satoru nunca seguía el camino de la empatía convencional. Si a Shoko le molestaba ver a una desconocida que se le parecía, ¿cuál sería su reacción si se veía a sí misma? Si estaba "celosa" de la idol, como él sospechaba en su retorcida lógica adolescente, entonces ponerla a ella directamente como fondo de pantalla debería ser el cumplido definitivo... o la broma perfecta.
—Oye, Shoko —dijo él, levantando el teléfono y activando la cámara.
—Ni lo pienses —respondió ella sin mirarlo.
—¡Oh, vamos! Solo una foto. Necesito algo que no sea "asqueroso" para mi fondo de pantalla. Y ya que eres tan crítica, deberías ser la modelo.
Shoko suspiró, cerrando el informe médico con un golpe seco. Se giró hacia él, apoyando la mejilla en la palma de su mano. Sus ojos marrones se encontraron con el azul vibrante de Satoru a través de los cristales oscuros de sus gafas.
—Si lo hago, ¿dejarás de molestarme durante el resto de la tarde? Tengo que ir a la morgue a ayudar a Geto con el inventario de restos malditos.
—Prometido —mintió Gojo, con la cruz de los dedos oculta bajo la mesa.
Shoko no hizo ninguna pose. Simplemente se quedó ahí, con su expresión de aburrimiento existencial, el uniforme de la escuela impecable y ese aire de "preferiría estar durmiendo en cualquier otro lugar". Satoru apretó el botón. *Click*.
La imagen era perfecta. Capturaba la esencia misma de Shoko Ieiri: la calma en medio del caos, la indiferencia ante el hechicero más fuerte del mundo.
—Listo —dijo Gojo, manipulando el teléfono con rapidez—. Mira esto.
Le mostró la pantalla. Ahí estaba ella, enmarcada por los iconos de mensajes y la cámara. Shoko arqueó una ceja.
—¿De verdad vas a dejar eso? —preguntó ella, aunque por primera vez en la conversación, hubo un ligero matiz de algo que no era aburrimiento en su voz—. Es raro, Satoru. La gente va a pensar que estás obsesionado conmigo.
—Que piensen lo que quieran —respondió él, volviendo a recostarse en la silla con los brazos tras la nuca—. Es mucho mejor que la idol, ¿no crees? Al menos tú eres real. Y no puedes decir que es asqueroso, porque estarías insultándote a ti misma.
Shoko lo miró durante unos segundos más, buscando alguna señal de burla oculta. La encontró, por supuesto; Satoru siempre estaba burlándose de algo. Pero también había una honestidad extraña en su gesto.
—Eres un idiota —sentenció ella, levantándose y recogiendo sus cosas—. Pero supongo que es un progreso respecto a la idol. Al menos no tengo que ver ese bikini naranja cada vez que pasas por mi lado.
Ella salió del aula sin mirar atrás, con sus mocasines marrones resonando rítmicamente en el pasillo. Gojo se quedó solo, mirando la pantalla de su teléfono.
—¿Obsesionado? —se preguntó a sí mismo en voz baja—. Solo aprecio lo que es único, Shoko.
Al día siguiente, la dinámica no cambió, pero el juego de Gojo apenas comenzaba. En la cafetería, mientras Suguru Geto intentaba explicar los detalles de su última misión, Satoru se aseguró de dejar el teléfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba, justo donde Shoko pudiera verlo cada vez que tomaba un sorbo de su té.
Suguru, siempre observador, notó el cambio de inmediato.
—¿Esa es Shoko? —preguntó Geto, señalando el dispositivo con una sonrisa divertida.
—La mejor modelo que pude conseguir —respondió Satoru, dándole un mordisco a un dulce—. Shoko dijo que mi fondo anterior era asqueroso, así que decidí subir el nivel.
Shoko, que estaba sentada frente a ellos, ni siquiera se inmutó, aunque sus dedos se apretaron un poco más alrededor de su taza.
—Es una forma de acoso, ¿sabes? —dijo ella con calma—. Podría informarle a Yaga-sensei.
—¡Oh, por favor! —exclamó Gojo—. Es un homenaje. Eres la joya de segundo año, la única que puede usar la Técnica de Maldición Inversa. Mereces estar en el altar de mi pantalla de inicio.
—Si fuera un altar, le pondrías velas —comentó Geto, disfrutando de la situación—. Pero Satoru tiene razón en algo, Shoko. Te ves mucho más natural que esa idol.
Shoko suspiró, dejando la taza sobre la mesa.
—Ustedes dos son agotadores.
Pasaron los días y Satoru no cambió el fondo. De hecho, comenzó a tratar la foto como si fuera un amuleto. Cada vez que Shoko decía algo sarcástico o lo ignoraba, él sacaba el teléfono y suspiraba dramáticamente frente a la imagen.
—Mira, Shoko del teléfono —decía él, fingiendo hablar con el dispositivo—, la Shoko real es tan cruel conmigo hoy. Menos mal que tú siempre estás aquí, atrapada en este cristal, sin poder quejarte.
—Un día de estos —dijo Shoko una tarde, mientras caminaban por los terrenos de la escuela—, voy a quitarte ese teléfono y lo voy a lanzar desde la azotea del edificio principal.
—No podrías —se burló Gojo, activando su Infinito por un segundo—. Nada toca mis cosas si yo no quiero. Además, sé que en el fondo te encanta.
Shoko se detuvo en seco. El viento agitaba su cabello corto y el uniforme de la preparatoria Jujutsu le daba un aspecto formal que contrastaba con su actitud relajada.
—¿Por qué crees eso? —preguntó ella, con una seriedad repentina que hizo que Satoru también se detuviera.
Gojo bajó sus gafas, dejando que sus ojos azules brillaran con esa intensidad sobrenatural que a menudo intimidaba a los demás, pero que Shoko siempre recibía con total indiferencia.
—Porque no has intentado borrarla de verdad —respondió él, bajando el tono de voz—. Podrías habérmelo pedido en serio, o podrías haber usado tu técnica para... no sé, hacerme sentir tan mal que la quitara. Pero solo te quejas de forma superficial. Te gusta saber que, de todas las cosas que el "hechicero más fuerte" podría estar mirando, elige mirarte a ti.
Hubo un silencio prolongado. Un pájaro graznó a lo lejos y el sonido de las hojas secas bajo sus pies fue lo único que llenó el espacio entre ellos. Shoko desvió la mirada, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Tienes un ego tan grande que distorsiona la realidad, Satoru —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras—. Solo me parece menos molesto que la idol. Eso es todo.
—Si tú lo dices... —Gojo volvió a colocarse las gafas y empezó a caminar de espaldas, manteniendo la vista en ella—. Pero admite que soy un genio. Ya no estás celosa de Waka Inoue.
—Nunca estuve celosa, idiota —replicó ella, acelerando el paso para adelantarlo—. Solo tengo buen gusto.
Esa noche, en la soledad de su habitación, Shoko se miró en el espejo del baño. Se tocó el cabello, el mismo que aparecía en la pantalla de Satoru, y dejó escapar un suspiro cansado. Recordó la forma en que Gojo la miraba a través de sus gafas, como si pudiera ver no solo su flujo de energía maldita, sino algo más profundo.
Satoru Gojo era una fuerza de la naturaleza, alguien destinado a estar por encima de todos. Y, sin embargo, perdía el tiempo molestándola con fondos de pantalla y bromas infantiles.
Sacó su propio teléfono. Era un modelo sencillo, sin adornos. Por un momento, consideró tomarse una foto y enviársela, tal vez algo más "estético" para que dejara de usar esa imagen donde ella parecía tener ganas de asesinar a alguien. Pero luego sonrió para sí misma, una sonrisa pequeña y casi imperceptible.
Al día siguiente, en el aula, Satoru estaba dormido sobre su escritorio, con el teléfono olvidado a un lado. Shoko se acercó sigilosamente. Geto, que estaba leyendo en el rincón, levantó la vista y le hizo una señal de silencio con el dedo.
Shoko tomó el teléfono de Satoru. No tenía bloqueo; Gojo confiaba plenamente en que nadie se atrevería a tocar sus pertenencias, o quizás simplemente no le importaba. Encendió la pantalla y vio su propio rostro cansado devolviéndole la mirada.
Rápidamente, abrió la aplicación de la cámara, puso el teléfono en modo selfi y se acercó al rostro dormido de Satoru. Se colocó justo al lado de su cabeza, haciendo una señal de paz con los dedos y mostrando una leve, casi invisible, sonrisa. *Click*.
Luego, con una destreza que solo alguien que trabaja con precisión quirúrgica posee, configuró esa nueva foto como fondo de pantalla. En la imagen, Satoru parecía un niño indefenso mientras dormía, y ella estaba allí, a su lado, cuidando su espacio.
Dejó el teléfono exactamente donde estaba y regresó a su asiento justo cuando Gojo empezaba a desperezarse.
—Ugh, ¿cuánto tiempo dormí? —preguntó él, frotándose los ojos y estirando sus largos brazos.
—Lo suficiente para que el mundo sea un lugar más tranquilo —respondió Shoko, sin levantar la vista de sus apuntes.
Satoru bostezó y buscó su teléfono a tientas. Cuando lo encendió para ver la hora, se quedó congelado.
Sus ojos se abrieron de par en par bajo las gafas. Miró la pantalla, luego miró a Shoko, luego volvió a mirar la pantalla. La nueva imagen mostraba a los dos. Ya no era solo ella; eran ellos. El dúo (o parte del trío) que mantenía el equilibrio en la escuela.
—Shoko... —dijo él, con una voz que mezclaba la sorpresa con una alegría genuina—. ¿Has hackeado mi teléfono?
—Dijiste que la foto anterior era buena porque yo era real —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Pensé que si íbamos a ser "asquerosos", mejor hacerlo juntos. Además, sales mejor cuando tienes la boca cerrada.
Gojo soltó una carcajada que resonó en toda la planta. Se levantó de un salto y se acercó a ella, rodeándole los hombros con un brazo, ignorando por completo el espacio personal.
—¡Lo admites! ¡Te importa! —exclamó él, agitando el teléfono como si fuera un trofeo—. ¡Esta es la mejor foto de la historia! ¡Geto, mira esto!
Suguru se acercó, observando la pantalla con una expresión de aprobación.
—Ciertamente es una mejora —admitió Geto—. Aunque ahora pareces su mascota, Satoru.
—¡Soy el hechicero más fuerte y su modelo favorito! —proclamó Gojo, volviendo a sentarse, pero esta vez con una energía renovada—. Ahora sí que nunca voy a cambiar este fondo.
Shoko dejó escapar un suspiro, pero esta vez, había una pizca de calidez en él.
—Eres un idiota, Satoru.
—Pero soy tu idiota favorito —replicó él, guiñándole un ojo por encima de las gafas.
El fondo de pantalla de la idol había quedado en el olvido. En su lugar, una imagen imperfecta, movida y tomada a traición, representaba algo mucho más valioso para el joven que cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Representaba a la única persona que no lo miraba como a un dios o a un arma, sino como al chico molesto que siempre necesitaba un recordatorio de que no estaba solo.
Y para Shoko, aunque nunca lo admitiría en voz alta, ver su propia sonrisa junto a la de él cada vez que Satoru presumía de su teléfono, era mucho mejor que cualquier idol japonesa. Al menos, en esa pequeña pantalla, el futuro parecía algo que podían enfrentar juntos, un píxel a la vez.
Shoko Ieiri, sentada a su lado mientras ojeaba un informe médico que probablemente no debería estar leyendo todavía, lanzó una mirada de reojo al dispositivo. Sus ojos, marcados por las ojeras perpetuas que le daban un aire de cansancio crónico, se entrecerraron con fastidio.
—Ese fondo es asqueroso —soltó ella, sin ni siquiera levantar la vista del papel. Su voz era plana, cargada de esa indiferencia tan característica que siempre lograba picar la curiosidad de Satoru.
Gojo parpadeó, bajando ligeramente sus gafas de sol para que sus ojos azules, esos Seis Ojos que todo lo veían, pudieran enfocar a su compañera.
—¿Asqueroso? —repitió él con un tono de fingida indignación—. ¡Shoko, es Waka Inoue! La idol del momento. Todo el mundo la ama. Es arte, pura estética.
—Es una distracción barata —replicó ella, sacando un cigarrillo apagado y colocándoselo entre los labios, simplemente por costumbre, ya que fumar dentro del aula estaba técnicamente prohibido—. Y el color de ese bikini choca con los iconos de tus aplicaciones. Tienes un gusto horrible, Satoru.
Gojo soltó una carcajada y, con un movimiento rápido de sus largos dedos, desbloqueó el teléfono y borró la imagen de fondo. La pantalla volvió al azul genérico del sistema operativo.
—Está bien, está bien. Si a la gran Shoko Ieiri le ofende la belleza, me desharé de ella —dijo, aunque su mente ya estaba trabajando a mil revoluciones por segundo.
Se quedó mirando a Shoko durante un momento. Ella seguía concentrada, con el flequillo ladeado cubriéndole parte del ojo izquierdo. Fue entonces cuando un pensamiento cruzó su mente como un rayo de energía maldita. Observó los rasgos de la idol que acababa de eliminar y luego comparó, mentalmente, con la chica sentada a su lado. El corte de pelo, la forma de la mandíbula, incluso esa expresión de "me importa todo muy poco" que Waka Inoue a veces fingía en las sesiones de fotos... Shoko la tenía de forma natural.
"Se parecen", pensó Satoru, y una sonrisa traviesa, casi depredadora, se dibujó en su rostro. "Tal vez por eso le pareció asqueroso. A nadie le gusta ver a una imitadora barata de uno mismo ocupando el espacio personal de un amigo".
Pero la lógica de Gojo Satoru nunca seguía el camino de la empatía convencional. Si a Shoko le molestaba ver a una desconocida que se le parecía, ¿cuál sería su reacción si se veía a sí misma? Si estaba "celosa" de la idol, como él sospechaba en su retorcida lógica adolescente, entonces ponerla a ella directamente como fondo de pantalla debería ser el cumplido definitivo... o la broma perfecta.
—Oye, Shoko —dijo él, levantando el teléfono y activando la cámara.
—Ni lo pienses —respondió ella sin mirarlo.
—¡Oh, vamos! Solo una foto. Necesito algo que no sea "asqueroso" para mi fondo de pantalla. Y ya que eres tan crítica, deberías ser la modelo.
Shoko suspiró, cerrando el informe médico con un golpe seco. Se giró hacia él, apoyando la mejilla en la palma de su mano. Sus ojos marrones se encontraron con el azul vibrante de Satoru a través de los cristales oscuros de sus gafas.
—Si lo hago, ¿dejarás de molestarme durante el resto de la tarde? Tengo que ir a la morgue a ayudar a Geto con el inventario de restos malditos.
—Prometido —mintió Gojo, con la cruz de los dedos oculta bajo la mesa.
Shoko no hizo ninguna pose. Simplemente se quedó ahí, con su expresión de aburrimiento existencial, el uniforme de la escuela impecable y ese aire de "preferiría estar durmiendo en cualquier otro lugar". Satoru apretó el botón. *Click*.
La imagen era perfecta. Capturaba la esencia misma de Shoko Ieiri: la calma en medio del caos, la indiferencia ante el hechicero más fuerte del mundo.
—Listo —dijo Gojo, manipulando el teléfono con rapidez—. Mira esto.
Le mostró la pantalla. Ahí estaba ella, enmarcada por los iconos de mensajes y la cámara. Shoko arqueó una ceja.
—¿De verdad vas a dejar eso? —preguntó ella, aunque por primera vez en la conversación, hubo un ligero matiz de algo que no era aburrimiento en su voz—. Es raro, Satoru. La gente va a pensar que estás obsesionado conmigo.
—Que piensen lo que quieran —respondió él, volviendo a recostarse en la silla con los brazos tras la nuca—. Es mucho mejor que la idol, ¿no crees? Al menos tú eres real. Y no puedes decir que es asqueroso, porque estarías insultándote a ti misma.
Shoko lo miró durante unos segundos más, buscando alguna señal de burla oculta. La encontró, por supuesto; Satoru siempre estaba burlándose de algo. Pero también había una honestidad extraña en su gesto.
—Eres un idiota —sentenció ella, levantándose y recogiendo sus cosas—. Pero supongo que es un progreso respecto a la idol. Al menos no tengo que ver ese bikini naranja cada vez que pasas por mi lado.
Ella salió del aula sin mirar atrás, con sus mocasines marrones resonando rítmicamente en el pasillo. Gojo se quedó solo, mirando la pantalla de su teléfono.
—¿Obsesionado? —se preguntó a sí mismo en voz baja—. Solo aprecio lo que es único, Shoko.
Al día siguiente, la dinámica no cambió, pero el juego de Gojo apenas comenzaba. En la cafetería, mientras Suguru Geto intentaba explicar los detalles de su última misión, Satoru se aseguró de dejar el teléfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba, justo donde Shoko pudiera verlo cada vez que tomaba un sorbo de su té.
Suguru, siempre observador, notó el cambio de inmediato.
—¿Esa es Shoko? —preguntó Geto, señalando el dispositivo con una sonrisa divertida.
—La mejor modelo que pude conseguir —respondió Satoru, dándole un mordisco a un dulce—. Shoko dijo que mi fondo anterior era asqueroso, así que decidí subir el nivel.
Shoko, que estaba sentada frente a ellos, ni siquiera se inmutó, aunque sus dedos se apretaron un poco más alrededor de su taza.
—Es una forma de acoso, ¿sabes? —dijo ella con calma—. Podría informarle a Yaga-sensei.
—¡Oh, por favor! —exclamó Gojo—. Es un homenaje. Eres la joya de segundo año, la única que puede usar la Técnica de Maldición Inversa. Mereces estar en el altar de mi pantalla de inicio.
—Si fuera un altar, le pondrías velas —comentó Geto, disfrutando de la situación—. Pero Satoru tiene razón en algo, Shoko. Te ves mucho más natural que esa idol.
Shoko suspiró, dejando la taza sobre la mesa.
—Ustedes dos son agotadores.
Pasaron los días y Satoru no cambió el fondo. De hecho, comenzó a tratar la foto como si fuera un amuleto. Cada vez que Shoko decía algo sarcástico o lo ignoraba, él sacaba el teléfono y suspiraba dramáticamente frente a la imagen.
—Mira, Shoko del teléfono —decía él, fingiendo hablar con el dispositivo—, la Shoko real es tan cruel conmigo hoy. Menos mal que tú siempre estás aquí, atrapada en este cristal, sin poder quejarte.
—Un día de estos —dijo Shoko una tarde, mientras caminaban por los terrenos de la escuela—, voy a quitarte ese teléfono y lo voy a lanzar desde la azotea del edificio principal.
—No podrías —se burló Gojo, activando su Infinito por un segundo—. Nada toca mis cosas si yo no quiero. Además, sé que en el fondo te encanta.
Shoko se detuvo en seco. El viento agitaba su cabello corto y el uniforme de la preparatoria Jujutsu le daba un aspecto formal que contrastaba con su actitud relajada.
—¿Por qué crees eso? —preguntó ella, con una seriedad repentina que hizo que Satoru también se detuviera.
Gojo bajó sus gafas, dejando que sus ojos azules brillaran con esa intensidad sobrenatural que a menudo intimidaba a los demás, pero que Shoko siempre recibía con total indiferencia.
—Porque no has intentado borrarla de verdad —respondió él, bajando el tono de voz—. Podrías habérmelo pedido en serio, o podrías haber usado tu técnica para... no sé, hacerme sentir tan mal que la quitara. Pero solo te quejas de forma superficial. Te gusta saber que, de todas las cosas que el "hechicero más fuerte" podría estar mirando, elige mirarte a ti.
Hubo un silencio prolongado. Un pájaro graznó a lo lejos y el sonido de las hojas secas bajo sus pies fue lo único que llenó el espacio entre ellos. Shoko desvió la mirada, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Tienes un ego tan grande que distorsiona la realidad, Satoru —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras—. Solo me parece menos molesto que la idol. Eso es todo.
—Si tú lo dices... —Gojo volvió a colocarse las gafas y empezó a caminar de espaldas, manteniendo la vista en ella—. Pero admite que soy un genio. Ya no estás celosa de Waka Inoue.
—Nunca estuve celosa, idiota —replicó ella, acelerando el paso para adelantarlo—. Solo tengo buen gusto.
Esa noche, en la soledad de su habitación, Shoko se miró en el espejo del baño. Se tocó el cabello, el mismo que aparecía en la pantalla de Satoru, y dejó escapar un suspiro cansado. Recordó la forma en que Gojo la miraba a través de sus gafas, como si pudiera ver no solo su flujo de energía maldita, sino algo más profundo.
Satoru Gojo era una fuerza de la naturaleza, alguien destinado a estar por encima de todos. Y, sin embargo, perdía el tiempo molestándola con fondos de pantalla y bromas infantiles.
Sacó su propio teléfono. Era un modelo sencillo, sin adornos. Por un momento, consideró tomarse una foto y enviársela, tal vez algo más "estético" para que dejara de usar esa imagen donde ella parecía tener ganas de asesinar a alguien. Pero luego sonrió para sí misma, una sonrisa pequeña y casi imperceptible.
Al día siguiente, en el aula, Satoru estaba dormido sobre su escritorio, con el teléfono olvidado a un lado. Shoko se acercó sigilosamente. Geto, que estaba leyendo en el rincón, levantó la vista y le hizo una señal de silencio con el dedo.
Shoko tomó el teléfono de Satoru. No tenía bloqueo; Gojo confiaba plenamente en que nadie se atrevería a tocar sus pertenencias, o quizás simplemente no le importaba. Encendió la pantalla y vio su propio rostro cansado devolviéndole la mirada.
Rápidamente, abrió la aplicación de la cámara, puso el teléfono en modo selfi y se acercó al rostro dormido de Satoru. Se colocó justo al lado de su cabeza, haciendo una señal de paz con los dedos y mostrando una leve, casi invisible, sonrisa. *Click*.
Luego, con una destreza que solo alguien que trabaja con precisión quirúrgica posee, configuró esa nueva foto como fondo de pantalla. En la imagen, Satoru parecía un niño indefenso mientras dormía, y ella estaba allí, a su lado, cuidando su espacio.
Dejó el teléfono exactamente donde estaba y regresó a su asiento justo cuando Gojo empezaba a desperezarse.
—Ugh, ¿cuánto tiempo dormí? —preguntó él, frotándose los ojos y estirando sus largos brazos.
—Lo suficiente para que el mundo sea un lugar más tranquilo —respondió Shoko, sin levantar la vista de sus apuntes.
Satoru bostezó y buscó su teléfono a tientas. Cuando lo encendió para ver la hora, se quedó congelado.
Sus ojos se abrieron de par en par bajo las gafas. Miró la pantalla, luego miró a Shoko, luego volvió a mirar la pantalla. La nueva imagen mostraba a los dos. Ya no era solo ella; eran ellos. El dúo (o parte del trío) que mantenía el equilibrio en la escuela.
—Shoko... —dijo él, con una voz que mezclaba la sorpresa con una alegría genuina—. ¿Has hackeado mi teléfono?
—Dijiste que la foto anterior era buena porque yo era real —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Pensé que si íbamos a ser "asquerosos", mejor hacerlo juntos. Además, sales mejor cuando tienes la boca cerrada.
Gojo soltó una carcajada que resonó en toda la planta. Se levantó de un salto y se acercó a ella, rodeándole los hombros con un brazo, ignorando por completo el espacio personal.
—¡Lo admites! ¡Te importa! —exclamó él, agitando el teléfono como si fuera un trofeo—. ¡Esta es la mejor foto de la historia! ¡Geto, mira esto!
Suguru se acercó, observando la pantalla con una expresión de aprobación.
—Ciertamente es una mejora —admitió Geto—. Aunque ahora pareces su mascota, Satoru.
—¡Soy el hechicero más fuerte y su modelo favorito! —proclamó Gojo, volviendo a sentarse, pero esta vez con una energía renovada—. Ahora sí que nunca voy a cambiar este fondo.
Shoko dejó escapar un suspiro, pero esta vez, había una pizca de calidez en él.
—Eres un idiota, Satoru.
—Pero soy tu idiota favorito —replicó él, guiñándole un ojo por encima de las gafas.
El fondo de pantalla de la idol había quedado en el olvido. En su lugar, una imagen imperfecta, movida y tomada a traición, representaba algo mucho más valioso para el joven que cargaba con el peso del mundo sobre sus hombros. Representaba a la única persona que no lo miraba como a un dios o a un arma, sino como al chico molesto que siempre necesitaba un recordatorio de que no estaba solo.
Y para Shoko, aunque nunca lo admitiría en voz alta, ver su propia sonrisa junto a la de él cada vez que Satoru presumía de su teléfono, era mucho mejor que cualquier idol japonesa. Al menos, en esa pequeña pantalla, el futuro parecía algo que podían enfrentar juntos, un píxel a la vez.
